Vie 23 Feb 2018
Latinoamérica 

La violencia contra las mujeres latinas

Especial

Cada día mueren en promedio al menos 12 latinoamericanas y caribeñas por el solo hecho de ser mujer. "Nuestro continente está muy comprometido debido a una suspensión de la institucionalidad que se verifica en países como México, Guatemala y Honduras pero que está avanzando hacia el sur", alerta la investigadora especialista en género, Rita Segato. Como respuesta, las latinas se organizaron y se movilizaron contra la violencia machista que las condena exigiendo "ni una menos", desde el obelisco de Buenos Aires hasta la plaza de la independencia en Ciudad de México y desde la Alameda en Santiago de Chile a las calles de Sao Paulo. 

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Redacción- El Tiempo (Colombia) 

Latinoamérica registra las tasas más altas de feminicidios en el mundo, y de los 25 países más violentos, 14 son latinoamericanos, según reveló recientemente la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal).

Por otro lado, 12 mujeres en promedio son víctimas de feminicidio cada día en la región. Estas cifras, según Adriana Quiñones, asesora de la ONU en América Latina y el Caribe para la eliminación de la violencia contra las mujeres y las niñas, demuestran “una tolerancia a la violencia generada contra las mujeres”.

“Los datos que recolectamos en cada país son diferentes porque hay muchísimos prejuicios, se habla de crímenes pasionales, no se investiga, hay gran impunidad y en la realidad no contamos con cifras oficiales”, aseguró Quiñones, quien agregó que la dependencia económica y las uniones tempranas son las principales causas de que las mujeres caigan en situaciones de violencia.

Brasil, según la Organización Mundial de la Salud, tiene la quinta mayor tasa de feminicidios del mundo, con 4,8 casos por cada 100.000 mujeres. Argentina posee una media de 1 cada 30 horas, con 271 asesinatos en lo que va del 2016. Por su parte, Perú registra 108 feminicidios en lo que va de año. En Centroamérica, las cifras las encabeza Guatemala, donde se registraron hasta el 31 de octubre 630 feminicidios; le sigue Honduras, con 228 asesinatos entre enero y junio. En el caso de El Salvador, en el primer semestre del año se reportaron 154 casos, y en Nicaragua, al menos 45 mujeres han sido asesinadas en el 2016.

Quiñones señaló que los gobiernos no están poniendo los recursos suficientes para eliminar la violencia. “Hay leyes supremamente buenas y avanzadas en la región, pero no son implementadas porque cuando las mujeres van a esos servicios, no está el equipamiento”.

Pese a que existen leyes penales contra esta práctica, los casos no descienden. La legislación boliviana castiga hasta con 30 años de prisión a los maltratadores; sin embargo, en lo que va de año ya son 94 los asesinatos. En Paraguay, que lleva en el 2016 al menos 35 feminicidios, se aprobó la semana pasada en el Parlamento la ley de protección integral contra la violencia hacia las mujeres.

Las cifras de feminicidio han aumentado en varios países. En Venezuela, en el primer semestre del año hubo 75 asesinatos de mujeres frente a los 57 del 2015 en el mismo periodo; mientras que en México un promedio de 7 mujeres fueron asesinadas cada día entre el 2013 y el 2015; en igual periodo del 2001 al 2006 fue de 3,5.

Entre las naciones con las tasas más bajas están Costa Rica y Panamá, donde hasta agosto del 2016 se contabilizaron 19 y 14 asesinatos, respectivamente. En Puerto Rico se han reportado 10 muertes. “Lo primero es entender los derechos humanos de las mujeres”, indicó Quiñones y aseguró que los países deben posicionarlos como una agenda de Estado, que lleve a mayor participación política, económica, de desarrollo personal y generar condiciones de igualdad.

Reynaldo Sietecase- La Vanguardia (Argentina)

-La pregunta es qué se hace entonces con un violador.

-Con un violador, no. Con la sociedad. Hay infinitas formas de violar. Esto que sucedió con Micaela, como con Lucía, son ataques a la sociedad y a la vida en el cuerpo de una mujer. Entonces el problema no es el de un hombre y una mujer. O el de un violador como un ser anómalo, como un ser solitario. Ese es un error que ya el pensamiento feminista eliminó hace muchísimo tiempo. El violador no es un ser anómalo. En él irrumpe un contenido y determinados valores que están presentes en toda la sociedad. Cuando eso sucede nos espantamos y transformamos al violador en un chivo expiatorio, pero él en realidad fue el actor, el protagonista de una acción de toda la sociedad. Por lo tanto, no es con la cárcel y mucho menos con la castración química con la que se resuelven este tipo de situaciones. Y no es así, porque la violación no es un hecho genital sino un hecho del poder. La violación puede realizarse en forma genital pero puede realizarse de muchas otras maneras. Existen diversas modalidades de agresión -algunas no son crímenes siquiera- que también constituyen violaciones. Sin un cambio de esta atmósfera de poder en la que vivimos, el problema no va a desaparecer. Los Estados Unidos son uno de los países con penas más severas contra las violaciones y la incidencia de las violaciones es máxima. La violación, por ende, constituye una problemática social y no la conducta de un criminal “raro”. Por lo tanto, yo lo siento mucho, pero no te puedo dar una receta fácil. Lo que sé es que ni la cárcel, ni la castración química, ni la pena de muerte, ni la cadena perpetua resuelven el problema.

-¿Hay alguna experiencia concreta que resulte interesante y que trabaje en estos aspectos?

-América Latina y Europa son, evidentemente, muy distintas. Nuestro continente está muy comprometido debido a una suspensión de la institucionalidad que se verifica en países como México, Guatemala y Honduras pero que está avanzando hacia el sur. Nuestro continente, contrariamente a lo que pareciera porque no hay guerras declaradas en él, es el más violento del mundo en términos de homicidios. Eso se refleja en una falta de regulación de las ansiedades y de las aspiraciones de omnipotencia de algunas personas más vulnerables. El violador es el sujeto más vulnerable, más castrado de todos, que se rinde a un mandato de masculinidad que le exige un gesto extremo, un gesto aniquilador de otro ser, para poder verse como un hombre, para poder sentirse potente y verse al espejo y pensar que merece el título de la hombría. Es un tema que merece estudiarse mucho más. Resulta indispensable dialogar sobre el concepto mismo de violación, discutir sobre las agresiones sexuales, reflexionar sobre la agresión íntima en el mundo de las relaciones íntimas. Es preciso pensar que implica y que es una agresión anónima como ésta, de calle, como la que sucedió con Micaela. Pensar, de hecho, en la violación como un arma y una estrategia de guerra, en un mundo en el que las guerras se han vuelto informales. No existen recetas fáciles que puedan prescindir de estos análisis.

-Usted entrevistó a muchos violadores en Brasil. ¿Qué dicen ellos?

-Efectivamente, durante mucho tiempo he entrevistado a violadores en condiciones de diván psicoanalítico con equipos de estudiantes mujeres y hombres. Mis entrevistas se produjeron siempre después de que sus sentencias estuvieron cerradas, por lo que ellos que sabían que nada de lo que dijeran serviría para perjudicarlos, pero tampoco nada los beneficiaría en términos judiciales, de modo que era inútil cualquier intento de convencernos de su inocencia. De esa manera hacer una investigación profunda. Y a partir de eso resaltaría tres cosas. La primera, el acto de la violación atraviesa al violador. No le es totalmente inteligible lo que lo lleva a hacer eso. Segundo, es un acto de moralización: él siente y afirma que está castigando a la mujer violada, a su víctima, por algún comportamiento que él siente como un desvío, un desacato a una ley patriarcal. Por ende, él es un castigador, él no siente que actuó contra la ley, sino a favor de una ley que es una ley moral. Eso es, evidente, muy raro y provoca perplejidad. Finalmente, y en tercer lugar, el violador nunca está solo. Aunque actúe solo, está en un proceso de diálogo con sus modelos de masculinidad, con figuras como su primo más fuerte, o su hermano mayor. Está demostrándole algo a alguien (a otro hombre) y al mundo a través de ese otro hombre.

Por lo tanto, diría que hay dos ejes en la relación de la violación: uno es el eje moralizador, castigador, punitivo, con relación a la víctima. Y el otro es un eje de exhibicionismo indispensable, del violador frente a los otros hombres que son sus “otros” significativos. La gran dificultad de la sociedad es comprender que la violación no es un acto utilitario, no es el robo de un servicio sexual. Hay violaciones de mujeres de 70 u 80 años. No es un acto erótico. Y es muy difícil de entender. Todos los grandes juristas, los grandes conocedores de la ley, no consiguen desvincular el acto de la violación de la intimidad, del erotismo, del deseo. No es un deseo sexual, es un deseo de dominación, de poder. Que en nuestro mundo está muy entreverado. Hay una gran impregnación de la sexualidad por el deseo de dominación y por aspectos de poder, pero el interés del violador es la potencia y la exhibición de esa potencia frente a otros hombres, para valer frente a ellos como un “verdadero hombre”. Esto es lo que les escuché a los violadores. No de esta manera, por supuesto. Debe comprenderse que el acto de la violación es un acto expresivo, es un tipo de crimen que enuncia algo, es un crimen que le dice algo al otro, pero no es un crimen instrumental, utilitario. No es como matar a alguien para robarle, por venganza, o por encargo como el caso de los pistoleros contratados. No tiene una utilidad. Por eso creo que la mejor forma de describirlo es como un crimen de poder, de dominación. En el acto de violación hay una libido dirigida no al deseo ni al cuerpo de la víctima sino al poder. Hay que corregir, por tanto, el sentido común, el imaginario colectivo sobre este tema. 

Documento del colectivo Ni Una Menos (Argentina) 

Las enormes movilizaciones que gestamos, que atravesaron nuestro país y el continente desde el 3 de junio de 2015, con el grito Ni una menos, fueron la voz de nuestro hartazgo: Basta, basta de violencia machista, basta de complicidad estatal para esas violencias. Reclamamos prevención y cuidado, igualdad y justicia social. La demanda al Estado, tanto al Gobierno de Mauricio Macri y la alianza Cambiemos como a los gobiernos provinciales, es clara: se trata de las políticas integrales de prevención de la violencia patriarcal y respuesta adecuada a las víctimas. Nunca pedimos  el endurecimiento de las penas: tampoco menos libertades. Hablan por nosotras y dicen que queremos menos libertades sociales a cambio de una protección que nunca llega, pero esos pedidos siempre se vuelven contra el pueblo; sobre todo contra nosotras, que a la vez que nos dejan indefensas, nos criminalizan cuando queremos defendernos y nos persiguen cuando hacemos oír nuestro grito.

No nos callan. Por tercera vez marchamos un 3 de junio. Porque todos los días una mujer, una niña, una travesti, aparece muerta. El patriarcado se sostiene con esa violencia sobre nuestros cuerpos. Y no nos vamos a creer que es culpa de manifestarnos que la violencia crece, ahora más que antes, tenemos que seguir la misma huella. Tenemos que seguir ese camino que nos abrieron hasta esta plaza las luchas protagonizadas por las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. Ellas nos llevaron muy lejos. Con ellas fuimos parte, hace menos de un mes, del cuerpo colectivo que repudió masiva y claramente el 2x1 para los genocidas, para seguir diciendo basta a la impunidad al terrorismo de estado y sus secuelas.

Estamos en las calles, estamos resistiendo y no nos vencieron. A la crueldad femicida le oponemos feminismo y organización, la revuelta que dice ¡Basta!: Ni una víctima más. Ni una menos. Libertad, autonomía, deseo y revolución. Emancipación del patriarcado!

Traemos con nosotras las experiencias, las discusiones y los lazos que hemos construido entre todas en los Encuentros Nacionales de Mujeres y en años de organización popular en diversos ámbitos. Nos reconocemos en las luchas latinoamericanas, originarias y afrodescendientes: remarcamos el protagonismo de las mujeres en las luchas comunitarias por la vida y los territorios. Homenajeamos a las asesinadas: Bety Cariño en México (2010), Berta Cáceres en Honduras (2016), Laura Leonor Vasquez Pineda (2017) y a las -al menos- 41  niñas quemadas vivas por el Estado en Guatemala el mismo 8 de marzo, abrazamos a sus familias como abrazamos al pueblo de Brasil, que está sufriendo las consecuencias de un golpe institucional de derecha y machista.

Las demandas que exigimos al Estado el 3 de junio de 2015 siguen pendientes. Y nosotras somos cada vez más. Después del primer 3J la marea feminista no paró de crecer: el #7N en España, el #24A en México, el #1J en Brasil, el #3J2016 en Argentina, el 13 de agosto Ni Una Menos Perú, el 3 de octubre en Polonia, el 19 de octubre el primer paro de mujeres en Argentina, el #26N en Italia, la Marcha de las Mujeres en Estados Unidos el 21 de enero y el #8M con el Paro Internacional de Mujeres, que reunió a más de 50 países en todo el mundo. La marea feminista no se detiene.

Sin embargo, a nuestra marea, el Estado le responde con represión. A nuestras demandas, con manipulaciones. Quieren convertir la lucha de las mujeres en adorno cosmético de una política excluyente antes que en efectivas estrategias de cuidado de la vida. El Estado participa del pacto de complicidad machista que incluye al femicida, pero también a los agentes judiciales machistas que no creen en la palabra de la víctima, los medios de comunicación que solo nos reconocen como víctimas para su show del horror, los políticos que nos usan de excusa para quitar derechos. No sólo las demandas del 3 de junio siguen sin cumplirse. Peor: el ritmo de los femicidios y travesticidios se aceleró, no tenemos un sólo día que no esté marcado por el duelo. Y también empeoraron nuestras condiciones de vida: nos sustrajeron derechos y múltiples amenazas se ciernen sobre nosotras y sobre todxs. Hoy en la argentina, dos presas paradigmáticas, Higui, presa política del patriarcado por defenderse de sus violadores, y Milagro Sala, por protestar contra el gobierno, son demandas inclaudicables de este movimiento.

Jóvenes activistas son perseguidxs y antiguxs militantes encarceladxs. Filman asambleas de estudiantes secundarixs, hostigan a las pibas en los barrios y persiguen a mujeres que abortan. Denunciamos el plan sistemático de persecución a las feministas en toda América Latina, y en Argentina en particular. Al mismo tiempo, el Estado no busca a las jóvenes desaparecidas, supliendo la desidia con gestos, como publicar en el Boletín Oficial una recompensa por los datos sobre Araceli casi dos semanas después de que su cuerpo había aparecido. Fueron las organizaciones sociales las que buscaron a Araceli, fueron mujeres las que detuvieron a su asesino, son las militantes ahora quienes organizan el transporte por los barrios para que las pibas puedan moverse seguras. El Estado no está ausente, se presenta bajo su cara represiva y pretende usar la ley penal para resolver la conflictividad social.

En nuestros lugares de trabajo, a la amenaza siempre existente del despido se agregan las llamadas  “cláusulas de productividad”, que cercenan derechos laborales. La paritaria de empleados estatales, que quita premios durante meses por una ausencia laboral, amplía la desigualdad laboral y como consecuencia empeora la brecha salarial entre hombres y mujeres. Porque sabemos que somos nosotras las que faltamos cuando hay que resolver cuestiones familiares o domésticas.

La deuda externa crece como una bola de nieve, encadenando nuestras vidas y las de nuestrxs hijxs a su pago. La deuda se paga con nuestro tiempo y nuestro esfuerzo, con la postergación de la edad jubilatoria, el aumento de intereses en los préstamos que toman los sectores populares, la pobreza creciente, el ajuste. La transferencia de recursos es parte de un mapa en que el Estado es responsable. Dicen deuda y nosotras escuchamos que vienen por los pedazos de nuestro cuerpo.

La Educación Sexual integral, llave para construir una educación no patriarcal y prevenir que los noviazgos, por ejemplo, sean el comienzo de vidas signadas por la violencia, es desfinanciada y su aplicación dilatada.  A lo largo de todos los años del secundario, pibes y pibas reciben en promedio sólo 2 horas de Educación Sexual Integral.

Mientras, más mujeres son denunciadas por abortar. El año pasado obtuvimos una victoria que celebramos también en esta plaza, cuando el movimiento de mujeres logró la liberación de Belén, criminalizada por un aborto espontáneo. Desde esa victoria avanzamos y no nos detenemos hasta que nuestra democracia contemple el derecho aborto en condiciones dignas. Debemos estar alertas ante una ofensiva represiva que niega nuestro derecho a decidir sobre nuestros cuerpos, deseos y maternidades. Así como el feminismo avanza en toda América Latina, también intentan avanzar quienes nos denuncian como difusoras de la llamada “ideología de género”: son los sectores conservadores que tejen acuerdos con los Estados y las corporaciones, para detener a nuestros feminismos y quitarnos derechos.

Nos quieren quietas, mudas, disciplinadas. Por eso los femicidas y las patotas salen de caza y la policía de razzia después de las marchas. Pero Ni Una Menos es grito y abrazo común que hace temblar cada uno de los espacios de nuestras vidas y desborda en las calles. Juntas y para nosotras nos hacemos poderosas. Por eso hoy volvemos a decir ¡Basta!

Por todo esto, venimos a esta plaza a reclamar.

Leer el artículo de El Tiempo aquí 

Leer el artículo completo de La Vanguardia aquí 

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Un vídeo publicado por Latinoamérica Piensa (@latampiensa) el

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