Víctor Jara, el artista

Chile 

La faceta menos conocida del cantante chileno Victor Jara era la de su amor por el teatro. El músico, asesinado por la dictadura pinochetista, fue también un exitoso director teatral, actor y poeta. Tenía un protagonismo increíble en esos años, aunque no fue por eso que lo mataron. Al final, fueron sus ideas, traducidas en bellas canciones, las que le costaron su vida. 

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Jorge Letelier F – La Tercera (Chile)

Aunque se sabe comúnmente que Víctor Jara era un conocido director teatral, labor desarrollada desde antes y en paralelo a su más conocida faceta musical, poco se conoce de que fue el responsable de tres obras consideradas clásicos absolutos del teatro chileno: Animas de día claro, Los invasores y La remolienda.

Esta sola mención da una perspectiva distinta de su importante labor en las tablas, donde en 14 años de trabajo dirigió diez montajes profesionales, hizo giras internacionales, estudió becado en Gran Bretaña y trabajó junto a los más importantes teatristas de la época. Si bien la historia y el mito hablan del Víctor Jara cantautor como su principal legado artístico, la dimensión de su trabajo escénico es tan contundente como única en el desarrollo de la cultura chilena de la década del 60.

Como casi todas las historias sobre un talento efervescente, la de Jara y el teatro comenzaron de manera casual, casi como un pie de página que comienza a crecer: en 1959, mientras preparaba un musical para participar en un festival de teatro estudiantil, el curso de Jara decide no seguir con la obra que preparaban y en ese momento él le pide a su amigo y compañero Alejandro Sieveking escribir una obra especialmente para el concurso.

El montaje fue Parecido a la felicidad y ganó el encuentro. Pero además, por cosas del destino, fue llamado de urgencia para “parchar” una caída del programa del Ituch (Instituto de Teatro de la U. de Chile, ex Teatro Experimental, en la hoy Sala Antonio Varas). “Ese debut de Víctor fue un hit. En esos años, cualquier obra con éxito era de los maestros de la época (Pedro de la Barra, Agustín Siré), entonces que llegue un cabro que era estudiante y tenga ese éxito, era impensado”, explica Gabriel Sepúlveda, actor y autor del libro Víctor Jara, su vida en el teatro (2013), quien en la FILSA lanzará su tercera edición, la que incluirá 32 imágenes inéditas del artista cuando grabó la música de la animación de Tevito, el símbolo de TVN durante el gobierno de Allende. 

Jara había tenido una formación escénica en la pantomima, donde fue parte de la compañía de mimos Noisvander, y como apunta Rodríguez, su infancia y juventud fue determinada en gran manera por su vida en el campo y la cercanía con la cultura popular. De esa amalgama, surgió una particular creación artística marcada por la variedad.

“Jara había tenido una formación escénica en la pantomima, donde fue parte de la compañía de mimos Noisvander, y como apunta Rodríguez, su infancia y juventud fue determinada en gran manera por su vida en el campo y la cercanía con la cultura popular. De esa amalgama, surgió una particular creación artística marcada por la variedad”

“Era mimo, actor, director teatral, poeta, músico, director de espectáculos masivos, dirigió en televisión. El real aporte de Víctor a la cultura chilena es de mucho tonelaje, tenía un protagonismo increíble en eseo años y lo que ocurre es que esa imagen icónica que se tiene de él amenaza con comerse al resto. Su crimen configura la imagen arquetípica de las figuras trágicas, como de tragedia griega. En ese sentido, creo que el héroe trágico sobrevive a la música, la poesía y el teatro”, sostiene Sepúlveda.

Quien fue su dupla creativa por esos años, el dramaturgo Alejandro Sieveking, cree que el legado de Jara está en la música “porque su registro es lo único concreto que queda. Su aporte teatral solo lo puedo testimoniar yo, mi mujer (Bélgica Castro) y un par de personas más”, dice. El autor, quien escribió las obras Parecido a la felicidad, Animas de día claro y La remolienda, que fueron dirigidas por Jara, cuenta que cuando ocurrió su crimen, preparaban La virgen del puño cerrado, obra que fue estrenada dos meses después.

Sieveking cuenta que al ver una obra dirigida por Jara inmediatamente se notaba una mano inconfundible detrás. “Tenía un talento único que no se ha repetido en Chile para nada. Tenía una gran capacidad para trabajar el realismo, pero era como que no estabas viendo teatro, no tenía esa cosa pesada, de dicción forzada. Lo suyo era cinematográfico y poético, algo que no se puede definir. Era una cosa mágica que no habías visto antes; era el talento, una cualidad que no tiene una definición especifica pero que va más allá de lo correcto”, describe.

La consagración de Víctor Jara fue meteórica, coinciden ambos. Debutó en 1959 y tuvo un éxito instantáneo. “Animas de dia claro (1962)reafirmó ese éxito, luego Los invasores (1963) levantó polvareda. En esa época cantaba con el grupo Cuncumén. De haber aparecido harto en la prensa y de haber sido contratado por el Ituch, se va de Cuncumén y se atreve a cantar. Eso ocurrió en 1964”, dice Sepúlveda.

Si bien su labor teatral es relevante en esos años y con ello se convirtió en “responsbale de momentos de auge del teatro chileno de los años 60 y comienzos de los 70”, como dice Sieveking, parece haber consenso que su legado fundamental y más visible está en la música. “Esta lo catapulta a nivel universal; es el mártir de la guitarra en el mundo. Lo que lo llevó a la muerte no fue su teatro, fue su música”, finaliza Sepúlveda.

 

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