Los niños del “Chernobyl chileno”, un pueblo consumido por el veneno de las fábricas

En pleno litoral central chileno, en la bahía Quintero-Punchucaví, se vive una cuarentena anticipada y permanente, pero no por la pandemia del coronavirus, sino por las intoxicaciones que provoca el parque industrial instalado en la zona. Las personas del lugar se acostumbraron a usar mascarilla mucho antes de la llegada del Covid-19, sobre todo los más chicos, para quienes la contaminación es una moneda corriente. 

Con más de 15 empresas instaladas a lo largo de la bahía, el lugar fue tildado por organizaciones medioambientales como el “Chernobyl chileno” y es una de las cinco “zonas de sacrificio” reconocidas oficialmente en el país, espacios copados de actividad fabril con graves consecuencias para la salud de sus habitantes y el medioambiente.

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Ya desde antes de la pandemia, pasadas las seis de la tarde Puchuncaví se transforma en un pueblo fantasma, con las plazas vacías, las playas solitarias y el ruido de los tubos flexibles de la industria petrolera sintiéndose junto al del mar.

Según Greenpeace, en Quintero-Puchuncaví, la contaminación del aire supera los límites permitidos por la Organización Mundial de la Salud, se producen intoxicaciones masivas, hay derrames de petróleo y carbón, la tierra está quemada y ya casi no existe la pesca. 

De acuerdo a la Defensoría de la Niñez de Chile, los niños que viven allí sufren un fuerte impacto psicológico, además de graves consecuencias de salud y riesgo de padecer cáncer  por estar expuestos a emisiones tóxicas.

Hace apenas dos años investigadores chilenos hallaron en el pelo de estos chicos una alta concentración de arsénico. “Los niños de 1 a 5 años tienen el doble de concentración de arsénico en su cabello que los niños de 6 a 18 años y hasta el triple que los adultos de más de 18 años”, señaló la investigadora Maite Berasaluce, quien realiza un seguimiento de la situación desde 2016.

Además, de acuerdo a la Defensoría, los niños de la bahía vieron vulnerados al menos 17 de sus derechos básicos. 

La vida en una “zona de sacrificio”

La historia de los chicos llegó este mes a las pantallas de Chile a través de la miniserie infantil “Respirantes: les niñes del nuevo viento”, protagonizada por niños y adolescentes de la zona que, representados por títeres, narran cómo la contaminación y las industrias impactaron en sus vidas.

De la mano de “Nube” y “Gaviota”, los únicos personajes de ficción que aparecen en la serie, se conoce la historia de un territorio azotado por el avance de las industrias, declarada por el Estado chileno en 1993 como “zona saturada de contaminación” por dióxido de azufre y material particulado.

A partir de múltiples testimonios y documentación, el proyecto busca difundir la “terrible situación” que vive la niñez en Puchuncaví, explicó la periodista y parte del equipo creador, Greta Di Girolamo.

“Tienen riesgo de desarrollar cáncer, no pueden jugar como cualquier niño, tienen miedo si van a la plaza, pasan los recreos encerrados en sus salas de clases, que conviven con alertas ambientales…”, dijo Di Girolamo.

El equipo de “Respirantes”, integrado además por Pía Becerra, Francisco Parra, Rodrigo Mendoza y Javiera Luna, se propuso el desafío de contar esta historia desde la mirada de la infancia, asumiendo “la necesidad urgente de escuchar lo que tienen que decir, validarlos y considerarlos a la hora de hacer políticas públicas”.

Niños que no aprenden

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La dirigente de Mujeres de Zonas de Sacrificio en Resistencia de Puchuncaví, Katta Alonso, que también participó de “Respirantes”, explicó cómo empezaron a detectar los problemas que las emisiones tóxicas provocan en los niños de la zona.

“Nos dimos cuenta hace muchísimos años que los niños no aprendían, que había muchos problemas neurológicos graves en la comunidad”, indicó.

En adelante, según Alonso, la organización del territorio llegó a instancias internacionales: Naciones Unidas, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, espacios donde denunciaron graves episodios de intoxicación como el ocurrido el 21 de agosto de 2018.

“Hasta hoy no sabemos qué intoxicó a más de 2.000 personas en 2018 (cuando tuvo lugar uno de los episodios de emisiones más grave), la mayoría niños, niñas, mujeres y adultos mayores. La situación aquí es súper grave y estamos preocupadísimas porque últimamente aumentaron  mucho los cánceres de mamas y de útero en mujeres jóvenes”, subrayó. 

De balneario a polo de contaminación 

La construcción del parque industrial de Quintero y Puchuncaví comenzó hace seis décadas, en un contexto de fomento productivo impulsado por el estado chileno, y a la fecha incluye empresas termoeléctricas, fundiciones de cobre, cementeras, puertos graneleros, petroleros y depósitos de concentrado minero.

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Lo que hasta mediados del siglo XX fue un visitado balneario, abundante caleta de pesca y un vergel fecundo, con producción de arvejas, porotos y lentejas, se transformó con los años en un polo de contaminación que mató la riqueza del suelo y el mar.

Juan Carlos Berrios, pescador de la caleta de Ventanas, en Puchuncaví, trabaja hace más de 40 años en el territorio. “Antes había mucha macha aquí, había mucho recurso, pero las industrias destruyeron los campos, las mismas cenizas cayeron en los predios y la tierra se murió”, graficó. 

Por su parte, la dirigente social de Quintero, María Araya, explicó que la zona, según informes del Ministerio de Salud, supera a comunas vecinas como Viña del Mar y Valparaíso en cáncer de estómago, de cerebro y casos de leucemia.

“Es complicado (…) hemos tenido que llegar a tocar las puertas de las mismas empresas que nos contaminan para mejorar los hospitales porque el Estado no se hace presente”, dijo Araya.