¿Alto al fuego entre Uribe y Santos?

Colombia 

Después de tantas idas y vueltas en la relación del ex presidente Álvaro Uribe y el actual mandatario Juan Manuel Santos, ahora hay indicios de una posible tregua. Aunque sea controversial, la invitación de Santos es importante. Que se abra un diálogo honesto intelectualmente entre Uribe y el Gobierno sobre el proceso de paz podría no solo ser muy útil sino necesario.

Juan Manuel Santos, el presidente junto al ex mandatario Álvaro Uribe Juanita León- La Silla Vacía (Colombia) 

La invitación de Juan Manuel Santos al ex presidente Álvaro Uribe a reunirse y hablar con “criterio patriótico” de paz parece, por la forma como lo hizo, tener más una intención mediática que una genuina de abrir un diálogo con su principal opositor. Pero si esta conversación se diera, podría ayudar mucho al proceso de paz.

La invitación de Santos ocurrió después de que Álvaro Leyva le sugiriera en una carta a Uribe que “se metiera” al proceso de paz y un par de semanas después de que el mismo presidente le pidiera a Antanas Mockus que buscara una mediación con el ahora poderoso senador y de que Daniel Coronell comenzara a publicar varias columnas detallando los acercamientos entre el Gobierno Uribe y las Farc para un eventual diálogo de paz. Asunto este último que de alguna manera resta argumentos a Uribe en sus críticas al actual proceso.

Como la mayoría de analistas interpretan la política desde una perspectiva personal, varios han considerado el gesto de Santos como uno de “gallardía” y la eventual reticencia de Uribe a hacerlo como uno de mezquindad.

“Es una campaña mediática para poner a Uribe contra las cuerdas”, dijo a La Silla un analista. “Lo pone en una situación incómoda. Si acepta, muy bien. Si no, queda como un pendenciero”.

Hay dos razones por las que las fuentes consultadas creen que la invitación de Santos podría no ser del todo genuina: por un lado por la forma en la que lo hizo, dado que cualquier experto en negociación sabe que la fase de exploración de una negociación no puede ser pública porque pone al otro contra la pared. Tiene que construirse en privado. Santos lo hizo a través de un trino, muy posiblemente previamente “ambientado” mediante una entrevista de Mockus con María Isabel Rueda en El Tiempo.

“Que se abra un diálogo honesto intelectualmente entre el ex presidente Uribe y el Gobierno sobre el proceso de paz podría no solo ser muy útil sino necesario, especialmente a medida que se aproxima la discusión sobre las armas y la justicia para los jefes de las Farc”

Lo segundo es por la misma forma en que horas antes de invitarlo a dialogar reaccionó a las “52 capitulaciones” del ex presidente. Como dijo un uribista, “si estuviera realmente interesado en un diálogo habría discutido cada objeción concreta del ex presidente y no simplemente haberlas desechado diciendo que eran 52 calumnias”.

La respuesta del Presidente a estas críticas puntuales de Uribe, varias de ellas ciertas y otras muy engañosas como lo comprobó La Silla con su Detector de Mentiras, fue despreciarlo: “Qué posición tan irracional, tan falta de sustento, simplemente por criticar u oponerse a un proceso que quiere el pueblo colombiano. Pues no: no les vamos a permitir que se opongan a esa paz. El pueblo colombiano seguirá apoyando un proceso que nos va a cambiar un futuro para un porvenir mucho mejor”

El ex presidente Uribe no ha contestado a la invitación y ha eludido las preguntas de los periodistas al respecto.  

El senador del Centro Democrático José Obdulio Gaviria dijo que “Uribe hablaría de paz si acogen los inamovibles”. Es decir, si se cambia el esquema de negociar sin un cese unilateral de hostilidades por parte de las Farc, se suspende el reclutamiento de menores y el minado. Toca ver si Gaviria estaba hablando por su jefe político, pero lo más seguro es que el ex presidente le “devuelva” personalmente la pelota a Santos dada su habilidad política.

Una necesidad

Que se abra un diálogo honesto intelectualmente entre el ex presidente Uribe y el Gobierno sobre el proceso de paz podría no solo ser muy útil sino necesario, especialmente a medida que se aproxima la discusión sobre las armas y la justicia para los jefes de las Farc. Los expertos en negociaciones de paz dicen que además de la negociación horizontal con la contraparte debe existir una vertical al interior de cada parte.

“No es posible hacer cosas como aceptar cero cárcel a cambio de mucha verdad y desarme, si no hay un consenso entre el establecimiento”, dijo alguien que trabajó muy de cerca en un anterior proceso de paz. “Una de las pocas fallas que tiene este proceso es que no tiene un acuerdo en el Establecimiento de lo que es negociable y lo que no lo es”.

Santos trató de buscar este consenso integrando una comisión negociadora integrada por dos generales de la República y el representante de los empresarios, pero al final esto no ha sido suficiente para darle confianza a todos los sectores, como lo demostró la votación de casi 7 millones de colombianos a favor del candidato uribista que se oponía a cómo se están dando los diálogos.

No es claro, tampoco, si ya sería demasiado tarde para llegar a este acuerdo mínimo entre los dos sectores del poder que representan Santos (uno más urbano) y Uribe (uno más rural) y que hoy están divididos por el proceso de paz.

Por ejemplo, lo acordado sobre lo agrario –que tiene un impacto mucho más grande sobre el sector agrario que representa Uribe porque como lo dijo el ex presidente crea una amenaza real sobre las tierras ociosas- ya sería muy difícil de deshacer.

Sin embargo, abrir este diálogo podría ayudar mucho porque lo que falta es lo más difícil y toca un nervio central de la sociedad: no se sabe qué tanto están dispuestos los colombianos a permitir que no paguen cárcel a cambio de que dejen las armas y cuenten la verdad y reparen a sus víctimas. Ese acuerdo sería fundamental con miras a la refrendación del Acuerdo Final por parte de los ciudadanos.

Quizás puedan aceptar la invitación que hizo el ex senador Juan Lozano hoy en Blu Radio de sentarse a discutir de cara al país las 52 objeciones de Uribe a los acuerdos divulgados.

 

Redacción- Semana (Colombia) 

Hace diez años, en el 2004, las vidas de Juan Manuel Santos y Álvaro Uribe Vélez se cruzarían definitivamente. Fue un año trascendental para la historia política del país. El Congreso colombiano acababa de aprobar la reelección presidencial. Una política reforma que tenía como nombre Álvaro y apellido Uribe, y que con el tiempo se supo que había sido aprobada tras un festín de ofrecimientos y prebendas a dos congresistas (Yidis Medina y Teodolindo Avendaño) que terminaron cambiando su conciencia y votando a favor de la reelección. 

Uribe miraba todo eso complacido desde su silla en la Casa de Nariño. Y Juan Manuel Santos lo hacía desde el Partido Liberal, el que más se opuso a la reelección. En ese entonces era uno de los tres directores del partido del trapo rojo. Pero el único que no se oponía a la reelección de Uribe. Por esa razón decidió salir del liberalismo y llegó a los terrenos del presidente Uribe para ponerse a disposición de su gobierno. Santos, entonces, se dedicó a crear un partido político alrededor de la figura de Uribe Vélez. Primero fue el ‘Nuevo Partido’, pero la idea no prosperó. Luego, la que sí cuajó fue la del Partido de La U (en ese entonces nadie sabía que el nombre correspondía a Partido social de la Unidad Nacional, sino que era el partido de Uribe. A secas). Santos se encargó de reclutar liberales disidentes y para el 2006 le armó una plataforma política al presidente. Con Santos a la cabeza, La U ganó las elecciones
de Congreso ese año. Y dos meses después, Uribe conquistó la reelección. 

En ese momento parecieron sellar el binomio perfecto. Uribe, para pagar su deuda con Santos, lo nombró ministro de Defensa. Fueron tres años en los que compartieron protagonismo ante el éxito y pocas responsabilidades frente al fracaso. 

En esa época, Santos le entregó a Uribe resultados antes inimaginables. Fue el primer ministro de Defensa en el país que ‘tocaba’ a los peces gordos de las FARC, a los comandantes, a los máximos referentes de la guerrilla. La primera gran ‘gesta’ fue en marzo del 2008, cuando tuvo lugar el controvertido bombardeo al número 2 de las FARC, alias ‘Raúl Reyes’. Dicha operación fue en territorio ecuatoriano. Uribe justificó y protegió a su ministro de Defensa ante un proceso judicial que se le abrió en Ecuador.

Cuatro meses después, ambos estremecieron al país con la llamada Operación Jaque, que culminó el 2 de junio con el rescate de Íngrid Betancourt, tres contratistas gringos y 12 militares y policías colombianos secuestrados por las FARC. 

Pero ese mismo año, en el que ambos parecieron cobijados por la gloria, también les trajo uno de los momentos que más empañaron sus carreras. En septiembre, se denunciaron los primeros casos de falsos positivos. Un escándalo de envergadura en el que, a pesar de que se exigieron responsabilidades políticas, ni Santos ni Uribe las pagaron. Por el contrario, el presidente protegió a su ministro de Defensa. El 18 de mayo del 2009 Santos renunció a su cargo, pero no por ese motivo. 

“En ese momento parecieron sellar el binomio perfecto. Uribe, para pagar su deuda con Santos, lo nombró ministro de Defensa. Fueron tres años en los que compartieron protagonismo ante el éxito y pocas responsabilidades frente al fracaso”

Lo hizo para ser candidato presidencial si la Corte Constitucional no avalaba (como así sucedió) la segunda reelección de Uribe. 

Pero de la mano de este, Santos, en su primera participación en unas elecciones, se convirtió en el presidente más votado en la historia del país. Sobrepasó el umbral de los nueve millones de votos, en buena parte conquistados por haber sido ungido como el heredero de Uribe. Precisamente su campaña estuvo montada sobre la obra de gobierno de su antecesor. 

Pero no fue sino que Santos ganara la Presidencia y le agradeciera a Uribe al señalarlo como el colombiano más importante de todos los tiempos, para que empezara una relación de diferencias y odios que parecen insuperables. 

El inventario es largo. La primera diferencia se dio por el nombramiento de Germán Vargas Lleras y Juan Camilo Restrepo, críticos de Uribe, como ministros. El primer acto de gobierno, Santos se reunió con el presidente Hugo Chávez, quien había roto las relaciones con Álvaro Uribe, para recomponer las relaciones. Uribe no admitía relación alguna con un gobierno que alberga terroristas. 

Según Juan Fernando Cristo, en su libro La Guerra por las Víctimas, el rompimiento lo marcó la ley de víctimas y el reconocimiento que hizo esta de la existencia de un conflicto armado interno. Uribe y Santos, cuando eran aliados, habían reiterado en que en Colombia no había conflicto sino amenaza terrorista.  

Luego, y a cuentagotas, se empezaron a producir episodios que colmarían la paciencia de Uribe, quien se declaró traicionado por Santos, y que precipitaron la más enconada oposición que el presidente Santos ha tenido en los casi cinco años que lleva como presidente. El marco para la paz, el proceso de paz, fueron quizá los más importantes. 

Parecen tantas las diferencias, que una respuesta afirmativa de Uribe a la invitación al diálogo planteada por Santos parece poco probable. Y los logros que obtuvieron cuando trabajaron en equipo parecen lejanos. En todo caso, las apuestas están abiertas y la respuesta sólo la tiene Uribe.  

 

Leer el artículo de La Silla Vacía aquí 

Leer el artículo de Semana aquí