Sentados a la misma la mesa

Los diálogos de paz que se desarrollan entre el gobierno colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en La Habana han sido criticados en el país desde muchas aristas, principalmente desde los que no quieren terminar con el conflicto armado sino nutrirse de él. Una visión no explorada es la de un analista que cuestiona severamente a los negociadores del Estado porque considera que una mesa “excluyente va a generar acuerdos excluyentes, es decir, enemigos de la paz”. 

Diego Marín Contreras – Telesur (Venezuela)

Si uno pasa revista a los miembros de la mesa negociadora de los Diálogos de Paz, por parte del Estado –y no voy a inventariarlos: no hay espacio para eso– se encuentra con la aterradora sorpresa de que no hay ni un solo historiador, ni un Álvaro Tirado Mejía, ni un Jorge Orlando Melo, ni un Gustavo Bell Lemus, ni uno solo, como si el tema no tuviera qué ver con nuestros doscientos años de inenarrables violencias sin término.

Tampoco, obviamente, hay entre los interlocutores nadie parecido a un filósofo, como si el tema de la guerra no tuviera nada qué ver con el pensamiento, o la ausencia de él, o nuestra renuencia secular a pensar las cosas de otra manera. Ni un antropólogo, ni un sociólogo, ni un comunicador social. Una mesa chiquitica para un diálogo chiquitico. Una paz enana y para enanos, Gulliver en Liliput. Esa mesa no da la talla.

El poeta portugués Fernando Pessoa solía decir: “Yo no soy del tamaño de mi estatura, yo soy del tamaño de lo que veo”. ¿Qué ve una mesa de paz integrada por políticos y tecnócratas, responsables precisamente de gran parte de la injusticia social que ha dado origen a la guerrilla? Veo, veo, no ven. Una visión pequeñita para una paz liliputiense. Qué dolor, qué dolor, qué pena, por eso es que Mambrú se fue a la guerra.

Dime a quiénes escoges para dialogar y yo te diré de qué tamaño es tu visión de la paz.

Una mesa de diálogo excluyente va a generar acuerdos excluyentes, es decir, enemigos de la paz. En este país, que todavía se declara católico, el malestar no sólo está en la misa, en la fanática intolerancia que ha dado origen a tantas violencias: también está en la mesa sin musas ni masas.

Si uno pasa revista a los miembros de la mesa de los Diálogos de Paz por parte del Estado entiende perfectamente porque, bien mirados, a los colombianos nos falta la dimensión de la mirada.

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