Lo que va del viejo Alca a la nueva Celac

Con la clausura de la II Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos (CELAC) realizada en La Habana, se cerró un gran capítulo del proceso de integración regional abierto en 2005, cuando un pequeño grupo de países liderados por Argentina, Brasil y Venezuela, rechazaron la propuesta del Alca, durante la última Cumbre de las Américas reunida ocho años atrás en Mar del Plata. El próximo desafío para América Latina, después de haber logrado esta victoria política, pasa por resolver qué hacer en términos económicos.

Lo que va del viejo Alca a la nueva Celac

Federico Vázquez – Télam (Argentina) 

Las puntas del ovillo son bien distintas: en el 2005 un pequeño grupo de países, liderados por Brasil, Argentina y Venezuela, rechazaron la propuesta del Alca, que venía germinando, lenta pero inexorablemente, desde hacía diez años. El frente latinoamericano distaba de tener una posición uniforme: México y buena parte de Centroamérica tenían intenciones de firmar un tratado de libre comercio a escala continental, y sólo el peso específico del trípode sudamericano volvió al proyecto inviable. Nueve años después, la cumbre de la CELAC reunió a 33 gobiernos latinoamericanos bajo un manto político común, sin la presencia norteamericana. Ni siquiera los gobiernos de centro derecha plantearon en estos días volver al escenario anterior. Como telón de fondo, la cita fue en la isla de Cuba, único país americano que no integra la OEA, que a esta altura es casi un fósil institucional.

Tan interesante como ver las puntas del ovillo es pensar el recorrido que llevó de un extremo al otro. La multiplicación de gobiernos progresistas fue dando envergadura a las posiciones integracionistas. Nacieron nuevos instrumentos regionales, como la Unasur. El discurso latinoamericanista, por muchos años refugiado en el placard de las minorías, se volvió una lengua común.

El avance, en ese sentido, fue eminentemente político. Un conjunto de líderes con una notable conciencia de pertenecer a una misma encrucijada histórica estrecharon relaciones personales, crearon vínculos de confianza, generaron patrones de acción comunes. Algunos aprendieron a jugar casi de memoria. Las cumbres tuvieron, como nunca antes, un carácter menos protocolar y más ejecutivo. En más de una oportunidad viajaron de urgencia para abortar intentos de desestabilización o golpes de Estado. En otras oportunidades las “roscas” e internas quedaron a la vista pública, como cuando el entonces presidente Uribe fue prácticamente interpelado por sus pares en una reunión en Bariloche en el 2009, al conocerse la intención del gobierno colombiano de instalar bases norteamericanas.

El triunfo más rotundo de estos acercamientos diplomáticos es que, más allá de algunos puntos muy oscuros (como el golpe de Estado en Honduras, o la destitución de Lugo en Paraguay), se viven procesos políticos y económicos progresistas y populares, en un marco de estabilidad institucional. Esa combinación es absolutamente inédita para la historia de América Latina. Y es difícil de imaginar que esa novedad hubiera sido posible en un contexto de fragmentación regional.

Sin embargo, esta fase “política” de la integración regional parece haber llegado a su fin. Como mostraron los discursos más sustanciosos de la Cumbre, el eje de preocupaciones se desplazó con mucha fuerza hacia los aspectos económicos de la integración, donde los avances son mucho más modestos. El propio triunfo en construir órganos de concertación política libre de la injerencia norteamericana, dejó aún más al descubierto que poco se ha podido avanzar en instrumentos similares de concertación económica. El Banco del Sur, que podría ser un herramienta muy útil para países que atraviesan ataques especulativos a sus monedas o situaciones de estrechez fiscal, todavía sigue en veremos. La consolidación de una moneda propia para el intercambio comercial intrarregional, también. Por solo recordar un par de ideas que llegaron a estar en boca de los propios mandatarios.

“El desafío próximo, después de haber logrado existir como

comunidad política, pasa por preguntarse qué se hace,

en términos económicos, con semejante victoria”

En la primera cumbre de la CELAC, a fines del 2011, Cristina  Fernández de Kirchner le ponía números a esa falencia: en medio de un clima general de festejo por el hito político de haber reunido por primera vez a todos los gobiernos de la región, advirtió que el comercio intra zona apenas llegaba al 16% del total. En Europa es más del 70%. Antes de ayer volvió sobre la misma cuestión, pero con mayor énfasis: llamó a tener una “agenda concreta”, ante el peligro de “estar construyendo una segunda dependencia, que ya no será geográfica, sino que sea mucho más profunda, más estructural, tal vez menos perceptible, pero más definitiva”. Como si fuera poco, agregó que “el tiempo se agota”.

No fue una preocupación aislada. Dilma Rouseff tuvo también un discursocentrado en la economía: arrancó contando con algo de detalle cómo Brasil y Cuba crearon un consorcio para construir un mega puerto a 50km de La Habana, con una inversión total de casi 1000 millones de dólares. Cuando esté terminado va a ser un punto de paso para miles de buques contenedores de gran calado. La empresa constructora es la gigante Odebrecht, de capitales brasileños. “Este puerto es un ejemplo concreto de las posibilidades la cooperación y la integración latinoamericana”, apuntó Dilma. Se trata de un hecho muy puntual, más bilateral que regional, pero marca una de las tendencias posibles: la integración es también la expansión de las empresas latinoamericanos dentro del mismo continente. El protagonismo de los gobiernos direcciona, en el mejor de los casos, esa característica propia del capital.

La contracara “humanista” es también una escena de este tiempo de cercanías: Cuba ya no despliega sus médicos sólo en los países bolivarianos del Alba, también lo hace en las favelas brasileñas, dando volumen a una de las nuevas políticas sociales del gobierno del PT .

Con distintos énfasis, casi todos los presidentes señalaron otro dato en la Cumbre, que por nuestro país suele marcarse como un alegre capricho del gobierno para excusarse de errores propios. El proceso de integración regional se produce en un mundo de crisis, con sus principales economías estancadas o con el crecimiento en franco declive (incluso la economía China perdió buena parte de su dinamismo en los últimos años). Lo que lleva a que se multipliquen las barreras y protecciones comerciales, y que aumenten la presión por volcar los efectos más negativos de la recesión en las regiones periféricas.

Por supuesto, también tuvieron lugar las declaraciones en contra del bloqueo a Cuba, el colonialismo de Malvinas, o el llamado a que Puerto Rico se incorpore como
país latinoamericano. Sin embargo, la sensación que deja esta segunda Cumbre es que el desafío próximo, después de haber logrado existir como comunidad política, pasa por preguntarse qué se hace, en términos económicos, con semejante victoria.

  

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