Lo que va de Zaffaroni a Moreno

Argentina
Roberto Mero

El ex miembro de la Corte Suprema convoca a la resistencia pacífica, mientras el ex secretario de Comercio, arenga a la movilización de las masas. Con estilos diametralmente opuestos en las formas, uno y otro tratan de contener a una militancia con bronca y poder organizar a los miles de desocupados arrojados a las fronteras de la sociedad por el régimen macrista.

Guillermo Moreno junto al sacerdote Luis Farinello - Foto: Archivo

Roberto Mero* – Latinoamérica Piensa 

La brillante intervención del ex miembro de la Corte Suprema Eugenio Zaffaroni en Plaza Irlanda del domingo 17 de enero podría servir como la base de discusión del patriota de base para hacer frente al discurso del descerebrado clasemediero que ha reemplazado sus “jajaja” de hiena a todo pensamiento autónomo. Como hombre del riñón del poder en el que estuvo, Zaffaroni demolió el altar constitucional y las imaginerías de los magistrados intocables. Hablo de soberanía, del peligro del neovirreinato de las corporaciones y alertó sobre la brutalidad potencial (aún) del régimen macrista. Sin embargo, en su discurso impecable quedó rebotando una idea inacabada, por no decir errónea, sobre la “militancia embroncada” que podrían organizar los miles de desocupados y jóvenes arrojados a las fronteras de la sociedad. De acuerdo con la frase de Zaffaroni: “La lucha no violenta no es para débiles, sino para fuertes” Belleza conceptual que pasa por alto el hecho de que rara vez en la historia de la especie, fueron los oprimidos los que provocaron a los opresores, las víctimas a sus verdugos, los muertos a los vivos. Zaffaroni evocó la imagen de la resistencia civil: “Si nadie sale de sus casas, si nadie mueve un dedo, todo se va al diablo”. Nuestro querido juez olvida quizá un poco rápidamente que esa pasividad permitió a Pinochet capturar a los líderes sindicales chilenos en sus propias casas, en septiembre 1973. Y que de poco valió a los combatientes republicanos españoles esperar clemencia cuando los que no huyeron hacia el exilio fueron capturados uno a uno, delante de sus mujeres e hijos. Quizá a nuestro querido Zaffaroni le faltó tiempo para explicar que Gandhi no logró la victoria sobre los colonialistas ingleses tejiendo hilo en su rueca, sino movilizando más de dos millones de personas en su “marcha de la sal”. O en el boicot masivo a los productos ingleses, a las marchas de cientos de miles de personas de Delhi a Bombay, atacando las bases económicas del colonialismo británico. Besos y amor cuando llega el momento, por cierto. La improbable esperanza de hallar un Gandhi en el café de la esquina puede complacer quizá la necesidad de luchar por la vida, pero es insuficiente. Y peligroso. Para humillar a los conquistadores españoles los indígenas solían golpearles la cara con ramitas, dejando de lado sus hachas. Ya sabemos cómo termino aquella batalla del honor descuartizado.

El deseo como forma política de la imbecilidad

Los productores agropecuarios culpan a los K por la plaga de langostas. La subida del precio del queso cuartirolo es de origen camporista. Mar del Plata esta vacía por un sórdido complot cristinista. “Ustedes lo que quieren es que al presidente Mauri le vaya mal”. Cuando dentro de pocos años se establezca la lista de garrafaladas emitidas por el clasemediaro argentino de base el Diccionario de la Real Academia las clasificará de “macriadas”, tanto como las tropelías de cierto prisionero de los romanos dio origen al término “barrabasadas”. El deseo como forma política de imbecilidad acuerda a la voluntad personal una especie de capacidad milagrosa, omnipotente, indetenible. Los precios no aumentan por un mecanismo de saqueo del salario realizado por los monopolios. No. Son causados por aquella inquina abyecta de salvajes K que “desean que al país le vaya mal”. Un simple repaso de los sitios públicos o familiares contaminados por el lanatismo primario permite de desentrañar el truco de esta magia hedionda: “Al país le va mal porque ustedes quieren que le vaya mal y ustedes quieren que le vaya mal porque son fanáticos”. Lo cual correspondería a decir que si todos los K uniésemos nuestras manos en una especie de misa colectiva lograríamos la trascendencia del alma, el vuelo de los elefantes y que Macri y Michetti puedan declinar verbos con cierta exactitud. Los antiguos abrían el vientre de las aves para “leer” en sus entrañas. Los K van más allá. Es por ellos que el Nilo se llenó de sangre, por ellos que el Faraón y los egipcios perdieron a su primogénito, por ellos que el maná no cayó en la cantidad debida y que Roma fue devorada por las llamas. No nos extrañemos ni creamos en alguna deformación genética especial aquí, en el sur de lo perdido. Con un 99% de alfabetización, una miríada de premios Nobel y una cultura de 2000 años de jurisprudencia avanzada, los alemanes crearon el nazismo. Subproducto de miles de horas de escuchar a Leuco y a Lanata, el cerebro contaminado del mediopelo argentino encuentra aquí una forma de exorcizar sus propios fantasmas y miserias.

Égloga y apología del Guillermo-Morenismo

Antes de Facebook existieron los mails. Antes de los mails, el teléfono. Antes del teléfono, las cartas. Y antes de las cartas, esquelas, palomas mensajeras, existió irreversiblemente Guillermo Moreno. Producto fuera de época y de las modas, el ex secretario de Comercio del gobierno popular ha sido, es y seguramente será como aquellas rocas de Punta Mogotes: pueden cambiarle el color y los vidrios a la confitería de arriba, pero abajo el granito se mantiene incólume riéndose de la embestida feroz del oleaje. Digamos que Moreno es así como el dinosaurio salvador en tiempos de niños bien, empoderados de la última hora, mac-donaleros del establishment político-comunicacional. Intragable, mañero, ladino e irresistible, el hombre pasea su emoción riéndose del viento en contra, con la naturalidad con que otros pasean su caniche por Recoleta. Su único objetivo es que al pueblo no le toquen las nalgas, que dos más dos son cuatro, que el enemigo debe ser tratado como enemigo y que un hermano (aún pelotudo) es siempre un hermano. Mezcla de “a Dios rogando y con el mazo dando” y de entrenador de club de barrio, este energúmeno ha leído a Gramsci, pero no lo cita, adora a Evita pero no se pone de rodillas y evoca al General con la recia arrogancia del que canta el himno. Por momentos me recuerda al personaje de Facón Grande, interpretado por Federico Luppi en La Patagonia Rebelde. Moreno es más bruto que bota e’ potro y al mismo tiempo sublime e histórico como el general Patton. Arengador de masas y seductor de “pebetas”, indetenible, se lo encontrará parado, desafiando a la muerte en la última trinchera donde suenen las balas. Viajero incomprensible en el Túnel del Tiempo, conoce por piel lo que los otros olvidaron en Harvard: que las victorias se ganan a tiza y carbón, ovarios, testículos, sangre y sudor, aunque todo esto sea una impiadosa falta de elegancia. Bonaparte tuvo a sus “Grognards”, San Martín sus 60 Granaderos, Fidel tuvo a Camilo Cienfuegos para decirle si la cosa iba bien. O al Che, cuando la cosa iba mal. Desmarañado y solo en su coraje compartido, el peronismo tiene a Moreno, para quien la guerra contra los enemigos de la patria es un picadito inevitable.

*Periodista y escritor argentino en París, Francia.