Reconocimiento y estupor

México 

La confirmación del asesinato de Alexander Mora, uno de los 43 normalistas desaparecidos, causa conmoción en México y en todo el mundo. A un pedazo de hueso fue reducida la vida del joven mexicano. Los padres, familiares y compañeros recibieron la noticia sumidos en la indignación. Todavía descreen de la información recopilada por la procuraduría pero no bajan los brazos. 

Alberto Nájar- BBC (Inglaterra) 

A mediados de septiembre, Alexander Mora Venancio regresó a su casa para festejar con su familia el asueto por el aniversario de la independencia de México.

En El Pericón, la comunidad donde vivía, se encontró con varios excompañeros de la secundaria y jugó fútbol, su deporte favorito.

Estaba tan contento que confesó a un primo y a un tío que no sentía muchas ganas de volver a la Escuela Normal de Ayotzinapa, donde cursaba el primer año.

“Mi tío le dijo: pues hijo, si no te quieres ir no te vayas, nadie te tiene a la fuerza allá”, le cuenta a BBC Mundo Omar Mora, hermano de Alexander.

“Pero entonces le respondió: la verdad es que sí quiero machetearle (esforzarse)”. Así, el 16 de septiembre el joven de 19 años salió de su pueblo, en la región montañosa de Guerrero, para volver a Ayotzinapa.

Omar cree que Alexander presentía algo malo. Y ocurrió.

Altar

La madrugada del 27 el joven fue asesinado después que policías de Iguala lo entregaron, junto con otros 42 estudiantes, a un grupo del cartel de narcotráfico Guerreros Unidos.

La versión de la Procuraduría (fiscalía) General de la República dice que los alumnos de Ayotzinapa fueron incinerados en una fogata en un basurero de Cocula, vecino a Iguala, y sus restos arrojados a un río.

Desde el principio los compañeros y familiares de los jóvenes no creyeron la versión y los consideran como desaparecidos.

Pero hace unos días el padre de Alexander recibió la noticia de que su hijo fue identificado entre las muestras analizadas en un laboratorio de Austria.

En la casa de donde salió a mediados de septiembre hay fotos suyas al lado de flores y veladoras sobre un pequeño altar, donde destaca la imagen de su madre, quien murió hace cuatro años por complicaciones de la diabetes que padecía.

Es lo único con que pueden recordarlo, pues lo que se encontró de sus restos, un fragmento de hueso, llegará a Guerrero en dos semanas.

Sueños

En El Pericón recuerdan a Alexander Mora como un joven deportista y entusiasta jugador de fútbol. De hecho su casa está a un lado de la cancha del pueblo.

Era uno de los mejores en su equipo, llamado Juventus. El normalista jugaba con la camiseta número 12.

Omar dice que su hermano siempre quiso ser maestro. “Su sueño era superarse, prepararse como profesor de educación física porque le gustaba mucho el deporte, era fanático del fútbol”.

“Nosotros somos personas de campo, todo lo que tenemos es cosechar en tiempo de lluvias maíz, frijol. La única sobrevivencia es el cultivo”.

En el pueblo hay una escuela normal especializada en agricultura. Hace un año Alexander trató de inscribirse pero no aprobó el examen de admisión.

Entonces enfiló su camino a la Escuela de Ayotzinapa, famosa porque la única condición para ingresar es que los aspirantes provengan de familias pobres y no tengan otra alternativa para educarse.

“Xocoyote”

En la familia Mora Venancio quedan cinco hombres y dos mujeres, una de ellas, la menor, con 18 años de edad.

Todos viven en El Pericón, dedicados al campo algunos o a atender sus propios hogares.

De entre sus hermanos Alexander era el “xocoyote”, como se conoce en Guerrero a los más jóvenes. En su pueblo lo recuerdan como un chico respetuoso, tranquilo, que no solía meterse en problemas.

Cuando se conoció de su desaparición muchos se acercaron a su padre para acompañarlo, y desde el 6 de diciembre cuando se confirmó la muerte no lo han dejado solo un momento.

“Han sido momentos devastadores”, confiesa Omar. La idea de que su hermano presentía lo que sucedió no lo abandona.

“Estuvo conviviendo con sus amigos de la secundaria, de la primaria, y vieron algo raro en él”, cuenta.

“Por qué tuvo que vivir esto, no sabría explicarle. No tengo palabras para describir lo que estamos viviendo”.

“La lucha apenas empieza”

La confirmación de la muerte de Alexander indignó a los padres y compañeros de los estudiantes desaparecidos.

Algunos familiares de las víctimas aseguran que las autoridades pretenden “dar carpetazo” (cerrar) el tema.

Vidulfo Rosales, abogado del Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan, dice que reconocen el resultado de los exámenes practicados a los restos de Mora Venancio, pero no creen la teoría de la PGR.

“La investigación está débil”, afirma. “No hay pruebas de que los otros 42 estudiantes estuvieron en el basurero y tienen el mismo resultado que Alexander”.

La familia del joven tampoco cree en la versión de las autoridades y se preparan para continuar la búsqueda de los 42 estudiantes desaparecidos.

“Nosotros vamos a seguir hasta que aparezcan los demás compañeros, esperamos en Dios que no hayan corrido con la misma mala suerte, esperamos que estén con vida acompañando esta lucha que apenas empieza”, dice Omar Mora.

Juan Pablo Becerra-Acosta- Milenio (Mèxico) 

Las infamias que muchos monstruos perpetran en tantos lugares de México se sintetizan en una parte de un documento que fue redactado el pasado 3 de diciembre en la Universidad de Innsbruck, Austria:

“3. Investigaciones.

“3.1 Inspección y descripción de los indicios.

“Muestra ósea 15941901-27-29102014.

“Un fragmento óseo de aproximadamente 4 x 4 x 1 cm embalado en papel, el cual además estaba embalado en un contenedor de plástico con la etiqueta 27-29102014”.

A eso reducen los narcos a un ser humano: a un pedazo de hueso de unos cuantos centímetros. En eso convirtieron a un estudiante de la Normal Rural de Ayotzinapa: en un minúsculo cacho de tejido óseo.

La vida de un joven mexicano terminó así la noche o la madrugada del pasado 27 de septiembre: con una ejecución. Con un balazo. Luego su muerte fue larguísima: su cuerpo fue quemado durante horas. Los huesos que resistieron las llamas y no se convirtieron en cenizas fueron pulverizados, introducidos en una bolsa junto al polvo corporal, y lanzados a un río. Así lo narraron algunos de los perpetradores. Como si fueran orfebres, carpinteros platicando sus faenas cotidianas, los muy miserables relataron ante cámaras la forma en la cual ejercían su despiadado oficio.

” A eso reducen los narcos a un ser humano: a un pedazo de hueso de unos cuantos centímetros. En eso convirtieron a un estudiante de la Normal Rural de Ayotzinapa: en un minúsculo cacho de tejido óseo “

Descuidados los hijos de puta —los hijos de nadie, porque no tienen madre—, en el basurero municipal de Cocula olvidaron, dejaron esa minúscula porción de lo que fue una existencia que no tenían razón en destazar. ¿Acaso no reconocieron ante las mismas cámaras los muy miserables que varias veces interrogaron a los 43 que habían levantado en Iguala? ¿No aceptaron los muy inmisericordes que, suplicantes, les dijeron una y otra vez que eran estudiantes de Ayotzinapa? Les importó un carajo. Cumplieron las órdenes de sus perversos jefes y acabaron con sus vidas.

En otra parte del documento tecleado en Innsbruck la semana pasada se expone con frialdad científica que ese pedazo de hueso es lo que quedó de Alexander Mora Venancio, uno de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa. Y ahora, la familia de Alexander, que tenía 21 años, no halla manera
de velar su cuerpo. Ni siquiera ha recuperado el trocito de hueso. En el pequeño poblado de El Pericón, del municipio guerrerense de Teconapa, en la Costa Chica, hoy velan el alma de Alexander con fotos y una camiseta amarilla del difunto. Del hijo muerto sin cadáver.

Es estremecedor lo que pasa en varios lugares de la República. ¿Cuántos de los más de 20 mil desaparecidos que el gobierno federal reconoce que hay en el país tuvieron un final como el de Alexander? ¿Cuántos? Asusta intuirlo…

Lo único que me ha dado esperanzas acerca del futuro de México en estos días infaustos es haber estado en la FIL de Guadalajara (por cierto, muchas gracias a Carlos Puig, Galia García Palafox y a Julio Patán por su generosa invitación para que yo reporteara durante una semana en su estupendo suplemento Filias: gran orgullo y privilegio para mí): miles y miles de jóvenes acudieron cada día a la Feria Internacional de Libro. Miles y miles de jóvenes se volcaban a los estantes para adquirir libros, aunque fuera solo uno debido al poco dinero que muchos de ellos llevaban. Ahí estaban cada día, encantados, empezando a saborear lecturas incluso antes de abandonar la Expo Guadalajara.

Esa su humanidad para leer, para cultivarse y aventurarse pacíficamente en la vida, es lo único que me da cierto consuelo en este oscuro fin de año de nuestro México tan humillado y ofendido… por sí mismo.

 

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