Volver a Colombia

La Unión Patriótica se fundó en 1985 por fuerzas de izquierda y albergaba sectores escindidos de grupos guerrilleros. Fue blanco de un ataque sistemático a sus militantes y candidatos. Resurgió en 2013, cuando se le devolvió la personería jurídica y se eligió como postulante presidencial a la ex concejal de Bogotá y exiliada hasta entonces Aída Abella. El partido, que respalda fuertemente el proceso de paz, carece de fondos suficientes para una campaña equitativa con las otras fuerzas, pero dará batalla en las urnas de la mano de esta mujer y su historia.

Volver a Colombia

Andrés Bermúdez Liévano – La Silla Vacía (Colombia)

“Tranquilo, que trabajamos para regresar”. Eso le decía siempre Aída Abella a sus amigos, a sus colegas de lucha sindical y a sus viejos aliados políticos, a todos los que le preguntaran cuándo viajaría a Colombia.

Ella siempre respondía lo mismo, “tranquila, que trabajamos para regresar”, pero tuvieron que pasar 17 años para que su promesa se cumpliera y ella venciera el miedo que la mantuvo alejada del país desde aquella mañana en 1996 en que la concejal bogotana de la Unión Patriótica iba por plena Autopista Norte y un carro con una bazuca en la ventana se le parqueó al lado.

Esa madrugada, a las 7:50 de la mañana del 7 de mayo, su historia por poco termina de la misma manera que la de Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo Ossa, Manuel Cepeda Vargas y otros tres mil militantes de la UP, que fueron silenciados en una feroz campaña contra un partido que surgió de las fallidas negociaciones entre las Farc y el Gobierno durante los años ochenta.

Tuvieron que pasar 17 años, seis meses y cuatro días para que Aída, hoy una mujer de 65 años, cambiara su plácida ciudad lacustre en Suiza por Colombia – así eso fuera lo último que tenía ella en los planes cuando abordó el avión de regreso. Para ella era un viaje de una semana, que terminaría con una escala en París y estaría de regreso en su casa en Ginebra. Se equivocó.

Tres meses después, Aída está instalada en Colombia, viviendo de invitada en la casa de una de sus viejas amigas de los años setenta, como candidata presidencial de una Unión Patriótica revivida de forma inesperada por un fallo del Consejo de Estado. Como política en campaña por un país al que le siguió la pista con compulsividad desde la distancia europea, pero que físicamente le resulta un perfecto desconocido.

Y como figura poco conocida por las masas, pero símbolo de un partido que hoy siente sus banderas reivindicadas por unos diálogos en La Habana que buscan ponerle punto final a cuatro décadas de guerra.

Es ahí, en ese nuevo espacio político que se abrió el día en que el Gobierno y las Farc se sentaron juntos en Oslo, donde Aída Abella siente que está su nueva misión.

A diferencia de los otros candidatos presidenciales, la campaña de esta mujer boyacense, de voz reposada y conversación fogosa, que sigue llamando “compañeros” a sus amigos y colaboradores, está hecha con las uñas.

No tiene sede permanente, sino que va migrando de lugar en lugar. Algunas veces trabaja en las casas de viejos amigos, otras en las sedes de partidos de izquierda amigos, como el Partido Comunista o la Marcha Patriótica. O en la del semanario Voz, que desde su fundación hace cinco décadas recoge las ideas de la facción más a la izquierda de la izquierda colombiana.

“Es ahí, en ese nuevo espacio político que se abrió el

día en que el Gobierno y las Farc se sentaron juntos en

Oslo, donde Aída Abella siente que está su nueva misión

Los afiches, los útiles de trabajo, la logística de campaña los están pagando con plata que ella y sus amigos han aportado. No han podido sacar préstamos a nombre del partido porque los bancos les dicen que no hay antecedentes inmediatos de resultados electorales.

“Más que con las uñas, es una campaña hecha con los ñocos, porque no tenemos cómo”, dice Felipe Santos, el veterano militante y secretario ejecutivo de la UP, que no es familiar ni del presidente ni del casi candidato uribista.

“A pesar de que recuperamos la personería jurídica, no se contempla que nuestro caso es singular y nuestras condiciones especiales. Nos están exigiendo como si aquí no hubiera pasado nada”.

Singular porque esa “rosa llamada UP”, como la llaman sus militantes adaptando el viejo cántico setentero y de protesta español, reaparece en el escenario político doce años después de no lograr los 50 mil votos del umbral. Y especial porque si resucitó en julio pasado fue gracias a un fallo del Consejo de Estado que reconoció que no obtuvo esos apoyos porque físicamente no tenía candidatos que los buscaran. Casi todos habían muerto o desaparecido, como dice Aída, “a punta de plomo”.

“Mira, no me hagas bromas”, le dijo a Jael Quiroga, la antigua militante de la UP que ha liderado las demandas de las víctimas de este partido ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, cuando la llamó a contarle del fallo. “Yo todavía no creo, pero si me mandan la resolución te lo creo”.

Aída decidió volver para el congreso de la UP, contra la voluntad de su esposo Pedro, un antiguo sindicalista como ella, y sus dos hijos. No esperaba ver sino a un centenar de viejos conocidos, pero llegaron más de mil personas a la Universidad Pedagógica, ondeando las banderas verdes y amarillas del partido.

“No se contempla que nuestro caso es singular

y nuestras condiciones especiales. Nos están

exigiendo como si aquí no hubiera pasado nada”

Estaba sentada en el podio de honor cuando la cúpula de la revivida UP le hizo a su “Bernardo Jaramillo con faldas” -como la llamó un amigo- una propuesta inesperada: ¿sería Aída su candidata presidencial?

“Nos miraba como pidiendo auxilio, como diciendo qué hago”, dice Carlos Lozano, el dirigente comunista que la conoce desde que eran estudiantes y que es candidato al Senado de la alianza entre la UP y los verdes. “Seguramente va a decir que le toca pensarlo”, pensó Yaneth Corredor, una de sus amigas más cercanas y en cuya casa ella se refugió antes de salir al exilio suizo.

“Casi me caí de la silla. La gente empezó a cantar y yo pensaba ¿qué hago? Era incapaz de echarle un balde de agua fría al Congreso. No pude ni llamar a mi esposo y mis hijos, porque estaban dormidos,
y dije que sí. Así mi familia se enterara al día siguiente por el periódico”, dice ella.

Y, así, menos de cuatro días después de su regreso estaba firme en el tarjetón presidencial.

“Sentí que algo había cambiado, que por fin se abría un espacio diferente al de la guerra, que había un espacio para los que tenemos visiones del país diferentes”, dice hoy cuando intenta explicar el impulso que la empujó a quedarse.

Pero por ahora Aída siente que la competencia es desigual. “La gente que no aparece en televisión no existe. El que no sale en El Tiempo no existe. Al que no lo llaman de La W no existe”, dice una de sus más cercanas consejeras.

Ella subraya esa diferencia cada vez que puede, siempre con un toque de su humor negro. En diciembre, la revista Semana publicó un análisis de la carrera electoral en que la candidata de la UP no aparecía ni en un pie de foto. Unos días después, Avella se topó con Alejandro Santos, el director de la revista, en un programa de radio.

“Sentí que algo había cambiado, que por fin se abría 

un espacio diferente al de la guerra, que había un espacio

para los que tenemos visiones del país diferentes

“Hola, yo todavía existo”, le dijo, parca pero amable. “¿A qué te refieres?”, le preguntó él. “A eso, que yo existo”. Fin de la conversación.

Esas diferencias se notan en el terreno, al hacer campaña. Mientras el ex presidente Álvaro Uribe y su candidato Óscar Iván Zuluaga han recorrido una decena departamentos en las últimas semanas, ella apenas ha visitado cuatro regiones en total.

Esos viajes han sido el reencuentro de Aída con un país que recorrió intensamente como líder sindical. La carretera de Neiva a Florencia, que era una trocha la última vez que la recorrió, la deslumbró ahora con sus túneles. Bogotá, su hogar durante 30 años, le resulta irreconocible con “tantas orejas y tantos puentes”.

Aída sabe que sus opciones electorales y las de su partido son muy bajas, que seguramente perderán la personería por la imposibilidad de llegar a los 450 mil votos del umbral, pero le apuestan a otra cosa. Tanto que ella declinó el ofrecimiento de Clara López de ser su fórmula vicepresidencial, diciendo que “los comunistas no le vamos a seguir cargando la maleta a la izquierda como siempre hemos hecho”.

El regreso de la Unión Patriótica al ruedo electoral, para ella, tiene todo que ver con la paz. “Somos un aporte al proceso de paz porque a pesar de toda la atrocidad contra la UP, del atentado y del exilio, creemos en la reconciliación”, dice.

 

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