Las escarapelas del aguante

Argentina

Roberto Mero – El recuerdo de los días en que había que taparse la boca para cantar la marcha peronista, cuando estaba prohibido nombrar al ‘tirano prófugo’, la frase ‘¡con tiza y con carbón lo votamos a Perón!’ escrita en alguna pared, en tiempos donde no existían celulares ni internet. Todo dato histórico sirve en esta cruzada en la que los militantes buscan convencer a los indecisos que Scioli es la única opción a la antipatria.

Scioli en la recorrida por la 76ta Fiesta de la Tradición en San Antonio de Areco - Foto: Diario JornadaRoberto Mero* – Latinoamérica Piensa

¡Con tiza y con carbón lo votamos a Perón! Fue en aquella época en que los ahora “democráticos” fascistas librecambiarios habían prohibido hasta el nombre del “Tirano Prófugo”. Aquellos días dorados del Plan Conintes, en los comienzos de los 60, cuando desde las pasarelas alrededor de las cadenas de montaje la Guardia de Infantería controlaba que ni un sólo obrero levantase la cabeza del torno, apuntándolo con la mira de la ametralladora automática. Días aquellos de sonrisas y alegrías en los cocktails de Avenida del Libertador mientras mi abuela en una cocina de Floresta me tapaba la boca con la mano. Cuando salí al patio cantando la canción que ella misma me había enseñado. Aquella murmurada pero que yo quería cantar a los gritos, tan pegadiza era con aquello de “Todos unidos triunfaremos/ Y como siempre daremos/ un grito de corazón. Viva….!”. Fue allí que me tapo la boca como si yo fuese Bugs Bunny. ¡Que lindos tiempos aquellos del Muro alrededor de Ciudad Oculta! Que bárbaras y solaces aquellas mañanitas en que Macri debía salir del jardín de infantes del Cardenal Newmann, mientras los jubilados contaban esos papeles falsos del empréstito de Alsogaray, el 9 de Julio, que los almaceneros recibían a la mitad del valor. Fue entonces que alguien escribió en las paredes aquella frase inolvidable con la temblorosa caligrafía de quien apenas hizo el tercer grado: “¡Con tiza y con carbón lo votamos a Perón!”. No había FB, ni tweet, ni siquiera teléfono. Y esos negros de mierda ya estaban ahí, acechando al país blanquito de la Familia (Ford) Falcon. Ya estaban ahí. Aguardando el momento de la pelea, el momento final del honor, el sublime momento de luchar por la Patria. Hoy en tus teclitas del “celu” esas palabras se están reproduciendo. Hoy, en estos días que faltan, coraje. Que sea Nokia o Samsung, Apple o Mongocho, allí está tu tiza y allí está tu carbón y allí estará tu voto y el de tantos decenas de otros llamando a votar Perón.

Las escarapelas del aguante 

Poco se sabe, si fueron blancas y rojas o las dos en aquella mañana espantosamente húmeda del 25 de mayo 1810. Pero había que distinguirse. Había que saber que esos comerciantes gordinflones, ingleses, franceses, catalanes, iban a tratar de bajar el tonito del Cabildo Abierto del 22, que los jóvenes descocados habían copado hablando de terminar con España. Blancas o rojas o celestes o vaya a saber los muchachos empezaron a repartirlas a la entrada de la Plaza Mayor, en la Recova, custodiada por soldados aindiados que tampoco se bancaban a esos gaitas. No se trataba de hacer propaganda, sino de reconocerse, de evitar ser copados por el miriñaque y la peluca empolvada, por la desidia y la cobardía que otrora esas gordos habían demostrado ante los ingleses. Había que saber quién era el hermano, con quien contar a la hora de los bifes y saber que nada podía esperarse de los “doctores moderados” y otros cagatintas. No. No fueron las ordenaditas escarapelas del Billiken. Tampoco fueron esas incómodas cintitas que le pinchaban en el guardapolvo. Aquellas, en la fría mañana del 25 de mayo, eran banderas chiquitas de la esperanza inmensa: terminar de vivir de rodillas para levantarse en fin, con lo que se pudiese, cuando y como se pudiese. Pero siempre pudiendo, sin rendirse, a pesar del viento en contra. Que sea en paño, que sea en plástico, banderita, botón o simple pendorcho sobre el pecho, hoy ese símbolo se transforma en algo más que en una convención de asado dominguero. Alguien acaba de proponer que sea el 22, al ir a votar, que esa escarapela nos sirva de señal de pueblo en marcha. Y me pregunto. ¿Por qué no demostrar desde ahora que detrás del pueblo hay más pueblo y más escarapelas y más ganas desde hoy, para que el Aguante Scioli ya tenga su llamado victorioso en el combate del domingo?

La razones de la Patria 

Aunque uno sepa y tenga razón, ¿a quién le importa si los sapos de Nigeria son amarillos o rosados? Yo puedo estar segurísimo de que el arquero del Congo Football Club es mejor que el del Tongolandia Sport Central, pero ¿a quién le interesa? Estas afirmaciones desopilantes nos ponen delante de una experiencia que atravesamos estos días todos los militantes: el de convencer a los indecisos o a los envenenados por la propaganda de Clarín a votar Scioli porque es la única opción ante la antipatria. En otro términos, el desafío no es el de tener razón y hacer que el otro la acepte, sino lograr que (aun con sus propias razones y dudas y bronquitas) vaya el domingo y vote Scioli. Valga entonces la metáfora de un encuentro amoroso en la primera cita: a nadie se le ocurriría criticar la pollera de la cortejada, ni decirle al codiciado galán que el tatuaje en el cuello no le queda para un carajo bien. Quizá podríamos tener razón, pero adiós para siempre con lo que deseamos. Esta cita de amor del domingo 22 también es decisiva en esto de seducciones electorales. ¿De qué vale defender a Boudou durante media hora a un tipo que lo putea? Hay que decirle que vaya a votar a Scioli, porque Boudou no estará. ¿De qué me sirven las vagas especulaciones sobre Aníbal Fernández en la provincia de Buenos Aires? De nada. Hay que decirle que vote Scioli, porque ésta es una nacional. Vamos a escuchar del embroncado la frase clave y decisiva sobre los errores del pasado reciente. Hay que escucharlo pero decirle que los errores del pasado pueden cambiarse en el futuro porque hay base para hacerlo. Y decirle también que no se aísle en esa bronca que lo está encegueciendo. En síntesis: en esta batalla cultural debemos anteponer los intereses y las razones de la Patria por sobre nuestro deseo de ganar una pulseada discursiva. Aunque nuestro ego quede un poco abollado, la victoria en la noche del 22 será nuestro bálsamo.

El trágico síndrome del general Soler 

Cae a diario una llovizna ponzoñosa que enuncia aparentes deserciones, o agachadas o desapariciones de la escena de personajes que hasta hace muy poco jugaban el rol de verdaderos paladines del proyecto nacional y popular. Gente que pareció tetanizada en la noche de la primera vuelta y que en vez de salir a pelearla con lanzas o con con los dientes, se guardaron en la suavidad de sus corbatas como si y todo estuviera perdido. Poco importan sus nombres o en vano sería evocarlos, aunque me recuerden las trapisondas que alguna vez cometió aquel benemérito general del Ejército Libertador, Miguel Estanislao Soler. Hombre de agallas en el cruce de los Andes, presumido como mano derecha de San Martín, Soler recibió las órdenes de operar en combinación con O’higgins durante la batalla de Chacabuco. Su puesto era clave para conseguir la victoria. El de O’Higgins también. Salvo que el chileno tenía menos experiencia y gustaba menos que Soler del taconeo castrense. La acción que Soler y O’higgins condujeron fueron decisivas, pero Soler no soportó las felicitaciones comunes que San Martín detalló en su parte de batalla. Celoso de ser comparado con O’higgins, protestando porque le habían quitado el rol de paladín de la batalla, los escándalos de Soler en Santiago de Chile obligaron a San Martín a mandarlo a Buenos Aires, donde comenzó el trágico derr
otero de los charlatanes de pulpería, de alcahuete de todos los gobiernos, de personaje vergonzante por lo que alguna vez había podido ser y no fue. Contra ejemplo de aquellos que solo pueden ver la pelusa en su ombligo, el síndrome del general Soler no mancha la historia sino que la coloca en aquel lugar humano de los celos, las ambiciones desahuciadas y la pedantería que sólo el pueblo borra con sus victorias, hundiéndolos en ese infierno tan temido: el del desprecio eterno.

*Periodista y escritor argentino en París, Francia