Perdida una batalla, pero no la guerra

Argentina

Roberto Mero – Los más de 12 millones de votos de Daniel Scioli no fueron suficientes ante una deflagración sistemática inyectada por los medios de comunicación. Una corta mayoría del 2,1% del padrón general, le dio el triunfo al candidato de la derecha, Mauricio Macri. Comienza un combate por la defensa de los derechos adquiridos y la reconquista del poder. 

Manifestante apoyando a Daniel Scioli - Foto: ES Fotografía

Roberto Mero* – Latinoamérica Piensa

Si vencer es también convencer, los datos que arrojan las elecciones presidenciales demuestran que Macri ha convencido a su tropa, pero nada más que a ella. Amasijo de codicias clasemedieras, revuelto de pobres que se creen ricos por haber votado ricos, revanchistas de Videla, vendepatrias económicos y un rompecabezas de partiditos con ansias de devorarse entre ellos. Nada de antidemocrático tiene llamar gato a un gato ni de decir que una cortísima mayoría del pueblo argentino (2,1% del padrón general) dio un tenue triunfo a quien le prometió aplastarlo. Frente a esta coalición enceguecida sólo la calma en la organización resistente podrá hacer posible la Reconquista de la Patria circunstancialmente ocupada. Críticas a nuestro espacio, si, pero no carnicería, vender verdura, querer vengarse. No sirve en una etapa de repliegue estratégico donde debemos conservar la unidad que la epopeya popular creo en la campaña con Scioli. Con un Congreso, un Senado y 17 provincias de este lado, el potencial de nuestra ofensiva debe plantar bandera, marcar el límite hasta donde llegara la estafa macrista y la infamia de la política que pergeña. Retirarse en orden no es rendirse cuando en el corazón late el objetivo de liberar la Patria de la vergüenza de transformarse en colonia. Hemos perdido una batalla, por cierto, pero contra las fuerzas del dinero y la ceguera y la propaganda, contando apenas con nuestro aguante. Hemos perdido una batalla, pero no la guerra.

La tentación del Aventino

La historia relata que, hastiados de la política salvaje de la aristocracia, los plebeyos de Roma decidieron un día abandonar en masa la ciudad para retirarse hacia el monte Aventino. En masa, digo: viejos, pibes, mujeres, niños, artesanos. Todos. No les daban las fuerzas para enfrentar por las armas a los centuriones aristocráticos ni tampoco podían quedarse en la miseria, esperando un milagro. Pocos meses después la aristocracia (paralizada, sin obreros ni pan) tuvo que pactar y aceptar la creación del Tribuno del Pueblo. ¿Historias lejanas? No tanto. 12.200.000 argentinos pusieron el pecho y el aguante para vencer a los clarines de la antipatria. Es pueblo tuvo como jefe de la carga a Daniel Scioli, pero las fuerzas no fueron suficientes ante una deflagración sistemática, minuciosa, enfermante, de mierda distribuida, tragada, inyectada por los medios, el malalechismo, las señoras gordas y sus mucamas. Esos doce millones de argentinos no podremos retirarnos al monte Aventino. Podemos sí, contar con esa inmensa fuerza de la unidad reciente para apretar a nuestros diputados y senadores, intendentes y gobernadores, periodistas y punteros para continuar el combate por otros medios. Un combate tenaz, trinchera de todos los días, para que no pase un solo proyecto de liquidación de la Patria, ni un solo proyecto de aplastamiento de nuestros derechos. Si en la cancha se ven los pingos, es desde ahora, desde mañana, que cada uno de nuestros representantes deberá poner el coraje sobre la mesa para comenzar la Reconquista. El pueblo no se olvida de quienes se jugaron por él ni de quienes lo abandonaron en campo raso. Nunca se olvida.

La sumisión de las mucamas

En los tiempos en que Salvador Allende gobernaba Chile y la derecha fascista preparaba el golpe, la historia recuerda que era frecuente que las señoras gordas (peluconas) participasen de las manifestaciones populares mandando a sus mucamas vestidas como chicas bien. Organizadas por cuadra y bajo control de una sola señora gorda, las pobres infelices debían servir de comparsa a sus propios enemigos. Treinta y dos años después, en esta Argentina que ahora descubrimos, la Mirtha Legrand controladora fue substituida por una especie de virus que infectó a las pobres chicas, borrando lo que les quedaba de cerebro. Ese virus se llama odio, desprecio de sí mismo, desclasamiento. O aquel Síndrome de Estocolmo, que hace que la violada acabe por amar al violador que la somete. Las engrupieron con comprar dólares, pero no tendrán ni para zapatillas. Las embaucaron contra los otros “negros”, porque ese odio contra los “cabecitas” quizá hará que se transformen en blancas. Las sedujeron haciéndoles creer que ese tilingo meneador de cumbias, las sacaría un día a bailar y les compraría un sanguche de miga. Los lacayos, mayordomos y mucamas que comen las migas que el patrón ha dejado, no tardarán en ver que con globos o sin globos poco o nada quedará de ese sueño de cambio. ¿Vendrá Lanata a llenarles la heladera? ¿Mirtha les tirará lo que queda en los platos? La batalla cultural para que las mucamas se den cuenta comienza desde ahora, comienza con nuestro orgullo. Ellas son nuestras hermanas infectadas. Y aunque dolorosa, la inyección de nuestra verdad deberá ser indefectible cuando se trate de enseñarles que una cosa es ser pobre e iluso y otra un chupaculos del enemigo.

Perón y el furor de las lamparitas

Cuentan que un día, detrás de los muros de su exilio en Puerta de Hierro, Perón recibió una larga carta de Vandor, allá, en los finales de los 60. En aquella carta Vandor se excusaba de que “nada” podía hacerse. Vandor, que estaba arreglando con Onganía, le decía que había que esperar, ser pasivo, ponerse piel de cordero, transar. Cuenta también la historia que la lectura de esa carta duro más de media hora y que el viejo líder se iba poniendo cada vez más pálido y luego rojo y luego pálido, llevado por una bronca larvada e incontenible ante tanta traición y cobardía. En un momento se levantó de su escritorio de un salto, haciendo un bollo con la carta infecta. Fue Perón hasta la ventana, miró el parquecito y los caniches y luego se dio vuelta para hablarle al otro hombre que estaba en la pieza. “Dice ese hijo de puta que no se puede hacer nada”, dicen que dijo Perón. El otro hombre le suplicó calmarse. “Entienda General que quizá no se pueda…” murmuró el otro. Perón se calló unos instantes y luego lo miró al otro con ojos de fuego: “Dígame, Descalzi, ¿cuántas lamparitas tiene usted en su casa en Buenos Aires?” El otro no entendió. “¿Lamparitas?” “Si, dijo Perón, las lamparitas de luz. ¿Cuántas tiene?” El otro dijo que seis, siete. Perón sonrió, envuelto en la furia: “Si se quiere hacer algo, se puede hacer algo. Usted agarra cada lamparita, le corta el culo, la llena de alcohol y ya tiene una Molotov. Multiplique eso por millones y vamos a ver donde se mete Onganía.” La historia demostró que Vandor no tuvo ese coraje y acabó sus días como un perro sometido a las impotencias de su oportunismo.

Cristina y los peligros del amor

Nos va a dejar la voz, las ganas, la lucidez y algunos caprichos explicables. Nos dejará la belleza, la firmeza ante Griesa y la Fragata, el FMI y Sarkozy, y la amistad con los hermanos de América Latina. Lo que ellos odian nosotros lo amamos, lo que ellos desprecian son nuestras sonrisas. Es “yegua” para ellos que no pudieron derrocarla pero lo es también para nosotros, porque cuidó a los potrillos con los defectos que también tiene una paridora. Cristina se va y va a dejarnos todo eso. Pero se va porque la Constitución dijo que se tenía que ir. Punto. Y digo, ¿de qué puede servir nuestro amor paralizado? ¿Hasta qué punto es amor, si ese amor se transforma sólo en mito, estampita, sonrisita improductiva? ¿Cierro el país de
mi corazón a la espera del regreso? ¿Lleno la heladera con besitos? ¿Me calzo con cartas de pasión en la espera de que regrese? Eso da para bolero, pero no para Patria. Da para lagrimitas, pero no para la organización de la Resistencia y la Reconquista de lo perdido. Ya andan otras caras extrañas tratando de aportar alivio a nuestro tormento: De la Sota, Massa, Moyano. Traidores como lo fueron los negociadores pseudoperonistas ante la Revolución Libertadora, sus zarpazos tratan de aprovecharse de nuestros amores idos. Error de quienes quieren ocupar un lugar que están profanando. Cristina se va pero el amor por la Patria queda y no puede reducirse a suspiros o a algún milagro sentimental que salve de la desolación a nuestro pueblo. Y si amor con amor se paga, que ese amor sirva para organizar la vuelta del Pueblo al centro de la Historia. No para llantitos de teleteatro.

Que las lágrimas se vuelvan lanzas

Ya esta, parece. Pero ¿ya está?, me pregunto. Llueven denuncias de fraude, de boletas truchísimas donde gana el Pro, de fiscales del FpV que hicieron fotos de planillas con números que luego desaparecieron. Recuerdo que George Bush le trampeó los resultados a Al Gore para transformarse en Presidente y que Al Gore se la comió doblada y con un mono, a pesar de haber ganado por 500.000 votos. Pero ya era tarde. Tarde. Quienes trampearon, mintieron, marcaron las cartas y se jugaron por la antipatria durante 12 años, pueden ser considerados angelitos, demócratas, gente de bien. Muchachos, a ver si nos despertamos de este largo sueño embrutecedor. Desde hoy mismo la oposición somos nosotros, quienes deben dar cuenta son ellos y en el recreo no estará más la Maestra Jardinera Cristina para que no lleguemos a los bifes. Ignoro si ganaron por lo que dijeron que ganaron. Ignoro si perdimos por lo que ellos dicen que fuimos derrotados. Quemaron urnas en Tucumán cuando ganábamos por más de 14 puntos. ¿Van ahora a transformarse en respetuosos de la voluntad popular por un 2,1% de diferencia? Shakespeare decía que no hay que escribir mientras se llora, porque las lágrimas pueden correr la tinta. ¿Se han hecho las denuncias por fraude allí donde está comprobado un fraude? ¿Se han precisado las truchadas de la patota PRO o seguiremos llorando? Café, té, un buen mate. ¡A despertarse! Frente a nosotros se abre el boulevard de nuestra constancia para que vomiten ahora la mentira con la que engrupieron. Que cada lágrima se haga lanza, que cada fallido sea denunciado. Que el aguante a Scioli que hizo el Pueblo se convierta ahora en lo que continúa: aguante a la Patria develando desde ahora la trama del complot que la amenaza.

Amasijo de hienas

Ahora empiezan a contar en el revoleo los pedazos de carne destrozados. De la Sota y Massa, tirando colmillazos hacia el PJ. La Carrió buscándole disputar la hijaputez a la concheta Michetti. Saenz pidiendo de rodillas un puestito de vendedor de frutas en la feria. Del Caño, que reclamará los dólares que le prometieron para irse a hacer la revolución a París, la televisión sacando número entre ellos en un concurso de chupaculos destartalado. El amasijo de hienas deberán ahora rendir cuentas ante el patroncito de estancia para saber quién es más servil y sometido. Van a hablar de paz y de concordia, cacarearan que fueron elegidos por el pueblo, en un concurso de cartas marcadas en el cual cada uno pedirá su parte del botín. ¿Melconian y los yankees? ¿Cavallo y Carrió y el Opus Dei? ¿Lanata y Longobardi por más espacio de publicidad? ¿Del Caño en algún punto obscuro del planeta haciendo la revolución desde Saint Germain-dès-Pres? Y frente a ellos esta Resistencia del honor que ya se ve está creciendo. No por fanatismo. No por ceguera partidaria. No por obtener algunos dólares para ir a refrescarse el culo por dos días a Punta del Este. Ya anda el amasijo de hienas buscando disputarse un cadáver que no existe: el nuestro. Y algunos que creyeron que el viento acompañaba, también caerán en el revuelo. Feroz en sus recuerdos, el pueblo no olvidara esta hora negra, cruel, pero pasajera.

*Periodista y escritor argentino en París, Francia