Una huelga de hambre que rompe la impunidad

Pasaron ya 21 meses desde el golpe de Estado que derrocó al presidente paraguayo Fernando Lugo. La punta de lanza de su destitución fue la masacre de Curuguaty, sucedida unos días antes. Por esos hechos hay doce campesinos presos, que en junio enfrentarán un juicio. Pero cinco de ellos se encuentran en huelga de hambre desde el 14 de febrero para denunciar un proceso que consideran plagado de irregularidades e injusticias.

Clyde Soto – Rocco carbone – E»a (Paraguay)

La huelga de hambre de los campesinos paraguayos presos por la masacre de Marina Kue es una cuña que impide se cierre el círculo perverso de la impunidad desatada sobre el caso Curuguaty, punta de lanza del golpe parlamentario que el 22 de junio de 2012 derrocó al gobierno paraguayo democrático, bajo un ropaje de institucionalidad jurídica. Iniciada el 14 de febrero, luego de un año y ocho meses de sucedida la masacre, la medida de fuerza es llevada por cinco de los doce procesados que deberán enfrentar el juicio oral y público cuya fecha de inicio fue fijada para el 26 de junio de este año.

El fiscal del caso, Jalil Rachid, acusó arbitrariamente a los campesinos de tentativa de homicidio doloso, de invasión de inmueble ajeno y de asociación criminal. Ni siquiera tiene pruebas de parafina de los acusados. Las escopetas incautadas no habían sido disparadas. Las tierras son del Estado. No investigó evidencias de ejecuciones de los campesinos muertos. El proceso que armó viola de múltiples maneras las leyes nacionales y las obligaciones internacionales de derechos humanos relativas al debido proceso. Sin embargo, a lo largo de un tortuoso devenir, se fueron cerrando sucesivamente las posibilidades de revertir los caminos retorcidos que llevan a un juicio con evidente sentencia previa.

La condena a alguna o a varias personas, sin que importe a la justicia su real responsabilidad sobre la muerte de otras 17 cuando la masacre, es el paso imprescindible para que el Paraguay considere oficialmente el caso como cerrado. Es el punto final forzoso que se precisa para imponer un olvido interesado sobre lo que en realidad sucedió y, en especial, sobre lo que este caso representa para un patrón histórico de dominación política, expoliación de riquezas y explotación de seres humanos, que ha sido dominante en el Paraguay.

«Y qué cerca estaría el futuro, un futuro abierto con al menos –lo que no sería poco– la esperanza de un nuevo paradigma de poder, si el reclamo del campesinado sin tierra hecho cuerpo en cinco campesinos en huelga de hambre, fuera acompañado por una ciudadanía movilizada y consciente acerca del sentido profundo que tiene la lucha de aparentemente sólo cinco subjetividades»

El caso Curuguaty condensa lo que ha sido la historia económica y política paraguaya desde la posguerra contra la Triple Alianza: entrega de la tierra a grandes empresas extranjeras, apropiación malhabida de tierras que debían haber sido destinadas para la reforma agraria, un sistema de vasallaje o de expulsión del campesinado pobre y, más recientemente, conversión de estas tierras para la inmisericorde explotación sojera o para las incluso más crueles actividades de la producción y el tráfico de drogas, todo esto consolidado bajo las reglas de un manejo despótico y excluyente del poder político, obtenido y conservado por arbitrio de la violencia o el autoritarismo. Un sistema que sólo permite inflexiones que no rompan su coherencia y que actúa con precisión premeditada por vía de tentáculos visibles, aunque difusos en cuanto a sus responsables directos.

Hacer justicia en el caso Curuguaty rompería este esquema exitoso de poder y dominación. Por eso el juicio está cantado. Por eso la huelga de hambre es una cuña molesta, pequeña pero a la vez poderosa. Tal vez por eso mismo hay tanto silencio o tanto desdén de las autoridades paraguayas con respecto a la posibilidad de que cinco personas mueran por no tener confianza en obtener justicia.

Este sábado 22 de marzo se cumplen 21 meses del golpe de 2012. Una fecha para mirar de manera crítica al pasado más reciente del Paraguay. Y qué cerca estaría el futuro, un futuro abierto con al menos –lo que no sería poco– la esperanza de un nuevo paradigma de poder (sin expoliación de riquezas, sin explotación de seres, ya sin tierras malhabidas), si el reclamo del campesinado (por ahora) sin tierra hecho cuerpo en cinco campesinos en huelga de hambre, fuera acompañado por una ciudadanía movilizada y consciente acerca del sentido profundo que tiene la lucha de aparentemente sólo cinco subjetividades que, sin embargo, resume las luchas históricas de todo un país.

 

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