Guerra geopolítica

Latinoamérica y el Mundo

Estados Unidos desata una guerra geopolítica al impulsar la baja de los precios del petróleo y subir su oferta mundial. Con su decisión, que afecta gravemente a Rusia, el país busca recuperar el poder económico perdido en detrimento de los países emergentes que disputan un espacio en el comercio. Más que nunca la Unasur y el Mercosur deben consolidar la acción colectiva. 

Barack Obama y Vladimir Putin- Foto: BBC MundoArnaldo Bocco- Miradas al Sur (Argentina) 

La decisión de impulsar la baja del precio del hidrocarburo y subir su oferta mundial de millones de barriles, adoptada por EE.UU. con el apoyo de Arabia Saudita, obligó al gobierno ruso a una fuerte devaluación. El coletazo de esa guerra puede afectar a la Unasur, en la que muchos de sus miembros son productores y exportadores de un petróleo que cada día vale menos.

Rusia en el ojo de la crisis. Durante la semana que pasó, Vladimir Putin, presidente de Rusia y el personaje más popular del mundo durante 2014, apareció en varias ocasiones ante los medios de comunicación para poner paños de agua fría ante el colapso financiero provocado por la caída del precio del petróleo en la pujante economía de su país. Una fuerte devaluación del rublo del 30% y una crisis fiscal no contenida fueron producto de la decisión adoptada por Arabia Saudita y los EE.UU. (ocultamente articulada) de bajar los precios del crudo en un 50% y subir la producción mundial por día pactada en 60 a 62 millones de barriles, cuando la economía mundial se comprime y la crisis de consumo se hace evidente en Europa y Japón, por la caída del producto bruto y el fracaso de sus políticas de largo plazo.

Las causas atribuidas a la caída del precio son muchas, la decisión de EE.UU. de promover una crisis dentro de la OPEP para que un alto nivel de producción haga caer los precios del crudo se combina con la misma decisión de los EE.UU. de mantener el autoabastecimiento logrado con esfuerzo por la explotación de yacimientos nuevos con métodos no convencionales o la decisión de debilitar a los grandes productores exportadores tradicionales (por ejemplo Rusia, Irán, Venezuela), para provocar un nuevo balance de poder en un contexto de fuertes cambios en los equilibrios internacionales alcanzados en la última década.

El problema que ocasionará tanto en Rusia como en Venezuela por visibles problemas en el sector externo y en las finanzas públicas de cada país es de origen geopolítico y de poca explicación económica. 

Los años de fuerte crecimiento de las economías emergentes y el retroceso de las grandes potencias en el PIB mundial, sumado a la crisis financiera post 2007, trajeron un cambio marcado en el flujo de inversiones. Buena parte de los excedentes financieros fueron a las grandes economías emergentes (Brics, Brasil, India, Rusia, China, Sudáfrica) junto a otros países de desarrollo intermedio, y debilitaron la reinversión de esos recursos en el mundo desarrollado. El flujo fue notorio al ingresar en cantidades crecientes a las economías en fuerte crecimiento y en diversificación de su poder internacional.

” La decisión de impulsar la baja del precio del hidrocarburo y subir su oferta mundial de millones de barriles, adoptada por EE.UU. con el apoyo de Arabia Saudita, obligó al gobierno ruso a una fuerte devaluación. El coletazo de esa guerra puede afectar a la Unasur, en la que muchos de sus miembros son productores y exportadores de un petróleo que cada día vale menos “

Rusia, en el centro de la escena durante meses por los conflictos derivados de la crisis en Ucrania y la lucha por el control de Crimea, adoptó medidas de fuerte impacto sobre Europa, un cliente cautivo del consumo de hidrocarburos y gas proveniente de la oferta rusa que coloca a grandes países ante desafíos inimaginables. 

Europa sancionó primero a Rusia por la posición dominante en Ucrania y la crisis posterior generada por la lucha territorial; Moscú respondió con el cierre de sus fronteras a los productos alimenticios europeos que compensan con 25 mil millones de dólares anuales la oferta de bienes desde toda la comunidad a los mercados del proveedor de petróleo y gas más destacado en el cuadro de consumo europeo.

Sin dudas el punto geopolítico central adoptado por EE.UU. con el apoyo –como en otras ocasiones– de Arabia Saudita, un país aliado a los intereses norteamericanos en el área energética desde la crisis petrolera de 1973 hasta el presente. Solo en Rusia, los desajustes económicos provocaron una salida de reservas de su Banco Central de decenas de miles de millones de dólares y esta semana la entidad financiera tuvo que subir las tasas de interés de referencia de 10,5% a 17%, en una medida ortodoxa que intenta frenar una mayor devaluación del rublo provocada por el último lunes negro en los mercados, que colocó a esa potencia regional al borde de la cesación de pagos. Rusia había colocado en los mercados locales miles de millones de rublos en bonos privados para financiar nuevas inversiones petroleras que trajeron un colapso en las empresas estatales dominantes en el sector energético. Para el cierre de la semana, Putin destinaba 7 mil millones de dólares a financiar el mercado local con liquidez del Banco Central de Rusia, con el objeto de frenar una devaluación adicional de su moneda, trayendo un poco de calma en los precios locales afectados por la inflación y la incertidumbre.

El propósito de esta controversia no es otro que el de frenar al coloso euroasiático caracterizado por un liderazgo fuertemente antioccidental como el ejercido por los rusos en el mundo desde fines de 1999/2000 y de paso restablecer niveles de costos energéticos más bajos que tonifiquen las alicaídas economías desarrolladas desplazadas por China, al frente de una locomotora que la colocó en 2014 como la principal economía, en un podio donde EE.UU. y Europa siguen perdiendo peso en el producto mundial y en los grandes juegos del comercio y las inversiones.

La decisión norteamericana de mantener la producción mundial afecta las finanzas de Rusia, Venezuela e Irán, los tres países más afectados políticamente con la reciente crisis. Esa reducción de los niveles de ingresos provoca una necesidad de fondos resarcitorios que reemplacen los ingresos petroleros o gasíferos perdidos que el propio mercado de capitales no está dispuesto a proveer y, por lo mismo, obliga a los ministros de finanzas a devaluar sus monedas locales y a frenar la crisis de confianza con subas en las tasas de interés que deterioran la actividad económica interna.

No hay crisis petrolera en estos días; hay más bien un fuerte escenario de crisis geopolítica y financiera que los analistas ven como la antesala de otros conflictos que podrían generar enfrentamientos militares o escenarios de guerras locales toda vez que las pérdidas económicas alimentan nacionalismos regionales y generan cambios en trayectorias virtuosas del poder emergente de esta última década. Un escenario con conflictos de manual con soluciones de corto plazo abiertas. Nada hace conjeturar, después de lo visto en la semana que pasó, una solución antes de dos años, y ese tiempo, para el mundo emergente, es una eternidad.

El FMI bailando en el Titanic. En el marco de la guerra de precios y las incidencias de la crisis rusa sobre el sistema financiero internacional, la directora general del FMI, Cristian Lagarde declaraba esta semana que la reducción de precios del petróleo es una buena noticia para el mundo desarrollado y para los grandes importadores que tienen costos menores por iguales productos. Esto, asume el FMI, es una necesidad de Europa ante el desencuentro de sus políticas y los resultados que auspicien una solución que los coloque en la antesala del crecimiento.

” No hay crisis petrolera en estos días; hay más bien un fuerte escenario de crisis geopolítica y financiera que los analistas ven como la antesala de otros conflictos que podrían generar enfrentamientos militares o escenarios de guerras locales toda vez que las pérdidas económicas alimentan nacionalismos regionales y generan cambios en trayectorias virtuosas del poder emergente de esta última década “

Ese continente está estancado y nada permite pensar en salidas expansivas, aun cuando sus autoridades monetarias procuran soluciones del estilo de las aplicadas por EE.UU. con emisión monetaria ilimitada y una oferta de crédito con tasas de interés mas bajas. Europa es muy conservadora y le cuesta adoptar el pragmatismo norteamericano, que supo capear la crisis con emisión y pocos límites en la ortodoxia financiera. 

La visión indisimulable del FMI expresa un mundo ingenuo ante los riesgos de una crisis rusa como la de 1998, que luego arrastró a Asia, después en 1999 a Brasil, más tarde a Argentina, y provocó el colapso financiero de América latina en buena parte de sus economías entre 2000 y 2004. No está lejos la posibilidad de que, pasadas las fiestas de año nuevo en el mundo, recrudezca un escenario como el pasado lunes negro del 15 de diciembre en Moscú. Aun cuando el BCR dispone de grandes reservas en divisas, Putin ha señalado que no las dilapidará para usarlas en favor de una estabilidad externa a su nación. El presidente ruso anticipa al mundo que prefiere una recesión mundial a un costo local muy alto que dilapide su capital político.

Haciendo foco en Argentina y la región. El mundo parece no oír lo que Rusia anticipa y Rusia habla por los emergentes, no solo en nombre propio. Venezuela, un gran productor con más de 3 millones de barriles de petróleo diario, redujo su exposición a cifras muy inferiores, y eso provoca situaciones que la localizan en la antesala de otra crisis financiera que puede tener impactos regionales no menores.

En la Argentina, muchos analistas observan esta realidad con agrado pero vale la pena recordar que buena parte de los grandes clientes del comercio exterior superavitario nacional de la región son productores exportadores de petróleo, como los casos de Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia y la propia nación bolivariana. Si todos sufrieran una reducción de sus ingresos externos, como bien puede ocurrir, sus economías serán más recesivas y sus demandas de productos argentinos disminuirán en volumenes y precios.

Argentina tiene en esos paises clientes comercialmente muy superavitarios y una crisis puede hacer muy crítico el superávit regional, alimentado por la demanda de clases medias locales con poder adquisitivo, que creció en la última década como consecuencia de las políticas aplicadas después del 2001 en toda Latinoamérica. Por lo mismo, no parece auspicioso un escenario de crisis de demanda externa para nuestro comercio exterior, ya que el flujo comercial destinado a la región latinoamericana, de caer, podría ser reemplazado por la demanda de los grandes consumidores europeos.

La guerra geopolítica desatada por EE.UU. con los precios del petróleo es un juego perverso para dotar del poder perdido a la economía de ese país, en detrimento de los emergentes que disputan un espacio en el comercio, las finanzas y la seguridad internacional. No es un juego neutro el desatado por la crisis petrolera en la región, ahora más que antes Unasur y Mercosur deben mirar la geopolítica mundial más colectivamente que antes. No hay vuelta atrás, la crisis puede afectar la estabilidad mundial y hacer más dificil el mundo político que se vive en la región, la más beneficiada por sus políticas interiores en los años recientes, pero la que puede estar más afectada en éstos que vienen.

La acción colectiva parece más oportuna que la satisfacción transitoria por el alivio de los costos energéticos; todo indica que los foros regionales deberían incorporar a su agenda la geopolítica mundial su propia visión regional como un punto permanente durante los próximos años.

 

Leer el artículo aquí