"Nuestro desafío es la defensa orgullosa de lo realizado"

Fernando Lorenzo dimitió al cargo de ministro de Economía de Uruguay tras el pedido de procesamiento que le hizo el fiscal de la causa sobre la quiebra de la aerolínea estatal Pluna en 2012. Antes de dejar el caro, el funcionario publicó una nota en la que critica a la derecha conservadora y defiende los logros de la gestión de gobierno de cara a la campaña electoral, convocando a la concreción de las materias aún pendientes y, simultáneamente, a trabajar por otro gobierno del Frente Amplio.

Fernando Lorenzo – La República (Uruguay)

A poco de iniciar el último año del segundo gobierno del FA, los frenteamplistas, cada uno en su área de actuación, ya sea la administración, la militancia en la fuerza política, las organizaciones sociales o incluso en el plano individual, debemos comprometernos con la gestión de gobierno, la concreción de las materias aún pendientes y, simultáneamente, trabajar por otro gobierno del FA.

Pero en cada uno de estos planos, y especialmente de cara a la campaña electoral, debemos también tener claro cuál será la estrategia de la derecha política y sus múltiples y diversas organizaciones aliadas.

Y debemos tener presente que aquello que los frenteamplistas identificamos como “la derecha” es tan conservadora como lo ha sido siempre en la historia del país, pero se ha ido tornando tanto más dura y agresiva cuanto más transcurre el tiempo alejada de las posiciones de gobierno.

Desde mi punto de vista, la derecha va a seguir tres líneas de acción:

1) la negación de ideas de cambio y, en general, del propio proceso de cambio en el cual está inmerso el país desde el año 2005;

2) la crítica dura y agresiva de algunas de las políticas e iniciativas desplegadas por la izquierda;

3) finalmente, va a tratar de instalar en la consideración pública una agenda muy distinta y, en muchos casos, opuesta a la nuestra.

Negación, crítica agresiva y una agenda de discusión bien distinta serán, a mi juicio, los ejes de la estrategia político-electoral de la derecha a la cual nos enfrentaremos.

Les propongo el análisis del primer eje de la estrategia de la derecha, la negación de las ideas que hemos estado impulsando y la negación de los hechos reales que marcan el derrotero del proceso de cambio que desde los gobiernos del FA hemos estado llevando adelante. En este plano, la derecha ha ingresado en una negación de la realidad. Tratarán de oponerse a la idea de que los cambios están en marcha. La negación de los cambios es imprescindible para el pensamiento conservador.

El caso es que, actualmente, la sociedad uruguaya cree en el futuro y en las posibilidades de construir una realidad cada vez mejor. Hoy nuestra gente tiene confianza en sus realizaciones y tiene proyectos en marcha. ¡Ya no se puede decir que nuestro país no puede cambiar ni progresar! ¡Ya no se puede poner en cuestión nuestra viabilidad como nación! Mi generación, y varias generaciones anteriores a la mía, fueron educadas bajo la imagen omnipresente de un país sometido a un proceso de estancamiento secular, en el que los cambios eran una quimera. Por alguna misteriosa razón parecía que nuestro país, nuestra gente, no podía aspirar a otra cosa más que a vivir su vida en un país sin aspiraciones. Esto ha cambiado de manera radical.

La derecha no entiende, o no quiere entender, que aquella imagen ya no se aplica al país del presente. No alcanza a entender que, a partir de la interacción entre las políticas públicas desplegadas por los gobiernos del FA y las acciones de los actores económicos y sociales, la actividad económica, la inversión productiva, hayan reaccionado de la forma en que lo hicieron. La derecha critica el éxito de las políticas de promoción de inversiones (“¿cómo les van a dar exoneraciones a los empresarios”, suelen recriminarnos) y no alcanza a comprender que en el Uruguay del año 2013 la promoción de inversiones no esté sometida a la discrecionalidad de los jerarcas para obtenerlas. Hoy los mecanismos de acceso a los beneficios asociados a los esfuerzos de inversión son claros y transparentes. Se accede a los mismos por la calidad de los proyectos y no por tener algún tipo de vínculo con la Administración o los administradores.

Y cuando la derecha se enfrenta, cara a cara, con alguno de los numerosos ejemplos de los éxitos en las políticas económicas, se detiene y nos dice que los fundamentos del progreso económico son efímeros y que, más temprano que tarde, todo se va a revertir. En realidad, necesitan que la reversión ocurra, porque no entienden los cambios ocurridos. Su ceguera política no les permite apreciar la envergadura de las transformaciones que están ocurriendo y la forma en que las mismas van delineando un Uruguay más próspero y más justo, pero por sobre todas las cosas, más complejo. Ya no hay lugar para las reglas de conducta del pasado en el cual el estancamiento y la falta de perspectivas eran la nota dominante de la realidad económica nacional.

Es más, la derecha no entiende que la reacción y la confianza generadas por las políticas públicas en los actores económicos puedan ser independientes de su afiliación política. Es probable que por preconceptos ideológicos muchos de los empresarios que invierten voten a algunos de los partidos de la derecha. Nosotros no necesitamos intercambiar votos por políticas. Lo que es importante, desde nuestra perspectiva, es que entiendan y respondan a la orientación de las políticas aplicadas y que actúen alineados con el interés general.

La derecha no entiende que las transformaciones ya ocurrieron. Nos dijeron que había que aceptar que los pobres, que los trabajadores debían esperar y que, algún día, luego de que el proceso de inversiones se consolidara, el bienestar los alcanzaría. Esta postura es la que se encuentra en la base de su rechazo a los Consejos de Salarios y la negociación colectiva.

Somos nosotros, la izquierda, desde las organizaciones sociales y el gobierno, quienes pensamos que los procesos de producción e inversión y la distribución pueden, y deben, ir juntos. Y quienes nos comprometemos e implementamos políticas para que así sea.

La negación que hace la derecha de las mejoras sociales es sorprendente. Uruguay es el país que más ha progresado socialmente entre los países de la región. Y esto teniendo en cuenta que partíamos de mejores posiciones relativas. Porque, entre otros elementos, la izquierda supo interpretar que en nuestro país la preferencia por la equidad está profundamente enraizada. En una simetría casi perfecta, la incomprensión de la derecha es la que se refleja en su combate a las políticas sociales desplegadas desde el primer gobierno frenteamplista. El fortalecimiento de las políticas sociales es indudable y los resultados están a la vista.

En realidad, estos son tan contundentes que la derecha necesita oponerse con ferocidad a todo lo que se ha venido haciendo. Argumentan que lo que habría que hacer es “enseñarlos a pescar a la gente” en lugar de “distribuir pescados”. La incomprensión de la realidad es tan flagrante que pretenden desconocer que nunca antes se crearon tantos empleos en nuestro país y que desde hace muchas décadas no asistíamos a un proceso como el que está ocurriendo. Hoy en día los empleos son más numerosos y de mejor calidad que en el pasado. Muchos de quienes no tenían ni empleo ni esperanza, hoy tienen empleo y han recuperado la confianza.

La fractura social de los años de la desigualdad y la exclusión hicieron mella en nuestro tejido social y en la capacidad de nuestra gente de construir sus propias oportunidades. Entenderlo es fundamental para nuestra forma de concebir la política y la acción social. No hay fo
rma de construir igualdad en una sociedad desigual sin que todas las políticas estén orientadas a conseguir objetivos de equidad. No tendríamos, hoy en día, los resultados distributivos que podemos exhibir si no hubiera habido una asociación virtuosa entre la expansión y transformación de la economía y las políticas públicas orientadas a actuar sobre la igualdad de oportunidades.

Así como la derecha no comprende y niega al movimiento de trabajadores organizados y a las organizaciones de la sociedad civil, tampoco comprende y niega al Uruguay de la transformación. No alcanzan a entender un país crecientemente complejo en lo económico y lo social. Sienten ajeno el Uruguay innovador que no teme retomar las mejores tradiciones para ponerse a la vanguardia de tantos procesos de cambio, como lo fueron la universalización del acceso a las laptop en la educación pública o, más recientemente, el intento de recorrer caminos de avanzada, explicitados entre otros ejemplos en la regularización del consumo de marihuana o en el matrimonio igualitario.

No, la derecha prefiere proponer la baja en la edad de imputabilidad penal. La derecha niega los procesos de cambio y va por la restauración.

Veamos, ahora, el segundo de los ejes de la estrategia política de la derecha, la elección y focalización de la crítica severa y sistemática sobre un pequeño conjunto de temas. En base a encuestas de opinión (y asumiendo que tiene una marcada tendencia a analizar las preferencias y opiniones ciudadanas bajo el lente de los análisis de mercado), la derecha releva la preocupación ciudadana por los temas de seguridad pública, y critica duramente una realidad que parece construida por la acción directa de los gobiernos del FA. Parecería que las dificultades que enfrenta nuestra sociedad en materia de seguridad están desvinculadas del tejido social construido durante las décadas de la exclusión y del estancamiento. Esta es su forma de mirar la realidad. Simplemente con un enfoque parcial y distorsionado.

Pero la crítica más dura de la derecha apunta al estado de la educación. Por cierto que debemos asumir que los resultados educativos están muy lejos de lo que queremos y merecemos. Ahora bien, también tenemos que considerar que estamos comparando con lo que sucedía en un tiempo no muy lejano en que un gran porcentaje de los adolescentes estaba fuera del sistema educativo formal. No me explico cómo se puede desconocer que los resultados promedio que estamos observando en la actualidad, sobre todo en el ciclo secundario, están afectados por la composición de la población estudiantil. Parece evidente que, al incluir hoy a los excluidos de ayer, las estimaciones de rendimiento promedio deberían leerse con más cuidado.

La derecha parece no entender que los procesos de inclusión son una etapa fundamental e inicial en la construcción de nuevas realidades. A nosotros, en la izquierda, nos resulta evidente.

Las comparaciones en el tiempo que estamos haciendo deben analizarse con cuidado. Estamos comparando realidades, en cierto sentido, distintas con un instrumento de análisis que nos sirva para entender la complejidad del proceso de transformación de la educación y de los avances y las dificultades que el mismo presenta.

Pero mucho cuidado. Estas líneas argumentales no pueden utilizarse para justificar la insuficiencia de los avances. No podemos caer nosotros en la negación ciega de los malos resultados alcanzados. Simplemente, quiero expresar que me gustaría que se tuviera más en cuenta el contexto sobre el que han debido actuar los gobiernos del FA en materia educativa.

Hay quienes pretenden discutir sobre la realidad actual de la educación pública perdiendo de vista un hecho fundamental. Cuando llegamos al gobierno en 2005, la dotación de recursos aplicados a la educación pública era notoriamente insuficiente. Esa escasa asignación de recursos públicos destinados a la educación pública reflejaba la valoración que la derecha en el gobierno tenía sobre la educación. Cuando afirmamos, una y otra vez, que la política fiscal es la más política de todas las políticas nos referimos, también, a que refleja las prioridades reflejadas en la asignación de recursos que una y otra orientación política tienen.

Los bajísimos niveles de salario docente y la magra inversión en materia educativa eran componentes problemáticos de la situación imperante hace casi una década. ¡Y vaya si estas realidades condicionaron el proceso de transformación que hemos estado llevando adelante! Nos tocó iniciar un proceso de transformación de la educación pública haciéndonos cargo y pagando una cuantiosa deuda histórica.

No hubiera sido posible dialogar con la comunidad educativa sobre la base de aquellos niveles de remuneraciones y con la escasa valoración de la inversión en educación. La primera señal que debía darse era la revalorización de la educación. Y no había otra manera de jalonar el proceso que trabajar por el incremento de los recursos públicos aplicados. Era una señal necesaria, diría que imprescindible.

Una sociedad como la uruguaya, que aspira a mejores niveles educativos, sabe bien que no hay posibilidad de construir una educación de calidad sin que colectivamente, y de manera inequívoca, se exprese la voluntad de jerarquizar económicamente la inversión en esta área.

Y por supuesto que a medida que se procesa la imprescindible tarea de nivelación aparecen, necesariamente, las valoraciones sobre los resultados. Hoy podemos discutir de otra manera sobre los resultados obtenidos y los que pretendemos obtener, simplemente porque hemos dado las señales que hemos dado en materia de prioridad presupuestal hacia la educación. No habría sido posible plantear una agenda ambiciosa en esta materia si no hubiéramos dado muchos de los pasos que se han dado durante los dos últimos períodos de gobierno.

La valoración de la derecha sobre la educación pública se encuentra claramente delineada: escasez de recursos aplicados y baja participación.

La saña de la derecha en la batalla de la educación pública se va a vestir con el ropaje de críticas que, algunas de ellas, nos parecerán razonables. Pero no perdamos de vista cuáles son sus objetivos y estrategia. Somos nosotros, la izquierda política y social, quienes debemos liderar el proceso de transformación y reestructura de la enseñanza pública. Y en esa tarea es importante construir un relato sólido sobre lo que está ocurriendo en la educación pública. Un relato que no puede parapetarse en la defensa del statu quo, porque si hay un área en la cual no puede proponerse más de lo mismo, ello es en la educación pública.

Otro de los grandes centros de crítica de la derecha estará, decíamos, vinculado a los temas de la seguridad pública. Cuando llegamos al gobierno, en 2005, también estaba clara la valoración política del tema de la seguridad: menguados salarios policiales, falta de efectivos en tareas ejecutivas, insuficiencia de infraestructura y equipamiento, carencias tecnológicas, infravaloración de las estructuras de gestión de la seguridad, escasa inversión carcelaria y su corolario en el hacinamiento inhumano en los locales de reclusión.

Nos tocó a nosotros, desde el gobierno y como en el caso de la educación, hacernos cargo.

La sociedad se fragmentó como consecuencia de la combinación del proceso de estancamiento secular y de los episodios de crisis y redistribución regresiva de la riqueza, del progresivo deterioro de los servicios públicos y de tantos otros fenómenos regresivos. Y el proceso de desintegración lleva mucho tiempo.

Cuando se mide la situación en materia de seguridad pública con indicadores objetivos, y de la mano de la gran inversión realizada y los avances en la gestión del aparato de seguridad y de su orientación política, nos ubicamos bien en comparación con el contexto regional. Pero eso no significa que los uruguayos estemos satisfechos. No lo estamos.

Hay problemas en el tema de seguridad pública, claro que los hay. Problemas, por otro lado, que son padecidos especialmente por los sectores de menores ingresos y por las clases medias.

Pero, como en el caso de la educación, tenemos que ser capaces de imponer nuestra visión y nuestro relato. La derecha, la política y la que se aloja en los medios de comunicación, solo entiende de la victimización de las víctimas y de la satanización de los delincuentes. Es por ello que debemos evitar que la derecha no gane la batalla ideológica e imponga su agenda de soluciones.

Educación y seguridad pública serán dos de los principales escenarios en los cuales enfrentaremos a la derecha. Y lo debemos hacer comparando los recursos asignados por ellos y nosotros, explicando lo que hemos hecho, explicitando los logros alcanzados y asumiendo las tareas pendientes, diferenciando los estilos de gestión, contrastando nuestras agendas y nuestras interpretaciones de la realidad.

Haré, finalmente, una consideración acerca del tercer punto, el relativo a las agendas de futuro, partiendo de la base que la derecha nos va a demostrar durante la campaña electoral, que ya han comenzado, toda su pobreza interpretativa y propositiva. La crítica a lo que hicimos y a lo que estamos haciendo estará en el centro de sus argumentaciones, pero no apreciaremos diferencia alguna entre su visión de futuro y un intento de restauración. El futuro para la derecha será volver al pasado. Tratarán de vestir la restauración con ropajes de futuro, pero no van a lograrlo. No lo lograrán porque no le han prestado atención a la magnitud de los procesos de transformación que han estado ocurriendo.

Nosotros desde la izquierda deberemos estar preparados para confrontar con sus líneas argumentales. Y tendremos que hacerlo con propuestas e iniciativas. Sabemos lo que hemos avanzado y tenemos un valioso conjunto de iniciativas a aplicar en otro gobierno del FA. Me refiero a propuestas en áreas tan diversas como la agenda de la producción, del cambio estructural, de las mejoras en la distribución del ingreso, del efectivo ejercicio de los derechos ciudadanos, etc. Desplegar una agenda positiva deberá ser un eje fundamental de nuestra campaña.

No deberíamos distraernos ante la agenda hueca que intentará desplegar la derecha. Nosotros tenemos que continuar por nuestro camino e ir a más.

Vamos a tener que enfrentar temas nuevos y tenemos que liderar el enfoque y la propuesta al considerarlos. Por ejemplo, debemos ser conscientes de que en nuestro país sabemos muy poco del manejo de recursos no renovables. Nunca fuimos un país minero. Si, como pareciera, tales recursos existen, nos enfrentamos a problemas y dilemas nuevos. Y me refiero no solo a temas ambientales, sino también a aspectos vinculados al uso y la apropiación de los recursos generados por estas actividades.

No me estoy refiriendo a los desafíos en el plano macroeconómico que implica la explotación de los recursos no renovables. Estos son relevantes y evidentes. Me refiero, por ejemplo, a aspectos que tienen que ver con la equidad intergeneracional. ¿Cómo debemos explotar hoy recursos que no son renovables y son finitos? La izquierda es el presente pero también el futuro.

Obsérvese, apenas al pasar, que una parte importante de la derecha no entendió los fundamentos de la imposición a la renta progresiva ni la lógica de los fondos intergeneracionales que incluimos en la nueva legislación sobre minería de gran porte. Si no lideramos el proceso de análisis y discusión, el país puede cometer uno de los errores más grandes de la historia.

Sobre los recursos renovables la tensión será, también, cada vez mayor. El Uruguay del estancamiento agropecuario no parecía tener serios problemas acerca de un uso irresponsable de los recursos disponibles. La nueva realidad de valorización del patrimonio inmobiliario agropecuario y la notoria mejora de la rentabilidad de la producción agropecuaria a nivel internacional sirven, actualmente, de telón de fondo para la introducción de los planes de uso y manejo de suelos que aplica nuestro MGAP, que tantas resistencias ha generado y en los cuales debemos insistir.

Los enfoques ambientales también pueden caer en el fundamentalismo conservacionista que, por cierto, no arbitra bien con el progresismo.

Lo importante, en este como en tantos otros temas, es definir nuestra propia agenda.

La derecha, por su lado, no está pensando en estas cosas. Como tampoco pensó, mientras estuvo en el gobierno, en el acortamiento de la brecha energética o en materia de infraestructura. Hay que recordar la situación en el plano energético y de infraestructura que imperaba cuando llegamos al gobierno, la total ausencia de inversiones y de cualquier clase de previsión. Claro, ¡era tan poco lo que se precisaba en el Uruguay del estancamiento!

El miedo de la derecha ante el avance de la agenda de derechos ciudadanos es proverbial. No es capaz de captar la diversidad y complejidad del nuevo tiempo y se refugia en la recreación de un pasado que, pretende postular, fue siempre mejor. Es decir, la esencia misma del pensamiento nostálgico y conservador.

En fin, apenas si mencioné, como indicadores, algunos temas para explicitar la diferencia de agendas entre ellos y nosotros.

Negar los cambios y negar la profunda diferencia entre una y otra orientación política será uno de los fundamentos de la estrategia política de la derecha. Y prometer, de acuerdo a lo que indican los manuales del marketing político, “hacer mejor aquello que está bien”, intentando reducir a un tema de “gestión” lo que hace a los fundamentos de una y otra orientación política.

En resumen, frente a la que creo será la estrategia de la derecha, nuestro desafío es la defensa orgullosa de lo realizado, una visión crítica pero no destructiva de los problemas pendientes y una osada agenda de cambios.

 

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