Tribunal de La Haya

Se organizaron para salir en grupo a ver vidrieras en las fiestas de diciembre, para admirar aquello que jamás podrán consumir. Los habituales asistentes a los shoppings sintieron indignación por compartir su espacio con ellos. Para los centros comerciales fue una situación escandalosa. Intervino la policía y luego la justicia, que otorgó el derecho el adminisión a los centros comerciales, lo que generó una mayor conflictividad social. Había surgido como un divertimento, un divertimento pobre, para pobres, que ni siquiera fue posible.

rolezinhos

Editorial – La República (Uruguay)

La novedad de la última Navidad en San Pablo fueron los “rolezinhos”; jóvenes pobres se convocaron para ir juntos a dar un “paseo” en algún shopping, para admirar bienes de marca. Fue la novedad, no porque la gente no mire vidrieras desde que para eso se inventaron, sino porque intervino la Policía paulista y los inocentes paseos se convirtieron en un drama social.

A mediados de enero, los “rolezinhos” se duplicaron en Brasilia y se informa que Dilma Rousseff convocó a una reunión urgente. Precavida, no quiso que se disparara una ola recargada de protestas y la tomara de sorpresa, como la del año pasado por el aumento del boleto en San Pablo.

Para entender el fenómeno hay que agregar a la pintura una ciudad muy dividida en zonas, clases y razas; una sociedad que promueve el consumo de marcas y, nuevamente, unos pobres que ahora pueden aspirar a comprarse alguno de los objetos del deseo. Agregar, también, que los “rolezinhos” no tienen afán de robo ni más afán de distorsión que la de ir en grupo; ni se produjo más distorsión que la intervención de la Policía antimotines en los centros de compra. Agregar, también, el “funk da ostentação”, una versión paulista en que cantantes de favela se muestran en grandes coches y cantan letras que exaltan el lujo, representado por marcas. Estas son una forma simplificada de remedar el “buen gusto” de los ricos, que es más difícil de imitar.

Los participantes de los “rolezinhos” viven cerca de los primeros centros comerciales que fueron a visitar colectivamente. Darse un paseo por allí es frecuente. Y para los vendedores de bienes de marca, aunque sea por su cantidad, deben ser una clientela interesante, ya que se muestran dispuestos a dejar el sueldo de una quincena en la entrega inicial de un par de championes.

El problema es la multitud. Los templos del consumo -de lo que Walter Benjamín llamó la religión del capitalismo-, deben dar impresión de ser un sueño. Un montón de planchas cantando “Eita porra, que cheiro de maconha”, despierta al más alucinado por la música funcional. Los gerentes instintivamente llamaron a la Policía, aunque no había nada de qué acusar a nadie. Pero igualmente significativa es la reacción de los paseadores de clase media, que sintieron indignación porque los pobres amenazaban quitarles la exclusividad del consumo.

El diario “Folha de Sao Paulo” muestra a diario fotos, videos y relatos de policías que toman a bastonazos a jóvenes lo mejor vestidos que pueden, pero de piel un quintito amarronada de más, seleccionados con ojo certero en medio de una multitud que baja escaleras mecánicas. Y la Justicia le dio la razón a la asociación de centros comerciales, otorgándoles el derecho a reservarse la admisión. Esto le agrega explosividad social a unos paseos inicialmente divertidos; una apropiación gozosa de los espacios diseñados para ser ajenos, que no llega a ser un gesto de resistencia. Ya hay casos en que, previo trabajo de inteligencia, la Policía presionó a jóvenes para que desconvoquen a “rolezinhos”. Una nueva batalla en la guerra contra los pobres.

 

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