Megacanje, legalidad y otros abismos

Argentina
Roberto Mero

El régimen macrista pretende rehundir al país en el endeudamiento del que había logrado salir con sudor y lágrimas durante los años del gobierno popular. En una foto que atrasa cuarenta años, quiere volver a someter al país a los mecanismos de la banca financiera internacional, firmando pagarés bajo el taparrabos de los decretos de necesidad y urgencia.

Marcha en el Congreso Nacional contra el gobierno de Macri - Foto: Archivo

Roberto Mero* – Latinoamérica Piensa

Frioleras del calendario, hace algo así como 3808 años, en Babilonia y bajo el reinado de Hammurabi, se estableció un código económico de base para evitar el saqueo de los magnates a los campesinos: las deudas injustas, leoninas y contratadas de manera ilegítima corrían el riesgo de anulación simple y pura. En otros términos, quienes se arriesgaban al chantaje prestando como no se debía se jugaban la carta brava de quedar nalgas al aire, sin dinero ni honor. Valga este recuerdo mesopotámico y lejano para confirmar las historias abracadabrantes que edifican Alfonso Prat-Gay, Federico Sturzenegger, y el conjunto del régimen macrista para rehundir al país en un fárrago de endeudamiento del que había salido con sudor y lágrimas durante los años del gobierno popular. En una foto que atrasa cuarenta años, los capitostes económicos pretenden volver a los mecanismos del endeudamiento con la banca y las instituciones financieras internacionales, dispuestos a firmar cheques y pagarés a dos manos bajo el taparrabos improbable de los decretos de necesidad y urgencia. La maraña histórica de las deudas legitimas e ilegítimas, privadas y públicas, confusiones de prestamistas y responsabilidad nacional de prestados, vuelve aquí con la ferocidad de antaño. Salvo que esta vez la responsabilidad colectiva está seriamente puesta en juego por la ausencia de acuerdo del Parlamento y el conjunto de las instituciones representativas de la Nación. Quien quiere firmar el pagaré ilegitimo, no puede justificar el destino de los fondos que presta. Y quien lo concede no puede mirar para otro lado ni hacerse el distraído. La cruel realidad de la experiencia griega reciente ha puesto al desnudo que estos acuerdos espurios pueden ser considerados como malversación. Y que ningún gobierno de facto o elegido por mayoría puede gozar de la impunidad de un compromiso nacido de objetivos truculentos. Los prestamistas deberán saberlo a la hora de jugar a la lotería, poniendo sobre la mesa promesas de dinero que ningún Estado en nuestros días podrá justificar como inocentes. Que lo vayan sabiendo.

Macri, Bordaberry y las mascaritas de un mistongo carnaval

Explicable en el olvido porque ninguna calle llevará su nombre, vuelve a mí la memoria obligada de Juan María Bordaberry. Me refiero a aquel pelafustán electo presidente “democrático” del Uruguay por el Partido Colorado que se alzó con el poder total en junio de 1973, sepultando a su patria en la ignominia del Plan Cóndor, la dictadura, el crimen. Aquello ocurrió en los años de plomo de Henry Kissinger, la Guerra Fría, los submarinos soviéticos “amenazando” las costas atlánticas y el carnaval fascista que se enseñoreaba como una metástasis en el continente. Alguna vez Macri confesó que su interés por la política nació al ver, “deslumbrado”, el uniforme del almirante Osvaldo Cacciattore en una gala que el reichsführer de Buenos Aires había ofrecido en 1976, en la cual Mauricio había acompañado a papá. Sin otras referencias que los chistes de Clarín que leía en sus vacaciones en Punta del Este, es muy posible que el bailador de cumbias actual rinda su propio homenaje a Bordaberry, su golpe y su traición, sin atreverse aún a llamar a los tanques. Por lo pronto, los mecanismos del bordaberrysmo macrista son los mismos: violación de la Constitución por decreto, ninguneo del Congreso, apresuramiento en el endeudamiento externo, represión. Aquella mascara complaciente con la que Kissinger y Richard Nixon recibieron el autocoronamiento de Bordaberry como “salida posible porque fue democrático” sucedió en otras condiciones y otro siglo, al cual Macri y su pandilla parecen aferrarse como a la barcaza de la Medusa: sobrevivientes de un tiempo que el genocidio y las revoluciones latinoamericanas han guardado en el arcón de las viejas pesadillas. Atónito el New York Times ante el desplante de Macri hacia millones de argentinos. Atónito Le Figaro y The Financial Times por su marcha a paso de carga imponiendo recetas de destrucción económica interna que los europeos rechazan. Estremecimiento allí donde había palmaditas por los negociados crapulosos con la banda de los hermanos Lanatta y la ejecución cierta del ex fiscal Hugo Cañon. Tirando papel picado y nieve loca Macri avanza en su carromato como si estuviese en el corso. Corifeos de una comparsa que de continuar así, no tardará en cambiar el pomo y la matraca por los cañones.

Sabbatella, las olas, el viento y el frío del mar

Desconcertante para cualquier marciano que se atreviese a mojarse las patas, la concentración que acaba de protagonizar Martin Sabbatella en la playa de Villa Gesell recuerda aquella tropa anglofrancesa en Dunkerque, en junio de 1940: después de la derrota, la prometida contraofensiva. Aunque los nazis pisasen los talones, ametrallando en una guerra relámpago mortífera. Aquel encuentro popular nada tuvo de picnic convenido, de aventurita para la foto o salida para ver “famosos”. Doce millones doscientos mil argentinos estamos en esas condiciones indecorosas de promiscuidad geográfica: echados de mesas familiares, hostigados hacia el confín, manoseados en aquel llanto de la funcionaria municipal cordobesa arrojada a la desocupación por un decreto firmado entre noche y niebla. Muchos patriotas piensan que ese acto de Sabbatella tenía mucho más de encuentro mochilero que de organización militante. Error. O mejor dicho, parcialidad de un hecho que puede llevar al error. Que el ex ministro de Economía Axel Kiciloff convoque masas y Sabbatella lance arengas de valiente, no explica que en esta hora grave algunos granaderos del patriotismo en resistencia no organicen ya el aguante necesario para dar batalla donde se debe. Ilusiones encantadoras de una convocatoria a sesiones extraordinarias, llamados al respeto de la Constitución y abjuración de los DNU. Todo ello es importante. Pero lo es más aún el envió inmediato de una delegación parlamentaria ante los gobiernos que manejan el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial para advertirles que el conjunto de la representación nacional no está avalando el Megacanje y que las deudas que se contraigan en nombre del pueblo argentino no contarán con ninguna aprobación. Ni ahora ni a la hora de las calendas griegas. Banderas al viento, los actos populares son fundamentales, pero no institucionales. Y en esta necesaria institucionalidad paralela que debe crearse ya, los representantes de la Nación deben dar la voz allí donde se está ignorando, poniendo a estos mandamás en el brete de cortarles la hierba bajo los pies, pararles la mano. Advertir al mundo que no entraremos en la noche aciaga de la miseria sin poner todas las bazas en juego.

Rajatablas del saqueo

Este milhojas averiado que desde el 10 de diciembre se presenta como el delicioso plato que nos ofrece el garden party macrista está compuesto de varias capas inciertas. Desinformación y censura en la base, desprecio democrático como relleno, despotismo e irracionalidad como aglutinante. Como cobertura y solaz del manjar rebaja brutal de los salarios y conculcación masiva de derechos sociales. Esta torta indigesta es una unidad política en
ella misma que, como tal, se convierte en la única institución a ofrecer por parte del poder macrista. Es el “no hay otra posibilidad” de Margaret Thatcher y de la mayoría de las políticas neoliberales europeas. Suerte de “salto de rana y carrera march”, pero con acentos electorales. El objetivo ideológico de ese plan no es el de hacernos tragar el milhojas sino el de hacernos aceptar que nuestro destino como Nación es el de servir en la periferia. Y que nuestro destino como pueblo es el de contemplar como watusis famélicos como se reparten la torta de un país condenado. Los rajatablas del saqueo de hoy pasan por imponer la consciencia colectiva de lo que pudo ser y no fue (la independencia económica), de lo que quisimos pero no pudimos (la soberanía política) y a lo que debemos renuncian para siempre: la justicia social. Este lavado de cerebros masivo, que tanto éxito tuvo en la mitad de la población, se encuentra ahora ante un hueso durísimo de roer: la inexplicable aceptación de la renuncia. De nuestra renuncia. El manifiesto saqueo que se está planificando se rompe los dientes ante esa memoria colectiva que el actual régimen y sus ideólogos había considerado fantomática. O apenas un producto de la propaganda kirchnerista. Sin otra metáfora: el club selecto que se ha enseñoreado del poder carece de todo discurso alternativo para explicar por qué un país que hasta el 10 de diciembre avanzaba (aún con sus dificultades) debe desaparecer del mapa, soportar su suicidio como Nación, enterrarse sin chistar, morir en silencio. Este combate nuestro, aun improvisado, improbable en sus victorias, doloroso, contiene todos los elementos de la lucha por la vida darwineana donde el dilema ya no es negociar sino pelearla, o morir. 

*Periodista y escritor argentino en París, Francia.