“No importaban las capturas, solo los muertos”, la confesión de un militar a cargo de los falsos positivos

El capítulo de ejecuciones extrajudiciales durante el conflicto armado colombiano tomó otra dimensión por las declaraciones de un militar de alto rango del Ejército. El mayor Gustavo Soto contó en una entrevista que parte de su trabajo consistía en premiar a sus tropas por matar civiles que hicieron pasar por guerrilleros o delincuentes. El hombre contó que presenció los asesinatos a sangre fría y que facilitó las armas que los militares ponían en manos de los muertos para inculparlos.

Soto, excomandante de una tropa de elite del Ejército durante 2006, contó en primera persona cómo se inflaron resultados en un conflicto que empezó en los años sesenta. La práctica se conoce como “falsos positivos” y es el mayor escándalo en la historia militar de Colombia.

Durante el tiempo que estuve de comandante di, si no estoy mal, 83 muertes, donde la gran mayoría, creo que muy poquitas, por allí unas cuatro o cinco serán operaciones de muertes totalmente legales, las demás son muertes ilegítimas”, afirmó el militar. Soto fue sentenciado a 32 años de prisión por homicidio y secuestro, una de las prácticas más atroces del conflicto armado.

(Juan BARRETO / AFP)

El mecanismo de los ‘falsos positivos’ era tan básico como escabroso. Los soldados mataban civiles o personas capturadas para presentarlas como muertos en combate y así obtener beneficios y recompensas en la guerra contra las guerrillas y las bandas paramilitares del narcotráfico, que se intensificó con la llegada de Álvaro Uribe a la Presidencia en 2002.

La fiscalía documentó 2.248 “falsos positivos” entre 1988 y 2014 en varios puntos del país. El 59% de los casos se produjo en el gobierno de Uribe. El 48% de las víctimas de los militares eran jóvenes entre 18 y 30 años.

“No fui yo el que inicié eso (…), los soldados sabían cómo presentar las muertes, cómo hacerlo”. Ya en la operación, “se cogía a la persona, en una captura, pero la orden era darlo de baja, presentarlo como muerte en combate”, afirma Soto en una entrevista con AFP.

Su relato también se incorporó a las causas que lleva adelante la Jurisdicción Especial para la Paz, el mecanismo de justicia transicional por medio del cual se investiga y juzga a los integrantes de las FARC, miembros de la Fuerza Pública y terceros que hayan participado en el Conflicto armado colombiano. Ante la JEP, Soto dijo que nunca se negó a asesinar civiles por las presiones de los altos mandos.

“El dinero que yo debí haber utilizado (…) en buscar a las personas secuestradas, me tocó utilizarlo para comprar armas y pagar a muchos reclutadores” de civiles, que fueron conducidos a la muerte con engaños de un “trabajito”.

Los soldados eran premiados. “Tenían cinco días de permiso (…) Y a mí me dieron, por estar entre las diez mejores unidades, quince días en la ciudad de Quito en 2007″. Ese año Soto fue detenido.

En 2018 Soto recobró temporalmente la libertad como parte de un arreglo con la JEP. Desde entonces, se comprometió a contar la verdad y reparar a sus víctimas, para obtener una pena alternativa a los 32 años de cárcel que le esperaban por homicidio y secuestro.

“Todo el mundo callaba”

Entre mayo de 2006 y octubre de 2007, Soto estuvo al frente del cuerpo élite contra el secuestro y la extorsión (Gaula) en el departamento de Casanare, en el noreste colombiano.

Según Soto, como comandante hizo varias operaciones con el extinto cuerpo de policía secreta DAS, disuelto en 2011 por una trama de espionaje a periodistas, jueces y políticos.

Los del DAS fueron los que me enseñaron (…) El fiscal tampoco era que me dijera: ‘Bueno, mayor, hermano, qué está pasando aquí’. Nada, como que todo el mundo se callaba, nadie decía nada, sabían que todo era ilegal”.

El macabro operativo

Durante un tiempo los soldados lograron encubrir sus crímenes extraviando los documentos de identidad de las víctimas. “Tampoco dije nada de eso, lo vi normal, permití que eso sucediera. En aquel entonces no sentía remordimiento porque yo veía que en la brigada ese era un resultado operacional”, manifestó.

Soto contó que en todo momento se sintió “blindado” y afirmó que el entonces comandante del ejército, general Mario Montoya, medía los resultados operacionales “en muertos”.

“A él no le interesaban las capturas (…) fui testigo de (una vez que) un mayor de apellido Rodríguez no tenía ningún muerto. Llegó el comandante del ejército y le dijo: ‘¿Mi mayor, es que en (el municipio de) Barrancominas no hay guerrilla?'”.

Para espetarle luego: “Lo que tiene es que colocar un batallón en línea y dar la orden: ‘disparen’. Y vaya y recoja, como quien dice (a) lo que dispare (…) ya es ganancia, eso es muerto”.