Las dos caras de la moneda

Colombia 

En su libro “Viajes a la Colombia profunda”, la escritora Salud Hernández Mora narra cómo funciona el negocio de los tours alrededor de la figura del fallecido narcotraficante Pablo Escobar. Este fragmento es una crónica de la autora que muestra las dos caras del reconocido delincuente, pero en particular el carácter de “figura” que muchos turistas le atribuyen. 

Pablo Escobar, narcotraficante colombianoSalud Hernández-Mora- El Tiempo (Colombia) 

“¿Hablan inglés?”, pregunta una mujer entrada en años que se presenta como la guía, antes de abordar la van que nos recoge en un paradero de taxis de El Poblado. “Es que el tour lo hacemos en inglés”, agrega. Asentimos y emprendemos la ruta para recoger al resto del grupo.

Mientras esperamos a los extranjeros en el primer hostal, el chofer nos muestra DVD piratas sobre el capo. “El de Los dos Escobar es el que más se llevan porque tiene letreros en inglés”, indica.

Para animar la compra saca el arma secreta que esgrime cuando los indecisos se tornan recalcitrantes: No solo cuesta 7.000 miserables pesos, tres dólares, sino que el propio Roberto Escobar (‘Osito’) firma cada ejemplar y estampa su huella para validar la exclusividad del souvenir.

“Van a ver a Roberto Escobar en persona. Le enviaron una carta-bomba a la cárcel y al abrir fue ¡pum! y lo dejó casi ciego.

Tiene sesenta y seis años y solo ve sombras. Es el que más lleva de la guerra, quedó vivo y sufriendo”, cuenta.

“Ah, bueno, me llevo dos”, respondo imprimiendo cierto entusiasmo y pregunto si lo de la huella es marca de la casa o reminiscencia de los años de recluso. En lugar de contestar, el chofer ofrece cervezas y gaseosas para la venta. “Lo único gratis es el café a que invita en su casa el señor Roberto”, anuncia con una carcajada. Luego pasa a criticar el contenido de la serie de televisión sobre Pablo. “El 80 por ciento es mentira. Pablo no decía a sus empleados ‘vea maricón’, ‘corra cabrón’. Era muy decente hablando y lo hacía muy poquito. Gustavo Gaviria y Roberto Escobar nunca se metieron a un banco a atracarlo”.

La aparición de los extranjeros interrumpe nuestra conversación. Australianos, gringos, holandeses, irlandeses, noruegos y británicos componen, con nosotros dos, el grupo de dieciséis de esa jornada, a 90.000 pesos por cabeza. La estrella del recorrido es el encuentro con el primogénito de los ocho hermanos Escobar. “Un amigo que estuvo ayer me dijo que es emocionante estar con un mafioso tan importante”, comenta un gringo que roza la treintena y que voló de Nueva York a Medellín con otros tres amigos para celebrar allí su cumpleaños.

La primera parada es un edificio alto, blanco, abandonado, sin ventanas, su primer piso cubierto de grafitis. “En este lugar vivía Pablo con su familia. Les avisaron que pondrían una bomba y escaparon. No había nadie cuando estalló, pero no alcanzaron a sacar la colección de carros”, rememora. Como no encuentran un solo signo de extravagante opulencia ni de violencia exacerbada, nada que recuerde a sus dueños y al hampa, la manada se aburre. Enseguida enfilamos camino del Montesacro, al otro extremo de Medellín.

Junto a la capilla del cementerio encontramos un cuadrilátero cubierto de un grueso pasto. En la cabecera, bien alineadas, cinco lapiditas. “Pablo Escobar’s gravestone”, anuncia la guía, impasible ante la nueva decepción colectiva. Ningún mausoleo con ínfulas, ni tumba loba y ostentosa.

“La aparición de los extranjeros interrumpe nuestra conversación. Australianos, gringos, holandeses, irlandeses, noruegos y británicos componen, con nosotros dos, el grupo de dieciséis de esa jornada, a 90.000 pesos por cabeza. La estrella del recorrido es el encuentro con el primogénito de los ocho hermanos Escobar”

Si hubieran arribado un lustro atrás les habrían traducido la inscripción que doña Hermilda Gaviria mandó grabar sobre la lápida de su retoño favorito, el único de los ocho que multiplicó al infinito sus genes cargados de ambición pecuniaria. Del papá “solo heredó la honradez”, me comentó la señora con desdén hace doce años, en el décimo aniversario de la muerte del capo. La mujer de piel tersa por obra de las cirugías y cabello color lila, interpretaba el papel de madre serena y resignada con un toque de honda tristeza. Se puso delante de la lápida de mármol blanco que rezaba: “Mientras el cielo exista, existirán tus monumentos y tu nombre sobrevivirá como el firmamento”.

Pero en el lustro pasado diseñaron una última morada tan insulsa que nuestro grupo se las ve y las desea para captar una imagen que llame la atención en sus redes sociales.

La guía explica que dos fueron las razones del cambio. Dejar sitio para Doña Hermilda, fallecida en el 2007, y exhumar los restos de Pablo con el fin de hacerle la autopsia.

“Se mató el 3 de diciembre de 1993 cuando vio que la policía lo iba a agarrar. Los dos primeros tiros fueron de los agentes, pero el último se lo disparó él en el oído derecho. Los británicos, franceses y la Dea de los Estados Unidos aportaron mucho capital, y tecnología para matar a Pablo Escobar y era más fácil decir que lo mataron ellos y la policía colombiana”, relata sin pasiones.

“Decenas de ciudadanos vienen cada domingo a pedir favores en la tumba que Pablo compró en el 70 para los familiares más cercanos y otra para los primos”, agrega. Junto al mafioso yace Fernando, el hermano menor. “Murió a los dieciocho, en su graduación, porque Pablo le regaló uno de sus cincuenta carros de carreras y no lo sabía manejar”. Después está la tía, a continuación la madre, “el puente entre los pobres y Pablo”. Y suelta una teoría que cala entre los extranjeros.

“Fue la pionera en implantar un programa de alimentación escolar: Si comen bien, aprenden mejor. Pablo le daba dinero y pagaba diez mujeres que preparaban el desayuno, un vaso de leche a mediamañana y el almuerzo. Le mostró al gobierno ese camino y hoy día todos los colegios de Colombia tienen restaurantes así. Le agradecemos a la mujer, que fuera la pionera”.

El relato sigue con la retahíla sobre los primos Gaviria, pero ya nadie parece cautivado

La coronación

El destino final es el hogar de Roberto Escobar, en Las Palmas. Ascendemos por una estrecha carretera que conduce a una casa aislada, rodeada de Naturaleza. Tampoco es la mansión apabullante recargada de oros y lujos, pero la promesa de compartir un café con un mafioso de carne y hueso compensa todo.

De aperitivo la guía ofrece relato y foto en el carro donde Escobar y su primo Gustavo transportaron hacia Ecuador, Perú y Bolivia sus primeros kilos de coca allá en 1975, cuando conoció a su admirada Griselda Blanco –‘la reina de la coca’– y a un tal ‘Cucaracha’.

También recuerda que la moto colgada en la pared es parte de una historia con final, yo creo, amañado. Pablo huye de la ‘Poli’, salta del carro que maneja y hace el alto a un motorista humilde. “Soy Pablo Escobar y necesito su motocicleta”. El hombre no puede negarse.

Esta vez los turistas miran fijamente a la guía, la historia les ha atrapado.

“Tiempo después recibió en su casa un carro de 50.000 dólares de regalo de Pablo”. No llegan a las lágrimas pero observo sonrisas aliviadas. Del garaje pasamos a la casa, una construcción de una sola planta, tamaño mediano, envejecida por los años.

Un cuarto está dedicado a los triunfos deportivos del ‘Osito’, fanático del ciclismo. En una pared que conduce a la sala hay colgada una galería de retratos de Pablo y enfrente, fotografías de sus papás y un señor de larga barba blanca. “Es el abuelo y era contrabandista”, informa la guía. Cuando señala la foto de Pablo y su h
ijo, posando ante la Casa Blanca, el grupo estalla en carcajadas. “El planeta lo buscaba y miren donde estaba de paseo”.

Por fin llega el momento esperado. Cruzamos la sala, decorada sin gracia, impersonal, y en la terraza aguarda Roberto, sentado a una mesa, armado con un bolígrafo para firmar y una cajita con tinta negra para poner la huella a las fotos del hermano –a 10.000 pesos el ejemplar– y a los CD.

Concluida la primera tarea, posa con los turistas. Uno a uno o en parejas, cumplimos el ritual. “Que vengan las muchachas bonitas”, dice sonriendo, pero se nota que no ve a quien le pone la mano en la cintura.

“¿Ya?”, pregunta en un par de ocasiones. “No, aún quedan unos”, responde la guía. Ella también anima a adquirir fotos. “Todo lo que recaudemos es para los niños de la Fundación de sida del doctor, para atenderlos”.

Terminada la etapa, pasamos a la sala para la sesión de preguntas. Roberto, parado, aguarda que disparen.

“¿Qué pensó la gente de Medellín cuando supieron que ustedes estaban en el negocio del narcotráfico?”, quiere saber la joven australiana.

“En Medellín nadie decía nada porque el 90 por ciento de la población enviaba droga con Pablo. Pero cuando Pablo ingresó a la política, que fue el peor error de él, la política se vino encima y ya el narcotráfico era malo, antes no, porque todos recibían plata”, afirma.

Otro pregunta si la imagen de amigo de los pobres no la empañó la violencia.

“Por fin llega el momento esperado. Cruzamos la sala, decorada sin gracia, impersonal, y en la terraza aguarda Roberto, sentado a una mesa, armado con un bolígrafo para firmar y una cajita con tinta negra para poner la huella a las fotos del hermano –a 10.000 pesos el ejemplar– y a los CD”

“Muchas de las cosas que sucedían en Colombia las hacía el Gobierno y se las adjudicaban a Pablo. Igual que lo que hicieron con Hussein para poder invadir su país. Que tenía la bomba atómica y no le encontraron ni siquiera una pistola en el bolsillo cuando lo cogieron. Pero vaya a todos los barrios populares y pregunten a cualquiera qué piensa”.

Para reafirmar la querencia popular hacia el capo, Roberto rememora su entierro. “Cuando Pablo murió, el cementerio se llenó y los carros no cabían en cuatro kilómetros, unas 50.000 personas acudieron. Cuando mi madre murió, unas 10.000 personas”.

Se va cansando y hace signos de terminar la ronda. Pero un gringo pregunta la razón para ayudar a enfermos de sida, hubiera esperado una Fundación de las víctimas del narco o de adictos a las drogas.

“Empezó la Fundación en 1987, al curar yo a un caballo que tiene una enfermedad similar al sida, anemia infecciosa equina. Luego, investigando, he desarrollado un medicamento para curar el sida y lo he patentado en Estados Unidos y ante la Comunidad Europea”, interrumpe para que traduzcan y en cuanto un norteamericano de origen dominicano lo hace, el ‘Osito’ sigue.

“La semana pasada vinieron dos científicos que quieren trabajar conmigo en otro proyecto contra el sida por hisopos radiactivos. Uno va a unir el hisopo con lo que yo produzco. Yo tengo todo el proceso para curar. Muchas gracias por haber venido al tour”. Estrecha algunas manos y desaparece.

De regreso, converso con algunos turistas sobre el tour. “A uno le muestran las dos caras de Pablo, tiene una visión más completa sobre su parte social”, dice uno. “¡Es cool tener las huellas digitales de un mafioso en mi CD!”, exclama una chica. “Si uno viaja por Colombia debe saber las razones por las que el país tiene problemas” y, aparentemente, el recorrido express le sirvió para despejar dudas.

Cae la noche y, de Pablo, pasan a planear la rumba nocturna.

Hacienda Nápoles

Si en el Tour de Pablo el interés es mantener vivo su recuerdo, los nuevos dueños de la Hacienda Nápoles invierten millones en enterrar sus huellas. Solo conservan las ruinas de la casa, unos cuantos carros oxidados, la plaza de toros, tres enormes figuras de animales jurásicos y la portada coronada con la famosa avioneta de su primer narco-vuelo, pero ese símbolo está camuflado. Le borraron la matrícula y pintaron el aparato como una cebra para aclimatarla a la sabana africana en que quieren convertir buena parte de la finca-parque.

Aún así, decenas de conductores que circulan por la carretera Medellín-Bogotá, se detienen para hacerse una foto.

De los animales que Pablo mandó traer, sobrevivieron cuatro o cinco hipopótamos que se amañaron al clima de Doradal, el corregimiento de Puerto Triunfo donde queda la finca. Se reprodujeron como conejos y ya son tantos –unos 30– que no saben qué hacer con ellos. A esos mamíferos les han sumado micos, cebras, chigüiros, dantas, cocodrilos y varias especies más.

“Imagínese lo que debió ser Nápoles en su época, ese señor no era ningún chichipato, uno siente admiración por Escobar, tenía una personalidad muy guapa”, opina entusiasmada Nilsa Cardona, una bonita quinceañera de Yarima, corregimiento de San Vicente de Chucurí (Santander). Acaba de llegar tras pasar ocho horas en una buseta con otros vecinos de su pueblo.

“Construyó cosas bonitas con la sangre de los inocentes”, tercia una mujer de la misma población. “Una piensa que fue a dar al infierno”.

En Nápoles solo encuentro colombianos. A todos les gusta recorrer la casa derruida del capo, que los propios lugareños dejaron en el esqueleto buscando guacas, y observar las fotografías de sus incontables actos de barbarie. Intentan imaginar las riquezas de antaño, los lujos, entre las ruinas de un imperio mafioso que dejó de legado una cultura que aún no se sacude Colombia.

(Medellín, octubre de 2012).

SALUD HERNÁNDEZ-MORA

Extracto capítulo ‘Viajes a la Colombia profunda’

 

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