Curas pecadores en "El Club"

Chile 

El director Pablo Larraín devela aspectos que trascienden al problema político y jurídico de la pederastia en la Iglesia Católica y lo aborda en su nueva película: “El Club” con el lenguaje propio del cine. Con humor negro, inteligencia y un clima perfecto, trata este tema de contingencia global. Larraín forma parte de una nueva generación chilena que triunfa en el exterior.

 Pablo Larraín, cineasta, productor y guionista chileno. Teobaldo Lagos- El Mostrador (Chile) 

Pablo Larraín, es uno de los directores más solicitados actualmente en Berlín. A nadie en Europa dejó indiferente su crítica al doble estándar de Iglesia Católica a la hora de proteger, o sacar de circulación del mundo real-laico a los curas pecadores, aún cuando el pecado sea un delito como la pederastia. Tras el estreno de El club, en la competencia oficial de la edición 65 del Festival de Cine de Berlín, la crítica, la prensa y el público europeo presentes en este evento cinematográfico  -uno de los más grandes del mundo con 19 mil miembros de la industria y más de 3.700 periodistas acreditados- hicieron eco del trasfondo del filme, alabando el humor negro, la inteligencia para tratar la polémica, el clima, y esencialmente la temática, de contingencia global.

En una conferencia de prensa que ofreció Larraín en el Hotel Hilton de Mohrenstrasse a cinco medios internacionales, entre ellos El Mostrador Cultura+Ciudad, comenta que la idea de la película, una de las serias candidatas a ganar el Oso de Oro, partió durante sus vacaciones en un lugar cercano a Matanzas, al norte de Santiago, cuando salió a comprar pan. Ahí fue cuando -sostiene- le llamó la atención la presencia de hombres que se desplazaban por la playa acompañados por sus perros. “El lugar es ventoso y siempre hay luz que irrumpe por entre medio de las nubes”, recuerda.

Tres semanas de escritura de guión y tres semanas de rodaje son las que llegan a Berlín junto con Larraín, para mostrar un relato en torno a un grupo de sacerdotes condenados por pederastia al destierro en una casa en la playa, con la costa nublada y hábitos singulares como rezar, meditar, caminar y entrenar a un galgo. ¿Qué ha traído a estos hombres aquí? Un nuevo miembro del singular grupo llega a la casa en la playa. Un hombre ante la puerta lo acusa.  Los ánimos se agitan, se oye un disparo. Se alega suicidio. Se envía a un mediador. ¿Quiere él que la verdad se descubra?

Sin prejuzgar 

Pablo Larraín trae esta historia y saca a la luz temas que trascienden al problema político y jurídico de la pederastia en la Iglesia Católica para abordarlo con el lenguaje del cine: imagen, luz, sombra, sonido, hábitos y acciones, personajes de carne y hueso “que son abordados con compasión, única manera de que la historia no pese demasiado“, explica el director ante los medios internacionales.

” ‘La idea no es hacer justicia ni decir a la gente lo que hay que hacer o no’, afirma, agitando la cabeza. ‘Estas personas condenadas creen ser diferentes a todos nosotros. Si el principal miedo que podrían haber tenido hace cincuenta años era el infierno, ahora el miedo es real, es el pánico que tienen es a ustedes, a los medios de comunicación “

“La idea no es hacer justicia ni decir a la gente lo que hay que hacer o no”, afirma, agitando la cabeza. “Estas personas condenadas creen ser diferentes a todos nosotros. Si el principal miedo que podrían haber tenido hace cincuenta años era el infierno, ahora el miedo es real, es el pánico que tienen es a ustedes, a los medios de comunicación. No tienen miedo a sus actos en sí, a los pecados, sino a lo que piensen los demás de ellos. De ahí la importancia de casas como la de El Club. Antes de que le pase algo a esta persona, mejor esconderla. En Chile hay al menos mil personas viviendo en casas similares a las de la película”, precisa.

Para Larraín la película funciona porque existe una contradicción entre lo que pasa en el mundo, “tan sobresexualizado, que la cuestión genital se convierte en un tema caliente” y lo que ellos construyen alrededor de esto, “a través del silencio, como un cosa muy secreta”. Pero todo este mundo, aclara Larraín, es tomado por el equipo realizador con autonomía a la dimensión moral .”Nosotros, los que realizamos la película, no somos periodistas. No denunciamos de ninguna forma, ni estamos apuntando con el dedo y diciendo ‘tú fuiste’, sino que nos vemos capturados por temas o asuntos y los mostramos de la manera más peligrosa y subversiva posible”, afirma.

Si  no es moral, entonces ¿se trata de un filme hecho con furia? Larraín duda, ante la pregunta y precisa: “Lo que trato de hacer junto con los guionistas Guillermo Calderón y Guillermo Villalobos’ es – a pesar de lo que cualquiera de ustedes piensen – es amarlos. Yo siento mucha compasión por ellos. Mi punto de vista en el filme es con ellos. Cuando nos aproximamos a ellos con la cámara, nos acercamos a los personajes, lo hacemos con el ojo de la compasión. Cuando hacemos eso, ellos comienzan a verse frágiles. Parecen gente de verdad. Sobre todo se ven frágiles cuando están separados los unos de los otros. Pero cuando se juntan, ahí es cuando te topas con el problema real y es cuando la cosa se vuelve realmente peligrosa”.

Luz y sombras

Larraín y su equipo, en esta película, hicieron algo por primera vez en sus experiencias: no dar un guión a los actores, tal como lo hizo también Sebastián Lelio, en el laureado filme Gloria.

“Sólo les contamos un poco de la historia y ellos van construyendo cada acto, generan presencia. Y cuando logramos eso, es como si supieras que te lo has robado, te lo metes al bolsillo y dices ‘ok, la siguiente toma’. Filmamos dos finales de la historia. Y cuando estábamos editando, la película quedó como se muestra aquí. Eso fue muy especial. Quieres dar también la sensación de una cierta falta de control. Tienes que hacerlo de forma de mostrar qué y quiénes son. Siempre hay algo más que no se cuenta”, confiesa entusiasmado con esos detalles que no se dicen ni se explican, pero se entienden.

Para el director, uno de los criterios acertados de la película fue utilizar la penumbra como la principal decisión fotográfica: “Filmamos en momentos de alto contraste. Yo conozco bien el lugar: es ventoso, uno de los mejores lugares para el windsurf. Cuando el viento para, a las 6 de la tarde, todo se oscurece y por una razón que desconozco, se nubla todo. Sería increíble hacer esta película en blanco y negro, cerrando el lente e intensificando el contraste. Lo que hacíamos en las mañanas, cuando llegaba la luz, era irnos a hacer las tomas interiores. Cuando la penumbra llegaba, salíamos. Por eso fue valioso captar esas diferencias, porque eran ideales para el tipo de película que estábamos haciendo. ¿Se imaginan hacer una película como esta llena de luz y sol, etc.? Imposible”.

El Club comienza con una cita bíblica y no es casual. Cuando Dios vio que la luz era buena, entonces la separó de la oscuridad. En ese minuto la película se corta y la cámara se va hacia el personaje de Alfredo Castro, quien entrena a un perro en la playa. “Ahí está la teología del asunto. Que no puedes separar a la luz de la oscuridad. Que por cualquier comportamiento que tengas en la vida, serás juzgado finalmente y mandado al infierno, al purgatorio o al cielo. Y entonces vemos a este personaje frente a un círculo en penumbra, y se hace claro que no hay cosas luminosas ni oscuras. En el contraste no ves nada. Entonces vimos que era necesario poner esa cita”, explica Larraín.

” Pablo Larraín trae esta historia y saca a la luz temas que trascienden al problema político y jurídico de la pederastia en la Iglesia Católica para abordarlo con el lenguaje del c
ine: imagen, luz, sombra, sonido, hábitos y acciones, personajes de carne y hueso ‘que son abordados con compasión, única manera de que la historia no pese demasiado’, explica el director ante los medios internacionales “

Esin Kucuktepepinar, crítica del prestigioso diario turco Radikal, incorpora este concepto y plantea que toda la película es una zona nebulosa.”Yo sentí que se trataba de un limbo. Y al final de ella, el juicio está inconcluso. Es una parte muy conmovedora de la película. Una zona nebulosa, nunca se alcanza el brillo total”.

Larraín responde con una comparación entre el tono que tenía el cine de hace algunas décadas y el de la revolución digital.

“Cuando filmas en celuloide, debes procesar en un laboratorio. Cuando haces eso, por el proceso químico, debes lavar el filme después de revelarlo. El lavado es con agua local. Por eso es que en los 80s y 90s podías reconocer de qué país era cada película. Decías: ‘humm, esta parece una película muy rusa o ‘humm, no, esta es de Estados Unidos o esta podría ser alemana’, etc. Eso se ha acabado. Porque todos tienen la misma cámara y el mismo CCD. Esta es la razón por la que hay una apariencia homogénea. Con Renato Bravo, quien es un fabuloso director de fotografía comentábamos que era necesario pensar en eso, que todas las películas se veían igual en todo el mundo. Y esto no es cualquier cosa. En El Club, como en cualquier otra película, la atmósfera, el sonido, los personajes, la historia son importantes. Pero hay algo definitorio que es el tono de la película. Ser capaz de ver eso es fundamental”.

Hacer más que hablar

Que en el festival de Berlín se estén mostrando actualmente 9 películas de Chile, 12 de México y más de 15 de Brasil, para el director de El Club “tiene que ver con que somos parte de una generación que está trabajando más que hablando. Una generación que se compone de gente que confía la una en la otra”.

“Anoche tuvimos una cena con todos los directores y éramos el mismo grupo de amigos, nos mostramos las películas y nos ayudamos los unos a los otros, lo que sirve mucho. Estaba Sebastián Lelio, Sebastián Silva, Sebastián Sepúlveda, Marialy Rivas y yo. Es una generación en la que somos muy libres en torno a lo que ha pasado en nuestro país y es fascinante ver qué ha pasado en nuestro país. Estoy orgulloso de que está funcionando y de ver nuestras películas aquí porque veo que estamos siendo respetados. No porque seamos amables o raros o cualquier cosa. Se ve en el cine, cuando se apagan las luces, quiénes somos y no cuando hablamos”.

 

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