Se abre el debate sobre la muerte digna en Latinoamérica

Dos pedidos de eutanasia en la región cobran relevancia internacional, en su búsqueda por modificar las leyes de Perú y Chile para garantizar al que muchos consideran el último derecho de la libertad personal: la muerte digna. Colombia es el único país de Latinoamérica en reconocerlo, pero ahora dos iniciativas llegaron a los congresos de Chile y Perú, impulsadas por los casos de Ana Estrada y Cecilia Heyder

En Perú, la voz a favor de la eutanasia la encabeza Ana Estrada, la primera persona en reclamar su legalización de manera pública en este país. Ella inició una batalla judicial para conseguirla e inspiró un reciente proyecto de ley.

“Que no exista una ley no significa que el derecho no esté ahí. Hay un derecho pero falta la ley. Tengo la esperanza de que se reconozca ese derecho, mi derecho a decidir cuándo morir dignamente”, explicó Ana.

En tanto que Chile está cerca de convertirse en el segundo país de América Latina en regular la muerte digna, luego de que en diciembre la Cámara de Diputados aprobara un proyecto de ley de la oposición.

Además, el reciente caso de Cecilia, una mujer con cáncer, lupus y septicemia podría apurar el trámite parlamentario de la ley y ratificarse en marzo en el Senado. Esto, luego de que en enero la Corte de Apelaciones validara por primera vez el recurso judicial presentado por la mujer para morir dignamente. 

La historia de Ana, la blogger que inspiró un proyecto de ley

Ana padece polimiositis, una enfermedad degenerativa e irreversible que debilita los músculos. Ella no se cansa de repetir que no quiere matarse y que, muy al contrario, quiere seguir viviendo, pero necesita la libertad de decir basta cuando su irreversible enfermedad la obligue a alargar su vida en condiciones insoportables.

“Sé que es difícil comprenderlo, pero yo no me quiero morir. Estoy bien atendida y en un momento de mucha plenitud porque esta campaña me ha llevado a descubrir recursos que no tenía”, explica Ana, de 44 años, que comenzó su iniciativa hace cuatro desde su blog “Ana busca la muerte digna”, donde relata su historia.

Así logró poner sobre la mesa el incómodo debate en Perú, un país profundamente conservador donde la muerte asistida, tipificada como homicidio piadoso, está penada con hasta tres años de cárcel. La demanda de amparo presentada al Poder Judicial con el patrocinio de la Defensoría del Pueblo reclama que se suspenda ese castigo y que el Estado elabore los protocolos para el momento que Ana solicite la eutanasia.

La audiencia judicial se celebró el 7 de enero, tras más de un año de espera, y fue “una pequeña victoria” para Ana, que en un emocionante alegato derrumbó el prejuicio de que su reclamo sea fruto de una depresión, enfermedad que sí reconoció padecer años atrás.  

Fue en 2016, cuando su enfermedad la enclaustró casi un año en el hospital, de donde salió con la traqueotomía permanente en su cuello.

“Ahí sí me quería morir porque fue un trauma muy fuerte. Lo había perdido todo y mi vida había cambiado por completo, pero seguí un tratamiento y luego ya volvió la lucidez. Transformé ese ‘me quiero morir’ en ‘quiero mi derecho a morir con dignidad‘”, explica Ana.

Ahora espera el fallo con “incertidumbre” pero “tranquila”, porque cada vez se siente más acompañada. “Hay tanta gente que me apoya que no me siento sola. Siento que somos muchos”, afirmó Ana, que cuenta con el apoyo del Colegio de Médicos del Perú y de buena parte del Gobierno.

La semana pasada, el oficialista Partido Morado, presentó un proyecto de ley para legalizar la eutanasia, a raíz del caso de Ana. La iniciativa legislativa contempla la posibilidad de que la eutanasia sea solicitada por todo aquel paciente con una enfermedad en fase terminal o incurable que le provoque gran sufrimiento físico y psicológico.

En el momento de la solicitud, el enfermo debe ser consciente de su situación irreversible y haber recibido información de todas las alternativas de tratamientos existentes y de los recursos disponibles, según establece texto de la propuesta legislativa.

Cecilia, el caso más urgente en Chile 

Cecilia, de 54 años, quiere acceder a una muerte digna en el centro médico donde está y con el que mantiene una pugna para evitar que la envíen a su casa, donde podría fallecer de una forma dolorosa.

“No quiero irme del hospital, pero tampoco quedarme eternamente. Si estoy recurriendo a la Justicia es porque me niego a hacer nada ilegal y no quiero irme a morir a otro país“, agrega la mujer, que lleva varios años en silla de ruedas y con ambos pies vendados.

“Si mi deterioro es tan grande físicamente y yo encima me encuentro mentalmente lúcida, no es aceptable. Es cruel, es una tortura psicológica que no me dejen morir”, añade.

Madre de dos hijos y activista por los derechos humanos, Heyder se convirtió en la cara visible del proyecto de ley en trámite que todavía necesita el respaldo del Gobierno para que sea garantizado como derecho y se incluya en el sistema público de salud.

“Estamos ante algo insólito. Antes, la eutanasia era un tabú en la sociedad chilena pero eso ha cambiado. Ahora la mayoría se ha dado cuenta de que la decisión de cómo morir debe ser de cada uno“, indicó el diputado opositor Vlado Mirosevic, impulsor de la iniciativa.

Avanzar en la legalización, no solo la despenalización

Desde Amortanasia, una organización que ofrece acompañamiento a enfermos terminales que quieren acceder a una muerte digna, celebraron que se acerque el momento de despenalizar la eutanasia en Chile, pero denuncian que es insuficiente.

“Poder decidir cuándo morir no debería ser algo con lo que lucrarse, es un tema de derechos humanos y debería ser gratuito para todos”, reivindicó Francisco Tapia, integrante del grupo. 

Desde que se conformó en 2019, la organización logró cumplir el deseo de muerte digna de ocho personas en Chile ingeniando tretas jurídicas que incluyen la recaudación de fondos o la contratación de médicos extranjeros y por las que, pese a la ilegalidad, todavía no fueron penalizados.

“Tenemos que dejar atrás esta idea de la eutanasia como algo oscuro y siniestro -concluye Tapia-. Es mejor morir de forma asistida que estando roto y que unas personas te impongan su idea de muerte y se adueñen de tu historia y tu recuerdo”.