De guerra, paz y fiesta

Colombia

El director Fabio Rubiano presenta una obra que plantea la dicotomía entre la risa y la festividad característica de todos los colombianos; y el dolor de la guerra que tan arraigado está en la sociedad. En esta entrevista, él confirma que no busca hablar de la realidad actual, sino reflejar ciertos aspectos a través de la ficción. La pieza despierta interrogantes para pensar el conflicto armado. 

Eduardo Briceño Florez- La Silla Vacía (Colombia

Salvo Castello está en un país blanco donde solo cae nieve y nadie habla español. Este señor de la guerra está detenido lejos de su país y paga una pena por los crímenes que hizo. En medio de la noche, la familia Sosa le cae de visita. Entran para hablar del pasado y para recordar el sufrimiento que él les causó. ¿Venganza o perdón?

Esta dicotomía es la que plantea la obra de teatro “Labio de Liebre” del director Fabio Rubiano. Una obra que entre la risa y el dolor abre muchos interrogantes sobre la guerra y las pasiones que ésta despierta. Rubiano habló con La Silla sobre su obra, que se reestrenó el fin de semana pasado.

¿Cómo surge la idea de la obra?

No es una pieza documental, ni es una pieza alegórica que tenga una relación directa con personajes específicos. Yo creo que todo el arte, así quiera apartarse de la realidad, termina hablando de ésta. Y así trate de hablar de una sociedad de la que uno no vive, es un reflejo de la que vive.

La idea nace desde las conversaciones que sostenía el gobierno pasado con los paramilitares. Pero yo creo que es una pieza que se podría haber hecho en las conversaciones que tuvo Rojas Pinilla, en las que intentó Belisario, en las que tuvo Gaviria. Somos el país con más conversaciones de paz de toda la historia.

Justamente como esta obra pudo haber sido hecha en cualquiera de esos momentos, ¿Cómo ve el rol del arte en la construcción de paz?

Es una pregunta muy difícil. Voy a tratar de ser los más claro posible porque a veces se me malinterpreta cuando yo digo que el teatro no tiene una función política. Pero sí es muy difícil para un artista dar respuestas políticas. Puede dar respuestas estéticas y mucho más que respuestas, puede hacer preguntas.

Uno habla de una situación y posiblemente esté creando memoria. Pero ya cuando se habla de la conciencia, es una responsabilidad que yo no me creo capaz de asumir. Porque cómo voy a crear conciencia a partir de mi conciencia. Porque mi conciencia también puede estar equivocada. Prefiero hacer preguntas.

¿Qué preguntas hace la obra?

Todavía nos estamos preguntando: ¿Las víctimas perdonan a sus victimarios? ¿Sí hay perdón? ¿El victimario pide perdón sinceramente o es que hay una presión muy fuerte?

El otro día a la salida de la obra un señor me decía que estaba trabajando en la cárcel con paramilitares que cometieron un montón de masacres. Y los veía arrodillarse frente al cura y decir “por favor perdóneme”. Los veía llorar. Ó sea, qué buen gesto. Ahora, ¿Es sincero?

Otra pregunta es, ¿Es obligatorio perdonar? ¿Qué pasa si alguien no perdona? Pues yo creo que el perdón no tiene que ser por obligación. Somos un Estado laico.

Algo que puede llegar a incomodar de la obra es la tensión entre el humor y lo trágico. Uno termina riéndose de cosas terribles.

Es muy colombiana. Es la mejor definición que yo tengo de nuestro ser colombiano.

¿Nosotros nos reímos por qué? ¿Como una mecanismo de protección, como un antídoto contra el dolor, como una forma de analizar el dolor? ¿Como una gran capacidad de ver nuestra desgracia desde ese punto de vista? ¿Como un nivel superior de inteligencia? Sin decir que por eso no estamos asumiendo una responsabilidad con ellas. Pero también puede ser una absoluta pérdida de valores.

Nunca pensamos que la gente se fuera a reír tanto. Creo que la obra genera una tensión tan fuerte en relación con la vida, la muerte, el dolor que en el momento en que hay cualquier mínima salida, la gente quiere respirar y por eso se ríe. Y por eso hay risa. Hay gente que sí se traga el dolor completo y dice, “no me voy a reír de esto”.

Otra tensión, que es justamente el subtítulo de la obra, es la de la venganza y el perdón.

Es lo que nos mueve a nosotros como sociedad. Usted ve que alguien está a punto, literalmente, de matar al otro. Pero puede suceder algo que haga clic y se baja toda la rabia. Y se produce un diálogo y terminan tomando cerveza.

Aquí hay unos límites tan absurdos. La gente se mata porque le rayó el carro y se perdona al que le mató a la familia. Entonces estamos como entre esos dos mundos.

Creo que somos un país al que nos gusta más la fiesta que la muerte. A todos los que agarran, los agarran enrumbados. A todos: líderes guerrilleros, paramilitares, narcotraficantes, bacrim. Es muy raro al que agarran echando bala, en un combate frente a frente, no.

Es un país muy alegre. ¿En qué sociedad, con tantos muertos, con tantos elementos de violencia, hay tantos carnavales, fiestas, bailes? Puede ser una reacción contra la guerra. Pero también es una muestra de que somos festivos.

Un personaje de la obra es una periodista que termina siendo aliada del paramilitarismo. ¿Usted cree que el periodismo ha sido un actor del conflicto?

Ahí es cuando digo que es peligroso poner alegorías o analogías directas. Esta era una periodista de farándula que la ponen a cubrir judiciales y se mete una enredada la “berraca”.

Esa periodista no representa a los periodistas de este país. No represente ni a Jhon Jácome ni a Salcedo Ramos, obviamente que no. Tengo mucho respeto por los valientes periodistas que trabajan el conflicto en este país, es impresionante.

El paramilitar en la obra está en un País Blanco, que uno idealiza. Y sin embargo, él siempre habla de Colombia como el paraíso. ¿Cómo maneja esta idea de dos perfecciones?

Si vamos a un referente bíblico, si este es el paraíso ¿Cuál es el peor castigo? Ser expulsado del paraíso. Es eso. Todos decimos que este es el mejor país del mundo, que este es el país más bello del mundo. Pero extrañamente todo
s se quieren ir.

En la obra hay personajes de animales que toman el papel de víctimas, ¿Cuénteme de esa idea?

Es la vida. Es el derecho a la vida. Y obviamente sí, los animales también hablan de eso, también son víctimas. Yo trabajo con una animalista que es Marcela Valencia que lleva lo mismo que lleva el grupo, 30 años.

Pero obviamente también es una metáfora. ¿Cómo se habla de masacres? Yo no quería decir: “los masacraron, los mataron”. Entonces empezamos a buscar todos los elementos y  ahí apareció lo de las vacas. Sobre todo las vacas que se quedan quietas y se dejan matar, las vacas no se mueven.

El juego de la gallina sin cabeza es una cosa real que hacen todos. El ejército juega a eso, los paramilitares, los campesinos, todo el mundo. Es real, sacuden la gallina, le quitan la cabeza y la gallina sale a correr cien metros. Y pues ya sabemos toda nuestra historia con decapitaciones desde la violencia partidista de los años 50.

En la obra hay muchas zonas grises entre víctima y victimario: hay una madre que la matan pero que a la vez tiene que escoger qué hijo debe morir primero; una niña que ruega que su padre muera; un paramilitar que recibe órdenes.

¿Vamos otra vez a hacer una obra para poner buenos y malos? De todas maneras todos tenemos un grado de responsabilidad dentro de este conflicto. En un porcentaje mayor o menor, pero todos tenemos una responsabilidad.

Y a veces cuando se pone a la figura de víctima como una figura transparente, como en una comedia pastoril del siglo XIX, llena de bondad, pues no le estamos haciendo un gran favor. Nosotros somos personajes ambiguos que tenemos todo eso.

Por ejemplo, el victimario de la obra no está de acuerdo con el aborto. Tiene sus principios. No le gusta que los papás le metan mano a las hijas. Él se justifica, “mire lo que estaba pasando, no había orden”.

Pero la señora le dice, “así mi marido le metiera mano a mi hija, usted no tenía por qué venir a matarnos”. Es un poco decir, “la vida es un principio sagrado”. Independientemente de lo que pase. Nadie tiene por qué venir a juzgar y a tomar la justicia por sus propias manos.

Hay víctimas y victimarios por todos lados. De hecho en un momento el victimario se ve como una víctima porque lo joden y lo joden y lo joden. Y el dice ¡No más! ¡Ya no me molesten más!

En el guión original todos se abrazaban. Pero dije no. Hasta allá no llego. Uno tiene derecho a no perdonar. A lo que no tiene derecho es a vengarse.   

Pensando en las víctimas, ¿Cree que esta obra deba llevarse a escenarios fuera de Bogotá?

Absolutamente. Estamos en conversaciones con varias entidades. La obra tiene unas condiciones técnicas ideales para presentarla en teatros grandes, de gran envergadura y con un músculo técnico muy fuerte. Pero también estamos en disposición para adaptar la obra sin que pierda su esencia estética a condiciones como la casa de la cultura de un pueblo en el bajo Magdalena que obviamente tiene unas condiciones precarias.

La obra le ha gustado a mucha gente, pero hay gente a la que no. Entonces es interesante establecer el diálogo.

En la primera obra el presidente Santos fue a ver la obra, ¿Usted cómo vio eso?

A nosotros nos alegró muchísimo. Porque es una pieza que habla de algo que tiene que ver con lo que está sucediendo. Que él haya ido me parece un acto de mucha valentía y de generosidad. Es nuestro Presidente y que vaya a ver teatro, es muy significativo para el teatro.

¿Le gustaría que Uribe fuera?

Todo el mundo, claro. Quisiera, me encantaría.

¿Y Mancuso?

He soñado con que Mancuso vaya. Muerto del miedo pero me encantaría.

Así como victimarios van al Museo de la Memoria en Medellín y salen vomitando, quisiera saber qué pasaría acá. Un criminal por lo general no le tiene miedo a casi nada. Por lo menos los nuestros. Pero sí al pasado, pero sí a lo que vuelve, sí a lo que no puede morir y yo creo que la memoria es una de las cosas que no puede morir. Mientras se mantenga viva la memoria se van a asustar mucho los criminales.

 

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