Rompecabezas absurdo del traspaso

Argentina
Roberto Mero

La manipulación a través de los grandes medios de comunicación instaló la “virtud democrática” de la derecha, para denostar a los dirigentes del movimiento popular. El discurso sistemático de la “ideología de la exclusión”, deja al desnudo el empleo de la falacia como sistema, y de poco vale la racionalidad para combatir los horrores del capitalismo salvaje.

Cristina Kirchner y Mauricio Macri - Foto: Archivo

Roberto Mero* – Latinoamérica Piensa

Infamantes porque son berretas y olvidadizas porque aún no han recibido palos, las hordas macristas desfilan en las redes sociales babeando entre dientes un anatema incomprensible: “chorros, son todos chorros, todos”. Se refieren a vos, a tu hermana, a tu vieja, a mí, a Cristina, al barrendero choripanero que acaba de limpiarle la vereda. Como el cerdo Napoleón de la novela “La Granja de Animales” de George Orwell, todos repiten adocenados como cagada de conejo un discurso que les rayó el disco rígido. “Chorros”, acusan, pero no aportan una prueba. Braman “chorros” creyendo que están el domingo por la televisión imitando al porcino siniestro de Lanata. Se complacen escribiendo sus “¡Jajajaja… perdieron, chorros!”, como carcajadas que develan sus dientes amarillos, panicados, temblando. ¿Estas son las bandas victoriosas de la Revolución de la Alegría? ¿Estos son quienes marcharon pidiendo soga para los K y ahora, entre carcajadas y miedo, piden tregua, pido-gancho, cerrar la grieta? No voy a ponerles la otra mejilla ni pedirles piadosas explicaciones de lo inexplicable, que ellos tampoco explican. Entiendo sin embargo su odio al pueblo porque ellos se desprecian, vagando sin otra Patria más que esperar que le llegue el milagro del billetito de dólar para saciar sus ansias. Dentro de pocas horas verán a su tilingo en jefe plantarse una banda que se choreo prepeando en las pantallas. Dentro de poco verán a los chorros en manada, ministros prontuariados, traficantes de mujeres y droga, asesinos, prestando juramento en su pacto de sangre. Robaron algunas urnas para triunfar donde nos distrajimos o lo permitimos o nos apretaron para hacerlo. Poco importa. Esas carcajaditas me recuerdan la frase de Cicerón ante el Senado romano, hastiado ya de los desplantes de un turbio déspota: “¿Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?”. ¿Hasta cuándo agotarás nuestra paciencia, Catilina?, es la traducción española. En argentino de base: “Cuidado, ya los tenemos en la mira”.

La ceguera como arma de guerra

Trabajo nauseabundo, pero necesario. Una simple comparación entre la lluvia de tweets, sms, y mensajes Facebook emitidos por la reacción (argentina o venezolana, da lo mismo) permite hallar puntos en común que nada tienen de coincidencias. Se trata de un laburo finito y desconcertante que no tardará en entrar en la historia como la punta del iceberg de la manipulación de masas. Resumamos:

1 – Instalación de la “virtud democrática” (de la derecha) contra los “chorros y corruptos” que dirigen los movimientos populares.

2 – Denuesto al movimiento popular por complicidad “fanática” ante aquellos “chorros y corruptos”.

3 – Autonombramiento del “pueblo” fijado en los sectores de clase media y superior, luego de caracterizar al resto como “chusma”, “choripaneros”, “inmigrantes” o “negros” y “mantenidos”.

4 – Exigencia de la concentración del poder en ese “Pueblo”, con exclusión de todos los demás sectores sociales, como única representación legítima de la Nación.

Estas cuatro líneas de base, debidamente ubicadas en el discurso sistemático, han permitido fundar una ideología de la exclusión popular cuyos resultados están a la vista. Y no sólo en América Latina: estos cuatro ejes han permitido que el fascista Front National de Francia alcance a un 30% del electorado, en un país autoproclamado patria de los Derechos del Hombre. La ofensiva ultraderechista internacional parte de la base del borre de la historia como referencia, transformándola en un presente continuo, en necesidades inmediatas, en pisoteo de la memoria. La rapiña contra los derechos del pueblo comienza por robarle su carácter, negar su papel transformador, vaciar de contenido su cultura y convencerlo de entregar las armas sin luchar. La ceguera ante la realidad es la primera herramienta sobre la cual se construye este discurso del “pueblo democrático, ponderado y pacificador” ante la “chusma fanática, mantenida por el Estado populista y opresor”. De Magnetto a Hillary Clinton, de Marine Le Pen a Macri y Durán Barba, queda así al desnudo el empleo de la falacia como sistema. Falacia y ceguera ante las cuales de poco vale la racionalidad que se despliegue para combatir los horrores del capitalismo salvaje.

Ideología de la pelusa en el ombligo

Allá por los años ‘70, el cantante francés Jacques Dutronc hizo célebre una canción irónica en la cual el protagonista se preguntaba: “Hay 700 millones de chinos… ¿Y yo? ¿Y yo? ¿Y yo?”. Según el cronista de la época, Petronio, Nerón incendio Roma para inspirarse y crear un poema ante sus llamas. Al doctor Frankenstein poco le importa que el pueblo se alce en armas contra él: sólo quiere admirar el éxito de su muñeco maldito. Macri y los medios intentaron crear una fiestita de cumpleaños del traspaso del mando presidencial. Este rompecabezas del absurdo tiene un denominador común: el reconocimiento del “yo” como único motor de la historia. Y no sólo en los mandamás, poderosos o patrones de los medios. Como cada internauta puede constatarlo, en medio del debate político que rodeo la campaña electoral y las trágicas consecuencias que conocemos, surgió una frase tierna, sentimental y aparentemente incomprensible: “Abrazame hasta que vuelva Cristina”. Esto es, “conteneme”, “cercame con tus brazos”, “manteneme”. Ninguna referencia militante o voluntad de pelea sino una simple declaración desesperada de alivio individual y temeroso. Las declinaciones de este sentimiento individual son múltiples, como cualquiera puede comprobarlo: entre 2.500 a 4.000 “me gusta” para una foto de Cristina, y apenas un puñado para un discurso de la misma Cristina llamando a la organización de la militancia. Infinidad de “me gusta” por alguien que cumpleaños y “está triste” y menos de una decena por denuncias que pueden servir para la organización futura. La ideología de la pelusa en el ombligo ha hecho creer a una gran cantidad de ciudadanos y compañeros que la realidad política se maneja como aquel “es para mí porque lo quiero”, de la publicidad de Loreal. Salir de ese agujero de avestruz costará mucho esfuerzo y paciencia, por cierto, a la hora de responder y pasar al contraataque frente al avasallamiento de nuestros derechos.

Urnas y sufragios: entre la voluntad popular y el ataúd

“El sufragio universal será la tumba de las revoluciones”. La frase de Louis Bonaparte, sobrino de Napoleón, allá por el ano 1852, parecía un anuncio improbable. Pero no lo era ni lo fue: consultar al pueblo no para que elija, sino para que opte. Utilizar una manganeta de procedimiento, para luego hacer lo que se quiera, agitando la aparente legitimidad de un acto (electoral) para justificar una política antipopular. Basta leer la andanada de tweets emitidos por los aparentes vencedores de los últimos comicios en Argentina para verificar que no se trató de una elección, sino de una opción plebiscitaria donde los programas en juego carecieron de toda importancia. Por lo menos para un 50,70% de la población que en un solo acto definió así el destino del conjunto de la Nación convirtiendo las urnas comiciales en ataúd de la independencia nacional y la justicia social. Las consecuencias de esta bien montada triquiñuela están ahí. En Argentina o en Venezuela o en Francia la co
mpulsa electoral fue maquillada de hecho deportivo, de golpe de mano pícaro, de inconsistencia política. Vayamos al punto de la metáfora cruel: que San Lorenzo haya perdido un partido contra Huracán no significa que la barra brava de Huracán tenga el derecho de masacrar a los simpatizantes de San Lorenzo, venderles la cancha, arrojarlos al rio o negarles toda capacidad humana al discernimiento. Como en el Coliseo romano, el resultado (incierto por demás) de las urnas no fue sino una fotografía de la opinión pública en un momento dado, preciso, que no puede barrer la historia de la Patria de un plumazo. Las urnas son un medio, no un fin, y los comicios una consulta, no una sentencia a muerte. Los “¡jajajaja, perdieron!”, los “¡juajuajua aguántenselas!” que los adoradores de la grieta exclaman como un disco rayado, muestra a las claras la estafa que se teje y busca perpetuarse para acabar de una vez y por todas con la unidad del país para convertirlo en un Neovirreinato.

*Periodista y escritor argentino en París, Francia.