El derecho en América Latina

Argentina
Martín Granovsky 

Ex juez de la Corte Suprema de Justicia y miembro actual de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, Raúl Zaffaroni reflexiona sobre las relaciones entre la IDH y los Estados, a raíz de un fallo argentino. “El mundo de los Derechos Humanos es un campo de pulsiones y contrapulsiones, es decir, de avances y algunos retrocesos. Es obvio que el poder financiero no gusta mucho de los Derechos Humanos”, concluye. 

Martín Granovsky- Página/12 (Argentina) 19 de febrero de 2017

–¿Hay una nueva mirada en América Latina sobre el sistema interamericano de derechos humanos? ¿Una mirada negativa?

–No me animo a generalizar. En la Corte IDH seguimos en buenas relaciones con los Estados. Las dificultades se van superando y surgen otras, como siempre, pero creo que los Estados van comprendiendo que, aparte de algunas molestias que les pueden ocasionar nuestras sentencias, son más los beneficios. 

–¿El sistema interamericano está perdiendo peso

–No, no creo que el sistema se esté debilitando. Más bien veo que no crece lo suficiente, que no es lo mismo. Nuestra Corte IDH es una de las más modestas del mundo. Las víctimas no tienen acceso directo al tribunal. Tampoco sus jueces son de tiempo completo. Pero pese a todo, tiene casi cuarenta años y mantiene plena vigencia. Nuestra jurisprudencia es respetada, está bien viva en el medio jurídico regional, las sentencias son comentadas y estudiadas… Es decir, no hay debilidad en este sentido. Las sentencias son parte de la vida jurídica de nuestros países. 

–¿Es el acceso de Donald Trump al poder la causa de cambios como el de la Corte argentina? ¿O Sudamérica con el golpe en Brasil y las elecciones argentinas se anticipó a una nueva mirada?

–Los Derechos Humanos son un “proyecto”, un “deber ser”, una aspiración a un embrión de “ciudadanía universal”, y su avance en la realidad siempre es resistido. El mundo de los Derechos Humanos es un campo de pulsiones y contrapulsiones, es decir, de avances y algunos retrocesos. Es obvio que el poder financiero no gusta mucho de los Derechos Humanos. Recordemos que el mismo sistema regional europeo de 1950 tardó años en consolidarse: Gran Bretaña lo seguía pero afirmando que no era derecho interno, porque no quería aplicarlo en sus colonias, y Francia no lo ratificaba por sus problemas en Argelia e Indochina.

–¿Y la Argentina?

–Cada vez que nuestro país regala nuestra soberanía hipotecándose en deuda externa, ese mismo poder trata de frenar o retroceder en Derechos Humanos. Ante la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en 1979, en tiempos de José Alfredo Martínez de Hoz como ministro de Economía, repartieron el famoso cartelito “Los argentinos somos derechos y humanos”. Con Domingo Cavallo de ministro, en 1994, se provocó un incidente en la asamblea reformadora de Santa Fe para interrumpirla y evitar la introducción de los tratados en la Constitución. Ahora hay un nuevo embate para subestimar el efecto de esa normatividad. Como obviamente no la pueden negar, tratan de minimizarla. Como argentinos estábamos orgullosos de haber creado un puente entre el derecho nacional y el internacional en materia de Derechos Humanos. Ojalá que esta sentencia, ahora que están de moda los muros, no sea el primer ladrillo de un muro que nos vuelva a separar. Se dice que cunde por el mundo una ola de proteccionismo. Pero pensé que hablaban del proteccionismo económico, no del judicial.

–Los jueces de la Corte argentina dijeron que “está fuera de discusión que las sentencias de la Corte Interamericana, dictadas en procesos contra el Estado argentino, son de cumplimiento obligatorio”. Y agregaron: “Pero aquellas que estén dictadas dentro de sus facultades”. ¿Cuáles son esas facultades? ¿Hay facultades nítidas y facultades discrecionales?

–Según la Convención la Corte Interamericana sólo puede dictar sentencias que declaran si un Estado violó o no derechos humanos consagrados en la propia Convención. En caso de violación, dispone las medidas que el Estado debe cumplir para reparar la violación y las garantías de no repetición que debe proporcionar. No hay facultades discrecionales: eso es lo que puede y debe hacer y nada más. Por otra parte, la Corte IDH es la intérprete de la Convención. Justamente ésa es su función. La interpretación de la Convención no puede quedar librada a cada Estado, porque entonces cada Estado sería libre de interpretar lo que quisiese y, por ende, la Convención quedaría despedazada en tantas interpretaciones como Estados parte.

–¿Qué significa que un fallo de la Corte IDH sea de cumplimiento obligatorio pero que a la vez, como votó la Corte, no tenga facultades revocatorias sobre un fallo de la Corte argentina?  

–La Corte IDH no revoca sentencias de ninguna Corte nacional. No es ésa su función. Ante la Corte IDH no comparece una Corte ni un Poder Judicial, sino un Estado. No siempre –ni mucho menos– esa violación se manifiesta en una sentencia del tribunal supremo de un Estado. Sólo en algunos casos se presenta esta situación. La Corte IDH declara la responsabilidad del Estado y dispone que cese la situación creada, a veces con políticas del Ejecutivo, a veces mediante sanción de leyes o reformas legislativas, otras quitando efecto a una sentencia. Pero no por eso la revoca, porque “revocar” es una expresión técnica, procesal, y en este sentido la Corte IDH no se entromete. Lo que decide es que se corrija la violación y se repare. Cada Estado verá cómo. Es un problema que lo debe resolver cada Estado en su derecho interno. En este sentido, si la violación se halla en una sentencia y es ésta la que genera responsabilidad internacional al Estado, es obvio que esa sentencia deba perder eficacia.  

–¿Qué debería haber hecho la Corte argentina ante la necesidad de revocar la propia sentencia?

–Creo que lo que se venía haciendo en los casos anteriores. O sea, restarle efecto a la sentencia. De ese modo la Corte aporta desde su competencia a que el Estado no quede en posición comprometida frente al sistema interamericano de Derechos Humanos. 

Leer el artículo completo aquí