Las epifanías de Sarduy

Cuba

El escritor Severo Sarduy fue uno de los exponentes más importantes del barroco latinoamericano. El extraordinario autor cumpliría 78 años este mes. Sus libros narraban historias que tenían una relación íntima entre cuerpo, lenguaje y muerte. “El Cristo de la Rue Jacob y otros textos” permite acercarse mucho más a su historia a través de ficciones autobiográficas brillantes. 

Severo Sarduy. escritor cubano

Tal Pinto- The Clinic Online (Chile) 

El cubano Severo Sarduy (1937-1993) fue uno de los exponentes más brillantes del barroco latinoamericano, y también uno de los primeros narradores en ir al fondo de la relación entre cuerpo, lenguaje y muerte. En sus novelas, siempre alucinantes, desmesuradas, lujosas y atrevidas, el cuerpo posee una realidad inmediata; y la piel es urgente, insoslayable. No hizo nada de esto en la isla: en 1960 llegó a París y ya nunca se marchó de allí. Murió de sida en 1993.

“El Cristo de la Rue Jacob y otros textos” ensaya un desvío del estructuralismo que Sarduy practicaba –y que ponía el acento en la dimensión textual de la obra– hacia ficciones autobiográficas, que él llama “epifanías”. El ensayo que intitula al libro es, y no cabe otro epíteto, brillante (una de las primeras frases: “en uno de esos torneos de elocuencia que imponían los lentos trenes”). Sarduy repasa su biografía y conecta varios episodios, que se podrían llamar fundantes o centrales, con su cuerpo. Una llave amateur de judo en Princeton le permite advertir una capilla evangélica, “En la pintarrajeada congregación, todo era estridencia y grito de protesta, todo era exceso para hablar a Dios”, para luego, de vuelta en París, ver una pintura en la parte trasera de una camioneta y saber, como quien consigue interpretar los símbolos más herméticas del mundo, que tiene algo que decirle a Cristo, algo que indicarle a Dios.

” ‘El Cristo de la Rue Jacob y otros textos’ ensaya un desvío del estructuralismo que Sarduy practicaba –y que ponía el acento en la dimensión textual de la obra– hacia ficciones autobiográficas, que él llama “epifanías”. El ensayo que intitula al libro es, y no cabe otro epíteto, brillante ” 

Los restantes artículos y ensayos alumbran el proceso de escritura de Sarduy, qué decisiones tomaba al momento de encaminar una obra y cómo lo hacía. En “Soy una Juan de Arco electrónica, actual”, escribe sobre la importancia de la voz: timbre, resonancia y entonación. Las palabras, piensa Sarduy, siempre salen de la boca de alguien. Pero su arte narrativo no sólo es voz y letra. “Escribir es pintar”, afirma. “Lo último que queda, una vez terminada la página laboriosa … es una imagen”. Parece mentira, pero la importancia que Sarduy asigna a la voz y a las imágenes lo emparenta, y la filiación es casi de primer grado, con Ezra Pound, que decía, con su acostumbrada severidad, que una buena imagen valía más que veinte tomos empastados. De estos ensayos, además de su libro sobre el barroco, se infiere que Sarduy se acercaba a la página con el propósito de imprimir color, música, forma. Difícil saber si el barroco fue el modo que posibilitó la unión de estos aspectos, o si su ambición se topó con el barroco.

El último texto del libro, “Estampidos de la vacuidad”, es un breve diario de enfermedad lleno de aforismos reveladores. “La verdadera lectura —discreta, idealmente silenciosa— está tan lejos del resquemor, de la injuria, como de la aparatosa frivolidad”. “Última esperanza: no envenenarme con remordimientos, deseos de venganza, ansias de sobrevida o de aniquilación, recapitulaciones, miedos”. Estos son fragmentos de una fuerza que no pide clemencia, que auscultan hasta el último detalle antes de la muerte. Los ensayos precedentes son brillantes y agudos, pero “Estampidos de la vacuidad” es una rara muestra de cuando la energía y la perspicacia se hermanan, de cuando la literatura, o el arte en general, llegan a su máxima expresión.

Que no quepan dudas: este es un libro importante.

 

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