"Renunciá ya"

México
Especial

El país está en una situación crítica en materia económica, política y social. Este es el contexto de la marcha convocada para hoy en la Ciudad de México contra el presidente Enrique Peña Nieto con la consigna “motivos sobran”. Los mexicanos consideran que el sexenio del mandatario llegó a su fin. Las consecuencias de una posible dimisión del habitante de Los Pinos.

Alejandro Legorreta- Animal Político (México)

Estamos inmersos en una crisis de corrupción que parece no tener fondo. El 72 por ciento de los mexicanos considera que el presidente Enrique Peña Nieto es “corrupto”, apenas 23 por ciento aprueba su gestión y las principales instituciones políticas y de gobierno —los partidos, el congreso, el ministerio público, los juzgados— registran niveles de confianza inferiores al 25 por ciento.

La situación es considerablemente más delicada que en 2014, cuando decenas de miles de mujeres y hombres salieron a las calles a exigir la renuncia de Peña. Si en aquel entonces la desaparición de 43 estudiantes de la escuela normal rural de Ayotzinapa y el escándalo de la llamada “casa blanca” parecían razones suficientes, hoy los motivos sobran. Las violaciones de derechos humanos en Tlatlaya, Tanhuato y Nochixtlán, la fuga de Joaquín el Chapo Guzmán, el plagio de la tesis y la visita de Donald Trump son los escándalos más sonados de una larga lista que en otros países sería suficiente para que el presidente renunciara. No en México.

Ese es el contexto de la marcha convocada para el día de hoy en la Ciudad de México, una convocatoria sin precedentes porque nunca en la era democrática de nuestro país el hartazgo con el titular del Ejecutivo había sido tan grande. Ante este hecho, las consecuencias de que el Presidente renuncie deben ser analizadas con la misma seriedad que las consecuencias de que permanezca en el cargo otros dos años. Así que reflexionemos seriamente sobre la posibilidad de que lo inimaginable suceda. Analicemos con responsabilidad un escenario que, si bien todavía es poco probable, ya no es imposible en el momento histórico que vivimos.

Primero, la mecánica. ¿Cuál sería el procedimiento para procesar la renuncia? De acuerdo con el artículo 84 de la Constitución, el Secretario de Gobernación asumiría provisionalmente la titularidad del Ejecutivo por un periodo no mayor a 60 días. Durante este plazo, el Congreso de la Unión tendría que reunirse para designar al presidente substituto por mayoría calificada en ambas cámaras. Dado que la coalición PRI-PVEM-PANAL ocupa 49 por ciento de los escaños en el Senado y 37 por ciento de las curules en la Cámara de Diputados, ejercería poder de veto en las negociaciones. El presidente substituto no podría ser nombrado sin su visto bueno.

” Las violaciones de derechos humanos en Tlatlaya, Tanhuato y Nochixtlán, la fuga de Joaquín el Chapo Guzmán, el plagio de la tesis y la visita de Donald Trump son los escándalos más sonados de una larga lista que en otros países sería suficiente para que el presidente renunciara. No en México. Ese es el contexto de la marcha convocada “

Segundo, las consecuencias económicas. Un lugar común de quienes descartan la deseabilidad de sustituir al presidente es asegurar que la renuncia necesariamente implicaría un periodo de inestabilidad que pondría al país en peligro de una crisis económica. La causa específica de la crisis, según esta corriente de pensamiento, sería la ingobernabilidad producida por la renuncia. Si bien sería altamente probable que en los días posteriores a la renuncia y previos al nombramiento del presidente substituto el dólar suba aún más, la bolsa se contraiga y veamos volatilidad en los mercados, la realidad es que, en el mediano plazo, una crisis económica en México estaría más vinculada con la creciente deuda pública y el pobre desempeño de la economía estadounidense que con una renuncia procesada dentro de los canales institucionales.

Para empezar, el peso es una de las tres monedas más líquidas en el mundo emergente, sujetando su valor a factores mucho más vinculados con los mercados internacionales que con el acontecer político nacional. Por ejemplo, si la renuncia del presidente coincidiera con que la Reserva Federal de los Estados Unidos anunciara el congelamiento de las tasas de interés durante el próximo año, la probabilidad de que el peso se aprecie al mismo tiempo que en el Congreso de la Unión se discute el nombramiento del presidente substituto sería muy alta. Desde esta perspectiva, la renuncia de Peña sería uno de varios factores que podrían afectar el valor del peso en el mediano plazo, pero no el más importante.

Algo similar sucedería con la bolsa. Una renuncia procesada en orden, dentro de los canales institucionales, no necesariamente enviaría una señal de inestabilidad a los mercados en el mediano plazo. La preocupación principal de los inversionistas es la certeza jurídica y la facilidad para hacer negocios. Por lo tanto, la renuncia de Peña podría convertirse en una bocanada de aire fresco en un país donde la impunidad y la corrupción del gobierno son vistas como el principal obstáculo para las inversiones. Una lección que arroja el caso reciente de Brasil es que las bolsas no siempre responden negativamente a la renuncia de un presidente. Por ejemplo, desde el 2 de diciembre de 2015 hasta el 31 de agosto de 2016 —el periodo que abarca desde el inicio del proceso de impeachment en la Cámara de Diputados hasta su aprobación en el Senado— el índice Bovespa aumentó poco más de 30 puntos porcentuales.

” Si nos quitamos el miedo a lo desconocido y analizamos los escenarios con la seriedad que amerita algo tan delicado como la renuncia de un presidente, es posible darse cuenta de que, en este momento histórico, la renuncia de Peña no necesariamente nos orillaría a una crisis sin salida. Recordemos que ningún político es más grande que las instituciones “

La renuncia de Peña también tendría al menos tres consecuencias políticas. Primero, eliminaría de la contienda al Secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, quien fungiría como presidente interino en los 60 días posteriores a la renuncia. Si bien esto implicaría dejar al PRI sin su aspirante más adelantado en las encuestas, sin duda también implicaría abrir la baraja de candidatos desde una posición de mayor fortaleza, tras recuperar un poco de la credibilidad perdida a lo largo del sexenio. Comparado con el estatus quo, este escenario no parece letal para el PRI, al contrario.

La segunda consecuencia política sería el incremento de la presión en los líderes partidistas y los aspirantes a la presidencia para que se comporten con congruencia y formulen una agenda seria y realista para poner alto a la corrupción del gobierno y responder a las dos grandes demandas sociales detrás de la exigencia de renuncia: la falta de rendición de cuentas de la clase política y la nula representación ciudadana en las instituciones. En este momento los líderes partidistas y los aspirantes a la presidencia parecen inclinarse por sostener a un presidente extremadamente débil que garantice la derrota del PRI en 2018. Si bien esta apuesta puede rendirles frutos en la arena electoral, también puede incrementar la ingobernabilidad durante el último tercio del sexenio. La renuncia de Peña demostraría que ningún político es ni debe ser intocable. Les comunicaría que gobernar mal sí tiene consecuencias.

La tercera consecuencia política de la renuncia, que sin duda sería la más importante, sería crear una oportunidad histórica para que los mexicanos deliberemos públicamente sobre el país que queremos. La renuncia alinearía los intereses para que la sociedad civil trabaje en un proyecto de na
ción plural e incluyente, que en 2018 dé paso a un nuevo pacto social donde el ciudadano tenga un papel protagónico y que nos permita identificar las grandes batallas que como sociedad tenemos que librar para mitigar la corrupción, reducir la pobreza, cerrar la brecha de desigualdad, revestir de legitimidad a nuestra democracia, fortalecer las instituciones políticas y de gobierno y detonar el enorme potencial económico de México.

Si nos quitamos el miedo a lo desconocido y analizamos los escenarios con la seriedad que amerita algo tan delicado como la renuncia de un presidente, es posible darse cuenta de que, en este momento histórico, la renuncia de Peña no necesariamente nos orillaría a una crisis sin salida. Recordemos que ningún político es más grande que las instituciones que gobierna temporalmente ni más poderoso que el pueblo de donde emana su mandato. El problema es que hoy somos rehenes de una partidocracia cómoda con la debilidad del gobierno. Nos advierten que “el horno no está para bollos” y nos dicen “mejor no le muevas”. Todavía no se dan cuenta de que el horno está descompuesto desde hace mucho tiempo y de que quizá ha llegado el momento de empezar a “moverle”, porque el mal gobierno sí tiene consecuencias.

Jesús Robles Maloof- Sin Embargo (México) 

Hoy 15 de septiembre marcharemos para exigir la renuncia de Enrique Peña Nieto. En estas líneas argumentaré a favor de tres ideas. 1) La solución a los problemas del país no vendrá de los partidos políticos. 2) Manifestarse es un acto político fundamental. 3) Lejos de resultar ineficaces, estas convocatorias tienen efectos transformadores.

Bajo el lema “motivos sobran”, organizaciones independientes y colectivos ciudadanos han llamado a ocupar el espacio público en un acto cívico por excelencia, encontrarnos, manifestarnos y discutir el estado que guarda la nación. El llamado enfatiza el apartidismo del movimiento, señalando implícitamente uno de los obstáculos de la transformación, el pacto de impunidad de la clase política mexicana.

Confirma lo anterior la posición que sobre la marcha expresó Andrés Manuel al decir que es mejor dejar tranquilo al Presidente y que no conviene “construir a partir de escombros”. Aspira a que el actual Ejecutivo federal le entregue el poder “en orden”. Tan sólo en el último mes, el presidente de Morena suma tres erráticas posiciones. La primera proponiendo una “amnistía anticipada” a los corruptos, la segunda calificando la investigación del plagio de EPN como “cortina de humo” y finalmente minimizando #RenunciaYA. Quizá sin advertirlo, Morena podría estar colocándose del lado de lo mismo de siempre. Espero rectifiquen pronto y entiendan que de la impunidad no se puede edificar una nación que aspire a la democracia.

” Este movimiento no sólo piensa en la renuncia sino traza ideas de lo que sigue de forma creativa y hay que decirlo, divertida. Ya veremos qué resulta del ejercicio que por sí mismo es una magnífica respuesta a quienes no entienden que una protesta es al mismo tiempo una propuesta. Es imaginar un paradigma político nuevo y distinto “

De los partidos políticos no vendrá el cambio porque están diseñados para negociar (lo que es adecuado). El problema es que en México la negociación principal versa sobre la impunidad que como regla no escrita, se deben entre quienes integran la élite partidista. Es un acuerdo que se sella con grandes cantidades de recursos públicos, concesiones y contratos.

Estoy convencido que el cambio vendrá de la suma de momentos como el de hoy. Algunos masivos y otros menos perceptibles pero cotidianos. Actos de resistencia al sistema de corrupción en los que acomodarse al “así con las cosas” o el “roba pero salpica” no es opción.  El cambio ya está sucediendo y basta advertir que el cúmulo de indignación no sólo genera procesos catárticos que se evaporan en el aire. En tan sólo unos días y tras la convocatoria a reunirse este jueves, se ha propuesto una creativa “Asamblea Destituyente” con un método de discusión verdaderamente democrático.

Este movimiento no sólo piensa en la renuncia sino traza ideas de lo que sigue de forma creativa y hay que decirlo, divertida. Ya veremos qué resulta del ejercicio que por sí mismo es una magnífica respuesta a quienes no entienden que una protesta es al mismo tiempo una propuesta. Es imaginar un paradigma político nuevo y distinto.

Contra las opiniones conservadoras, el ocupar el espacio público es un acto de ciudadanía por excelencia, en donde las personas a ras de suelo, sin jerarquías, ni incentivos monetarios, abiertamente confluyen para ocuparse de la política. Es entendible la desesperación que generan años de corrupción, mismo que en ocasiones dan pie al deseo de ver surgir un movimiento que de manera inmediata transforme todo de una vez y para siempre. Alguna vez así lo pensé.

Con el tiempo he aprendido de quienes nos han antecedieron en la resistencia. Si reconstruimos sus luchas veríamos que los surcos en los que sembramos ya fueron cultivados con congruencia y dedicación sobre la que ahora podemos construir.  El estado de las cosas tardó décadas en perfeccionarse y por lo tanto el tamaño de la respuesta de la sociedad requerirá de años de lucha creativa e indignación sistemática, que no fructificará si abandonamos el campo de cultivo que representa la plaza pública.

” Exigir la renuncia a un cargo a quien lo obtuvo mediante el fraude puede parecer ingenuo, pero lo ingenuo en algún sentido se opone  a lo anquilosado de la clase política y a abre la capacidad de imaginar una política diferente tanto deseable para la sociedad como inalcanzable para el sistema.  La renuncia de Peña Nieto no significa el desorden “

No apelo a una tierra prometida en clave democrática pero de naturaleza incierta que quizá no alcancemos a habitar. Llamo a frotarse los ojos para quitar las dosis de frustración y ver los resultados  concretos que la indignación a dado a este país. El primero es que los sucesivos movimientos sociales de los últimos años han fijado el estándar del bien común, delimitando así el terreno del debate político.

Este es un logro a veces imperceptible. Pero un sistema que se supone crea pesos y contrapesos ha fracasado porque en realidad todos están de acuerdo con la corrupción. La verdadera oposición a este régimen ha venido de la sociedad, si bien de forma descentralizada y no siempre articulada, lo ha logrado sin derrochar un sólo peso del erario y eso en México no es poca cosa.

Sin el Movimiento por la Paz, el de Guardería ABC, el Yo Soy 132, el de Ayotzinapa, contra la corrupción y el Movimiento por la Personas Desaparecidas por citar algunos, no se entenderían los actuales debates políticos. Es el parámetro y los contornos fijados por ellos, dibujan el México al que aspiramos y al que sucesiva y torpemente, los gobiernos intentan responder sin lograrlo, socavando así su legitimidad a niveles históricos.

Sin la oposición a la guerra emprendida por Felipe Calderón no entenderíamos su derrota electoral y sin la indignación por los escándalos de corrupción de Peña Nieto, no podrían comprenderse la derrota de su discurso justificatorio, los cismas en la cúpula del poder y el dudoso mérito de ser el presidente peor evaluado de la historia reciente.

Exigir la renuncia a un cargo a quien lo obtuvo mediante el fraude puede parecer ingenuo, pero lo ingenuo en algún sentido se opone  a lo anquilosado de la clase política y a abre la capacidad de imaginar una política diferente tanto deseable para la sociedad como inalcanzable para el sistema.  La renuncia de Peña Nieto no significa el desorden o la degradación, representaría una democracia funciona, tal y como ha sucedido con toda normalidad en muchos países y supuesto para el que nuestra Constitución prevé con detalle un procedimiento.

Motivos sobran. Este 15 de septiembre cobra un nuevo significado patriótico. Viva un México sin corruptos.

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