Sábanas colgadas en los balcones

Argentina

Roberto Mero – El balotaje se vive como el azar de una moneda: Si sale Macri, habrá ganado ‘la democracia y el voto de los ciudadanos’. Si sale Scioli, es porque ‘el poder choripanero ha lanzado a la calle a todos sus esbirros’. Nadie obliga a nadie: el balcón y las calles hablan por sí solos. El miedo es generado por el amor y la memoria, y no por la defensa de intereses mezquinos.

Los mensajes son claros y nadie teme anunciar su voto cuando las convicciones son fuertes - Foto: ArchivoRoberto Mero* – Latinoamérica Piensa

En momentos en los que pibas y pibes se suben a los micros o al tren para hablar sin tenerle miedo a nadie, cara a cara con la gente, ciertas disquisiciones sobre quien dirige esta carga para salvar a la Patria, me recuerdan otros tiempos. Aquellos en los cuales se le exigió a Buenos Aires abandonar Jujuy para retirarse a Buenos Aires, abandonando el país a los realistas. Que había que concentrar fuerzas, le dijeron, que no valía la pena quedarse defendiendo la frontera del Norte. Por supuesto, Belgrano desobedeció las órdenes. Se plantó en Tucumán con mujeres, hombres, lanzas, esperando la embestida que terminó en victoria en la Batalla de Tucumán. Era entonces septiembre del 1812 y ya existía en el país naciente los que aparecen para ordenar el combate como si se tratase de una fiesta de cumpleaños. La experiencia confirma que hay que plantarse ante el enemigo y no tirar trompadas al aire. Pero también esa experiencia confirma que un valiente puede más que cien traidores y que este pueblo está dando la patriada con lo que tiene, sin esperar otra orden que la de luchar y vencer en esta cita de acero.

Humillación de poderosos

Es frecuente en el debate ver surgir como latiguillo macrista la “prepotencia”, la “sordera” y el “autoritarismo” del sistema K. Desde supuestas posiciones de “todos son lo mismo”, aparece aquí un argumento moralista que pretende sobrepasar el debate desde una supuesta “ética ciudadana”. Aunque no se aporten demasiados datos de la trilogía “sordera-autoritarismo-prepotencia”, esa vocinglería tiene que ver con el estado de orfandad ideológica de quienes las agitan. Suerte de estatua de bronce tallada a medida, justificada por la cloaca mediática y soportada como humillación de esa clase media que se cree poderosa porque pretende ponerle la bota en la cabeza a “negros” y otros reventados. Es la humillación de los poderosos, que por la primera vez en la historia argentina, desde la lucha por la Independencia y el avance de las reivindicaciones democráticas del radicalismo y sociales del peronismo, sintió como un cachetazo que los “nadie” alzasen la voz ante el atropello. Esos clasemedieros miran con horror que unos cualunques de piel oscura ya no les bajen la vista y que les reclamen aumento. Para esos clasemedieros el reclamo es una vieja película argentina de la década del 60, con mucamas con cofia y obreros brutos y embrutecidos. Para ese medio pelo, la prepotencia no viene sólo del Gobierno: el Gobierno la alienta y la ampara porque de “prepo” no les ha consultado por la dignidad que ellos mancillaban alegremente como si fuesen patrones de estancia. Hablan del autoritarismo porque sueñan en los tiempos en que un blanquito acusaba a un ‘grone’ y era el ‘grone’ el que iba preso. Ellos hablan de sordera del proyecto porque no soportan que se escuchen desde el poder otras voces que las suyas. Héroes autocalificados de un bronce que no tienen machacan con desidia que son ellos el pueblo y que en ellos caben los únicos títulos de ciudadanía. En su horrorosa película individual, creen que las urnas electorales son los Falcón de la SIDE y que Macri un Videla cumbiero. Detrás de ellos está la fría especulación de la muerte, maquillada de desprecio.

La monedita tan temida

Un cierto clima de timba parece haberse instalado en alguna parte de la ciudadanía, para la cual votar Macri o Scioli equivale a tirar una monedita azarosa al aire esperando que rebote en las baldosas para ver si sale cara o ceca. Si sale Macri habrá ganado la democracia y el voto de los ciudadanos. Si sale Scioli, es porque el poder choripanero ha lanzado a la calle a todos sus esbirros. La timba del futuro de la Argentina pasa por saber si van a poder comprar dólares el 11 de diciembre, si van a poder sortearse bajarle el salario a la mucama. O bien sentarse en la esquina de la plaza para ver de qué coche se va a bajar Astiz, libre. La ruleta de la fortuna de esos clasemedieros que apuestan en esta timba, me recuerda a la ruleta rusa con seis balas: el tiro es certero y la muerte inevitable. Ya lo hicieron en los meses aciagos que precedieron al golpe del 76. Ya lo hizo Balbín (como hora Sanz) largándole la mano a la democracia en el peor momento de la amenaza. La monedita de la irresponsabilidad ciudadana ahora se maquilla de democracia porque tira la piedra y esconde la mano. Espera juntar los pesitos bajo el colchón para correr a las cuevas de la calle Florida, a los arbolitos, a los amigos de los amigos que cambian el “blue” detrás de los mostradores. Son timberos del futuro, como si en esa lotería feroz que se promete, no se jugase también su propio destino. Si se quieren suicidar, que lo hagan, pero solos.

Del Caño y María Antonieta

Durante los meses que siguieron la Revolución Francesa, Cuando aún todo estaba en lo incierto y la masa popular no había tomado el toro por las astas, apareció una tendencia “ultrarevolucionaria” dirigida por un tal Hébert. Su objetivo: declarar la guerra de inmediato a toda la Europa monárquica, atacar los castillos con las manos, ahorcar a los comerciantes (aunque estuviesen con la Revolución) e imponer de inmediato una suerte de paraíso distribucionista sobre la tierra. Aunque no representaban sino a un puñado de vociferadores, los partidarios de Hébert se autodenominaban “Les Enragés” (Los Rabiosos), poniendo en jaque a quienes en realidad estaban construyendo la República. Significativamente, no se los contó en ningún combate contra quienes pretendían invadir Francia. Trataron de no mezclarse desde la pureza ideológica, con quienes estaban poniendo el pecho. Varios años después, entre los papeles de la guillotinada reina Marie Antoinette, se encontró una carta escrita en aquella época a su amante, el sueco Fersen en que le confesaba: “Gracias a Dios que existen esos Rabiosos de Hébert. Son tan imbéciles que sus exageraciones permiten que la Revolución no pueda hacerse. Serán Rabiosos, pero por el momento juegan de nuestro lado sin saberlo.”

La Nación y el reconocimiento de la contraofensiva

Acabo de leer un artículo de La Nación, donde dan cuenta de la planificación del FpV para sacar a la militancia a la calle y obtener adhesiones con el “puerta a puerta”. Con un malalechismo atronador, La Nación habla de La Cámpora como estratega de esa campaña que busca consolidar 1.300.000 votos en pocos días. Por supuesto que esa campaña de movilización existe y las redes sociales son el testimonio, pero no es La Cámpora quien la desarrolla sino una suerte rara de ola de fondo, de estremecido furor, de ganas de pelearla y de ganar la que está llevando a las muchachas y muchachos, jubilados, militantes o gente suelta a sumarse a esta contraofensiva que va mas allá de todo lo esperado. Nadie aguarda órdenes de nadie. Pocos días antes de la primera vuelta, como cualquiera lo puede constatar, flotó un aire de fin de año, de despedida de Cristina, de expresiones de amor y de promesas de recuerdo. Sin que esos sentimientos hayan desaparecido, un simple test permite de confirmar que es la gente la que ha tomado las cosas entre sus manos y no sólo en internet. Las charlas en los barrios, el puerta a puerta, las sábanas colgadas en los balcones augurando “Esta familia vota a Scioli” quedar
en la historia como una de las mayores contraofensivas populares de las que se tenga memoria. La Nación habla de La Cámpora como factótum de lo que en realidad anuncia un alzamiento que el gorilaje jamás había pensado, ensoberbecido y drogado con su sed desesperada de que el pueblo sea un espectador pasivo de su propia masacre.

Sobre miedos y pasado

Sucede a menudo que en el debate aparezca como un anatema la palabra miedo, como si se tratase de algo particular que toca a los militantes del campo popular. Una suerte de tara impuesta por un enemigo todopoderoso y posiblemente victorioso que guarda su poder y no lo muestra. Nadie sin embargo dice tener miedo cuando milita. Nadie dice tener miedo cuando escribe en las redes. Nadie dice tener miedo cuando sale a la calle. El miedo que se pronuncia en los militantes del FpV es de un padre o de una madre que tiene un hijo capturado por un serial killer que amenaza matarlo. Es un miedo generado por el amor, no por la defensa de intereses mezquinos. Es el miedo de saber que en el pasado ese serial killer asesino a gente (durante la dictadura) y que arrasó con el país. El miedo de quienes militan por que gane Scioli es el de señalar a los encegecidos que el coche de Macri no tiene frenos y que va directo hacia el vacío. Es un miedo de autoprotección, es un miedo casi orgánico nacido de la defensa de lo que es el no miedo de la Argentina desde el 2003. Claro está, hay que trabajar ese miedo, hay que saber que ese miedo es potenciador, que es rico en fuerza y en coraje porque nos habla de lo que queremos defender, que es la Patria. No es el miedo de los servidores del Imperio, de la antipatria disfrazada de demócrata. El nuestro es un miedo que también se llama esperanza. Por eso peleamos.

Macri o la soledad del corredor de fondo

En su último discurso ante la sociedad francesa, el presidente François Hollande (que nada tiene del Che Guevara) remarcó la necesidad de sostener la industria nacional para evitar la caída fatal en los ingresos del sistema impositivo. Se acordó tarde, pero se acordó: no hace sino seguir los lineamientos que están recentrando en Europa las economías nacionales y los intercambios europeos, ante la ola de competencia asiática y (novedad) la de los Estados Unidos. Es significativo que el aparato de propaganda macrista pase por alto los debates económicos en Europa y en USA, donde el recentramiento de la función del Estado está dando por tierra con el jolgorio de los años 90 y 2000. Aunque una golondrina no haga verano, la crisis griega ha obligado al Banco Mundial a profundizar los controles que (como en el caso de la aplicación de un plan a la Macri) ha producido una nueva crisis financiera mundial. La prensa europea (que ya da por descontado el triunfo de Scioli y de un sistema estable y conocido) ni siquiera hace referencia a Macri como alternativa. Razón simple; en todos y cada uno de los países en los cuales esa política fue impuesta antes de la crisis del 2008, los gobiernos debieron retroceder y aplicar un plan keynesiano (Irlanda, Islandia y ahora Grecia) para salir del pozo. Los economistas de Macri, aislados e ignorados por la prensa internacional, sostienen un plan contrario a las instrucciones del FMI (solidez impositiva en las exportaciones, justo control de las importaciones, paz social, incentivo al consumo graduado). Es decir, todo lo contrario de lo que promete Macri.

La mentira de la “Argentina abierta al mundo”

Más allá de las algaradas de Macri y de su equipo económico, la mentira de la apertura del mercado de cambios y de la liberalización absoluta del dólar es un hecho contundente. Desde la crisis del 2008 el FMI ha abandonado la política de “ayuda generosa” con la que se había embanderado desde los acuerdos de Bretton Woods. En otros términos, desde esa fecha, sólo se presta a quienes dan garantías de poder devolver el dinero. Es el caso de Grecia, a la que se le ha cortado el chorro de dinero fresco por no presentar ningún sistema estable (ni impositivo, ni industrial, ni agrícola) que pueda sostenerse. El hecho que Rusia y China y que Rusia y Japón establezcan desde el 2014 sus negociaciones en “otra moneda que el dólar” apunta a un hecho fundamental: el dólar ha dejado de ser “good as gold” (bueno como el oro) ya que no puede ser transformado en valor constante desde 1972. El plan de liberalización del dólar en Argentina al que propende Macri no está sostenido ni por la Reserva Federal norteamericana ni por el Banco Mundial: en primer lugar porque es una decisión tomada sobre una moneda de la cual Macri no tendría el control por emisión y en segundo lugar porque desarticularía el precio del dólar a nivel mundial. Esto es: si puedo especular con el dólar en Argentina, por qué dejaría mis ahorros en mi banco en París o Londres o New York. Esto era posible en 1976. Hoy es imposible. Por último, ni FMI ni el Banco Mundial prestan un solo centavo a ningún Estado que no se haga cargo de una política impositiva consecuente. Volvemos aquí al caso de Grecia, cuyo ex gobierno liberal había dispensado de impuestos a los armadores y a la Iglesia. Macri quiere hacerlo con los exportadores de granos. Un absurdo que jamás el FMI sostendría, porque vaciaría el tesoro argentino dejando a los inversores internacionales sin la posibilidad de poder recuperar su inversión.

Una historia hecha de planes

Los llamados “planes” sociales ya fueron inventados por los egipcios (distribución de trigo en épocas de sequía) pare evitar estallidos sociales. Los griegos y los romanos los utilizaron para compensar la pérdida de los campesinos-soldados. El cristianismo los utilizó para estabilizar el mercado interno por vía de la Iglesia, que diferenciaba el “plan social” de la limosna: el primero se daba a quienes no alcanzaban un ingreso susceptible de mover el mercado, la limosna a aquellos que ni siquiera llegaban a ese punto. Desde la Edad Media hasta el capitalismo inicial fueron las diferentes etapas del Estado (feudal, eclesiástico, absolutista-real) que se encargó de evitar que el estallido social se produjese. Cuando Louis XVI trato de cortar los “planes”, liberalizando el mercado de trigo y el precio del pan, le costó la Bastilla primero y luego la cabeza. Bonaparte estableció una base de asistencia permanente a las familias de sus soldados y el capitalismo inicial (en Gran Bretaña) trasladó a los municipios y las iglesias la distribución de una base para la sobrevivencia. Los resultados permitieron ampliar el sistema, ya que las revueltas no se produjeron y los “planes” permitieron a enormes masas poder actuar en el mercado. El Estado imperial prusiano de Bismark llegó a profundizar y estatizar la ayuda por medio de las jubilaciones y un sistema de seguridad social que fue un ejemplo para los otros países capitalistas. En suma: los “planes sociales” son integrantes de la cultura occidental ya que sirven a impedir la dislocación de la sociedad y una confrontación salvaje que cavaría con sus bases mismas. 

*Periodista y escritor argentino en París, Francia.