Linchamientos, la injusticia por mano propia

Varios linchamientos se sucedieron en Argentina desde el sábado. Se trata de personas que, con la argumentación de una supuesta ausencia del Estado, creen que identificaron a un delincuente y deciden hacer justicia por mano propia. El peor de los hechos ocurrió el mismo sábado, cuando un joven de 18 años fue asesinado a golpes. Son estallidos de odio. Surge un fuerte debate sobre los derechos humanos, la inclusión o exclusión social y el sentido de esta violencia.

Alejandro Horowicz – Tiempo Argentino (Argentina)

“Horowicz, los que tienen que putear son los que leen, no los que escriben”, Jacobo Timerman, director del diario La Opinión.

Cuatro hechos violentos, violentísimos, aparentemente inconexos, dan cuenta del subsuelo ideológico de la política. Todos sucedieron en la Argentina y nadie los desconoce. Los medios no pararon de “informar”, pero el sentido no ha sido capturado. Y no lo será mientras permanezcan inconexos. Vale la pena ordenarlos de mayor a menor, según una valoración de la escala de violencia, para luego leerlos como parte de una serie. Mi hipótesis: una voluntad de linchamiento, fogoneada por el terror a la crisis de 2001, por el fantasma de perder las pertenencias, recorre el imaginario colectivo. Dicho sin ambages: una suerte de fascismo rudimentario organiza los valores hegemónicos de la sociedad argentina, conformando un nuevo patrón de comportamiento.

“Si la sociedad argentina acepta estos términos el linchamiento pasara de delito gravísimo a ‘justicia por mano propia'”

Como una mancha de aceite la ideología profunda de la sociedad argentina emerge. La distancia geográfica –Rosario, Buenos Aires– subraya la uniformidad del comportamiento. No se trata de acciones concertadas previamente, sino de una lógica que subyace: joven, morocho y en moto: ladrón. Y con los ladrones tolerancia cero ¿Cómo entender desde este abordaje la seguridad? Fácil, hay que matar a los ladrones. O los mata la policía o los “ciudadanos” se ocupan. Nada de Derechos Humanos, nada de garantismo jurídico, máxima e inmediata punición. En cuanto a la relación con la violación, es obvio, la pregunta se trata, al igual que en los otros casos de ¿quién ejerce la violencia legítima? El macho es aquel que la ejerce, y el cuerpo de la mujer (más aun si es joven y bonita), al igual que el cuerpo de los pobres, es el espacio sobre el que esta sanguinaria soberanía se afirma. Estos mismos datos fueron leídos en idéntica clave por el think tank de Sergio Massa. No se trata de reformar el Código, sino de actuar. No se trata de proteger a los más débiles, sino de garantizar la propiedad personal, no se trata de políticas de inclusión, sino de excluirlos de la política. Si la sociedad argentina acepta estos términos el linchamiento pasara de delito gravísimo a “justicia por mano propia”.

Sol Prieto – Télam (Argentina)

Hace una semana que el runrrún de las redes sociales legitima los linchamientos o se horroriza ante una supuesta barbarie irracional. Parte de la clase política y los intelectuales reproduce las dos reacciones diciendo “esto pasa cuando no llega el Estado…”, pero lo dicen sin aclarar muy bien qué es el Estado. ¿Es la policía?, ¿es la justicia?, ¿la cárcel?, ¿la escuela? ¿los trenes? ¿las autopistas? ¿la Constitución? Los diagnósticos que dominan la opinión pública y esa cosa que está en el medio de lo público y lo privado, que es Facebook y Twitter, desconoce que la violencia colectiva es un tipo específico de violencia que difiere de la interpersonal, la estatal y la doméstica y que emerge cada tanto con una función clarísima: redefinir los límites de la sociedad y decir quién queda adentro y quién no.

Los primeros linchamientos en los que los sociólogos pusieron el ojo fueron los asesinatos de negros durante y después de las guerras de secesión en Estados Unidos. Robert Gibson fue uno de los autores que estudió el tema, y llamó a la violencia colectiva dirigida a los negros “el holocausto de los negros”. En las últimas décadas del siglo XIX, el linchamiento de negros fue perpetrado por las comunidades pobres y analfabetas y con estados poco desarrollados del sur de ese país: matar a un negro, para un habitante pobre, olvidado, alejado, y sin derechos del sur de los Estados Unidos, era reafirmarse como ciudadano estadounidense diferenciándose de las personas a quienes odiaba por ser distintas a él.

“Decir que un grupo de personas lincha porque ‘no aguantan más’, o porque ‘el Estado no hace nada’, o porque  ‘no tienen piedad’, o porque ‘no saben lo que es el amor’, o porque ‘son primitivos’, aunque se diga con las mejores intenciones, las más humanas y honestas, es desconocer que lo social tiene otra lógica que lo individual, y que las personas no hacen o dejan de hacer cosas por ser buenas o malas”

En Brasil la migración interna sumada a los cambios estatales que surgieron al calor de la democratización provocaron la multiplicación de los linchamientos como forma de mantener la ecuación de la violencia y el orden por parte de los líderes territoriales vinculados al delito y el narcotráfico. En la Guatemala, los linchamientos se generalizaron en los lugares en los que la guerra civil tuvo los picos más altos de violencia y en donde se resquebrajaron todas las lógicas de reproducción y normalidad de las comunidades y fueron reemplazadas bolsones de monopolio privado de la violencia. En los países con altos niveles de población indígena como Bolivia, Perú, y Ecuador, los linchamientos se constituyeron como una herramienta de autonomía de las comunidades, que les permitía reforzar sus límites hacia adentro, estableciendo los límites de lo tolerante, a la vez que le demostraban al Estado su capacidad de ejercer la violencia y desconocer sus normas e instituciones.

Como se ve –si es que se ve—un linchamiento puede querer decir muchas cosas, y cuando un grupo de personas o una comunidad lincha a alguien, puede querer estar haciendo muchas cosas: para empezar, puede querer reafirmarse en su identidad, trasladar sus mecanismos punitivos de un lugar a otro del mundo, crear un orden, protestar contra el Estado, o generar y reproducir su autonomía. Decir que un grupo de personas lincha porque “no aguantan más”, o porque “el Estado no hace nada”, o porque “no tienen piedad”, o porque “no saben lo que es el amor”, o porque “son primitivos”, aunque se diga con las mejores intenciones, las más humanas y honestas, es desconocer que lo social tiene otra lógica que lo individual, y que las personas no hacen o dejan de hacer cosas por ser buenas o malas. Incluso cuando castigan y matan –ciertamente sin piedad–.

Horacio Cecchi – Página 12 (Argentina)

Más grupos de vecinos persiguieron, atraparon y molieron a palos a jóvenes justificándose en que les habían robado o intentado robar, en una secuencia de linchamientos (no fueron intentos pese a fracasar en su objetivo final) que más que fenómeno debieran tildarse de estallidos de odio y de miedo incontinente. Las escenas se repitieron en General Roca y en La Rioja, mientras que se conoció una tercera ocurrida el sábado en Rosario. Esta última fue una especie de muestra de resultados de prueba y error: un grupo de remiseros persiguió a dos motoqueros que se supone que pretendían asaltar la remisería. Uno de ellos logró escapar y el otro tuvo la mala suerte de caer en manos de los manopropistas y fue saturado a golpes. Resulta que no eran los que habían creído. Lo malo es que el error, con su excusa, termina justificando el procedimiento. En la Ciudad Autónoma, mientras, el fiscal 13 a cargo del caso horda salvaje de Barrio Norte y del intento de robo del muchacho pidió la entrega de las cámaras de seguridad de la zona para intent
ar determinar quiénes participaron en el linchamiento del joven que intentó robar una cartera en Coronel Díaz y Santa Fe. Por esta vez, la seguridad de las cámaras se les dio vuelta. Al borde de la apología, el diputado del Frente Renovador Sergio Massa justificó la reacción energúmena aludiendo a que se produce “por ausencia del Estado”, del cual, curiosamente, él forma parte. La reacción fue tal que a media tarde el diputado fuori state tuvo que agregar que linchar está mal. También Hermes Binner aportó una rareza: dijo que los linchamientos se deben “a la impunidad”, como si no se tratara de su propia provincia.

El sábado, mientras en Coronel Díaz y Santa Fe un adolescente era sacudido a patadas para castigarlo hasta que aprenda y se muera, en la zona oeste de Rosario, dos jóvenes asaltaban una remisería y escapaban en una moto de alta cilindrada. Dos minutos después, dos jóvenes “idénticos” pasaron por delante de la remisería en una moto pero de baja cilindrada, una Guerrero GLDL de 110 centímetros cúbicos. Los dos jóvenes fueron identificados o se identificaron ellos mismos como Oscar Bonaldi, de 22 años, y Leonardo Medina, de 24. Pasaron delante de la remisería porque habitualmente pasan por allí porque les queda camino al trabajo. Cuando los remiseros los vieron pasar, al grito de ¡ahí van! treparon a sus autos cual llaneros en patota y los persiguieron. La motito de pueblo, claro, no daba para escapar de los remiseros, que les dieron alcance en pocos metros. El miedo hace estragos en la razón: mientras los dos jóvenes creían que eran asaltados, los remiseros creían haber capturado a los asaltantes. Uno de los prófugos asaltados, Medina, logró zafar por esas cosas de la suerte y hecho jirones llegó a una estación de servicio a pedir auxilio porque les querían robar la moto. Mientras, Bonaldi supo de la violencia de la horda encaramada en su cuerpo, sin entender todavía por qué no se llevaban la motito. Más tarde, Medina dijo a Cadena 3 de Rosario que entró en la estación de servicio y pidió que llamaran a la policía al grito de “¡me robaron la moto!” Bonaldi no pudo decir nada porque tenía el rostro deformado por los golpes. Bonaldi y Medina denunciaron la golpiza en la policía y aportarán entre las pruebas los videos de seguridad. El error de los remiseros, como sugiere la experiencia, sólo servirá para reconocer eso, que fue un error y que con mejorar alcanza.

Los linchamientos en Rosario, la Chicago argentina con series de homicidios vinculados al narcotráfico y sus vínculos policiales, quizá deban ser analizados desde esa perspectiva por su llamativa reiteración: se agregó otro caso de linchamiento de dos ladrones.

“Al borde de la apología, el diputado del Frente Renovador Sergio Massa justificó la reacción energúmena aludiendo a que se produce “por ausencia del Estado”, del cual, curiosamente, él forma parte. La reacción fue tal que a media tarde el diputado fuori state tuvo que agregar que linchar está mal”

A más de mil kilómetros de Rosario y del Barrio Norte porteño, y demostrando que el furor de la vendetta y el odio tiene menos fronteras que las imaginadas, un grupo de vecinos atacó a un joven que según los vecinos intentaba entrar por la fuerza a una vivienda e intervinieron con más fuerza sobre él luego de una adrenalínica persecución. Según señaló el Diario de Río Negro, “le dieron una fuerte paliza en el suelo”, que suena más a que le dieron su merecido que a que estuvieron a punto de transformarse en homicidas. El joven interceptado fue internado en el hospital local con heridas en la cabeza y en el hombro. La publicación agrega que luego de la detención del joven “se logró dar con un cómplice de éste, que se encontraba refugiado bajo el puente de la ruta 6”, en una suerte de búsqueda del Far West o del KKK. El diario no aclara la suerte del refugiado.

En otra región, Ciudad de La Rioja, vecinos de un barrio impidieron a un joven que cometiera un robo, pero nadie más que el cansancio impidió que casi lo mataran. El hecho ocurrió en el barrio Santa Justicia, donde un joven de 19 años entró a un kiosco y amenazó a la dueña para que le entregara dinero. La mujer le dijo que no tenía plata y el joven, desorientado, atinó a llevarse unas cajas de vino y se fue a pie. Los vecinos lo cazaron y lo arruinaron a golpes y lo entregaron muy maltrecho a la policía.

En la Ciudad Autónoma, en los límites de Barrio Norte y Palermo, el caso del joven apaleado el sábado pasado demostró que la barbarie no es propiedad de un sector social determinado, sino que el odio atraviesa en forma transversal todas las clases. La diferencia, claro, es que en Palermo y Barrio Norte se suponen más herramientas para distinguir linchamiento de defensa propia, especialmente porque en la golpiza sufrida por el joven todavía internado, se trató de defensa de cartera.

El fiscal de instrucción 13, Marcelo Roma, está a cargo de las dos causas, es decir, tanto de la que acusa al joven por intento de robo como de la que investiga quiénes lo atacaron con la intención de matarlo. Ayer, Roma solicitó los videos de las cámaras de seguridad para analizar ambos hechos. Según Roma, el joven recibió una patada en la mandíbula de parte de uno de sus agresores. Ayer se encontraba internado en el Hospital Fernández con custodia policial. Entre las evaluaciones que hace Roma a estas horas está la de la gravedad de las lesiones sufridas por el joven detenido. Si son leves deberían pasar a la Justicia contravencional de la Ciudad. Si no lo son, deberían permanecer en su fuero.

 

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