La gran pensadora

Argentina 

Mafalda fue un personaje universal que supo despertar la admiración de todos. Cuestionándose el mundo con su particular pesimismo reflejó el pensamiento de un sector de la clase media. Para todo ella tenía una respuesta o una crítica; por eso, a 50 años de su nacimiento, muchos admiradores juegan a imaginar qué diría este personaje sobre la realidad actual. 

Mafalda de QuinoDaliel Sazbón- Télam (Argentina) 

Hace hoy 50 años en los kioskos porteños se ponía en venta el número 99 del semanario político Primera Plana; su tapa estaba ocupada íntegramente por el rostro del presidente francés De Gaulle, que llegaría al país días después, saludado por la proscrita oposición peronista al grito de “¡Perón, De Gaulle, un solo corazón!”. En su interior, la revista informaba a los lectores que a partir de esta edición publicaría “una historieta casi de la vida real, por la que desfilan una intelectualizada niña, Mafalda, y su peculiar mundo de familiares y de amigos”. Así veía la luz la criatura de Quino, quizás la figura más importante de la riquísima historia de nuestro humor gráfico.

Luego de unos meses en Primera Plana, Mafalda saltaría en 1965 al periódico El Mundo (pasando de dos tiras semanales a una diaria, lo que  motivó la ampliación de los personajes, de la familia original a la presencia de Felipe, Susanita y Manolito) y luego, en 1968, a Siete Días (completando la serie con Guille y Libertad), donde permanecería hasta su despedida final, cinco años después. Ya por entonces había comenzado a circular en los libritos editados por De la Flor, formato con el que la mayoría de nosotros la conocimos y la seguimos leyendo.

Convertida en fenómeno editorial, su autor decidió retirarla en 1973, tan agotado por el esfuerzo como temeroso de que su criatura terminara en la repetición adocenada que afectó a tantos personajes del comic. Tal cosa nunca ocurrió; como sus amados Beatles, Mafalda supo mantener la frescura en cada uno de sus menos de diez años de duración. Medio siglo después, seguimos encontrando granos de verdad en sus agudas observaciones, o utilizando alguna de sus viñetas para ilustrar algún argumento.

Y sin embargo, Mafalda fue una criatura ejemplar de su tiempo, con todas sus contradicciones: producto ella misma de la industria publicitaria (fruto de un encargo para la fallida campaña de productos “Mansfield” en 1963), expresión de modernización cultural y técnica ya desde los soportes gráficos en los que apareció, sus personajes están cruzados tanto por preocupaciones de ascenso social en una sociedad de consumo (la televisión, el auto propio, las vacaciones, la inflación) como por el ideario de sus sectores más politizados: el feminismo, los militares, el hambre en el mundo, el comunismo, China, Vietnam o U Thant. El globo terráqueo es por momentos un personaje más de la tira, en diálogo mudo con su protagonista: en una Argentina signada por la Guerra Fría y la Doctrina de la Seguridad Nacional, la politización del lector de Mafalda no podía separar el plano local del internacional.

“Quizás a esto deba en gran parte su vigencia, a esa capacidad de graficar un paisaje, una sensibilidad, unas preocupaciones, que para muchos se identifican todavía con el universo de una clase media mítica, al que como todo mito se lo sigue evocando”

Sin embargo, en contraste con una época tan marcada por la radicalización de las posiciones ideológicas, la política en Mafalda es más reflexiva e introspectiva que contestataria o militante (salvo quizás en el personaje de Libertad), y sus inquietudes tienden a un moralismo que roza el desencanto, frente a un presente que provoca tanto malestar como ilusiones. Este contradictorio pesimismo esperanzado vuelve significativo que dejara de publicarse en 1973 (cinco días después de la masacre de Ezeiza), cuando el estrecho espacio entre inquietudes políticas y distancia frente a las opciones partidarias, ya se había angostado en demasía. El sueño final con el que se despedirá Mafalda (un planeta plagado de manifestaciones y banderas) suena tanto a apuesta al futuro como a escape del presente.

Personaje universal, editado en varios países e idiomas, Mafalda nunca dejó de ser profundamente local: la Buenos Aires de sus cuadritos conforma una geografía reconocible y añorada, de chicos sentados en la puerta de sus edificios y jugando en las calles y plazas porteñas, de almacenes de barrio y escuelas públicas con alumnos en guardapolvo y maestras cariñosamente despóticas. Quizás a esto deba en gran parte su vigencia, a esa capacidad de graficar un paisaje, una sensibilidad, unas preocupaciones, que para muchos se identifican todavía con el universo de una clase media mítica, al que como todo mito se lo sigue evocando, sobre todo cuando la comparamos con sus manifestaciones más actuales.

Si esa clase media que se podía espejar en Mafalda pudo vincularse de algún modo con los movimientos transformadores que marcaron nuestros años más turbulentos y creativos, pareciera que su impulso parece haber agotado en las décadas siguientes, política y artísticamente. Quino ha especulado con que su protagonista seguramente habría terminado desaparecida por el Proceso. Sin embargo, otros han sugerido mordazmente que podría haber tenido un desenlace bien distinto. ¿Es Carrió la desembocadura patética de la clase media de los ’60, y Gaturro su expresión gráfica más adecuada? De ser así, seguir leyendo a Mafalda nos obliga a recordar que ese mismo sector eligió en algún momento de su historia otra forma de representarse, una que bien podría volver a habitarla en el futuro.

Emilia Rojas Sasse- DW (Alemania) 

¿Qué diría hoy Mafalda, al ver el surgimiento de la milicia terrorista del Estado Islámico, la pugna en el este de Ucrania o el empecinamiento con que se mantiene en carpeta el conflicto del Cercano Oriente? Probablemente diagnosticaría que todavía no se ha encontrado una terapia efectiva para las enfermedades de este planeta. Pero muchos de sus habitantes la ven precisamente a ella, al menos, como una pincelada de bálsamo y siguen agradeciéndole a Quino que le haya dado vida hace 50 años.

El cincuentenario de Mafalda está presente en la agenda cultural de muchos países. También en Alemania ha habido mesas redondas y coloquios dedicados a la historieta. El Dr. Hartmut Nonnenmacher, profesor de literatura española, hispanoamericana y francesa en la Universidad de Friburgo en Brisgovia, conversó con DW sobre la magia de Mafalda.

¿Qué tan universal es el personaje de Mafalda? ¿Funciona también en Alemania?

Es difícil de decir. Habría que hacer un estudio empírico, también entre la gente más joven. Yo pregunto regularmente a mis estudiantes si conocen a Mafalda. Muchos efectivamente la conocen, pero de los manuales de español que tienen la tira en la versión original. Son pocos los que la leían ya desde su infancia en la versión alemana. Las primeras traducciones datan de los años 70 y las últimas, las más completas, de los 80. Desde entonces, que yo sepa, no se han hecho nuevas ediciones.

Lógicamente Mafalda funciona mejor en los países latinoamericanos y en España que en países en los que hay que traducir las tiras. Hay algunas con juegos de palabras que son difíciles o imposibles de traducir. Recuerdo el famoso episodio donde Mafalda se encuentra con Libertad y se asombra de que sea tan pequeña; eso solo funciona en un idioma en el que Libertad puede ser al mismo tiempo un nombre femenino. Es casi imposibl
e traducir eso al alemán. Nadie se llama Freiheit.

Pero también en alemán una tortuga podría llamarse Burocracia…

Sí. Claro que se pierde la alusión al presidente argentino de la época (Illia), que apodaban La Tortuga, pero el chiste funciona igual.

¿A qué atribuye el éxito internacional de Mafalda?

La mayoría de las tiras de Mafalda no se basa en juegos de palabras, sino que es traducible y por eso ha tenido éxito en muchos países, no solo en Europa; también hay traducciones al japonés. Creo que eso obedece también a que muchas de las tiras tratan temáticas bastante universales, como la emancipación de la mujer o la Guerra Fría, que era un fenómeno internacional por lo menos en los años 60, 70 y 80. La temática de cómo está el mundo es un leitmotiv de toda la obra. Siempre el mensaje es que el mundo va bastante mal. Y ese es un mensaje universal.

Un mensaje que además sigue siendo bastante actual…

Hay mucho pesimismo en Mafalda. En los años 60 y 70 en Europa no estaba todavía tan presente ese pesimismo frente al futuro. Pero a partir de los 80, con la época neoliberal y las diferencias cada vez mayores entre ricos y pobres, ha crecido también un pesimismo que hace que hoy en día la sensación vital de muchos europeos equivalga a la que tenía la clase media argentina de los años 60.

Entonces ¿éste sería el momento oportuno para Mafalda en Europa?

Hasta cierto punto sí. Hay una tira que ahora debería funcionar estupendamente, por lo menos en España, que es un diálogo entre Mafalda y su madre. La madre le ordena hacer determinada cosa y Mafalda le contesta: no te tengo que obedecer, porque yo soy la presidenta. Entonces la madre responde: pero yo soy el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. En España hoy en día habría que agregar tal vez a la troika, pero eso está muy de actualidad.

¿A qué se debe que no haya pasado de moda este cómic?

Hay aspectos básicos de cómo funciona el humor. Hay un grupo de amigos y cada uno es un personaje bastante estereotipado, sobre todo Susanita y Manolito. Además Mafalda tiene esa magia de ser a la vez algo bastante sencillo y universal, y de poseer también un lado intelectual, por lo menos en muchas tiras. Es el término medio ideal entre lo que exige un esfuerzo intelectual y lo entretenido.

¿Es comparable a algunos cómics europeos?

Si comparamos Mafalda, Ásterix y Mortadelo y Filemón, que son tres historietas que tuvieron gran éxito en Europa, la diferencia radica en que Mafalda es la más pesimista y la más política también. En contraste, en Ásterix tenemos una ligereza total; los supuestos sometidos siempre vencen a sus opresores sin ningún problema, porque tienen el brebaje mágico. Si Ásterix irradia optimismo, con Mafalda ocurre más bien lo contrario.

¿Está vigente el cómic como forma de expresión, ahora que corren los tiempos de Internet?

En los años 60, después de que la televisión se impuso como principal medio de entretenimiento, se redujo el público de los cómics, pero al mismo tiempo la historieta se volvió más intelectual. Fontanarrosa, de Argentina, es un ejemplo de esa línea. A partir de ese momento, la historieta tiene más calidad, pero se dirige a un público más pequeño. Yo diría que justo hoy en día, cuando estamos expuestos a una cultura totalmente visual y sobre todo a imágenes en movimiento, la historieta es el medio de expresión ideal para reflexionar sobre el efecto que tiene la imagen, porque la congela. Además la combina con textos, generalmente. Yo creo que está completamente vigente y produce obras de gran calidad.

 

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