La historia ya no enseña nada

Latinoamérica y El Mundo

Forzados a abandonar sus casas, sofocándose en los camiones, ahogándose en el Mediterráneo, son el producto de las guerras imperiales golpeando a las puertas de Europa. La mayoría de los desplazados, por lo general de origen musulmán, son estigmatizados por su identidad, como antes los judíos. Son el símbolo de la ignorancia y la deshumanización de esta época.

Refugiados marcha por Europa - Foto: Archivo

Maciek Wisniewski* – La Jornada (México)

¿Refugiados, inmigrantes, desplazados, “sin papeles”, aliens? ¿Cómo llamar a las masas de sirios, afganos o libios, productos de las guerras imperiales que golpean las puertas de la “Festung Europa” (más su torre alemana), sofocándose en los camiones y ahogándose en el Mediterráneo en la más grande crisis de este tipo ocurrida jamás (con 59 millones de forzados a dejar sus casas en el mundo, según la ONU)? ¿Qué tal, “seres humanos”? Parece que la opción más obvia es la menos deseada. Nombrar bien las cosas importa (“refugiados” es aquí más apropiado que “migrantes”). Pero a veces extraordinarios debates semánticos encubren la deshumanización común.

2) Hannah Arendt, en un corto texto, “We refugees” (1943), escrito desde su propia posición de refugiada que huyó de la guerra en Europa, veía esta condición como “paradigma de la nueva conciencia histórica”. Tratando de humanizar a los desplazados y sensibilizar a las poblaciones receptoras los describía como “el avant-garde de sus pueblos”. En aquel entonces la encarnación de un refugiado fue un judío (como ella), pero “cuya expulsión fue seguida por la de la mayoría de los europeos”.

3) Hoy un refugiado es por lo general un musulmán, estigmatizado como antes un judío por su religión e identidad. Más que “paradigma de la nueva conciencia” es un símbolo de ignorancia y nueva deshumanización en la época en que la historia ya no enseña nada. Las imágenes de Europa de ayer y hoy son intercambiables. Gente con bultos en los hombros y niños en las manos, caminando de un país al otro por las carreteras y al lado de las vías férreas. Por donde quiera alambre de púas y campos de internamiento –que no son Auschwitz, pero nacen de la misma matriz de la modernidad– llenos de personas con números en los brazos… (Véase: Rick Lyman: “Treatment of migrants evokes memories of Europe’s darkest hour”, en The New York Times,4/9/15).

” Hoy un refugiado es por lo general un musulmán, estigmatizado como antes un judío por su religión e identidad. Más que ‘paradigma de la nueva conciencia’ es un símbolo de ignorancia y nueva deshumanización en la época en que la historia ya no enseña nada. Las imágenes de Europa de ayer y hoy son intercambiables “

4) Giorgio Agamben, leyendo al texto de Arendt, escribió uno suyo (We refugees, 1993). Su mirada a los ámbitos de relaciones internacionales y derechos humanos –“hijos de los estados-naciones soberanos”– ayuda a entender por qué a pesar de los esfuerzos internacionales (ONU, et al.) aún no se ha resuelto la cuestión de los refugiados (que más bien se agravó). Según él, la figura de un “refugiado” es mortal a la sola existencia del Estado-nación (desnuda la ficción de “soberanía” y rompe duplas identitarias “hombre-ciudadano”/”origen-nacionalidad”).

5) Apuntando al “tóxico componente” estatal en la Unión Europea, Agamben sugería un paso hacia una “entidad aterritorial” donde –entre otros– se borraría la oposición “ciudadano/no ciudadano” y todos serían refugiados… ¿Utopía? La verdad es que fue justo la tensión entre lo “nacional” y lo “metaeuropeo” lo que explotó a la hora de la crisis. De allí el sadismo hacia Grecia o hacia los refugiados. Más que una excepción, la tensión es la regla, incluso un modo de gobernar. Así Bruselas puede no hacer nada o jugar a “buen policía/mal policía”: “quisiéramos recibirlos, pero algunos países se oponen” (un disenso curiosamente ausente a la hora de rescatar los bancos o empujar más austeridad).

6) Cuando Polonia, Hungría, República Checa y Eslovaquia rechazaron recibir las cuotas obligatorias de refugiados, se anunció que “allí murió la solidaridad” (Corriere della Sera, 5/9/15). Aunque verdadera, la acusación llega 30 años tarde: en Polonia la destrucción del sindicato del mismo nombre, del movimiento social alrededor suyo y del propio valor humano (y sustitución por precariado, atomización y egoísmo) fueron condiciones indispensables para la restauración capitalista en 1989.

” En la medida en que ‘refugiado’ es peligroso para el Estado-nación –¿qué tal si de repente otros ciudadanos descubren que hay vida inteligente más allá del Estado?– su figura es ‘revolucionaria’. Incluso, ante el ocaso de otros sujetos, es la ‘única capaz de cambiar la sociedad’. De allí el afán del poder por rechazarla. O ‘domesticarla’ ” 

7) Mientras algunos condenan la xenofobia hacia los refugiados, esconden que la deshumanización de abajo es la misma que se enseña desde arriba hacia las siempre invisibles víctimas de las “intervenciones humanitarias” (o sea: la misma gente). Bernard-Henri Levy, como un buen ideólogo, con una mano critica y con la otra exculpa: fustiga bien a Europa por “indiferencia” o hablar de “refugiados” como migrantes y “quinta columna de la jihad”, pero el vínculo con las guerras de la OTAN (de las que es un promotor) es para él… “cortina de humo de Rusia” (Project Syndicate, 31/8/15).

8) Shlomo Sand, hijo de sobrevivientes polacos-judíos de Shoah nacido en 1946, en… un campo de refugiados en Austria (y criado en campos parecidos en Alemania hasta emigrar a Israel), tiene razón: la única ideología que cementa hoy a Europa –que no cesa de subrayar sus raíces “judeo-cristianas”– es la islamofobia, que cumple el mismo papel “unificador” que el antisemitismo para los estados-naciones en los siglos XIX-XX (Jewish Quarterly, 2010, no. 215).

9) Un pequeño ejercicio corrobora esta tesis a la luz de hoy: tomamos a Hungría y Eslovaquia; escuchamos al premier Víktor Orbán alertando que “la oleada musulmana hace peligrar la identidad cristiana de Europa” (Frankfurter Allgemeine Zeitung,3/9/15) y asegurando defenderla impidiendo que los refugiados tomen trenes a Alemania en la estación Budapest-Keleti y desenvolviendo el alambre de púas en la frontera; escuchamos al gobierno eslovaco aceptando apenas un puñado de refugiados, “sólo si son cristianos”, excusándose que “en el país no hay mezquitas”; abordamos el vehícu­lo del tiempo y vamos a 1944 a Budapest, donde en la misma estación los fascistas de la Cruz Flechada “defensores de la civilización europea” meten –al revés que hoy– por fuerza a los judíos a los trenes a Auschwitz, y a Bratislava, donde funcionarios del régimen cato-fascista del padre Tiso dan 100 dólares por cada judío denunciado, excusándose tal vez que “en el país no hay sinagogas”, y ¡voilà!

10) Para Agamben, en la medida en que “refugiado” es peligroso para el Estado-nación –¿qué tal si de repente otros ciudadanos descubren que hay vida inteligente más allá del Estado?– su figura es “revolucionaria”. Incluso, ante el ocaso de otros sujetos, es la “única capaz de cambiar la sociedad”. De allí el afán del poder por rechazarla. O “domesticarla”. He aquí una fórmula capitalista en píldora: “¡Déjenlos entrar y ganar dinero!” (The Economist, 29/8/15). Pues, ¿qué tal si de repente otros ciudadanos descubren que hay vida inteligente más allá de la comodificación del ser humano?

* Periodista polaco

 

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