El hombre del boom latinoamericano

Perú

El escritor y crítico peruano Julio Ortega fue autor de textos que abordaron en profundidad la literatura de América Latina, como el estudio del boom de la nueva novela latinoamericana. Ya se habían escrito entonces Paradiso, Cien años de soledad, Rayuela, Cambio de piel, La casa verde y Pedro Páramo. Otro autor ofrece un recorrido por esos análisis y críticas.

Diario El Correo

Santiago Vizcaíno – El Telégrafo (Ecuador)

Ha pasado ya casi medio siglo desde la publicación de La contemplación y la fiesta (1968), de Julio Ortega, y sus ideas sobre la literatura latinoamericana no han perdido vigencia. Ese libro se ha convertido por eso mismo en un clásico del estudio del fenómeno literario conocido como boom y que Ortega llamó en su momento “nueva novela latinoamericana”. El mismo Lezama Lima se expresó sobre la virtud crítica del peruano en estos términos: “A ese momento de la toma de posesión expresiva americana corresponde la crítica de Julio Ortega, tan joven como maduro. Tan maduro y tan cercano a la alegoría de los comienzos en mitos y canciones”. Ortega atravesaba los 32 años.

Heredero de la luminosidad lezamiana, el crítico peruano más importante de entre siglos reconocía en ese momento a la novela latinoamericana como un género abierto en dos niveles: uno, que revelaba “una voluntad integradora” que la insertaba en una dimensión universal; y dos, que “este impulso integrador” reclamaba “una perspectiva autocrítica en cuanto el género mismo es cuestionado desde la escritura” (1991: 3). Desde luego, cuando Ortega publica La contemplación y la fiesta, ya se habían publicado las obras más representativas del boom: Paradiso, Cien años de soledad, Rayuela, Cambio de piel, La casa verde y Pedro Páramo. 

Una perspectiva más amplia de lo latinoamericano le permitió ver que este fenómeno no correspondía simplemente a una transposición de una realidad cultural “mágica” o “maravillosa”, sino que era el resultado de una exploración más compleja que perseguía otra imagen del mundo al suponer otra imagen del hombre (1991: 7). Junto con Octavio Paz, concibió a esta nueva literatura como un “arte de integraciones”, cuyo signo era la conjugación.

Tanto la integración como la conjugación no son, pues, actitudes estáticas, menos en el territorio de la escritura. Por ello la idea de acumulación de la que son parte traspasa la etiqueta del fenómeno latinoamericano de los años sesenta como diálogo con la realidad y se convierte en una “aventura del conocimiento” propio del arte latinoamericano más actual. De allí que La contemplación y la fiesta sea más que un estudio literario aglutinador de obras tan disímiles. Permite observar un ejercicio narrativo que puso en entredicho la propia escritura, y que se acentuó a finales del siglo XX y principios del siglo XXI.

Sin duda esta comprensión de la literatura latinoamericana le ha permitido a Julio Ortega ejercer una crítica que trasciende también el orden monográfico y el discurso academicista. Su labor en ese sentido es más poética, excede la simple descripción y la correlación en una ilusión interpretativa, abarca “el juego de las formas (el debate expresivo de cada texto) y [en] la acción de las significaciones (una literatura confrontada por el proceso de una Historia: diálogo a veces ilustrativo, a veces trastocador); formas y significaciones, finalmente, que la lectura aproxima en la sugerencia de un sistema: la imaginación utópica […]” (1991: 125).

«Dos décadas han pasado ya desde la publicación de El discurso de la abundancia, pero Ortega ha sabido consolidar una lectura crítica de la racionalidad latinoamericana a través de sus múltiples variantes textuales»

Utopía literaria es entonces para Ortega la labor crítica en una historicidad —la latinoamericana— que “se enuncia como lenguaje descentrador” (1991: 211), una crítica de los órdenes del lenguaje que definen a la literatura. Si lo latinoamericano se resiste al orden hegemónico y homogeneizador del poder, la escritura se genera también en ese sentido, lo subvierte. El crítico opera sobre un cuerpo (la escritura) mutable y, por ende, su resultado es virtual. Persigue la huella de esa significación. Lezama Lima ya advertía esa capacidad del peruano: “Me impresionan sus estudios por la forma de sus aproximaciones. Lee la obra, toma notas, revisa anteriores testimonios. Luego establece una suspensión, un retiramiento, como decían los clásicos […]. Su crítica recorre una metamorfosis paralela con la obra estudiada. Una metamorfosis no en el sueño sino con la lucidez de un metal que absorbe y refracta el corpúsculo solar”.

Su teoría de la representación de América Latina, en El discurso de la abundancia (1992), no es menos aleccionadora en términos críticos. Allí, Ortega establece una representación elaborada por tres modelos discursivos: el de la abundancia, “que genera una versión fecunda de las formas y del sentido”; el de la carencia, “que contrapone una versión defectiva, donde la negatividad despoja la forma y escatima el sentido”; y el de lo virtual, “que proyecta una versión alterna y supone una realidad por hacerse” (1992: 11). Estos modelos son un intento de asimilación, a través de la lectura y el reordenamiento, de un discurso latinoamericano cuya racionalidad se construye por varias tensiones.

La crítica cultural que establece el peruano a través de los diferentes testimonios literarios desde los Diarios de Colón, los Comentarios reales del Inca Garcilaso hasta la literatura del boom y del posfeminismo, ejecutan una lectura que rastrea los discursos como instancias textuales que trazan una ‘identidad’ virtual desde las categorías de abundancia y carencia: “Ya describir es interpretar, y representar es incorporar”, nos dice (1992: 11). Así, los textos del ‘Descubrimiento’ se transforman en un proyecto utópico, el proyecto humanista, en tanto “versión optimista de cierto pesimismo: actúa como una imposibilidad ejemplar, como la forma didáctica de una crítica que se hace alegórica” (1992: 21).  En esta utopía radica la necesidad de una realidad más genuina: en una tierra de la abundancia, la visión de la carencia. Esta necesidad configura unos testimonios, una literatura al fin, que es el rastro de una historia y de una fantasía.

Para Ortega, los textos del ‘Descubrimiento’codifican la diversidad, son discursos de registro y clasificación, hacen de la representación una actividad relacional: “Esto es, describir se convierte en interpretar; leer los signos se vuelve una relación ambivalente de lo sabido frente a lo dado, de lo sistemático ante lo extra-sistemático” (1992: 37-38). El esfuerzo del conquistador radica en devolver al discurso “la experiencia de lo que no tenía nombre” (1992: 38). Los Diarios de Colón son una muestra clara de cómo se instaura en el discurso “la ambivalencia de lo diverso o diferente” (1992: 39). Los Comentarios reales del Inca Garcilaso, por su parte, constituyen un proyecto político arcádico, organizan un modelo del sentido histórico: el ideal es una república utópica humanista que había sido ya instaurada por los incas y destruida por los conquistadores. Por ello, “los Comentarios reales dan forma a los dos grandes modelos discursivos del relato sobre América: el discurso de la abundancia y el discurso de la carencia” (1992: 52). Garcilaso, nos dice Ortega, no escribe ni como un español aculturado ni como un mestizo cultural, escribe “como un testigo indígena de la historia que lo destina a la escritura”. Mecánica deduccionista y reductiva, para el crítico peruano, el hecho de mirar a Garcilaso co
mo un heredero de la filología o como resultado de conciliación amestizada. Para él, es parte de otro proceso: “El de las apropiaciones, que la cultura dominada produce, a través de las cuales la culturas nativas, indígenas y multinacionales, evolucionan incorporando nueva información, reparando sus circuitos, afirmando sus sistemas; y, en fin, procesando la violencia y proyectando el porvenir” (1992: 53-54). En ese sentido, la obra del Inca sería la primera manifestación del barroco latinoamericano: “(como el árbol barroco del injerto, que el Inca nos ofrece)” (1992: 55).

Ortega ahonda en esta literatura fundacional como primer discurso político, discurso que sentará las bases para la configuración del ideal de la nación latinoamericana moderna, en tanto proyecto de la utopía: “Simbólicamente, [Garcilaso] indianiza a España. Nombrando a una imagen del yo en el lenguaje de la nueva cultura, el escritor se inscribe en su propio libro como el primer habitante del discurso americano” (1992: 65). Este discurso gravita en algunos proyectos americanistas del siglo XIX como un modelo virtualizador. El americanismo se estructura como un discurso que es posible rastrear.

El discurso de la abundancia es, entonces, la tentativa de organizar un referente, el del Nuevo Mundo. Su horizonte es la elaboración de una cultura que hace del pasado un proyecto utópico. En el siglo XVIII la crónica deja paso a la historiografía: “Su discurso es el habla burocrática de la validación”, pero aparecen otros discursos: “La sátira, la hipérbole barroca, la parodia” (1992: 71), en las que hay un proceso de síntesis, de liberación, de contraconquista, en palabras de Lezama Lima. Sin embargo, solo hasta el siglo XIX este modelo virtual de lo americano toma conciencia como un proceso a constituirse y realizarse. La idea es la Emancipación, solo posible a través de la escritura, es decir, se realiza, antes, como escritura.

Este modelo virtual, utópico, atraviesa las posturas políticas populistas y reformistas de principios del siglo XX, “se radicaliza en las postulaciones del naciente marxismo americano” (1992: 73). Estos textos actualizan el modelo de lo virtual porque inauguran una versión de la política que se anima por la utopía. Ejemplos de ello son Mariátegui y Vallejo, el uno desde la crítica, y el otro desde el decir poético; en ambos subyace el discurso de la fundación utópica. Esta racionalidad crítica funda nuestra modernidad.

«Lo esencial de la postura del crítico peruano es que la literatura hispanoamericana devela una realización alternativa de los modelos dominantes»

La cultura latinoamericana no puede dejar de verse como un contexto discursivo político. Algunas escrituras postulan una dinámica de la abundancia y otras la de la carencia, de allí que emerja una escritura de la contradicción. En esa convergencia nuestras literaturas se asumen como “escritura del cambio”, porque potencian una dialéctica siempre en construcción: “En esa privilegiada confluencia, el discurso se expande como un modo del conocer americano: funda el esquema virtual en su poder cuestionador y convocatorio”. De allí el carácter problemático de formalización de los géneros literarios: “Los géneros, en tanto repertorios, dejan de ser las formas consagradas por la tradición y actúan como significantes de un signo cultural, que es ciertamente el discurso americano” (1992: 76). Para Ortega, la novela hispanoamericana, por ejemplo, no funciona como un género estructurado, previsto, sino que es una novelización del propio género, colinda no solo con otros géneros, sino con otros repertorios: la historia, la política, la ciencias sociales. Hay un proceso de desconstrucción de lo formal. Siempre bajo una conciencia crítica.

Lo esencial de la postura del crítico peruano es que la literatura hispanoamericana devela una realización alternativa de los modelos dominantes. Es una actividad cultural en la que coinciden “los orígenes míticos con las promesas utópicas. Supone un presente dramatizado por su ironía crítica y por su razón virtual. En esta doble iluminación indagadora, la objetivación del discurso cultural es también un espacio latinoamericano liberado. Su naturaleza es intransigente, y su proceso actualiza nuestra historicidad crítica” (1992: 78).

Dos décadas han pasado ya desde la publicación de El discurso de la abundancia, pero Ortega ha sabido consolidar una lectura crítica de la racionalidad latinoamericana a través de sus múltiples variantes textuales. Asimismo, su labor como antologador de dos de las más importantes selecciones de poesía y cuento de autores latinoamericanos del siglo XX no es menos importante: la Antología de la poesía hispanoamericana actual (México, Siglo XXI, 1987) y la Antología del cuento latinoamericano del siglo XXI (México, Siglo XXI, 1997).

En la primera ya establece el fin de su labor: “La lectura que trama esa circulación debería mostrarnos cuánto dice más la poesía nuestra y qué próxima es a nuestras vidas concretas. Porque aun cuando algunas zonas de su textura puedan ser opacas o herméticas, todo en ella se desplaza hacia el punto de fusión de la lectura, con la energía de su poder reordenador, con su inteligencia dialogante y su carácter apelativo, convocatorio”. Y en la segunda: “La noción de sujeto que emerge de estos relatos no se explica ya por las tesis culturalistas del origen como trauma y menoscabo; tesis que fueron elaboradas en el medio siglo latinoamericano para dar cuenta de una historia social de carencia y expoliación. La hipótesis de que América Latina es producto de una violación, de que somos históricamente subsidiarios de la violencia, de que el fracaso, el resentimiento o la autodenegación nos destinan, se han convertido, en este fin de siglo, en meros mitos psicologizantes, mecánicos y simplificadores, que no dan cuenta de la calidad imaginativa de nuestras artes, de la capacidad creativa de la resistencia cultural popular, de las respuestas de la sociedad civil; y, mucho menos, del espesor vivo de la cotidianidad que, con todas las razones en contra, sigue humanizando la violencia, procesando la carencia, y reapropiando los lenguajes dominantes”.

Qué más se puede decir de este hombre, solo hace falta seguir su ejercicio en la docencia, en la escritura, en la edición crítica y, sobre todo, en la reflexión sobre la literatura hispanoamericana como un proceso de múltiples engranajes, que produce, precisamente, un discurso de la abundancia.

 

Leer artículo aquí