La música de protesta de Quilapayún

Chile

“Los Quilapayún” surgieron en una época clave en el país y en todo el continente, ligada a discursos y políticas colectivas de izquierda que aspiraban a una reinvención de la sociedad. Se servían de la expresión artística para ocupar un lugar activo en las luchas del pueblo. Su música y su mensaje dejaron un legado que aún repercute en las nuevas generaciones de músicos. 

El grupo Quilapayun cuando estaba unido Caro Chacana y Marco Fajardo- El Mostrador (Chile) 

Luego de tres años de ausencia de los escenarios chilenos, el legendario grupo local Quilapayún, radicado en Europa desde 1973, se presenta este viernes en el Nescafé de las Artes, como parte de una gira para presentar su último disco “Absolutamente Quilapayún”.

El grupo, co-dirigido por Rodolfo Parada y Patricio Wang e integrado además por Patricio Castillo, Álvaro Pinto, Mario Contreras, Rodrigo González y Christian Goza (músico invitado), realizará sus esperados conciertos en varias ciudades del país: hoy estarán en Coyhaique, el viernes en Santiago y el sábado en Los Vilos.

El concierto del Nescafé contará con la presencia de varios amigos del grupo: el grupo “Merkén”, el trío de cantantes “Liberarte” (Francisco Villa, Cecilia Concha y José Cid), la joven solista Josefina Echeñique, los instrumentistas Jorge Prado (bandoneonista) y Paquita Muñoz (violoncelista), además de algunos miembros IntiIllimani, con Jorge Coulon y Manuel Meriño a la cabeza.

Los 60 y 70

Los Quilapayún surgieron en una época clave tanto en Chile como en Latinoamérica, ligada a discursos y políticas colectivas de izquierda que aspiraban a una reinvención de la sociedad en general. Un espíritu esperanzador compartido entre artistas sensibles y de un profundo compromiso social.

“Los años ’60 y principios de los ’70 corresponden al período histórico más importante, más romántico y más poético que vivimos una gran mayoría de los jóvenes de aquella época”, señala Parada.

“El descubrimiento mayor fue quizás que la fuerza colectiva era embriagante. Juntarse con los compañeros para salir a manifestar procuraba un placer físico, porque a la comunión de las mentes se unía aquella de los cuerpos. A los valores, esperanzas y sueños se agregaban las voces, los gritos, los bailes, los brazos entrelazados, el sentimiento total de ser parte de un colectivo si no inteligente al menos consciente, despierto”, dice.

El músico agrega que “Obreros y estudiantes, unidos adelante”, antecedente de “El pueblo unido jamás será vencido”, era la consigna que atravesaba este período, “sembrando entre los jóvenes la ilusión terrena de que otro Chile, más justo, digno y fraternal era posible”.

“En un tal clima de exaltación, es fácil imaginar que ciertos individuos y grupos de amigos universitarios, amantes de la música tanto como de la política, las matemáticas y las letras, nos viéramos impulsados a utilizar públicamente nuestras dotes artísticas”, explica. “El ambiente ideológico además -obrero-estudiantil le llamábamos- nos alentaba a servirnos de la expresión artística para ocupar un sitio activo en las luchas del pueblo chileno”.

Para el artista, la intuición mayor de los fundadores de Quilapayún se encuentra en haber percibido la amplitud del espacio cultural abierto por los defensores de la música tradicional chilena desde principios de los ’60. Y celebra al músico Julio Numhauser, autor del famoso “Todo cambia”, ya que él tuvo la iniciativa de crear un grupo musical, salió a buscar a los hermanos Carrasco, y luego, “como en esos momentos estudiaba antropología, bautizó al grupo a partir de este trío original: quila, ‘tres’, y ‘payún’, ‘barba’, en lengua mapuche”.

Hubo tantos momentos… y sin embargo, como siempre, algunos fueron más importantes que otros. Para Wang, un recuerdo significativo de aquella época fue cuando Quilapayún apareció con la cantata Santa María del compositor Luis Advis en el Conservatorio de la Universidad de Chile a fines del año 70, cuando él aún no se unía al grupo.

“Para muchos de los compositores que estudiábamos allí y empezábamos nuestra carrera, ese concierto fue una revelación, la prueba de que había también una nueva senda posible para la música chilena absolutamente desconocida hasta entonces”, dice. “Hoy nos parece normal que todo el mundo toque instrumentos como la quena y el charango, y con gran pericia técnica, pero hasta el año 69 yo, como miles de jóvenes en la época, jamás los había visto de verdad”.

Los maestros 

La música de Quilapayún, su mensaje y su colaboración con figuras íconos de la música chilena, han dejado un legado que aún inspiran y repercute con fuerza entre las nuevas generaciones de músicos chilenos: Víctor Jara, el propio Advis o Gustavo Becerra, por nombrar sólo algunos, entre tantos otros artistas sensibles y comprometidos. ¿Cómo fue el trabajar junto a ellos y cómo influenciaron su visión de la vida y del arte?

“Todos fueron nuestros maestros”, responde Parada, para quien Jara y los músicos más “académicos” como Gustavo Becerra, Sergio Ortega, Juan Orrego Salas, Advis y varios otros dejaron enseñanzas imborrables.

“Nuestra relación con Víctor es conocida”, dice. “En tanto hombre de teatro, él nos orientó sobre todo en cómo reconciliar un comportamiento escénico riguroso con el respeto que hay que tener por todo público, sobre todo el popular”.

En cuanto a los músicos de conservatorio, les interesaba que los nutrieran con su experiencia y sus músicas más elaboradas, dice. “Ellos se interesaron en nuestra actitud de defensa de la canción en tanto arte, aportando toda su competencia y experiencia”, señala.

A través de ellos comprendieron mejor que la música elaborada podía tener también un carácter nacional y ser fuente de identidad. “Por otra, frotarnos con obras desarrolladas de carácter chileno, nos mostraba que los problemas de forma y orquestación, entre otros, podían también trasladarse a la canción popular”, indica.

“Yo creo que este trabajo fue esencial para que guardáramos, hasta el día de hoy, nuestro apetito por las obras que plantean mayores exigencias estructurales, instrumentales, armónicas”, dice.

Golpe y exilio 

Como se sabe, el golpe de 1973 sorprendió al grupo de gira en Francia y allí se quedaron. Pese al desarraigo, lograron sostener su música, frente a un mundo que parecía caerse en pedazos frente al proyecto que lograron vislumbrar en Chile en los 60 y 70. Aunque no fue fácil.

“Dentro de lo trágico de la situación, nosotros tuvimos la suerte de encontrarnos todos juntos”, dice Parada. “Nuestro principal equipaje eran nuestros instrumentos y un vasto repertorio de canciones que pusimos de inmediato al servicio de la solidaridad con Chile. Desde este punto de vista no tuvimos tiempo para interrogarnos mucho sobre el ‘qué hacer’, no hubo ninguna ruptura en nuestra actividad artística”.

Claro, al principio fue bastante extraño cambiar de público y tener que cantar todo el tiempo ante gente que no entendía el castellano. “Pero como el ambiente era híper solidario y pro democracia chilena, siempre nos sentimos ‘con Chile en el corazón’, rodeados de afecto y de energía positiva”, asegura.

“Sin disminuir nuestros atributos artísticos, nuestra simbiosis con el movimiento de solidaridad fue un inmenso soporte emocional y de trabajo, que al mismo tiempo nos fortaleció en los circuitos profesionales”.

Sin compositores 

Aún así, el corte fue sin duda violento, entre otros porque, aparte de “La muralla”, el grueso de las canciones “de contenido” que les dieron la notoriedad
en Chile eran de creadores externos al grupo, como Violeta Parra (“Qué dirá el Santo Padre”), Jara (“Plegaria a un labrador”), Advis (“Cantata Santa María de Iquique”) o Sergio Ortega (“El pueblo unido”).

“Al inicio del exilio, nosotros necesitábamos un repertorio muy combativo, la situación era urgente, vivíamos en blanco o negro”, sostiene Parada. “Muchas de las referencias musicales y poéticas a mano no representaban cabalmente la situación que estábamos viviendo. Los primeros años logramos salir adelante con temas todavía de otros poetas y cantautores, aunque ya con algunas canciones enteramente nuestras”.

Sin embargo, a partir de 1976 debieron asumir que tendrían que autoabastecerse de canciones. “Esta situación nos obligó a evolucionar hacia un grupo de ‘intérpretes-creadores’”. Durante este período el rol de Eduardo Carrasco fue primordial, sobre todo musicalizando textos de Neruda (“Premonición a la muerte de Murieta”), Fernando Alegría (“Mi patria”), Matta (“Discurso de Matta”) o Desiderio Arenas (“Retrato de Sandino con sombrero”).

Sin embargo, la gran apertura y el gran cambio llegaron en 1980 con el ingreso al grupo de Wang, un ex Barroco Andino y actual director musical.

“Por primera vez comenzábamos a trabajar con un ‘compositor’, formado en conservatorio pero con gran experiencia en la música popular y contemporánea”, afirma Parada. “Patricio llegó con un empuje imparable y con obras y arreglos que llamaron inmediatamente nuestra atención por lo frescas y novedosas. ‘El gavilán’, ‘Es el colmo que no dejen entrar a la Chabela’, ‘Oficio de tinieblas por Galileo Galilei’, ‘Dialecto de pájaros’ no sólo eran piezas de gran factura composicional sino también de gran exigencia interpretativa”.

División del grupo 

Y así como unos llegaron, otros se fueron. En 1989, luego de una gira, el director del grupo Eduardo Carrasco regresó a Chile junto con Willy Oddó. Aunque Wang insiste que nunca hubo una partida de integrantes que creara “una división”, “porque el Quilapayún nunca se dividió, nuestro grupo tiene una historia ininterrumpida”.

Agrega que desde la creación del Quilapayún en 1965 y durante toda su existencia, el grupo ha conocido la partida de muchos integrantes, como la de los fundadores Numhauser y Julio Carrasco en 1967, o la de Willy Oddó en 1987, o la de Eduardo Carrasco en 1988. “El grupo siempre ha continuado a pesar de todas esas partidas”, declara.

“Nuestra dirección ha sido siempre la misma, crear, buscar permanentemente nuevos caminos para nuestra música y nuestros textos, mantener la calidad musical y el profesionalismo del grupo. Esa es nuestra vocación y nuestra historia”, asegura. “La reagrupación en el 2003 de los que abandonaron el grupo, sobre todo en los períodos difíciles o ingratos, y que quisieron hacerse llamar Quilapayún por conveniencias diversas, es otra historia muy diferente”.

Parada asegura que todas estas partidas fueron voluntarias, sin peleas. “Prolongar la vida del grupo ha sido siempre entonces, tanto un acto de voluntad artística como de respeto hacia una historia prestigiosa a la que ha valido la pena darle una continuidad. Nosotros nunca hemos dejado de cantar, nuestra actividad ha sido constante y sin pausa, por lo que, dicho entre paréntesis, podremos festejar con mucha propiedad los 50 años de existencia del Quilapayún el próximo año 2015”, señala.

“Ahora bien, si artísticamente nosotros nos determinamos por nuestras necesidades de expresión, es decir, por nuestro temperamento y por nuestra ‘capacidad instalada’ en pericias y talentos, es totalmente natural que le demos mucha importancia también a aquello que nos parece más novedoso y original, a aquello que nos renueva”, dice. “Por lo tanto, lo que verá la gente en Chile en nuestros conciertos, será el Quilapayún de la continuidad y de la renovación”.

Rol actual de la música

Renovación. Una palabra que no cae demasiado bien en la izquierda “más conservadora”, en un mundo donde  han caído las utopías de antaño y donde el sistema neoliberal parece penetrarlo todo y boicotea las iniciativas trascendentes que replantean un nuevo sistema social. ¿Pero cuál el rol de la música y del arte en estos tiempo actuales?

“La música y el arte, porque nos hacen pensar, siempre tendrán un elemento subversivo y anticonformista absolutamente necesario para que el ser humano no se convierta en un ente reducido a sus necesidades vitales”, sentencia Wang.

“Ése es el mayor peligro que nos acecha siempre y que se revela con mucha fuerza en esta época, en la que, como en muchas otros períodos de la historia, la subsistencia obliga a la mayoría a replegarse sobre intereses personales y olvida la solidaridad y la reflexión que son elementos vitales para construir una sociedad”.

Para este músico, la música y el arte incitan a esa reflexión, tan reflexión es esencial para unirse y pensar juntos un futuro en común, a través de colectivos, llámense partidos, grupos de trabajo, de reflexión, redes sociales, etc. “La música y la sociedad la hacemos juntos”, cierra.

 

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