¿Es éste el fin del Proceso de Paz?

Colombia

La escalada de enfrentamientos entre el ejército y las FARC está poniendo en riesgo las negociaciones por la Paz. Merman las expectativas de que el proceso termine con un acuerdo y los opositores al diálogo aprovechan los obstáculos contra el presidente Juan Manuel Santos. Aquí, dos posturas diferentes sobre el rumbo que debe tomar el país a raíz de los sucesos de los últimos días. 

El presidente Juan Manuel Santos- Foto: Vergara/AP

Héctor Riveros- La Silla Vacía (Colombia)

Las Farc anunciaron ayer que el cese unilateral de fuego que habían decretado en Diciembre pasado había terminado y agregaron: “tenemos que seguir la negociación en medio de la confrontación”. El Presidente Santos, por su parte, dijo que los colombianos estamos listos para seguir en el conflicto y para persistir en el intento de terminarlo en forma negociada. Las partes han querido ignorar que ellas mismas cambiaron la regla inicial según la cual el proceso de La Habana se llevaba adelante como si no hubiera guerra y que harían la guerra como si no hubiera negociación.

Esa regla, difícil de entender, se aceptó durante casi dos años hasta que el secuestro, en extrañas circunstancias, de un general en el Departamento del Chocó la hizo cambiar. El Presidente Santos dijo expresamente que hasta ese día era sostenible eso de que lo que pasara en Colombia no afectaría la mesa de Cuba. Después la guerrilla, quien sabe con qué cálculo, decretó el cese unilateral y tal vez no se percató que esa decisión era irreversible si efectivamente quería continuar con el proceso.

La guerrilla incumplió su propia tregua y masacró a 11 soldados en el Cauca. Ahí se puso en riesgo todo. La opinión expresó su indignación en las encuestas que castigaron el apoyo al proceso y a Santos. El margen de maniobra oficial era cada vez más estrecho a pesar de lo cual el Presidente siguió apostando: metió más gente a la mesa, cambió al Ministro de Defensa, suspendió las fumigaciones contra los cultivos ilícitos, reveló que pidió la suspensión de las órdenes de captura de Timochenko y etc, pero tuvo que reversar la medida de no bombardear campamentos de la guerrilla y el ejército usó esa herramienta para atacar una célula de las farcy mató a 26 de sus integrantes, ante lo cual ese grupo dio por terminado el cese unilateral. Hasta ahí el frío relato de los hechos.

” La guerrilla incumplió su propia tregua y masacró a 11 soldados en el Cauca. Ahí se puso en riesgo todo. La opinión expresó su indignación en las encuestas que castigaron el apoyo al proceso y a Santos. El margen de maniobra oficial era cada vez más estrecho a pesar de lo cual el Presidente siguió apostando “

Aunque las encuestas todavía muestren un grado importante de apoyo, incluso mayoritario, al proceso, lo cierto es que es fácil advertir en ellas que la opinión se agotó, se cansó del tema, siente que se han hecho muchas concesiones a cambio de nada, no tiene expectativas de que el proceso termine con un acuerdo, no está de acuerdo en que el Gobierno ceda en nada y no está dispuesta a recibir a la cúpula de la guerrilla en el escenario político.

La batalla que se libra en el campo de la opinión la han ganado hasta ahora y con un amplio margen los opositores al proceso. Las Farc actúan como si estuvieran de acuerdo con ellos. Les ayudan sosteniendo en la mesa posiciones delirantes como la invocación al derecho a rebelarse para justificar su posición de no aceptar condenas por sus actos, les ayudan masacrando soldados y un largo etc.

Lo cierto es que la mayoría de los colombianos ha comprado las teorías de quienes por convicción, oportunismo o simple mezquindad se oponen a que el conflicto se termine con algo distinto a la rendición de la guerrilla. Un experto en análisis de opinión explicaba que el apoyo mayoritario al proceso incluye a quienes lo entienden como la rendición.

En los medios de comunicación y las redes sociales, donde se disputa el favor de la opinión, todos los días, en forma sistemática y disciplinada los opositores han repetido frases como “paz sin impunidad”, o “la paz sí pero no a cualquier costo”. Esa era la segunda fase de la campaña comunicativa con la que se acompañó la política de seguridad democrática que convenció a la mayoría de los colombianos que la salida al conflicto era la rendición de la guerrilla por la vía militar.

Los que han liderado esa campaña no solo saben las consecuencias sino que las desean: que el grado de oposición al proceso sea tal que el Presidente se vea obligado a romper la negociación. La paz no puede ser de Santos. Otros que han repetido los slogans, con menos conciencia pero con más convicción, seguramente no querrán que el proceso termine, pero han aportado tanto todos los días a deteriorar el clima de opinión que tienen que saber que con su posición, respetable pero con consecuencias, habrán ayudado mucho a que la guerra se prolongue. Algunos quedarán más tranquilos porque genuinamente piensan que a la guerrilla no hay que hacerle concesiones sino enfrentarla militarmente.

” El proceso de La Habana es insostenible en medio de la confrontación. Cuando en estos días ocurra un hecho de guerra en el que desgraciadamente mueran, qué sé yo cinco o diez soldados como consecuencia de algún acto irracional, como son todos los de la guerra, el Presidente no va a tener otro camino que suspender el proceso “

La prédica de la terminación negociada del conflicto, con todo lo que eso significa, no ha calado. La ciudadanía mayoritariamente, según lo muestran todas las encuestas prefiere pagar los costos de la guerra a los de la paz. Le parece éticamente correcto que haya muertos, pero inaceptable conceder “impunidad”. Que los miembros del Secretariado no vayan a la cárcel les resulta impensable aun si el costo que hay que pagar es el de miles de muertes. Es un triunfo que en un bombardeo mueran 26 jóvenes colombianos y es un costo que hay que aceptar que 11 militares terminen cruelmente masacrados por la guerrilla. La ética de la guerra va ganando sobre la argumentación de la solución negociada.

El proceso de La Habana es insostenible en medio de la confrontación. Cuando en estos días ocurra un hecho de guerra en el que desgraciadamente mueran, qué sé yo cinco o diez soldados como consecuencia de algún acto irracional, como son todos los de la guerra, el Presidente no va a tener otro camino que suspender el proceso. Los mezquinos que solo se oponen porque no aceptan que sea Santos el que termine el conflicto se frotarán las manos y se alistarán a ganar las elecciones en el 2018. Los que les hicieron eco, se repetirán a sí mismos, para que la conciencia no los persiga y poder explicarles a los hijos, que los culpables son las Farc que sólo estaban engañando a la sociedad y no tenían verdadera voluntad de terminar el conflicto. Que ellos no se oponían a la paz, “¿quién se puede oponer a la paz?”. Los otros les enseñarán a los niños que una sociedad no puede ceder ante los violentos y que cualquier concesión solo nos lleva a reproducir la violencia y que lo “correcto” es la ética de la guerra. Todos habrán aportado algo a que esta sociedad no consiga evitar los miles de muertos que vienen si el proceso se rompe.

María Jimena Duzán- Semana (Colombia)

Sé que hay muchos colombianos frotándose las manos con el retroceso de las negociaciones en La Habana y con el hecho de que la guerra haya vuelto al campo a cobrar más vidas de campesinos cuyas muertes ni siquiera van a salir en los noticieros de televisión.

Sé también que muchos han celebrado con júbilo la reanudación de los bombardeos aéreos; que no lamentan la decisión de levantar la tregua unilateral anunciada por las FARC y que por el contrar
io se sienten aliviados de que estemos alejándonos de la paz y acercándonos de nuevo a la guerra de siempre.

No sé si los que quieren volver a la guerra son la mayoría o la mitad de los colombianos o si lo que ocurre es que, de tanta violencia, muchos colombianos perdieron la posibilidad de saber cuál es la diferencia entre la paz y la guerra. Lo que sí sé con seguridad es que están tremendamente equivocados: la guerra no puede ser una forma de vida, ni el fundamento de nuestra cultura política ni de nuestra idiosincracia. Puede que sea lo que mejor conocemos –infortunadamente la hemos padecido por más de 50 años–, incluso puede que hasta nos hayamos acomodado a ella desarrollando una cohabitación monstruosa con la muerte, pero eso no significa que la guerra sea mejor que la paz.

” Por el bien de Colombia, espero que se destrabe el proceso y que las FARC entiendan la complejidad del momento histórico. Pero sobre todo espero que el presidente Santos saque su liderazgo para que no quede atrapado por cantos de guerra que se oyen ante la cercanía de las elecciones de octubre que provienen no solo del uribismo sino del vargasllerismo ” 

Lo otro que tengo claro es que el proceso de paz que adelanta el gobierno del presidente Santos con las FARC nos devolvió a muchos colombianos la esperanza de soñar con un país distinto. Logró que las FARC se sentaran a la Mesa y firmaran una agenda y las trató con la dignidad con que se debe tratar a los enemigos históricos que nunca han sido derrotados. Y estoy convencida de que si el proceso fracasa, perderemos todos los colombianos, incluidos los uribistas que hoy se frotan las manos con tanta emoción.

Por lo que he podido constatar en mis frecuentes viajes a La Habana, las FARC también perderían si el proceso de paz fracasa, así ellas hayan hecho de la guerra una forma de vida. Ellos saben que no han sido derrotados, pero también son conscientes de que nunca van a tomarse el poder por la vía armada y que les va a tocar seguir en la guerra, degradándose hasta terminar deshumanizados.    

Este proceso de paz también nos ha permitido volver a pensar sin necesidad de recurrir a ninguna propaganda o dogma. Pero sobre todo, nos ha permitido reflexionar sobre temas tabús que bajo el gobierno Uribe era imposible tocar por temor a que lo señalaran a uno de auxiliador de la guerrilla. Ahora, existe la conciencia entre un amplio sector de la sociedad de que este conflicto no solo es culpa de las FARC y de que los responsables se encuentran también dentro del Estado: que hubo empresarios, políticos, alcaldes y gobernadores que en un momento dado decidieron aliarse con el narcotráfico y el paramilitarismo para enfrentar a las FARC y que cometieron delitos contra la población por los cuales nunca la justicia los ha requerido. Y esta realidad que finalmente ha salido a flote está muy lejos del dogma que por años nos quiso imponer la seguridad democrática, según la cual en Colombia había un Estado ejemplar dedicado a cuidar a sus ciudadanos que tenía que enfrentar la amenaza terrorista de las FARC.

Otro avance que hemos tenido por cuenta del proceso de paz es que por primera vez estamos haciendo un proceso que tiene como centro a las víctimas y no a los victimarios como sucedió con el que se hizo con los paramilitares en el gobierno de Uribe. Puede que eso sea una cuestión menor para muchos, pero en un país donde son miles las víctimas ese es un avance para una sociedad que hasta ahora les había dado la espalda. Para el expresidente Uribe el proceso de paz de Santos es antiético, porque iguala a los militares con la guerrilla. Sin embargo, en su gobierno ni siquiera se reconoció a las víctimas de los agentes del Estado. Quitarles la dignidad a las víctimas del conflicto como sucedió en ese gobierno, eso sí que fue una falta de ética. 

” El proceso de paz que adelanta el gobierno del presidente Santos con las FARC nos devolvió a muchos colombianos la esperanza de soñar con un país distinto. Logró que las FARC se sentaran a la Mesa y firmaran una agenda y las trató con la dignidad con que se debe tratar a los enemigos históricos “

Hace tan solo un año se reeligió a Juan Manuel Santos con un mandato que nos devolvió a muchos colombianos víctimas del conflicto la esperanza de que esta vez la paz no se nos iba a escapar: se comprometió a ponerle fin a esta guerra que desde hace más de 50 años nos viene devorando y a cumplir con la deuda histórica que el Estado tiene con las regiones olvidadas y marginadas por cuenta de la guerra. A pesar de la polarización política, el proceso de paz fue avanzando lentamente pero desde hace seis meses se estancó cuando se llegó a la nuez de la negociación: no se han podido poner de acuerdo en torno al tema de justicia, ni sobre quiénes son los máximos responsables de este conflicto, ni sobre qué clase de penas podrían tener bajo el marco de una  justicia transicional que debe brindar las garantías de verdad, justicia, reparación y no repetición.

Por el bien de Colombia, espero que se destrabe el proceso y que las FARC entiendan la complejidad del momento histórico. Pero sobre todo espero que el presidente Santos saque su liderazgo para que no quede atrapado por cantos de guerra que se oyen ante la cercanía de las elecciones de octubre que provienen no solo del uribismo sino del vargasllerismo.

Coda: me solidarizo con María Isabel Rueda. La manera como la Fiscalía cita a las periodistas que cuestionan la gestión del fiscal Montealegre no infunde respeto sino temor.

 

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