Sordos ruidos de corceles y de acero

Argentina
Roberto Mero

Macri no asistió al acto en San Lorenzo, donde se libró la primera batalla del Regimiento de Granaderos del Libertador San Martín, por a una amenaza de “escrache” de un grupo de militantes kirchneristas que pretendieron romper la calma mediática de los cementerios. Sí pudo celebrar un carnaval “for export” en Jujuy, hecho a la medida de su aislamiento del pueblo.

Ñoquiada de trabajadores despedidos del Centro Cultural Kirchner - Foto: ES Fotografía

Roberto Mero* – Latinoamérica Piensa

La impagable escena del escrache moderado y “bon enfant” que realizaron los militantes kirchneristas en San Lorenzo augura recuerdos del futuro. Esto es, una acción precisa, militante, juvenil y bullanguera para romper la calma mediática de los cementerios. La Nación, Perfil, Clarín y algunos botarates remarcaron que esta acción fue repudiada por los “vecinos que desalojaron los de La Cámpora al grito de Argentina, Argentina”. Breve pasaje de recuerdo. El 3 de febrero 1813 San Martín enfrentó en San Lorenzo a una división española de saqueadores mandados por el Virrey de Montevideo. Fue una acción militar menor, por cierto, pero en ella San Martín se jugaba el todo del recién formado Regimiento de Granaderos. Pero por sobre todo, el prestigio de la Asamblea del Año XIII que se había inaugurado el 31 de enero. Esa Asamblea, que prometía acabar con las rémoras de los nostálgicos del colonialismo y la esclavitud, los instrumentos de tortura y el sometimiento de la Patria, era amenazada en eses mismos instantes por un complot realista al que San Martín había puesto fin con la tropa y los “muchachos díscolos” de Bernardo de Monteagudo, dispuestos a todo para salvar la Revolución. Valgan estos datos curiosos de la historia para saludar el coraje de los “escrachantes” de San Lorenzo, en este año del Señor 2016. Tropa valiente, banderas desplegadas, poniendo el pecho a los acomodaticios del régimen de traición, esos muchachos y muchachas hicieron de las suyas en las tripas mismas de una payasada donde Macri hubiese estado de más. ¿Aventura actual en honor del pasado? Es posible. ¿Patriada militante de un puñado de compañeros desafiantes? Por cierto. Como se den los datos los hechos hablan solos en las comparaciones de recuerdos y combates. Aquel 3 de febrero 1813 San Martín debió pedir prestados algunos sables para los oficiales y arreglar al resto de la tropa con lanzas talladas. No fueron los simpatizantes de Álzaga, ni los Unzué, ni los terratenientes los que les pusieron el pecho a las balas, sino un negro, esclavo y (quien sabe) “choripanero” que se llamó Juan Bautista Cabral. El mismo que no dijo lo que dicen los libritos (“muero contento…”) sino que, herido y agonizando en el hospital de fortuna del Convento, se aferró a la manga de la chaqueta de San Martín para decirle: “¡Les dimos una buena a esos maturrangos hijueputas!”

Nadando en sushis

¡Welcome to Macrilandia! Falto de pueblo, pero con figurantas pintadas como una puerta, Macri bailó hasta sudar una gota en un carnaval donde las mascaritas pulularon bajo cerco de tanquetas y patrulleros. Prueba apreciable de una Argentina transformada en reserva de indígenas adocenados, el “patroncito” hizo lo que tampoco sabe hacer: danzar con su propia comparsa en medio de un jolgorio “for export” con aborígenes publicitando el Max Factor. Anunció también que “una parte de la Capital debe desaparecer” entre un locrito servido por Sergio Massa y el delirio de la “energía barata”. Careció de aquella ingenuidad macabra de los viajes “menemianos” a la “trastosfera”, pero detalló un futuro de pantallas voltaicas para cuidar el medio ambiente. A un promedio de 2.000 euros el metro cuadrado de panel solar, la capacidad de producción de energía barata no sólo requiere de enormes inversiones y fabricación nacional, sino también de una estrategia de transporte de la energía producida. Tal vez Macri piense que la electricidad se manda por correo. O en los botecitos de Palermo. Capitán Nemo de la Buenos Aires ahogada por la crecida del mar (espera factible pero dentro de 100.000 años) el “cacerolo” de base podrá ver entonces la floración de sushis en su plato. O bailar haciéndose el colla pero con camisas de corte londinense. El carnaval de Macri en Purmamarca (tal como su cierre de campaña en La Quiaca) confirman la tendencia de la huida del escrache de masas que lo esperará a cada movimiento. La zarina Catalina de Rusia gozaba viendo lo que su ministro Potemkine le mostraba de lejos: ciudades reconstruidas y brillantes, que en realidad no eran sino un decorado de cartón y tela. Macri ni siquiera necesita eso: le basta un country a 230 euros por noche, algunos indios disfrazados, un pañuelito. Y ese fervor del “cacerolo ensushizado” que ve danzar a un magnate que le augura ahogarse en la Pelopincho. Dije: ¡Bienvenidos a Macrilandia!

Reivindicación histórica del ñoqui 

Ya sea de papa, de sémola o de trigo, redondo o bien en almendra, tallado a dedo o pergeñado en máquina, el verdadero ñoqui forma parte de la cultura occidental y cristiana al mismo título que las glorias culturales vaticanas. El “gnocchi del giovedì” (el ñoqui del jueves) de la cultura romana pasó a Buenos Aires ligado a la historia obrera de la capital. Era justo el 29 de cada mes que el “tanerio” proletario celebraba el día de la miseria paga con un plato que aliviaba un menú de pan y mate cocido. Ergo, el ñoqui despectivo del que habla el “sushitaje” macrista merece la gloria de haber servido de sobrevivencia llenando un plato que el patrón magreaba, como símbolo de la mesa trabajadora reunida. Ahorraré referencias de la literatura, de Lorenzo de Médici a Carlo Porta, pasando por los “niokis” que comen los personajes de Émile Zola. Pasaré por alto la hermandad insoslayable del “gnocchi” napolitano, del “ihnocs” de Niza, con esa sublime invención andaluza del chorizo. Y de su heredero rioplatense, el “choripán”. Cuenta la leyenda que alucinado por el sabor del chorizo gauchesco, uno de los invasores ingleses de 1806, un soldado de nombre Jimmy, se dedicó durante días a mezclar todas las especias del Buenos Aires colonial hasta lograr un “curry” (condimento) que acompañara el choripán protohistórico, la salsa de “jimycurry” o “chimichurri”. Valga este laberinto culinario para acabar con la pesada obsesión de que los “ñoquis” están de más. Es natural que el “clasemediero” de base macrista lance el término como un anatema. El pobrecito, criado a McDonald’s de lombrices o sushis enrollados en bagre barrero penará en hallar referencias de una historia argentina que no le pertenece, a una historia de inmigración que el piojo resucitado rechaza, a una historia de placer, de corazón, de pueblo. Borges recordaba que en su adolescencia temprana, allá en el viejo Palermo del Maldonado, un día volvió a su casa con la sorpresa de haber comido tripas (¿choripán?) invitado por unos obreros municipales. Su padre, Jorge Guillermo Borges, lo miró con desconsuelo por haber comido “un plato indigno de un gentleman”. Jorge Luis, contó durante toda su vida que alzó los hombros sin dar importancia. “Es del pueblo, pero es delicioso”, dijo. Y digo, como los ñoquis, como el choripán.

*Periodista y escritor argentino en París, Francia.