La mujer del genio

Uruguay 

El escritor uruguayo Juan Carlos Onetti cautivó a todos con su escritura misteriosa. Curiosamente fue eso también lo que le atrajo a Dorotea “Dolly” Muhr, la violinista argentina que luego se convirtió en su mujer. Ella, que pasó a máquina todos sus manuscritos desde “La vida breve”, cuenta que Onetti siempre tuvo un costado anarquista y que solía colisionar con el orden burgués.  

 Juan Carlos Onetti y detrás, Dorotea "Dolly Muhr.Juan Ignacio Orué- Gatopardo (Chile) 

En 1975 la vida del escritor uruguayo Juan Carlos Onetti se partió en dos. Junto a su esposa, la violinista argentina Dorotea “Dolly” Muhr, se instaló en Madrid después de que la última dictadura uruguaya (1973-1985) lo encarcelara tres meses por premiar un cuento cuya temática versaba sobre la tortura. Había padecido la prisión en la Jefatura Central, luego en el “Cilindro” —una cancha de básquet— y en un psiquiátrico donde se sumergió en una depresión. Allí, hosco, negándose a comer, se pasaba el día en la cama, leyendo. Tenía 65 años, faltaban cinco para que recibiera el Premio Cervantes y le quedaban menos de veinte por vivir. 

El exilio fue dramático y definitivo. No pudo, no quiso, volver a Montevideo ni a Buenos Aires, las dos ciudades que marcaron su biografía laboral y amatoria. Sabía que no las iba a reconocer. Añoraba la bohemia cultural de ambas orillas, el aroma de los cafés, los viejos amigos, la intensidad de la noche. Reconocido en América Latina y Europa, su obra capital, escrita en el Río de la Plata, ya estaba hecha. Para ese entonces su gestualidad y sus palabras habían edificado una leyenda que él ayudó a construir, entre la amargura existencial y el pesimismo nihilista. Onetti es un escritor que desde los títulos promete desgracias, desasosiego y penurias: La vida breve, La muerte y la niña, El pozo, Para una tumba sin nombre, Los adioses, El infierno tan temido, Tan triste como ella.  Su repliegue de la vida pública comenzó a principios de los sesenta en Montevideo, donde nació el 1 de julio de 1909. Por ese tiempo era empleado municipal —Director de bibliotecas— y vivía con su mujer de entonces, Dolly, en el sexto “A” de la calle Gonzalo Ramírez 1497, un departamento de dos ambientes pequeño, frío y sin teléfono en el Barrio Sur, a dos cuadras del Cementerio Central de la ciudad y a metros de la rambla. En la actualidad es un edificio sencillo, recubierto de laja. Por entonces, él y su mujer tenían un calentador, una heladera y pocos muebles. Onetti tenía un trato cordial, de pocas palabras, con sus vecinos que lo ubicaban como “el esposo de la violinista”. 

Dolly pasó a máquina todos sus manuscritos desde La vida breve (1950), señalando las repeticiones, los ritmos que se atoraban. Le afilaba los lápices y los dejaba alineados en la mesa del dormitorio. Onetti escribía en cuadernos escolares, el vaso en la izquierda, el codo apoyado en la cama. Cuando se le ponía rojo, Dolly le ponía cremas. Casi no corregía porque escribía lento, letra por letra, mientras tomaba un trago. En ese departamento vivieron hasta 1974. No tuvieron hijos.

—Me hubiera gustado tener un hijo con Juan, pero no llegó. Pienso que fue para mejor —dice Dolly, ahora de 89 años en su casa de Olivos, en la provincia de Buenos Aires—. Me hubiera complicado la vida. Quería que siempre estuviera con él. A Juan le gustaba jugar, la parte linda. No la crianza. 

Se conocieron a finales de los cuarenta en Buenos Aires. En una entrevista al escritor, compilada en el libro Estás acá para creerme (Cal y Canto, 2009), la periodista uruguaya María Esther Gilio mantiene un diálogo breve con Dolly, que cuenta así la impresión que tuvo la primera vez que lo vio: 

“—Cuando nos conocimos, Juan estaba casado y yo estaba embalada con alguien. Y cuando digo embalada digo que en mi cabeza solo existía el motivo de mi embale.

—Pero de pronto…

—pero de pronto aquel hombre flaco, elegante, de ojos gris-verdoso (…). Lo que a mí me atrajo, y eso lo tengo claro, fue su misterio. Eso fue lo que me sedujo por sobre todas las cosas. Lo que me deslumbró. 

—¿En qué sentido te resultaba un hombre misterioso? 

—En el sentido de que nunca podías prever que haría (…) Cuando lo conocí, yo quedaba muda, deslumbrada, escuchando las cosas que hablaba con sus amigos. Y además, los temas. Amor, traición, pasado. Hablaba de las cosas que realmente importan”.

Dolly nació el 8 de junio de 1925. Proviene de una familia de inmigrantes con sensibilidad musical, afines a la lectura. Su madre era inglesa y tocaba el piano; su padre, austríaco, fue un músico frustrado: se ganaba la vida como comerciante, pero supo tocar el violín, el cello y la viola. Con sus hijas se comunicaban en inglés, y Dolly con Nessy, su hermana, siempre en español.  

—Yo siempre tuve mi vida de música. Soy melódica de oído y mi hermana es armónica —dice Dolly—. Ahora estudio composición y piano. Juan siempre decía: “Agradezco que mi mujer tiene otra profesión que la mía”. Creo que es mejor. Lo peor que puede pasar es que los dos trabajen en el mismo lugar.

Dolly fue violinista de la orquesta del Sodre (Servicio Oficial de Difusión Radio Eléctrica) en Montevideo, y luego, cuando se exiliaron, ingresó a la Orquesta Sinfónica de Madrid, donde tocó durante 16 años. Onetti dedicó a Dolly la novela La cara de la desgracia (1960) con estas palabras: “Para Dorotea Muhr: Ignorado perro de la dicha”.

—El perro da enorme felicidad a su amo —dice Dolly—. Ignorado… no sé, es difícil explicar… Cuando uno está muy cerca del otro, hay uno solo. Tiene que ver con la relación del perro y el amo que son uno solo también. Él me dijo que iba a hacer esa dedicatoria y estuve de acuerdo. 

Tras la muerte de Onetti, en los años noventa, Dolly volvió a la casa familiar que construyeron sus padres. Es amplia, antigua y confortable, con habitaciones espaciosas. Allí vive con su hermana Nessy. En la sala de música, de ventanales altos que dan al fondo, tiene dos pianos y fotos de Onetti por todos lados: Onetti, Onetti con Dolly, con Dolly y Borges. Una docena de gatos pululan entre los tilos altos y frondosos, poblados de hojas verdes y amarillas. De tanto en tanto, pasa el tren y deja una estela de ruido momentánea, lo único que interrumpe el silencio en esta zona apacible de Olivos. Dolly reparte su vida entre Buenos Aires y Madrid. Casi no viaja a Uruguay. Dice que se angustia mucho.

Onetti nació en una familia humilde de clase media modesta en el Barrio Sur de Montevideo. Vivió una infancia moderadamente feliz junto a sus hermanos, Raúl y Raquel, con quienes compartía los juegos de la infancia y algunos pocos libros que circulaban en calidad de préstamos entre las familias del barrio. Su madre, Honoria Borges, criada en Brasil, era fanática de Alejandro Dumas; y Carlos, su padre, encargado de un depósito de la Aduana montevideana, era un lector de novelas policiales. La fascinación por leer y contar historias lo atrapó en la niñez. En ese entonces el público eran sus hermanos. Les contaba con esmero, dedicación y misterio las novedades de la Primera Guerra Mundial que se publicaban en los diarios o inventaba historias a partir de aquellas noticias. Terminó el primario pero abandonó el secundario. Se escapaba para leer las obras completas de Julio Verne, se iba al puerto, caminaba y pasaba las horas de clase viendo a los barcos entrar y salir; pensaba que las maestras eran burras, brutas, que perdía el tiempo en la escuela.  

” Tras la muerte de Onetti, en los años noventa, Dolly volvió a la casa familiar que construyeron sus padres. Es amplia, antigua y confortable, con habitaciones espaciosas. Allí vive con su hermana Nessy. En la sala de música, de ventanales altos que dan al fondo, tiene dos piano
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“Un día su padre salió de su oficina en el puerto y lo encontró sobre unas bolsas, con la valija escolar a un lado. Cuando le preguntó qué hacía, le respondió con una franqueza que disipó el reproche y su miedo al castigo. Lejos de hacerlo, el padre lo invitó a tomar un vermut en un bar cercano y por repugnante que le pareciera, Onetti bebió aquel trago ambiguo para el que no estaba preparado”, se lee en Construcción de la noche (1993), biografía que escribió sobre Onetti el escritor argentino Carlos María Domínguez.

Hubo más mudanzas y más libros. En Colón, un pueblo que actualmente es parte de Montevideo, terminó de soldar para siempre su entusiasmo por las lecturas gracias a la influencia decisiva de un hombre jubilado, casado con la prima de su padre, que leía en la cama y era dueño de una biblioteca que incluía la colección de las aventuras de Fantomas. Onetti se enamoró de esos tomos que el pariente le prestaba de a uno por vez. Aquel familiar lo recibía en penumbras, apenas con una vela encendida para leer. Onetti no podía imaginar que esa gestualidad taciturna lo iba a influir como un juego de espejos hasta el fin de sus días. “Leer en todo momento de inactividad, leer hasta que mis ojos protestan, allá por la madrugada y es necesario tomar una pastilla y esperar otras lecturas, otras formas de soñar”, escribió en 1978. 

A los 16 años, con poco dinero en los bolsillos y sin el secundario completo tuvo que trabajar. Fue ayudante de un dentista, albañil, mozo y empleado de una empresa de neumáticos. Con dos amigos fundó la revista La tijera de Colón donde publicó sus primeros textos, en 1928, a los 19.

Onetti tuvo tres matrimonios antes de su vida con Dolly. Se casó a los 21 años con María Amalia y después con María Julia, que eran sus primas, y hermanas entre sí. Con la primera tuvo a Jorge, que fue escritor y periodista y murió en 1998. Onetti no dejó testimonios sobre estos vínculos. Sólo anécdotas sueltas que hablan de una época de poco dinero. Elizabeth Pekelharing, “La Peke”, o “la holandesa”, fue su tercera esposa. Había llegado a la Argentina en 1936, a los 14 años, junto a sus padres. Alta y delgada, de pelo castaño claro, conoció a Onetti en Buenos Aires. Al tiempo, tuvieron a Isabel María “Litty” Onetti, que nació el 26 de julio de 1951. Y luego el azar, el destino, hizo de las suyas: Dolly se cruzó a Onetti por primera vez en la calle mientras él paseaba con “La Peke” por Olivos. Ellas se conocían de la escuela. Dolly, violín al hombro, dejó intrigado a Onetti y “La Peke” los presentó. 

—La relación entre mis padres duró lo que pudo durar. No fue culpa de Dolly —dice Litty Onetti—. Él no tenía las condiciones ni las podía generar para tener una niña. La convivencia estaba alterada. Vivíamos en un lugar muy chico en San Telmo y mi padre quería dormir, escribía de noche. La única luz era la de la persiana, mi madre me sacaba a la plaza. El vínculo era insostenible con Dolly o sin ella. 

Onetti siempre tuvo un costado anarquista. Colisionaba con el orden burgués, y con “La Peke” discutía por todo: el orden de la casa, el cuidado de Litty, los horarios para escribir. El vínculo entre Litty y Onetti fue tenso, dificultoso, signado por la distancia. A veces se escribían cartas, siempre se trataban de usted y con sorna. Él había dejado el departamento de San Telmo cuando su hija tenía menos de tres años, y al tiempo partió a Montevideo para vivir con Dolly. A veces, aparecía como un fantasma: una voz en el teléfono que la llamaba para el día de su cumpleaños. Él no lo sabía, pero para Litty era dramático oír su respiración. Tenía terror de atenderlo.

—Mi mamá hizo una cosa muy hermosa y Dolly también estuvo a la altura: siguieron con el vínculo —dice Litty—. Dolly venía una vez al mes desde Montevideo a ver a su hermana y a su madre. Antes de regresar, iba a la Avenida Corrientes y le compraba libros a papá. Entonces aprovechaba y pasaba por la casa de San Telmo y nos visitaba. Charlaban como buenas amigas. Siempre traía una torta que preparaba su madre. Con Dolly tengo un vínculo de afecto. Mi mamá con ella siempre tenía un pequeño subtexto, entre cariñoso y burlón. 

 

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