La sociedad argentina bajo la lupa tras linchamientos

Los delitos contra la vida son más graves que aquellos que se cometen contra la propiedad, según lo establece el Código Penal. El debate aparece tras los linchamientos sucedidos en el país en los últimos días. Para varios analistas asombra el nivel de violencia existente en una sociedad que lleva treinta años de democracia. Y remarcan, además, que es falsa la idea de justicia por mano propia cuando se trata de ajusticiamientos. Quien mata es asesino.

Mario Wainfeld – Página 12 (Argentina)

– Un grupo numeroso de vecinos asesina a David Moreira en Rosario. La víctima tenía 18 años. El crimen se cometió con alevosía (indefensión de la víctima) y ensañamiento (afán de agravar el sufrimiento). Homicidio calificado, dice el Código.

– Un grupo de remiseros se confunde y decide que un par de jóvenes morochos que van en una moto son chorros. Los persiguen, gritan enardecidos. Las víctimas creen que quieren afanarles. La confusión sería cómica, digna de una película costumbrista italiana de las buenas… de no terminar en una golpiza salvaje a un muchacho indefenso, responsable sólo de portación de aspecto.

– En un paraje porteño se comete tentativa de homicidio contra un motochorro pescado en flagrante delito. Y hay otras situaciones similares por aquí y acullá.

Las justificaciones o las explicaciones son pertinentes, a condición de establecer jerarquías. Lo principal son los delitos de sangre, que deben ser investigados, juzgados y en su caso condenados. Pontificar que los autores materiales lo hicieron porque demandan mayor estatalidad es secundario, en lo argumental y en la escala de valores.

Hasta para el patético simulacro de Código Penal vigente, ese que defienden con ahínco los diputados Sergio Massa y Darío Giustozzi, los delitos contra la vida son más graves que aquellos contra la propiedad. Sin embargo, la conductora de un noticiero del canal C5N da rienda suelta a su indignación. ¡Dejaron libre al ladrón de Palermo e investigan a los vecinos! En vano un abogado le explica que un robo o una tentativa como ésa es excarcelable y que para colmo no hay pruebas materiales ni denuncia. A la periodista no le entran balas y se explaya: “¡Investigan a las víctimas!”. No repara en que hubo dos víctimas en secuencia: la del robo y el de la agresión patotera. Un mundo complejo le queda grande.

“Solo porque el espacio y el saber tienen límite, asombra el grado de violencia concentrado en una sociedad que vive en democracia desde hace treinta años. Y que supo tener otros valores o reglas no escritas hasta para una pelea en la calle”

Cesare Lombroso lo había hecho sencillo, en la prehistoria del derecho penal. Su obra más famosa se titula L’uomo delinquente. Para ese imaginario hay seres prefigurados para el crimen, con marcas genéticas. Se suponía que esas teorías habían sido superadas con la modernidad pero, por suerte, estamos volviendo a las fuentes.

Claro que todo es un poco intrincado para el simplismo de los medios dominantes. Hay “gente”, sinónimo de bondad y de victimización, que ataca cual jauría sin frenos inhibitorios ni compasión.

Los linchamientos no son tampoco una originalidad gauchesca. El sociólogo Gabriel Kessler explicó en una entrevista pasada en Radio Nacional que hay muchos en países hermanos y vecinos: Bolivia, Guatemala o El Salvador sin agotar la enumeración. Según un artículo publicado en el diario El País, de España, en Bolivia hubo 190 linchamientos culminados en asesinato entre 2005 y 2013. El mal de muchos no consuela a nadie, pero ayuda a relativizar a los que solo ven “color local” en los hechos y por lo tanto culpan de todo a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Los textos fundacionales del sociólogo europeo Zygmunt Baumann, escritos hace añares, también rondan la solidaridad rencorosa de los que se leen como víctimas de la inseguridad.

Espanta que ciudadanos “normales” pateen a quien está desvanecido en el piso, “peleen” veinte contra uno, que no recapaciten horas o días después. Son desoladoras las licencias sociales o mediáticas que se les dispensan.

Por último, solo porque el espacio y el saber tienen límite, asombra el grado de violencia concentrado en una sociedad que vive en democracia desde hace treinta años. Y que supo tener otros valores o reglas no escritas hasta para una pelea en la calle.

Reynaldo Sietecase – Diario Z (Argentina)

La idea de justicia por mano pro­pia es en sí una contradicción, la justicia sólo puede ser impartida por los jueces y después de un debido proceso. No pue­de hablarse de justicia cuando se trata de ajusticiamientos. Quien mata a un delin­cuente –salvo que haya ejercido la legíti­ma defensa– es un asesino. Y quien agre­de a un delincuente inmovilizado está cometiendo un delito. Sólo en la perspec­tiva de un profundo deterioro ético y cul­tural se puede calificar estos hechos de otra manera.

Dicho esto, no puede ignorarse el con­texto donde se sucedieron los ataques. El crecimiento real de los delitos; el incre­mento de la violencia en cada epi­sodio (vinculado en muchos casos al consumo de drogas o alcohol); la desconfianza gene­ralizada sobre el Estado y sus represen­tantes, en especial la ineficacia y/o com­plicidad policial; la ineficiencia judicial (es bajísimo el porcentaje de causas que lle­ga a tener una sentencia firme); la ampli­ficación mediática de los casos de inse­guridad y la reiteración de los aspectos más escabrosos que potencian el mie­do. Y es sabido que el miedo compartido por una comunidad engendra horrores. Aeso hay que sumar el discurso irresponsa­ble de algunos políticos exigiendo “mano dura” como la mejor solución para la in­seguridad. La campaña contra la reforma del Código Penal es un buen ejemplo de cómo por demagogia se logró cercenar un debate serio.

“Es sabido que el miedo compartido por una comunidad engendra horrores. A eso hay que sumar el discurso irresponsa­ble de algunos políticos exigiendo “mano dura” como la mejor solución para la in­seguridad. La campaña contra la reforma del Código Penal es un buen ejemplo de cómo por demagogia se logró cercenar un debate serio”

El diputado del Frente Renovador, Ser­gio Massa, exhibió en este tema nue­vamente su oportunismo político. Condenó los linchamientos y habló de la ausencia del Estado como semilla de los hechos violentos. Eso sí, lo hizo primero que na­die. “Tiene muy buenos re­flejos”, ponderan hasta sus ri­vales. Algo de eso hay pero la explicación tampoco alcanza. Es tan malo cuando el Estado falta como cuando sobra pero funcio­na como un elefante torpe o está permeado por la corrupción o el clientelismo.

La Presidenta eligió una ca­dena nacional destinada a di­fundir las nuevas actividades del Sedronar (se abrirán nu­merosos centros de contención de adictos) para hablar sobre el tema pero sin referenciarlo en forma directa. “Cuando alguien siente que su vida no vale más de dos pesos para el resto de la socie­dad, no le podemos reclamar que la vida de los demás valga para él más de dos pesos”, señaló Cristina Kirch­ner. “Las cosas son así, entonces tene­mos que entender que necesitamos mira­das y voces que traigan tranquilidad. No necesitamos voces que traigan deseos de venganza, de enfrentamiento o de odio. Eso es malo”, agregó.

La descripción es correcta pero insu­ficiente. “Las cosas son así” pero no de­berían. En realidad, las cosas están así y hay que cambiarlas. Después de una dé­cada de gestión es imposible no asumir responsabilidades. Si la política no sirve para remover la exclusión, la injusticia, el deterioro educativo, la marginalidad y la violencia, no sirve para nada.

Télam (Argentina)< /p>

El premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel repudió los linchamientos de presuntos delincuentes a manos de civiles registrados en distintos puntos del país y advirtió que la venganza “engendra nuevos victimarios”.
En ese marco, el titular del Servicio Paz y Justicia destacó que “toda persona tiene derecho a un juicio justo y rápido, tanto la víctima como el victimario, y nadie es dueño de la vida ajena”.

Pérez Esquivel analizó que “el país vive situaciones de intolerancia, inseguridad, violencia social y estructural”, lo cual “ha generado una psicosis colectiva de miedo que alienta sectores que buscan hacer `justicia por mano propia`, frente a la ausencia de las fuerzas de seguridad, llegando al linchamiento y asesinato de presuntos delincuentes (incluso menores de edad), que agravan aún más los hechos de violencia social”.

“Toda sociedad tiene leyes que deben ser respetadas para la convivencia ciudadana. Estas leyes las debemos garantizar todos, en especial las fuerzas de seguridad y los representantes públicos, caso contrario se fomenta el caos y la búsqueda de venganza en vez de la búsqueda de justicia”, añadió.

“La sociedad no es indiferente a los problemas que vive y hay que buscar caminos de convivencia sin recurrir a la violencia, que sólo genera más violencia y más miedo. Toda persona tiene derecho a un juicio justo y rápido, tanto la víctima como el victimario, y nadie es dueño de la vida ajena”

“Los linchamientos no son individuales, sino colectivos y tienen mucho que ver con conductas y presiones sociales que llevan a lo que denomino la suspensión de la conciencia, donde, si los demás hacen lo mismo, la culpabilidad se diluye en lo colectivo y queda en el anonimato”, indicó luego el premio Nobel de la Paz.

En ese marco, el dirigente añadió: “Cuando un solo delito se repite durante 24hs. en todos los canales cientos de veces, ¿significa que creció el delito o que va a crecer el miedo?”.

Sobre el final del comunicado y tras opinar que “los medios están deseducando a nuestra sociedad”, Pérez Esquivel destacó que “la educación debe ser la práctica de la libertad y valores, no sólo en los jóvenes, sino también en los adultos para generar comportamientos sociales de solidaridad y apoyo mutuo”.

“La sociedad no es indiferente a los problemas que vive y hay que buscar caminos de convivencia sin recurrir a la violencia, que sólo genera más violencia y más miedo. Toda persona tiene derecho a un juicio justo y rápido, tanto la víctima como el victimario, y nadie es dueño de la vida ajena”, concluyó el Nobel de la Paz.

 

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