El significado de la paz

Colombia

Todos hablan de paz, aunque no está claro si su invocación está vinculada al fin del conflicto o si forma parte ya de términos que son tan poderosos como vacíos para la población. Y mientras siguen las negociaciones entre las FARC y el gobierno en La Habana, este debate está presente, al igual que el abierto por el uribismo sobre quiénes son las víctimas.

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Julieta Lemaitre – La Silla Vacía (Colombia)

Como en las mejores épocas de Belisario Betancur, la palabra paz está en todas las bocas. No sólo como manoseada estrategia de campaña sino, persistente, en los discursos de posesión y las conversaciones de pasillo con los periodistas. “Todos con la paz,” informan los medios excitados como veinteañeros a las cuatro de la mañana, con la noche de tragos encima, y el amanecer demasiado cerca para irse a dormir. ¡Otro trago por la paz! ¡Y que siga la fiesta!

La sensatez de Juanita León (1), que nos explicó qué paz habrá, y por qué, y por quién, queda diluida como unas gotas de limón en un litro de cerveza fría.

La austeridad del intelectual santista, el comisionado de paz Sergio Jaramillo, desaparece a esta hora de la fiesta, cuando los vecinos se aburrieron de llamar a la policía, el autonombrado DJ le sigue subiendo al volumen, y las borrachas se abrazan en la improvisada pista de baile clamando por la paz. El comisionado hace rato se fue para su casa, a dormir con la cabeza bajo las cobijas, esperando que el 7 de agosto se acabe la fiesta, y enfrentar la tremenda resaca.

Como ha dicho Jaramillo en todos los escenarios, y repiten juiciosos los documentos producidos por su oficina, no se trata de la paz. Es el fin de conflicto. El fin del conflicto con las FARC, para mayores señas. O quizá deberíamos decir, si eso no fuera ser demasiado precisos, el fin del conflicto con el secretariado de las FARC y los comandantes y bloques que sigan su mando.

Es el fin de uno de los conflictos, pero no de todos, incluso si llegara la paz con el ELN.  Hay y habrá bloques que no harán la paz, y guerrilleros que se empleen, ahora sí sin trabas, en las multinacionales de la coca. Hay y habrá numerosas pequeñas bandas de antiguos combatientes que encontrarán la persistencia de su forma de vida en la extorsión a comerciantes y el secuestro. Y quizá incluso tengamos algunos iluminados que en nombre del comunismo y los ideales “vendidos” funden nuevos grupúsculos guerrilleros, radicalizados y dispuestos a todo. Hay y habrá miles de muchachos que se escaparán de entre los dedos de las agencias de desmovilización, y terminarán temprano antes que tarde, muertos a bala en algún potrero.

«La sobriedad que requiere la posibilidad del fin del conflicto tiene poco que ver con el trasnocho por la paz, y con el manoseo de una palabra que de tanto usarla significa poco, o nada»

Aún así, el fin del conflicto armado con las FARC sigue siendo atractivo; un cambio de época para todos. Y si con el fin del conflicto armado vienen algunas reformas a la iniquidad del campo, a su desigualdad grotesca y a las muchas formas en que las instituciones perpetúan la miseria rural, bienvenidas sean. Los países pasan a menudo por umbrales , vistos con claridad sólo después de muchos años, y quizá este sea el nuestro.

Pero el fin del conflicto, en estos términos, no da para una fiesta. Máximo da para unas cervezas en una tienda, y para caminar despacio a casa a las once de la noche mirando las estrellas, contemplando el fin de las FARC como guerrilla.

La sobriedad que requiere la posibilidad del fin del conflicto tiene poco que ver con el trasnocho por la paz, y con el manoseo de una palabra que de tanto usarla significa poco, o nada.

Otra forma de verlo es que la paz es nuestro poderoso significante vacío; esa idea política que sin tener un significado concreto aglutina las emociones políticas, generando acuerdos entre facciones  contrarias precisamente por lo poco que significa y lo mucho que evoca. Es nuestro significante vacío, tan poderoso como lo han sido  para otros, en otra épocas, patria, libertad, igualdad, familia y alguna religión.

Así, la paz aparece luminosa y seductora en la imaginación de los borrachos a medida que avanza la fiesta, aumentan los abrazos, se reconocen los amigos, se diluyen las diferencias con los contradictores y quieren cada vez más a la patria, o lo que es lo mismo, a la selección Colombia. Avanza la fiesta y en un rincón rumia su odio también aumentado por el alcohol alguien de pasado turbio, a quien las memorias de desplantes y agravios atormentan más con cada trago que se toma. Las chicas más lindas saltan acompasadas al ritmo de la música compitiendo por la atención del más guapo, y la promesa del amor perfecto. Nadie sabe cuándo acabará la fiesta, y todos corean “¡Qué viva la paz! Qué viva Colombia! ¡Qué viva James, nojoda!”

(1) Directora de La Silla Vacía

María Jimena Duzán – Semana (Colombia)

Según las estadísticas, somos 6 millones de colombianos. A la mayoría de nosotros nos tocó aprender a lidiar con nuestra tragedia en la penumbra de la soledad porque la sociedad nos dejó solas. Para sobrevivir al dolor, sacamos fuerzas de entre las entrañas, allá donde muy pocos seres son capaces de adentrarse sin perder el juicio. Aprendimos a sobrevivir pese a la indiferencia y nos las hemos ingeniado para disipar el odio que siembra en uno el peso de la impunidad. 

Sin embargo, pese a que ya somos una realidad y de que se avecina nuestro tiempo, según nos dicen, las víctimas del conflicto colombiano aún deambulamos por el país, mascullando nuestro drama de manera vergonzante, sin que nuestras miradas nos delaten, mientras el país político nos intenta resarcir con leyes que no se aplican y los victimarios se lavan las manos diciendo verdades que en realidad son fábricas de mentiras. 

Así me atrevería a definir a las víctimas que hemos logrado sobrevivir sin perder el juicio en este conflicto. Y en esa definición deberían caber sin excepción todas las víctimas de este conflicto. Desde las víctimas de las Farc, como el general Mendieta y del ELN como el exsenador Juan Fernando Cristo, cuyo padre fue asesinado por ese grupo guerrillero, pasando por el padre del senador Iván Cepeda asesinado por los paramilitares, hasta llegar a los campesinos del Cauca, del Urabá, de Montes de María, del Magdalena medio, entre otras regiones, que han sido víctimas de todos los actores armados a la vez –de las Farc, de los paras y de los agentes del estado–, como si el universo entero se hubiera ensañado contra ellos. En una de esas masacres, por allá en los noventa, cayó mi hermana Silvia, también periodista, junto con unos valientes líderes campesinos, asesinados por estar pensando en cómo aclimatar la paz y no en cómo incentivar la guerra. 

Desde entonces, las víctimas que he ido conociendo a lo largo de la vida y de mi trabajo periodístico se han caracterizado porque nunca han empuñado las armas ni armado un grupo de autodefensa para vengar la muerte de sus seres queridos. Por el contrario, se han dedicado a reconstruir sus vidas, sus pueblos, sus familias. El país que siempre nos ha estigmatizado no conoce de lo que somos capaces las víctimas de este conflicto y de todo lo que podemos aportarle a este país.   

“Si van a hacer una mesa de negociación exclusivamente para las víctimas de las Farc, ¿en dónde me va a meter a mí que he sido víctima de las Farc y de los paras?” 

Toda esta reflexión la traigo a colación porque me preocupa la manera en que el uribismo está participando en el debate sobre quiénes deben ser las victimas que van a ir a La Habana. Sin ruborizarse han planteado una tabla de víctimas en la que se nos intenta dis
criminar según quiénes fueron nuestros victimarios. Y dentro de esa estratificación un tanto macabra, las victimas más relevantes serían las de las Farc. 

Imponer una tabla de víctimas me parece indigno para con las víctimas de este país porque nos revictimiza y nos degrada aún más de lo que ya nos degradó la guerra. Comparto con el uribismo su interés por visibilizar a las víctimas de las Farc y la urgencia de que las Farc les den la cara a las víctimas. También sé que ese grupo político representa parte de una sociedad que tiene que ser escuchada porque puso 7 millones de votos y que este proceso de paz tiene que hacerse también con el uribismo. 

Pero repudio su tesis de estratificar a las víctimas. Su propósito es el de visibilizar a las de las Farc con el objeto de invisibilizar a las demás. Esa visión mezquina del conflicto solo nos lleva a la consagración de la guerra y a que el número de víctimas pase de 6 millones a 10 o a 20.

La hora de las víctimas no puede ser entendida como una oportunidad para sacar provechos políticos y cualquier intento, venga de donde venga, tiene que ser repudiado. Pero además, como me decía un líder del Salado: “Si van a hacer una mesa de negociación exclusivamente para las víctimas de las Farc, ¿en dónde me va a meter a mí que he sido víctima de las Farc y de los paras?” 

 

 

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