Una nueva intentona destituyente

Brasil

La manifestación de protesta, convocada contra el gobierno de la presidenta Dilma Rousseff, es un intento de ‘golpe blando’ disimulado bajo la fachada institucional de un reclamo de juicio político a la mandataria. La ofensiva conservadora es coordinada por partidos y medios opositores, junto a jueces y policías, impulsados por los intereses económicos del capital financiero local.

Pancartas golpistas durante una marcha en Brasil - Foto: Archivo

Rei D’almeida Santos – Miradas al Sur (Argentina)

Brasil suma una confluencia peligrosa de crisis, ante la articulación y versatilidad de la ofensiva conservadora, con una red bien coordinada de partidos, medios, intelectuales, capital financiero, jueces, policías. El padrón de la lucha político-jurídico-mediática flirtea con la regresión democrática e institucional del país.

Esta semana será la decisiva para la apuesta más ambiciosa de la oposición derechista para desestabilizar a la presidenta Dilma Rousseff. La intentona desestabilizadora culminará con una gran marcha en las principales ciudad del país. Coincidiendo con el retorno de las actividades parlamentarias, está programada una campaña de agitación y propaganda, combinada con presiones parlamentarias, para desembocar el 16 de agosto en la manifestación convocada por Aécio Neves, el derechista perdedor en las elecciones presidenciales de 2014, donde esperan convocar a 4 millones de personas, y cuyo fin es exigir el golpe blando disimulado bajo la apariencia institucional del juicio político (impeachment) a la mandataria.

» Está programada una campaña de agitación y propaganda, combinada con presiones parlamentarias, para desembocar el 16 de agosto en la manifestación convocada por Aécio Neves, el derechista perdedor en las elecciones presidenciales de 2014, donde esperan convocar a 4 millones de personas, y cuyo fin es exigir el golpe blando disimulado bajo la apariencia institucional del juicio político (impeachment) a la mandataria «

La escalada política “final” comenzó el lunes 3, cuando agentes de la Policía Federal detuvieron en su domicilio de Brasilia a José Dirceu, quien fuera entre 2003 y 2005 ministro jefe de Gabinete y pieza central del gabinete del entonces presidente Luiz Inácio Lula da Silva, bajo sospecha de que éste fue uno de los arquitectos de la trama de corrupción establecida en torno de Petrobras, integrada por ex directivos de la estatal y empresas privadas como Odebrecht, Camargo Correa y otras contratistas, cuyos ejecutivos están detenidos en una prisión de Curitiba, capital del sureño Paraná.

No se trata sólo de la imagen de José Dirceu, determinante para la primera victoria electoral de Lula en 2002. Ahora, su prisión alcanza de pleno a la imagen del Partido de los Trabajadores, de Lula y del gobierno de Dilma Rousseff. El senador Ronaldo Caiado, del conservador Demócratas, vaticinó que “falta poco para que caiga Lula”. El procurador Carlos dos Santos Lima aseguró contar con documentos –que no exhibió– más las “delaciones premiadas” de empresarios arrepentidos como base de su arsenal acusatorio contra el ex ministro.

Destitución ya

Desde hace diez días se insufló el fervor destituyente cuando el jueves 30 de julio las oficinas del ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva en el popular barrio Ipiranga de San Pablo fueron blanco de una bomba lanzada por terroristas. “La intolerancia es el camino más corto para destruir a la democracia, (el ataque) no se condice con la cultura de respeto a la diversidad del pueblo brasileño”, dejó en claro Dilma. Una “inaceptable escalada de odio contra el PT, alimentada por sectores de la sociedad que insisten en propagar el golpismo”.

En el Parlamento, la bancada de diputados que representa el gran negocio de las sectas evangélicas –obispos y pastores electrónicos– defiende iniciativas contrarias a todos los avances igualitarios y de inclusión social, al igual que lo hacen los dos oligopolios mediáticos. El epicentro de esta “derecha” se ubica en las clases medias de San Pablo y otras grandes urbes, donde el mensaje conservador y de descrédito permanente contra la izquierda ha calado fuerte, así como las diatribas contra la integración y los socios regionales.

Ya el 15 de marzo, cientos de miles de personas se movilizaron en San Pablo, Brasilia y otras capitales para exigir la caída de Dilma entre cánticos hostiles a los “comunistas” instalados en el Palacio del Planalto, loas a la dictadura militar y carteles de “SOS Fuerzas Armadas” escritos en inglés y portugués, copiando el modelo de la oposición venezolana.

Sin dudas, el atentado reviste gravedad política. Cinco años después de haber dejado el gobierno, Lula continúa siendo un personaje central de la vida nacional, medular en los últimos 26 años, desde 1989, año en que disputó y fue derrotado por primera vez en elecciones presidenciales. Hoy, después de un bombardeo mediático contra su figura por los grandes medios de comunicación, aún aparece como una tabla de salvación para un gobierno que recibe un 65% de rechazo, según las encuestadoras de esos mismos medios. Si la derecha creyera en las encuestas que difunde, bastaría con que esperara a 2018 y derrotarlo.

» El jefe de la Cámara de Diputados, Eduardo Cunha, del PMDB, dará curso a varios pedidos de juicio político, entre los que sobresale el escrito por un militar retirado e imaginativo, Jair Bolsonaro, quien sostiene que algún día la sociedad comprenderá el ‘legado de la revolución del ’64 (golpe que derrocó a Joao Goulart)’ y reivindica la implantación de un gobierno de fuerza, con autoridad, para terminar con los terroristas enquistados «

“Lula fue colocado en el centro de la vida política brasileña. Todos los focos se concentran sobre él: o será abatido por la derecha o ejercerá el rol de eje en la recomposición de la izquierda brasileña y logrará dar continuidad al proceso político iniciado en 2003, con todas las adecuaciones necesarias. En un marco de crisis de credibilidad de las instituciones, de las fuerzas políticas y sociales, de los gobiernos a todos los niveles, de los liderazgos, la excepción es Lula. Si no fuera así, él no sería el blanco privilegiado de los ataques de la derecha”, señala el politólogo Emir Sader. La estrategia lulista es conformar un frente amplio con partidos progresistas y movimientos sociales a pesar del descontento generalizado con el ajuste ortodoxo del ministro de Hacienda, Joaquim Levy.

No cabe duda de que el jefe de la Cámara de Diputados, Eduardo Cunha, del Partido Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), dará curso a varios pedidos de juicio político, entre los que sobresale el escrito por un militar retirado e imaginativo, Jair Bolsonaro, quien sostiene que algún día la sociedad comprenderá el “legado de la revolución del ’64 (golpe que derrocó a Joao Goulart)” y reivindica la implantación de “un gobierno de fuerza… con autoridad… para terminar con los terroristas enquistados”.

Cunha amenazó con incendiar el país con otras propuestas en la Cámara, en un chantaje a la Corte Suprema que insiste en procesarlo por cobrar un soborno de 5 millones de dólares en el escándalo en perjuicio de Petrobras.

Cunha y Aécio Neves, del Partido de la Socialdemocracia Brasileña, son los promotores de esta intentona de golpe blando y esperan el gran final para el 16 de agosto. El mismo día, 23 años atrás, el PT lideró a miles de indignados que pedían el juicio político contra el presidente derechista Fernando Collor de Melo, que debió renunciar pocos meses después. Ambos cuentan con las campañas de la prensa hegemónica, encabezada por la Rede Globo y la revista Veja, dispuestos a imponer un imaginario colectiv
o que lleve a un golpe, de forma de impedir que la versión real de los hechos pueda ser conocida por el pueblo brasileño.

 

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