La crisis del sistema penitenciario

Guatemala 

Las cárceles del país están repletas y los presos hacinados. Los recursos estatales son insuficientes para atender las necesidades básicas de los cautivos y las falencias del sistema penitenciario empujan a los jóvenes al delito. Los centros no sirven como vía de reinserción, al contrario, intensifican el resentimiento que los prisioneros tienen hacia la sociedad. 

Siglo 21 Editorial – Plaza Pública (Guatemala) 

El sistema nacional de cárceles está inmerso en una crisis recurrente, debido principalmente a que los recursos estatales siempre serán insuficientes para atender muchas de las carencias y posibilidades de mejora, a lo que se suma el anacronismo del modelo que persiste en prácticas que a la vez contribuyen al hacinamiento en muchos de estos centros, que nada tienen de rehabilitación, como constantemente se evidencia con las redes criminales que desde allí son dirigidas.

Cuando estos parámetros se trasladan al ámbito de lo jóvenes, la situación se complica porque en el historial de cada uno de los privados de libertad se encuentra el fundamento que respalda esos ingresos, y tristemente ese es un camino sin retorno para miles de adolescentes que lo que menos van a encontrar en esos centros es una vía para la reinserción, ya que el Estado apenas cuenta con los recursos suficientes para atender sus necesidades básicas y con ello se les termina de empujar a las redes del crimen.

De hecho, en la mayoría de los casos un ingreso a la cárcel no es más que un paso en descenso a los abismos de esa vida marginal en la que caen varios jóvenes, pues muchos de ellos ya han pasado por detenciones preventivas o encuentros fugaces con juzgadores que tal vez, en un acto de conmiseración, los dejan en libertad, con la intención evidente de que abandonen ese rumbo, algo que quizá muy pocos logren y por ello es que tarde o temprano ingresan a un reclusorio.

«Lo que menos van a encontrar en esos centros es una vía para la reinserción, ya que el Estado apenas cuenta con los recursos suficientes para atender sus necesidades básicas y con ello se les termina de empujar a las redes del crimen»

En algunos países se busca evitar que los primerizos tengan ese primer contacto con jóvenes reincidentes, lo cual, en Guatemala, no está entre las prioridades de las autoridades, pero en nuestro caso, hasta las prisiones se convierten en el único refugio para muchos adolescentes que tampoco tienen la más mínima noción del concepto de familia o, lo que es peor, lo han aprendido de mala manera, y ello puede explicar la saña con que a veces atacan con armas de fuego a unidades del transporte urbano.

Sin embargo, ese es un drama cotidiano que viven miles de jóvenes guatemaltecos, que han crecido en medio de la adversidad más brutal, donde desde el mismo seno familiar, lo poco que esto pueda significar para ellos ha sido de completa hostilidad, y a ello hay que agregar que el mismo sistema tampoco cuenta con mecanismos para tenderles una mano, mucho menos rescatarlos e insertarlos en un modelo educativo que podría contribuir a equilibrar el desbalance que surge de crecer en una familia fragmentada.

Solo en los últimos dos años, la población recluida en correccionales pasó de 530 a mil 96, un crecimiento del cien por cien en apenas dos años, lo que implica que el Estado ha fallado en cerrarles las puertas del infierno a esos centenares de jóvenes, quienes además terminan expresando de la manera más violenta ese resentimiento que los carcome.

Esto constituye un duro revés para cualquier país, pues se evidencia el enorme estado de vulnerabilidad en que los jóvenes se encuentran, ante una sociedad que hace muy poco por rescatarlos de las garras de la criminalidad.

 

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