San Martín, el político revolucionario

Latinoamérica

La historia oficial atribuye al general San Martín las condiciones de un estratega militar, pero el cambio de orientación que supuso el cruce de la Cordillera de los Andes, en lugar del camino al Alto Perú, revela las aptitudes de un político revolucionario que supo construir las condiciones para la independencia sudamericana. El abrazo de Guayaquil con Bolívar. 

San Martín proclama la independencia del Perú, obra de Juan Lepiani - Imagen: Archivo

Alejandro Horowicz – Infonews (Argentina)

La historia oficial está escrita con los instrumentos de un discurso religioso. Una especie de teología con santos y herejes, donde a lo sumo se discute el signo de los personajes. El revisionismo histórico, escuela fundada al mismo tiempo que la Academia Nacional de la Historia, en medio de la crisis de los años 30, discute con el mitrismo la integración del panteón. Pero las bases del edificio permanecen intocadas. Mitristas son todos.

El éxito de la operación resultó tan estruendoso que el padre de la patria, el general José de San Martín, sostiene ambas tradiciones. Nadie pone en tela de juicio el inconsistente relato de su peripecia; un general eternamente montado en caballo blanco cruza una y otra vez la cordillera, sin que el barro de la historia roce con material impureza su imaginaria estela. El formidable oficial del ejército liberal revolucionario español, el hombre que comprendió en 1812 lo que los republicanos españoles no entendieron en 1936, sigue siendo un “misterio insondable” para la historia oficial. San Martín supo que la independencia sudamericana era condición de posibilidad de la revolución burguesa en España. Dicho de un tirón, que la independencia de las colonias hacía libres a los españoles, que la defensa de su apoliyado imperio los condenaba a una tragedia histórica perpetua, ya que en lugar de organizar una matriz política capaz tolerar las diferencias del complejo mosaico nacional español –desde los catalanes hasta los andaluces– construía un orden rígido, brutal, franquista. Orden del que todavía hoy no supieron salir y que todavía los atormenta.

Retomemos el hilo. Si en algún punto la historiografía tradicional hace agua, tanto la universitaria como la otra, es en la biografía política del genial oficial revolucionario. No puede explicar por qué el entonces capitán San Martín regresa a Buenos Aires en 1812, y además no termina de valorar el cambio de orientación estratégica que supuso el cruce de la Cordillera de los Andes, en lugar de conservar la minería de Potosí mediante el camino al Alto Perú. Por eso, atribuyen a San Martín grandes dotes técnico-militares, y muy pobres o directamente ninguna aptitud política. Esta última afirmación, que contiene la base de la estructura argumental de la historia de Bartolomé Mitre, no sólo no condice con la verdad histórica, sino que nubla la comprensión que vincula ese pasado con este presente. San Martín, a su modo, sigue siendo un hombre de nuestro tiempo.

” Supo que la independencia sudamericana era condición de posibilidad de la revolución burguesa en España. Dicho de un tirón, que la independencia de las colonias hacía libres a los españoles, que la defensa de su apoliyado imperio los condenaba a una tragedia histórica perpetua, ya que en lugar de organizar una matriz política capaz tolerar las diferencias del complejo mosaico nacional español –desde los catalanes hasta los andaluces– construía un orden rígido, brutal, franquista “

Se sabe, San Martín en compañía de sus padres –vamos a dejar en este artículo sin considerar si el general era o no hijo de Gregoria Matorras del Ser y del capital Juan de San Martín– partió hacia España siendo un niño, en 1781. Conviene retener tres cosas: la primera, el Virreinato del Río de la Plata era de recientísima creación (1776); la segunda, no existía ninguna idea de patria como noción colectiva (salvo el terruño de nacimiento, en este caso Yapeyú); y la tercera, es muy difícil que un niño educado en esos valores sienta de adulto la necesidad de regresar a Buenos Aires, para poner su espada al servicio de la independencia sudamericana, cuando el gobierno porteño no había planteado siquiera ese problema. Tan es así, que gobernaba tras la máscara de Fernando VII. Y la proclama de la independencia del año ’16 no estaba en el libreto de nadie.

Reformulemos entonces la pregunta: ¿por qué regresa San Martín? Ni el general, ni su padre, ni ninguno de sus hermanos superaron el grado de capitán en el ejército de los Borbones. ¿El motivo?: en una monarquía absoluta el cuerpo de oficiales estaba integrado por la nobleza de sangre. Los que no tenían ese origen –ese era el caso de su humildísimo padre, que arranca como soldado raso– tenían un tope: capitán. San Martín alcanzó ese grado y no lo sobrepasó –pese a ser el mejor instructor militar del ejército español– por esa única razón. Sólo el triunfo de la revolución española hubiera podido cambiar las cosas. Como tal cosa no sucedió, ante la inminencia del retorno de Fernando al trono, el capitán liberal abandona su puesto. No ignora que será declarado supernumerario. Es decir, su paga quedará reducida a la mitad, lo que le impediría sobrevivir con un mínimo de decoro, por la desconfianza que el rey tenía de los oficiales de esa orientación política y ese origen social.

Con un añadido, San Martín comprende que el regreso de Fernando supone una lucha despiadada para reconquistar las colonias americanas, y que, si ese intento fracasara, las posibilidades de retomar el camino de la revolución liberal en España quedarían expeditas. Entonces, empujado por una situación personal insostenible, y por una visión política clarísima, acepta embarcarse para forjar el instrumento militar que permitirá en Chacabuco y Maipú garantizar la independencia virreinal, primero, para marchar sobre Lima más tarde. Cuando Lima era el centro del poder español en Sudamérica.

Un cambio de estrategia fundamental

Desde el arribo al gobierno por la Primera Junta, hasta la derrota militar de Sipe Sipe, la orientación militar fue invariable: retomar el Alto Perú, conservar la plata potosina. Tras la victoria en San Lorenzo, San Martín es asignado a la jefatura de ese frente con idéntico propósito, en 1814. Muy rápidamente comprende dos cosas: que ese no es el camino a Lima, y que la línea de abastecimiento que permitía sostener 4000 hombres armados en las proximidades del río Desaguadero, arrancaba en Buenos Aires y concluía en el Alto Perú, era demasiado extendida. Bastaba pinzarla en algún punto para que la trabajosa conquista se desmoronara. Entonces, resolvió que allí había que batirse a la defensiva. Esperar el arribo del ejército de los Borbones, fogueado en las luchas contra Napoleón, para enfrentarlo mediante una guerra de recursos (guerra de guerrillas). En ese punto no se libraba la batalla decisiva, sino una operación puramente defensiva. Por tanto, encomendó esa tarea a don Juan Martín de Güemes, quien ya había ensayado ese modalidad con objetivos mucho más reducidos. Claro que hacerlo suponía renunciar, al menos temporalmente, al control de la plata potosina. Plata que financiaba el funcionamiento del Virreinato, cuando esa era la estrategia pergeñada en el célebre Plan de Operaciones.

” Nadie en toda América era entonces capaz ni de programar, ni de ejecutar exitosamente semejante plan. Por eso, San Martín fue el político revolucionario más importante de toda Sudamérica en la primera mitad del siglo XIX. La escala de la política, entonces y ahora, sigue siendo la condición de posibilidad de la victoria. Y esta es la enseñanza viva del gran capitán; de no tenerla presente, una vez más seremos batidos de a uno en fon
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Sólo la derrota de Sipe Sipe, en medio del cuadro militar más desolador (las tropas de Fernando habían retomado Chile, y sólo esta región conservaba la autonomía, al tiempo que Napoleón había sido derrotado en Waterloo) permitió que San Martín lograra la aceptación de su novísimo programa político-militar. Esto es, jugarse enteros a la baraja de la victoria de un general que en definitiva sólo había vencido en San Lorenzo, episodio militar muy menor, y que proponía una campaña para la que había que construirlo todo desde cero. Desde un nuevo cuerpo de oficiales, hasta el equipo para el cruce, sin olvidar por cierto el Congreso de Tucumán y la declaración de la independencia de las Provincias Unidas de Sudamérica.

Si se piensa que Juan Martín de Pueyrredón era un exiliado político porteño en San Juan, y que deja de serlo para transformarse primero en diputado de San Martín en el Congreso de Tucumán, y después el congreso lo pone a cargo del Ejecutivo, con el apoyo mayoritario, queda claro que la destreza política de San Martín no es precisamente pequeña. No sólo construye las condiciones políticas requeridas para la victoria militar, sino que además forja el instrumento de esa victoria, y la estrategia que permite materializarla.

Chacabuco es la primera batalla de semejante calidad política; surge de un cruce calculado con día y hora de arribo, para que las dos columnas principales confluyan. Es decir, programa el punto del enfrentamiento para tener la iniciativa estratégica, y derrota desde esa previsión a fuerzas que obligó previamente a la dispersión por ignorar el punto de confluencia. Nadie en toda América era entonces capaz ni de programar, ni de ejecutar exitosamente semejante plan. Por eso, San Martín fue el político revolucionario más importante de toda Sudamérica en la primera mitad del siglo XIX. La escala de la política, entonces y ahora, sigue siendo la condición de posibilidad de la victoria. Y esta es la enseñanza viva del gran capitán; de no tenerla presente, una vez más seremos batidos de a uno en fondo.

 

Editorial – El Cordillerano (Argentina)

La tarea de distorsión que llevan a cabo diariamente los grandes medios de comunicación no es cosa reciente ni su patrimonio exclusivo.

Durante muchísimo tiempo, quienes se adueñaron de la narración histórica nos hablaron del “misterio” de Guayaquil, es decir, de la decisión que adoptó el general San Martín de retirarse de la escena después de las entrevistas que mantuvo con Simón Bolívar en esa ciudad, hoy ecuatoriana. Justamente, el encuentro cumbre tuvo lugar el 26 de julio de 1822, aunque hubo otro más prolongado al día siguiente. Como la primera de las reuniones no contó con testigos y el correntino se marchó abruptamente, se alimentaron las suspicacias que los partidarios de la desintegración sudamericana, se encargaron de exacerbar. 

Pero allí están las misivas de uno y otro para llamar a las cosas por su nombre y mejor juzgar, más allá de las interpretaciones antojadizas. En primer término, los liberales que se hicieron del poder a partir de 1861, se preocuparon por instalar en su discurso histórico, enemistades entre ambos libertadores. Bien parece que no fue así… A la hora de invitar a San Martín a la localidad que en aquella época Bolívar quería incorporar a la Gran Colombia, el caraqueño se expresaba en estos términos: “con suma satisfacción, dignísimo amigo, doy a usted por primera vez el título que ha mucho tiempo mi corazón le ha consagrado. Amigo le llamo y este nombre será el que debe quedarnos por la vida porque la amistad es el único título que corresponde a hermanos de armas, de empresa y de opinión”.

Hay una anécdota célebre que se encargaron de difundir los que quisieron contraponer las figuras de ambos prohombres, como si se trata de un partido de fútbol entre partidarios de San Martín y de Bolívar. Se dice que al término de una fiesta que se dio en la segunda jornada de Guayaquil, el venezolano alzó su copa y exclamó: “Brindo, señores, por los dos hombres más grandes de la América del Sur, el general San Martín y yo”. Menos ególatra, el de las Provincias Unidas dijo: “Por la pronta terminación de la guerra, por la organización de las nuevas repúblicas del continente americano y por la salud del libertador”. Poco más tarde, el vencedor de Maipú se dirigió al muelle para embarcarse rápidamente. Allí se despidió de su colega y jamás se volvieron a ver.

” A la hora de invitar a San Martín a la localidad que en aquella época Bolívar quería incorporar a la Gran Colombia, el caraqueño se expresaba en estos términos: Con suma satisfacción, dignísimo amigo, doy a usted por primera vez el título que ha mucho tiempo mi corazón le ha consagrado. Amigo le llamo y este nombre será el que debe quedarnos por la vida porque la amistad es el único título que corresponde a hermanos de armas, de empresa y de opinión ”

Comenzaron entonces las preguntas que en realidad, encontraron respuesta no mucho tiempo después. Años más tarde, un marino francés le pidió a San Martín documentos sobre su actuación en la gesta emancipadora y entre otras, el argentino le acercó la copia de una carta que le había enviado a Bolívar unos días después del encuentro guayaquileño. El texto se publicó en 1844 y entre otras aseveraciones reveladoras, decía: “Los resultados de nuestra entrevista no han sido los que me prometía para la pronta terminación de la guerra. Desgraciadamente yo estoy íntimamente convencido o que no ha creído sincero mi ofrecimiento de servir bajo sus órdenes, con las fuerzas de mi mando, o que mi persona le es embarazosa. Las razones que usted me expuso de que su delicadeza no le permitiría jamás mandarme, y que aun en el caso de que esta dificultad pudiese ser vencida estaba seguro que el Congreso de Colombia no autorizaría su separación del territorio de la república,  permítame general, le diga no me han parecido plausibles. La primera se refuta por sí misma. En cuanto a la segunda estoy muy persuadido que la menor manifestación suya al Congreso sería acogida con unánime aprobación cuando se trata de finalizar la lucha en que estamos empeñados con la cooperación de usted y la del ejército de su mando y que el honor de ponerle término refluirá tanto sobre usted como sobre la república que preside”.

No es esta la discusión entre dos personas que se detestaban, como nos quiso transmitir más tarde Mitre. También gracias a una versión poco exacta de la historia, solemos suponer que la Campaña del Perú fue hilar y cantar para las tropas patriotas. Nada de eso, San Martín le escribía a Bolívar que “sin el apoyo del ejército de su mando, la operación que se prepara por Puertos Intermedios no podrá conseguir las ventajas que debían esperarse, si fuerzas poderosas no llaman en la atención del enemigo por otra parte y así la lucha se prolongará por un tiempo indefinido. Digo indefinido porque estoy íntimamente convencido que sean cuales fueren las vicisitudes de la presente guerra, la independencia de la América es irrevocable, pero también lo estoy de que su prolongación causará la ruina de sus pueblos, y es un deber sagrado para los hombres a quienes están confiados sus destinos, evitar la continuación de tamaños males”.

En la misma carta, anunciaba San Martín: “En fin, general, mi partido está irrevocablemente tomado. Para el 20 del mes entrante he convocado el primer congreso del Perú y al día siguiente de su instalación me embarcaré para Chile convencido de que mi presencia es el solo obstáculo que le impide a usted venir al Perú con el ejército de su mando. Para mí hubiese sido el colmo de la felicidad terminar la guerra de la independencia bajo las órdenes de un general a quien América debe su libertad. El destino lo dispone de otro modo y es preciso conformarse”.

Hacia 1847 y
desde su exilio francés, el veterano correntino se refirió al mismo asunto en una misiva que envió al entonces presidente de Perú: “si algún servicio tiene que agradecerme la América es el de mi retirada de Lima, paso que no sólo comprometía mi honor y reputación sino que era tanto más sensible cuanto que conocía que con las fuerzas reunidas de Colombia la guerra de la independencia hubiera terminado en todo el año 23. Pero este costoso sacrificio y el no pequeño de tener que guardar un silencio absoluto (tan necesario en aquellas circunstancias) por los motivos que me obligaron a dar este paso, son esfuerzos que usted podrá calcular y que no está al alcance de todos el poder apreciarlos”. Todavía emociona constatar tanta grandeza.

 

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