Literatura, pureza y política

Latinoamérica
Fabrizio Mejía Madrid

Es innegable que los escritores tratan con los significados y son partícipes de la construcción de las ideas sobre el mundo. Durante mucho tiempo se intentó diferenciar a las obras literarias según su grado de “pureza”, que implicaba cierta autonomía a la hora de construir los textos. Sin embargo, a pesar de los críticos y de los autores, su “politicidad” recae en los lectores.

Fabrizio Mejía Madrid – Proceso (Mèxico)

La puerca literatura

Cuando se habla de las relaciones entre literatura y política con frecuencia la discusión se acaba en determinar si éste o aquél escritor apoya o no a cierta corriente de pensamiento o acción, y si ello afecta la “autonomía” de su trabajo como acomodador de palabras. Si no se trata de esos “escritores” comerciantes de opiniones que creen conducir cuando, en realidad, se les conduce, las filias y fobias de los autores siempre resultan triviales a la hora de leerles. No así el tema de la “autonomía”. Es lo que antes se llamó “pureza”. No hay nada en la literatura que pueda validarse como “puro”: está hecha de un material, el lenguaje, cuya existencia depende de la mezcla y los malentendidos; proviene de historias ya antes contadas –es homenaje y parodia, a la vez o alusión a formas utilizadas por muchos otros–; e incluye en su posibilidad a cuatro entes fantasmales: un autor, un narrador, el lector absorto y, después, a un nuevo autor de las palabras asumidas. Durante muchos siglos se intentó darle “pureza” a lo escrito con métricas establecidas, personajes dignos de ser narrados, situaciones “elevadas” que ameritaban el laurel de la posteridad. Pero las ansias de reglamentarla estallaron muy pronto: la literatura circula sin destinatarios específicos ni reglas magisteriales; es inapropiada, prosaica y libre. Basta recordar aquella escena de La odisea en que Ulises está en un banquete y escucha de un comensal su propia historia, ya exagerada o banal. La reacción de Ulises es llorar como se hace cuando se constata que lo adulterado reside en la sustancia misma de lo narrado. Le fue arrancada su aventura hasta Ítaca para que otros pudieran apreciarla de la única forma que existe: refractada. Pero no hay que irse hasta la isla de los comedores de loto. Uno de los últimos en procurar algún tipo de “pureza” literaria fue Borges. Su canon de infusiones equivale a ponderar como mejores los textos en que forma y contenido se corresponden a tal grado que casi son mitos. La “pureza” de Borges sólo puede existir en un mundo donde no hay cosas ni gente, sino puros “estados” de los sueños. El problema es que pueden ser sueños que nadie más puede soñar.

Vida de los poetas

Me pregunto si las distancias que se aplican a literatura y política no son las mismas que entre aquélla y la vida. Solemos repetir que tanto El Quijote como Madame Bovary sufren de un trastorno “literario” que confunde una con otra. No es necesariamente así. En el capítulo XXV del Quijote, Sancho debe entregar una carta de amor del Caballero de la Triste Figura –así la firma– a Dulcinea. El original está manuscrito en el libro de memoria de un amigo, Cardenio, y Sancho debe hacer copiar la carta de su amo con un amanuense. Entonces surge la pregunta entre vida y escritura: la firma autógrafa del Quijote no estará en la copia y Dulcinea jamás tendrá la certeza de su remitente. La respuesta del Quijote es lúcida: ella no sabe quién es el tal caballero, ni que éste le llama “Dulcinea” y no importan las dos anteriores porque ella tampoco sabe leer. Hacer la carta resulta un acto gratuito, como toda literatura. Para Sancho no es así: junto con la carta, El Quijote ha redactado, también, un traspaso de dinero para su fiel escudero. Ahí sí se necesita la firma, y es más por conveniencia práctica que por los fallidos amores de su patrón que Sancho insiste en su pregunta. Para El Quijote vida y escritura son dos esferas separadas. A él sólo le interesa una, la que se desenvuelve en la página gratuitamente, porque sí. Como para todos los involucrados en el acto de escribir, leer e interpretar lo narrado, la ficción no es un simulacro sino una disposición.

” Los escritores tratan con los significados y son partícipes de la construcción de las ideas sobre el mundo, no hay escapatoria posible. Las razones son muchas pero la primera es, una vez más, el lenguaje. Un texto es político muy a pesar de los críticos y aun del mismo autor –nombre que firma– porque su “politicidad” recae sobre todo en los lectores “

La verdadera vida es la escrita, no la subsistida. Los fracasos, las expectativas, el aburrimiento, las rutinas, carecen de inteligibilidad en la vida. Sólo narrando la vida es posible encontrarla. Pero, ¿qué es lo que se narra? Yo diría que todo, que no importa qué. Los “puros” dirían que no, que hay restricciones, que la política no debe entrar en lo sagrado del acto literario. Yo escribo sobre el PRI, Díaz Ordaz, Televisa, Gutiérrez Barrios y, también, de mí mismo, los movimientos sociales, el internet, el pene y los muros, las drogas y las máscaras. Jamás me atrevería a juzgar como “no literario” algo sobre la intimidad de un haz de luz en la tarde sobre tu almohada. Son los “puristas” los únicos censores. Para ellos habría prohibiciones basadas en sus propios prejuicios y reflejos. Los demás, creemos en la narrativa moderna, esa que puede tomar como tema a una señora de provincia que engaña a su marido. Con Flaubert –al que Borges despreciaba– los personajes pueden ser cualquiera y los detalles tienen la misma jerarquía que las cosas, los animales y la gente. En Madame Bovary hay un fraude electoral, por ejemplo, así como un sillón puede ser relevante para Proust. La novela como la conocemos revolotea entre la significación de las palabras y su expresión, en un territorio de nadie en el que lo arbitrario es una forma de libertad.

Vida de un anónimo

Lo democrático –usado aquí como “indiferente”– de la literatura ha resultado en un papel político para ella. Como diría Jacques Ranciére, es el reparto de lo sensible. Con Flaubert, Dickens, Zolá, Balzac y su enorme estela, se hace visible lo antes invisible y audible el silencio. Los escritores tratan con los significados y son partícipes de la construcción de las ideas sobre el mundo, no hay escapatoria posible. Las razones son muchas pero la primera es, una vez más, el lenguaje. Un texto es político muy a pesar de los críticos y aun del mismo autor –nombre que firma– porque su “politicidad” recae sobre todo en los lectores. Un mismo texto, pongamos un poema de Mallarmé, pudo ser interpretado como místico, liberal o revolucionario. La lectura es la que politiza.

Pero hay otra razón que me interesa hacer notar. Tiene que ver con la crónica –tan de moda en estos años–, que no es más que una forma de visibilización de lo que antes no entraba en el reparto de lo sensible: los campesinos indígenas, las mujeres, las protestas, las indignaciones o lo que se quiera: las pulgas en una escuela rural. Al ponerlos como personajes adquieren una esfera reservada antes a los príncipes, los militares de genio, las estrellas de cine. Los anónimos se hacen presentes y sus vidas pueden ser tramas. 

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