Tato Pavlovsky en primera persona

Argentina 

Murió a los 81 años el pasado 4 de octubre. La singularidad de su enorme y extensa obra (teatral, psicoanalítica, periodística, política) radica en el compromiso que siempre mantuvo con lo que él denominaba lo social histórico. La vida de uno de los intelectuales más lúcidos y comprometidos del país, en los testimonios recogidos por Miguel Russo durante tres décadas de charlas.

Eduardo Tato Pavlovsky - Foto: Archivo

Redacción – Miradas al Sur (Argentina)

Cuando mi madre tenía 14 años, la operaron mal. Le hicieron una mastectomía pensando que tenía cáncer y, en realidad, era un tumor benigno. Es decir: a los 14 años se vio amputada totalmente: pecho, ganglios, músculos. Pero tenía una fuerza particular y fue una persona muy importante para mí. A veces era demasiado insistente, demasiado exigente. Los Pavlovsky eran una familia de médicos muy conocidos y prestigiosos. Y ella exigía que yo lo fuera. Mi viejo no. Mi viejo era uno de los pocos en la familia que no era médico. Él era empleado de Bunge y Born. La imagen de mi vieja, entonces, era muy fuerte y positiva. La de una mujer que controlaba la familia. Tenía una intuición psiquiátrica de la gente. Fue secretaria mía y podía captar los diagnósticos de los pacientes por teléfono. Me decía: “Llamó una mina desesperada, pero no le creo, y hay otro médico que dijo que quizás quería verte. Llamalo, ése sí anda mal”. Y la embocaba. Murió a los 92 años. Heredé la intuición de mi madre. Leí mucho por intuición. Yo podía hacer psicoterapia como mamá, porque capto a la gente. Eso me obligó a leer muchísimo para aplastar un poco esa intuición.

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Nací el 10 de diciembre de 1933. Tengo recuerdos borrosos, pero entre esa neblina aparezco con tres o cuatro años en una casa de la calle Paraguay con una chica que me cuidaba, Paulina. No están mis padres, estoy sólo con ella en esa casa. Y nada más. Después recuerdo que era asmático y me atendía Arnaldo Rascovsky, que después sería mi analista. Rascovsky me hizo ir a Villa Devoto. En esa época, Devoto era el cambio de clima. Decían que había allí un microclima y que me serviría mucho para curarme el asma. Y me curé. Tanto que después fui campeón argentino de natación: lo contraasmático. Ahí, en la casa de Villa Devoto donde nos mudamos, había una empleada que se llamaba Maruja y me hizo de Independiente. Era la época gloriosa de Maril, De la Mata, Erico, Sastre, Zorrilla.

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La primera vez que fui a ver a Independiente tenía siete años. Me llevó mi viejo, fanático de River, a ver un River-Independiente en el Monumental. Yo me conocía la formación de memoria y cuando lo vi salir a Erico, con las medias caídas, pensé que me moría. La hinchada de Independiente no paraba de gritar y mi viejo estaba medio nervioso. En eso, Erico levantó sus brazos hacia donde estábamos nosotros y saludó con la mano derecha. Me saludaba a mí. A mí. Mi viejo me miraba y no decía nada. El partido terminó empatado 3 a 3 y Erico hizo dos goles y a cada gol, vuelta a saludar para mi lado. Yo estaba seguro que me los dedicaba a mí. El último, lo hizo de taquito. Y cuando saludó y yo dije que también me lo estaba dedicando, mi viejo estalló en todo su dolor de gallina: “Está saludando a toda la hinchada, no a vos. Ahora terminala y mirá el partido”.

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Después seguí al Rojo a todas partes. Aproveché congresos internacionales para verlo afuera. Convencí a mi mujer de la importancia de ver La última cena en Milán porque tenía plateas para el segundo partido contra el Inter, al que le habíamos ganado en Avellaneda. Después, al perder en Italia, volví a convencerla de la importancia de ver la lidia de toros porque se jugaba el desempate en Madrid. Toda mi familia fue muy deportiva.

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Mi viejo tenía dos hermanos brillantes, médicos famosos internacionalmente: Alejandro y Alfredo. Él era un hombre medio, común, muy buen tipo, antiperonista casi hasta el terrorismo. Estuvo preso en la vieja cárcel de Las Heras durante un tiempo y después se exilió y se fue a trabajar al Paraguay. Era liberal, de la clase media alta liberal. Cuando Perón iba verlo a Stroessner a Paraguay, la policía argentina entraba a casa y se lo llevaba. El inspector que comandaba el operativo era amigo de la familia. Se llamaba Racana y entraba a los gritos: “Celina, dónde está Poroto. Lo necesitamos, está por llegar el General”. No le hacían nada, ni lo tocaban, pero desaparecía dos o tres días hasta que se iba Perón.

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Puedo haber valorizado a mi viejo menos que a mamá, pero curiosamente impregnó mucho de mi teatro. Él me enseñó a boxear. Era un hombre que me daba consejos pugilísticos y siempre terminaba con la misma frase: “Sirven en la vida”. Decía que cuando entrenaba, se iba antes de cansarse para tener ganas de volver al día siguiente. Nos contagió a todos esta pasión deportiva. Yo jugué un año en la primera de Cuba; cuando estaba por recibirme de médico, jugué al waterpolo. Su personalidad influyó más de lo que yo pensaba en su momento. Siempre aparece algo de él en mis obras: el deporte, la violencia, el amor hacia el box.

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Tuve un programa de box en Canal 13 en 1961, Sensaciones deportivas. Fui cronista de box en el encuentro Clay-Bonvena para la revista Semana gráfica. Era el sueño del pibe: esos dos monstruos en el Madison y yo ahí, viendo todo.

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Crecí en una familia muy competitiva. Si no sobresalía, era un mediocre. A partir de cierta edad, empecé a pensar diferente con mi viejo. A mí me había atravesado todo el proceso latinoamericano, la ligazón con el compromiso. Tenía diferencias con él, aunque no con mi abuelo, que se había escapado de Rusia en 1906 y se había asilado en la Argentina. En 1917, cuentan que mi abuelo puso la foto de Lenin sobre su escritorio y no la sacó más. Sus hijos (los hermanos de mi padre), por el contrario, se derechizaron al casarse con algunas mujeres de la burguesía terrateniente argentina y negaban el socialismo. Mi viejo fue el único que se casó con una mujer de clase media, aunque a ella no le gustara. Pero había algo de oligarquía.

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No tenía claro qué quería ser cuando creciera. En un momento me agarró un metejón con la ingeniería, pero no sabía qué hacía un ingeniero. Tuve la desgracia y la virtud de que, en 1948, antes de cumplir los 15, mi primera novia me abandonó. Ella iba a ser, tiempo después, mi esposa, la madre de tres de mis hijos. Yo estaba locamente enamorado y ella me abandonó. Caí en una depresión brutal, una angustia tremenda. Mi vieja entonces me dijo: “Mirá, a vos Rascovsky te curó el asma. Ahora creo que hace psicoanálisis o algo así. Vamos a verlo”. Fui desesperado y me analicé con su mujer, Matilde. Me sacó la angustia, o mejor dicho, me permitió conectarme con otras chicas.

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Cuando empecé a estudiar medicina me di cuenta de que no me gustaba. Me dijeron que cuando entrara al hospital todo iba a cambiar. Pero cuando entré al hospital comprendí que yo no quería ser médico. Algo tenía que hacer. Y lo único que se me ocurrió fue estudiar rápido, sacarme la carrera de encima cuanto antes. A los 22 me recibí, pero empecé a angustiarme de nuevo y recordé aquella experiencia analítica con Matilde. Yo había leído algo de Freud, empezaba a meterme en la psicología y comencé un análisis didáctico con Rascovsky. Me metí a hacer la carrera y me recibí de psicoanalista.

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En quinto año de medicina, fui a practicar un poco de box al Luna Park, al Royal Club donde se entrenaban Gatica y Prada. Preciosa, el manag
er de Gatica, relojeaba cómo yo sacaba las manos, cómo hacía sombra, esas cosas. Un día se me acerca, me lleva hasta donde estaba colgada la bolsa y me dice: “Mire pibe, si quiere empezar tiene que querer a ésta como a su madre”.

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Había hecho teatro de joven. Teatro pitucón, de clase media alta, con las novias. Pero cuando entraba a escena sentía un tipo de conmoción, de ceremonia. Era como cuando veía a una mujer por la calle y pensaba que si no volvía a verla me mataba. Eso de la actuación quedó como una letanía, pero, claro, yo era médico psicoanalista, ¿qué me iba a meter a hacer teatro? Pero arranqué.

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No tenía buen contacto con los analistas. No eran mala gente, pero éramos muy diferentes, no podía identificarme con ellos, con su forma de vivir y de pensar el mundo. El psicoanálisis se convertía en una comprensión del mundo a partir de interpretaciones. Y esas interpretaciones me causaban claustrofobia. Un día fui a ver una pelea de Lausse y Selpa con un analista. Y el tipo empezó con que el ring era como un útero donde contendían el ello y el yo. Y yo quería ver la pelea, la puta madre que lo parió. Interpretaciones, interpretaciones, cómo rompían las bolas con las interpretaciones: guerras como filicidios, accidentes como suicidios. No te podías engripar porque los mocos pasaban a ser penes colgando. Ese tipo de pensamiento no me interesaba. De todos modos llegué a ser titular, un puesto muy alto dentro de la carrera en 1967.

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Hubo tres grandes amores en mi vida: las mujeres, el teatro y descubrir por casualidad la psicoterapia de grupo. Un día, un médico colombiano, Rojas Bermúdez, me invitó a un hospital y me dijo que le parecía que yo me iba a sentir cómodo haciendo terapia de grupo con los chicos. Y tenía razón: eso tenía que ver con mi vida. Dejé el psicoanálisis individual, en el que me iba económicamente muy bien, para hacer terapia de grupo en 1970. Y ahí seguí. No descreo de la terapia individual ni del psicoanálisis. Pero creo que lo convirtieron en tratamientos demasiado extensos sin un justificativo clínico. De manera que te encontrás con muchachos de 26 años que ya tienen 20 de análisis. A la eficacia del psicoanálisis se le opuso una extensión desmesurada que me hizo dudar de su eficacia.

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Nunca estuve de acuerdo con la institución psicoanalítica a la que pertenecía. Yo estaba en el movimiento Plataforma, el primer desprendimiento ideológico-político-científico de la Asociación Psicoanalítica Argentina. Allí estábamos Marie Langer, Diego y Gilou García Reynoso, Emilio Rodrigué, Rafael Paz, Bauleo, Kesselman. Los terapeutas de grupo habíamos hecho un manifiesto en un congreso de Amsterdam en 1971 con el cual queríamos diferenciarnos de las técnicas norteamericanas. Nuestra psicoterapia no se podía transformar en una fuga hacia la genitalidad, como patrocinaban en las técnicas de laboratorio. Ese movimiento tuvo una ética de enunciación, pero después renunciamos al año: todos seguimos produciendo, pero cada uno por su lado. Todos éramos intelectuales de izquierda y era un momento de mucho narcisismo.

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Mi generación vivió la militancia cultural (yo fui miembro del MAS y del PST, candidato a diputado) y fue derrotada. Pero fue completa en la medida histórica: los intelectuales fuimos atravesados por la Historia. Viví el exilio durante el peronismo, los gobiernos de Frondizi, de Illia, los golpes militares, los ’60, Cuba, los vínculos de solidaridad, las utopías, la búsqueda de un mundo mejor, la dictadura militar, los nuevos exilios. Todo.

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Hasta 1978, pensaba que había zafado de la dictadura: no pertenecía a ninguna organización armada, había sido candidato a diputado. ¡Qué sé yo! Había escrito El señor Galíndez, pero era algo tan underground. Sí, ahí denunciaba a la tortura como institución. Pero yo creía que era muy poquito. Entonces hicimos con Alberto Ure una obra que se llamó Telarañas: el fascismo en las relaciones familiares. Al día siguiente del estreno me llamó Ricardo Freixá, secretario de Cultura porteña de la dictadura: “Mire, Pavlovsky, nosotros, usted, yo, Ure, somos gente bien. Si yo veo su obra en Tokio quedaría impresionado, pero acá no puedo tolerarla. Sáquela mañana”. Yo cometí un error político: le dije que me daría vergüenza sacarla yo, que la levantara él. Fue un error grave. Él la sacó por decreto.

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A los tres meses de levantar Telarañas, mientras atendía un grupo en mi casa, vinieron una banda de personas que se presentaron ante mi secretario como gasistas. Ahora, a la distancia, parece cómico. En Telarañas yo había metido a dos gasistas que en realidad eran torturadores y usaban el disfraz para entrar a las casas. Levanté el grupo y me metí por los techos hasta salir por otra calle. Desde arriba de un techo, vi a mis hijos encapuchados y tirados en el piso. Yo salté a la calle y corrí hasta una comisaría que había en la avenida Cabildo. Denuncié que había ladrones en mi casa y ocurrió un fenómeno curioso. Todos me conocían como el médico del barrio y yo seguía con lo de los ladrones. Y un grupo de policías salió dispuesto a balearse con los supuestos chorros. Yo me quedé ahí con el comisario y tuve una idea. Pedí el teléfono, marqué el número de mi hermano y cuando atendieron pedí hablar con el doctor Raúl Alfonsín. Alfonsín, en ese momento, era muy importante en derechos humanos. Yo a Alfonsín no lo conocía, y por supuesto no estaba en la casa de mi hermano, pero igual hice como si hablara con él mientras mi hermano se avivaba de todo: “Mirá, Raúl, te espero en veinte minutos en casa porque entraron unos ladrones y tienen de rehenes a mis hijos”. La cara del comisario no se podía creer. Al rato, cayeron los policías con diez tipos detenidos. Pero se ve que alguien se avivó, porque se reunieron todos con el comisario y al rato sale un oficial para preguntarme si yo era católico. Mentí una declaración jurada de mi paso por la iglesia (bautismo, comunión, confesión, no me olvidé de nada). Y me dijo que fuera caminando para la calle, derecho, sin darme vuelta. Yo pensé que me ponían ahí mismo, pero salí, encontré en la puerta a mi hermano, el supuesto doctor Alfonsín, me dijo que la casa estaba destrozada pero mis hijos y mi mujer estaban a salvo y me llevó a esconder en la casa de un amigo.

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Pasé unos meses escondido hasta que decidí exilarme en Madrid. Allí comencé a politizar aún más mi obra. Y me convertí en un exiliado de privilegio: se me había editado mucho como autor y como terapeuta, era conocido, tuve tres grupos al llegar, hice mucho teatro. Pero nunca pude acostumbrarme. Yo me había ido con Susana Torres, mi segunda mujer, y mi hijo Federico. Pero había dejado a una gran parte de mi familia acá. Y la angustia crecía. No podía más y volví.

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Viví con cuatro mujeres. Tuve tres hijos (María Carolina, Malenka y Martín) con Celita; viví con una hippie en una casona de Belgrano (ella vivía con veinte hippies durante el día y de noche caía yo y se iban todos los otros); después formé pareja con Susana Torres Molina (con ella tuve otro hijo, Federico), y, después con Susana Evans. Siempre me gustaron mucho las mujeres, fui mujeriego, hasta promiscuo, pero porque estaba desesperado con el asunto de la creación. Estaba desaforado, no me entraban las cosas. Después fui ordenando esa cosa impulsiva, me calmé, pero sigo creyendo que lo más lindo que le puede pasar a un hombre es ver a una mujer que le gusta. Hace sesenta años que me gustan las chicas de 20, no progresé nada.

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Sigo apasionado como en los ’70, a pesar de tener menos rodillas. Algo que siempre repetía mi viejo: la vejez no se siente primero en el sexo, sino en las r
odillas. Y en esos apasionamientos, sigo siendo trotskista. Sus ideas revolucionarias me siguen tocando hondo. Claro que la institucionalización del trotskismo no me conformó nunca.

Testimonios recogidos por Miguel Russo durante tres décadas de charlas con el dramaturgo.

 

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