Obscena desigualdad

Latinoamérica y el Mundo 

Según el último informe de Oxfam Internacional, existen abismos sociales en el mundo actual producto del funcionamiento del sistema económico neoliberal. La riqueza se concentra cada día en menos manos, y la brecha entre ricos y pobres aumenta cada vez más. La organización propone medidas políticas que garanticen que las personas pobres no queden excluidas. 

Carlos Ayala Ramírez- Alainet (Ecuador) 

“Iguales, acabemos con la desigualdad extrema” es el título del más reciente informe de Oxfam Internacional, que pone al descubierto los abismos sociales existentes en el mundo actual: siete de cada diez personas viven en países donde la desigualdad se incrementa rápidamente y donde los más privilegiados de la sociedad están excluyendo al resto. Los contrastes son elocuentes. Un niño que nazca en una familia rica, incluso en los países más pobres, irá a los mejores colegios y recibirá la mejor atención médica si se enferma. Al mismo tiempo, las familias pobres verán cómo enfermedades fácilmente prevenibles les arrebatan a sus hijos porque no tienen dinero para pagar el mínimo tratamiento médico. Latinoamérica y el Caribe sigue siendo la región más desigual del mundo: mientras los más ricos captan en promedio casi el 50% de los ingresos totales de la región, los más pobres reciben solo el 5%. 

A nivel mundial, la desigualdad en términos de riqueza individual es aún más extrema. Oxfam ha calculado que, en 2014, las 85 personas más ricas del planeta poseían la misma riqueza que la mitad más pobre de la humanidad. Entre marzo de 2013 y marzo de 2014, estas 85 personas incrementaron su riqueza en 668 millones de dólares diarios. Algunos ejemplos usados en el informe para ilustrar esta disparidad escandalosa son los siguientes. Si Bill Gates quisiera derrochar toda su riqueza y se gastase un millón de dólares al día, necesitaría 218 años para acabar con su fortuna. En 2014, los directivos de las cien principales empresas del Reino Unido ganaron 131 veces más que un empleado medio; sin embargo, solo 15 de estas empresas se han comprometido a pagar a sus empleados un salario digno. En Sudáfrica, un obrero de una mina de platino tendría que trabajar 93 años para ganar solo las primas anuales de un director ejecutivo medio. Mientras, la Confederación Sindical Internacional calcula que el 40% de los trabajadores están atrapados en el sector informal, en el que no existe el salario mínimo y se ignoran los derechos de los trabajadores.

Ahora bien, esta desigualdad vergonzosa no es nueva. Ya en 1996 un informe sobre desarrollo humano de la ONU denunciaba que el 20% más rico de los habitantes del planeta consumía el 85% de la riqueza mundial, mientras que el 80% de la población total apenas accedía a un 15% de esos recursos. Es decir, la dinámica del sistema económico neoliberal funciona de tal manera que la riqueza del mundo se va concentrando cada día más en menos manos. En consecuencia, la brecha entre ricos y pobres aumenta de manera obscena. El informe identifica dos poderosos factores que han impulsado este rápido aumento de la desigualdad en tantos países: el fundamentalismo de mercado y el secuestro de la política por parte de las élites.

Con respecto a lo primero, se afirma que en los últimos 300 años la economía de mercado ha proporcionado prosperidad y una vida digna a cientos de millones de personas en Europa, América del Norte y el sudeste asiático. Sin embargo, sin la intervención del Estado, la economía de mercado tiende a concentrar la riqueza en manos de una pequeña minoría, provocando el aumento de la desigualdad. Más aún, el pensamiento económico de las últimas décadas ha estado dominado por un enfoque de “fundamentalismo de mercado”, que insiste en defender que solo es posible alcanzar un crecimiento económico sostenido reduciendo la intervención estatal y dejando que los mercados funcionen por su cuenta. Este enfoque, según Oxfam, debilita la regulación y la fiscalidad necesarias para mantener la desigualdad bajo control.

“A nivel mundial, la desigualdad en términos de riqueza individual es aún más extrema. Oxfam ha calculado que, en 2014, las 85 personas más ricas del planeta poseían la misma riqueza que la mitad más pobre de la humanidad. Entre marzo de 2013 y marzo de 2014, estas 85 personas incrementaron su riqueza en 668 millones de dólares diarios”

Por otra parte, en el documento se señala que la influencia y los intereses de las élites políticas y económicas han reforzado la desigualdad. El dinero compra el poder político, que los más ricos y poderosos utilizan para afianzar aún más sus injustos privilegios. Los resultados se manifiestan en las desequilibradas políticas fiscales que privan a los países de ingresos para financiar los servicios públicos, además de favorecer prácticas corruptas y debilitar la capacidad de los Gobiernos para luchar contra la pobreza y la desigualdad. Para los investigadores de Oxfam, esta agudización de la desigualdad económica no es un fenómeno inevitable, sino el resultado de elecciones políticas deliberadas. Por tanto, los Gobiernos pueden empezar a reducirla rechazando el fundamentalismo de mercado, oponiéndose a los intereses particulares de las élites poderosas, cambiando las leyes y sistemas que han provocado la actual explosión de desigualdad y adoptando medidas para equilibrar la situación a través de la introducción de políticas que redistribuyan el dinero y el poder.

El informe analiza las alternativas y medidas políticas que pueden implementarse: desde servicios públicos y gratuitos de salud y educación, que garanticen que las personas pobres no queden excluidas, hasta salarios dignos que erradiquen la pobreza entre los trabajadores; o una fiscalidad progresiva, de modo que los ricos paguen lo que les corresponde; y espacios de participación ciudadana protegidos, en los que las personas puedan expresar su opinión y tengan capacidad para decidir sobre la sociedad en la que viven. El informe nos recuerda la parábola de Jesús sobre el rico insensato:

Había un hombre rico, cuyas tierras habían producido mucho, y se preguntaba a sí mismo: “¡Qué voy a hacer? No tengo dónde guardar mi cosecha”. Después pensó: “Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, construiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: ‘Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida’”. Pero Dios le dijo: “Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?”.

La insensatez e insolidaridad del hombre rico están claras: acaparando para sí toda la cosecha está privando a otros de lo que necesitan para vivir, creando un estado de cosas que, en definitiva, perjudica a todos, destruye a los más débiles y ni siquiera garantiza su propia seguridad. El documento propone una salida más sensata y justa para enfrentar la desigualdad del mundo de hoy: escuchar a la ciudadanía y no a los plutócratas, pagar a los trabajadores un salario digno, distribuir la carga fiscal de forma justa y equitativa, lograr servicios públicos gratuitos universales, fomentar la igualdad económica y los derechos de las mujeres, establecer una base de protección social universal, y asegurar el financiamiento para la reducción de la desigualdad y la pobreza. Estas son formas de contrarrestar un mundo tan inequitativo y cruel como el que describe el informe de Oxfam.

 

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