Pistas para salir del laberinto

Argentina
Roberto Mero

El Perón del exilio nos fuerza a utilizar los mismos parámetros de razonamiento: la fuerza que ejerce el enemigo nace como derecho de las bestias; la patria y su salvación es el objetivo y los hombres y las organizaciones sólo un medio; la organización vence al tiempo. Más allá de autocríticas y conformismos, hay que establecer quienes son los aliados, y quienes los enemigos.

Cristina Kirchner hablando a los militantes reunidos en uno de los patios de la Casa Rosada - Foto: Archivo

Roberto Mero* – Latinoamérica Piensa

Quizá en algunos meses deba comerme las palabras que escribiré, pero no son para el bronce. Se trata de comprender aquello que hace tres meses era aun impensable y que Guillermo Moreno desentrañó con la malicia del Viejo Vizcacha cuando confesó que hace menos de tres meses “aún seguíamos discutiendo quien era el candidato y como se profundizaba el proyecto”. Discusión que se rompió los dientes el 26 de noviembre y que hoy nos lleva a seguir escupiendo muelas. Varias hipótesis están en juego para desenredar la maraña y no caer en aquellas disparatadas autocriticas que llevan a la parálisis. O bien en el conformismo de aceptar la tragedia porque fuimos abandonados por los dioses y la gloria. Insisto lo escrito en otras notas: la situación que vivimos (las de ver a una banda de malhechores apropiarse de la patria para destruirla) no es inédita, pero no puede resolverse con recetas del pasado, menjunjes hechiceros y fórmulas concebidas en otros tiempos. Ese gran oráculo de Delfos que fue Perón en el exilio no nos fuerza a utilizar las mismas salidas sino los mismos parámetros de razonamiento. Primero, la fuerza que ejerce el enemigo nace como derecho de las bestias. Segundo, la patria y su salvación es el objetivo y los hombres y las organizaciones sólo un medio. Tercero, la organización vence al tiempo. Y por último (en este momento) debe establecerse con precisión quienes son los aliados y quienes los enemigos con que deberemos pelear, estén donde estén y se pongan la camiseta que se pongan. La diferencia entre aquel Perón en Puerta de Hierro de los años 60/70 y nuestra realidad presente tiene poquísimo que ver, por no decir casi nada. El peronismo en el Frente para la Victoria (FpV) y el FpV en sí mismo son la mayor construcción republicana y popular que haya existido en el país desde 1916. Es la más larga experiencia de gobierno popular desde 1983 y es a la vez quien impulsó la integración regional de manera constante. Estas afirmaciones tuvieron su costo, sirven como brújula para la construcción de la fuerza de choque para oponerle al enemigo. Retomar el hilo que nos llevó al laberinto podrá servir para combatir al enemigo sino también para vencerlo.

La hipótesis del enemigo contenido

Luego de la ofensiva inorgánica de la derecha política y el avance dificultoso de “los del campo” para construir un proyecto coherente, el espejismo de la fuerza avasalladora de Cristina y su 54% permitió quizá soñar con una estrategia renga: el enemigo concentrado en Buenos Aires se conformaría con el poder macrista, limitando las ambiciones de Ojitos Azules. Repito, ante la fuerza avasalladora de una elección presidencial sin conteste, la tentación de calmar el juego entregando la CABA a la derecha, o no oponiéndole candidatos susceptibles de ganarle, se transformó en una conveniencia indiscutible para la gobernabilidad nacional. Los datos parecieron confirmar este error por el cual la ciudad de Buenos Aires y el monopolio concentrado de los medios económicos-mediáticos-corporativos apareció como una suerte de King Kong impotente para alzarse con el resto del país. Las berretadas del PRO en sus elecciones parciales, como poner a Del Sel en posición triunfante, permitieron hacer creer que eran petardos al aire, intentos sordos, sin futuro. La hipótesis del “enemigo contenido” se fundó también en creer que la UCR derechizada había perdido su línea de mostradores en el interior. Y que el viejo partido cagado a palos en el 2001 sobrevivía como un centro de jubilados apasionados por el partido de bochas. La potencia política concentrada en el kirchnerismo y su fuerza comunicacional ante los jóvenes, hizo creer que Clarín desarrollaba una guerra perdida, que sus huestes se limitaban a los clientes de Magnetto y que el poder institucional lograría vencer este arcaísmo. El “enemigo contenido” en CABA, la falta de plan comunicacional propio y el institucionalismo edulcorado, acabó por desgarrar y desmembrar la imagen de un gobierno popular humillado en los medios y sin capacidad de respuesta. Alzamos los hombros porque Macri ganaba en CABA y nuestros candidatos eran pecho frío. Alzamos los hombros cuando desde lo institucional Macri violó la ley, gobernando por decreto. Alzamos los hombros ante el complot mediático y desestabilizador. Y terminamos por creer que esa franja de la población “cacerolera” iba a terminar por comprender que “el problema es la economía, estúpido”. Pero no fue así. La telenovela le ganó a los discursos de Cristina. Los denuestos de Longobardi a la elegancia de Capitanich. Y el odio “cacerolero” a la paz y amor del flower-power del Patio de las Palmeras.

La hipótesis del retorno de la Logia Lautaro

El fracaso de la transversalidad ideada por Néstor Kirchner intentó ser compensada por aquella ola de apoyo popular que marcó la vida nacional con su muerte. Rengo y transero, adocenado en su sindicalismo dividido y en las baronías provinciales y conurbanas fuera de moda, el PJ debió rendirse ante la evidencia de lo realizado por los K, que la victoria de Cristina en el 2011 confirmó a todas luces. Voraces a la hora del cheque e hipócritas ante quien tiene los cordones de la bolsa, el “baronismo pejotero” debió rendir las banderas ante ese fenómeno juvenil que representó la creación de La Cámpora. No se trataba de la revolucionaria JP y la Patria Socialista. No se trataba tampoco de un remedo de las corrientes que de John William Cooke a los Montoneros habían tratado de imponer una salida nacional y popular antisistema. No. Se trataba de crear con La Cámpora un polo político fluido, organizado y generacionalmente homogéneo, capaz de enfrentar desde la modernidad institucional las viejas triquiñuelas de “los Gordos” de Moyano y de los sobrevivientes del peronismo derechoso. La Cámpora iba a triunfar allí donde Néstor había fracasado e iba a crear un “grupo de reflexión y acción” reuniendo a lo mejor de la militancia de base con lo mejor de los cuadros técnicos disponibles. Esto es, para sintetizar la metáfora, la pasión del bombo y el Patio de las Palmeras, sostenida por la aplanadora cultural de Kicillof. O si se quiere, la resurrección de aquella mítica Logia Lautaro que había acabado con las incertidumbres de la Revolución de Mayo para imponer las armas de San Martín y el verbo acerado de Monteagudo. Todo lindo, todo bien, pero pegado con moco: el error de creer que los muchachos de La Cámpora podían disputarle al enemigo las razones que la antipatria bombardeaba desde los medios, tuvo también su cara interna en el espejismo de creer que con lucidez y juventud se podrían condicionar los viejos eructos macartistas de los Julios Bárbaros o Piumatos. Que las brillantes intervenciones de Kicillof iban a transformar al PJ en una caja de resonancia de los nuevos tiempos. Y que esta nueva Logia Lautaro, moderna, formada, pasional y bien educada, podría hacer frente a las hordas desatadas por Lanata a la hora de horadar el adoquín cerebral del “cacerolo” de base.

La hipótesis de la derrota imposible

Tal vez el hecho de haber escapado a los peligros como Míster M
agoo hizo que el poder K (y nosotros, los K sin poder) creyésemos en aquel mito de la invencibilidad que llevá a Aquiles a perder la vida por una flecha en el talón. Salvo que esta vez la flecha no fue disparada por el enemigo sino por una sarta de energúmenos comunicacionales, persuadidos que se vence a fuerza de slogans y metafísica aplicada. Buenos pibes quizá para realizar campañas publicitarias en Ginebra o Bruselas, pero incapaces de comprender que esto no era el París de 1968 y que no bastaba con ocurrencias de buen alumno de Harvard para hacer frente a la bestialidad del enemigo dispuesto a todo. Quisimos creer, pero por sobre todo autoconvencernos, que el macrismo no podía vencer en una contienda electoral porque su victoria significaría pura y simplemente la destrucción de la patria y el avasallamiento de los derechos del pueblo. Triste constatación la de estos días. Se repitió hasta el cansancio que “la Patria es el otro”, pasando por alto que el enemigo había leído bien la frase original de Jean-Paul Sartre (“El Infierno es el Otro”). Se parloteó sobre la libertad de prensa de los periodistas, sin distinguir entre respeto de libertades y aceptación del delito. Se afirmó con insolvencia que “El Amor vence al Odio”, como si la lucha política se tratase de una disputa de vecinas envilecidas. Se ocupó el tiempo de 678 de manera cruelmente superficial, denunciando las mentiras y los tics del enemigo, que aprovechaba ese espacio para hacerle autobombo y ganar identidad cultural gorila, odiadora, vengativa. Por último, se declaró una campaña a regañadientes, sosteniendo que “el candidato era el Proyecto” dejando a Daniel Scioli pedaleando en el aire y a Ojitos Azules bailando la conga entre globos amarillos. La teoría de la derrota imposible impidió crear un Plan B, establecer una estrategia de retirada, establecer los bolsones de resistencia en caso de derrota. Insisto: la teoría de la derrota imposible hizo que ni siquiera pudiera admitirse que Macri pudiera dar un golpe de Estado mediático-jurídico. “Nosotros no somos Paraguay”. Y a otra cosa mariposa. Se siguió pensando en la gobernabilidad cuando el golpe ya estaba en marcha. Y el poder K siguió tratando de evitar lo peor, cuando lo peor ya era un hecho. Crueldades del despertador.

Hipótesis de la vuelta obligada 

Como en aquellas leyendas donde el héroe debe volver de su retiro a pesar de tener ganas de echar panza, a Cristina Elisabet Fernández viuda de Kirchner quizá le parezca sorprendente esto de regresar al centro de una escena de la que jamás se fue. Bien por el contrario, cuatro meses antes del irrevocable 10 de diciembre CFK pareció dar signos de haber perdido todo, salvo el amor de sus partidarios. La “derrota imposible” del candidato Scioli ya la había condenado al arcón de los recuerdos, al ver la suave extinción del kirchnerismo y el pronto aluvión del sciolismo triunfante, con su cohorte de ninguneros, olvidos, sometimiento de los barones pejotistas al nuevo patrón. Bella agasajante en sus hoteles patagónicos o turista en París, tres hechos sin embargo la propulsarán a esta vuelta obligada bajo los reflectores. La derrota de Scioli que quedó atrás de sus esperanzas en un 5%. El plebiscito hacia su persona del 9 de diciembre, promovido y exaltado en todo el país por fuera de la institución política peronista. Y por último, y sobre todo, la asombrosa e inesperada insurgencia militante que hizo posible que Scioli no fuese humillado por una derrota improbable, ya que jamás se abrieron las urnas para confirmarla. Y sin embargo el convencimiento del desastre ya se había instalado. Y sin embargo ya se había creído que Macri triunfaría por un 10% de diferencia. Y sin embargo ya se había comenzado a pensar en un retorno aceptando una alternancia obligada pero irreversible. La teoría de Macri vencedor por un 60% no existió sino en el cerebro de quienes no habían tomado en serio la capacidad de resistencia popular, sus nuevos medios, su dinamismo. Dicho en otros términos: de la misma manera que la militancia popular entre la primera y segunda vuelta dejo culo al aire a los pesimistas de este lado, la brutalidad desenmascarada de Macri y la resistencia presente fuerzan a estos dirigentes a replantear su posición y ponerse al frente de la masa. O a perecer aplastados por la historia. La hipótesis de la vuelta obligada (por quiebre institucional, “enfermedad de Macri” o insurrección de masas) fuerza a rever en pocas semanas un programa insólito e impensable. Volver al poder para cambiar o perder toda posibilidad de influir, parados en el borde del abismo. Decisiones que no pueden tomarse a la ligera, pero que nuestro día a día transforma en inevitables si llegase el momento de dar, aunque no estén dadas todas las condiciones, una batalla final y despiadada.

*Periodista y escritor argentino en París, Francia.