La salud de la literatura regional

Latinoamérica

El escritor Héctor Abad Faciolince le toma el pulso a la actualidad de la literatura de nuestro continente, recorre la época del “boom” y marca las diferencias con la nueva ola de autores locales. “Ninguno de mi generación podría escribir un libro como ‘Memoria de mis putas tristes'”, sostiene en esta entrevista; mientras asegura que la política y las costumbres influyen directamente en las obras.

Juan Carlos Pérez Salazar- BBC (Gran Bretaña) 

La foto es estremecedora. Medio cubierto por una sábana, un cuerpo ensangrentado, acribillado, yace en el pavimento. Una mujer, al que una joven abraza, mira la cámara llorando. En primer plano, sentando en el pìso, pensativo, anonadado, agotado, se ve a un hombre joven. 25 de agosto de 1987.

Dieciocho años después, ese joven, Héctor Abad Faciolince, publicará un libro estremecedor sobre lo que ese hombre yacente, su padre, el defensor de los derechos humanos Héctor Abad Gómez, significó en su vida y en la de muchos otros.

“El olvido que seremos” –nombre de un poema encontrado en el bolsillo de su padre el día que lo mataron– se convirtió en un best seller dentro y fuera de Colombia y colocó instantáneamente a Abad Faciolince como uno de los escritores latinoamericanos más respetados y leídos.

Lo sigue siendo, lo que lo convierte en alguien ideal para tomarle el pulso a la actualidad de la literatura de nuestro continente.

¿Qué le dice la literatura ahora a los jóvenes en América Latina? ¿Les es relevante?

En las ferias no veo a casi nadie más viejo que yo. Afortunadamente este sigue siendo un continente muy joven. La mayoría del público que veo en Medellín, Buenos Aires, Guadalajara, Santiago, Lima, son muchachos. Una nueva clase media que antes no existía –la clase media es la que lee– que está intentando tener su propia biblioteca. A mí eso me parece muy bonito y es muy distinto, por ejemplo, a las presentaciones que uno ve en el Hay de Gales, o en la misma España, donde la gente es más de tu propia generación o más vieja.

Creo que si hay muchos jóvenes leyendo y con ganas de escribir. Yo tengo un taller de escritura en una universidad de acá de Medellín, muchos de ellos menores de 30 años. No creo que las historias bien contadas en periodismo, novelas, cuentos, poemas estén desapareciendo o no les digan nada a los jóvenes de hoy.

En algún momento de mi vida pensé que los lectores y los libros iban a ser tan raros como los profesores de latín, pero últimamente soy más optimista.

Tal vez es por la suerte de que mis últimas dos novelas –”El olvido que seremos” y “La oculta”– han encontrado muchos lectores, pero siento que la gente tiene ganas de leer historias, que entiende que la literatura es un arte que nos dice cosas sobre la vida. Que uno aprende –digámoslo con una frase manida– a vivir mejor gracias a la literatura y los buenos escritores.

¿Has podido tomarle el pulso de qué le interesa a estas generaciones?

Probablemente si uno va a las listas de los libros más vendidos, encontrará que les interesan muchas cosas de vampiros, o novelas de fantasía más bien barata. Pero la mayoría de los lectores han sido así, han comenzado por una literatura más banal.

Y yo creo que se necesita una masa de lectores banales para encontrar una masa relativamente pequeña de lectores más profundos. Siempre ha sido así, no es un privilegio o una desgracia de nuestra época. Nunca había habido tanta gente en capacidad de leer como ahora.

Eso me da pie para hablar sobre el Boom, que fue un fenómeno de mercado en el sentido en que había gente suficientemente educada para leer –por el crecimiento de la clase media– pero también tenían poder adquisitivo.

En España y en América Latina. Pasó algo muy bonito: llegaron unos escritores con unos libros muy raros a una sociedad española dominada por un dictador y unos jerarcas muy aburridos, que pregonaban una literatura encorsetada, clerical, con censura. Con miedo. Y llegaron unos jóvenes –y otros no tan jóvenes, como Cortázar y Borges– de América Latina, que escribían con desenfado, eran insolentes y se burlaban de casi todo.

Yo creo que en ese momento pagamos a España con muy buenos creces una deuda grande que teníamos con la literatura española del Siglo de Oro. Ellos nos dieron una literatura y una lengua en los siglos XVI y XVII y nosotros vinimos a devolverles algo en el XX.

Y sí, fue un fenómeno comercial, pero “El Quijote” también lo fue. Se vendió bien, le hicieron ediciones piratas en Amberes, hasta sacaron una segunda parte no autorizada.

Perteneces a una generación que creció bajo la sombra del Boom, pero que también vivió situaciones muy diferentes: la guerra sucia, la violencia. Eso lo reflejas en tus libros, o el chileno Roberto Bolaño o el guatemalteco Rodrigo Rey Rosa… ¿Cuáles crees que son los temas más profundos de tu generación?

Yo creo que la sombra del Boom fue más fuerte para la generación inmediatamente posterior. Incluso para algunos escritores contemporáneos de ellos. Nosotros, más que una sombra, tuvimos una brisa que nos impulsó, que nos hizo pensar que en esta región de la tierra también se podía escribir muy buena literatura y que nos podían leer en todos los rincones.

Pero cada generación habla de su propia experiencia en el mundo. De lo que le tocó vivir a uno o a sus padres. García Márquez –y en parte Vargas Llosa– escribieron historias que tenían más que ver con sus abuelos y padres. Macondo es la historia de un pueblo fundado por el abuelo de García Márquez.

A nosotros nos toca contar la historia de nuestros padres; en el caso mío, de Colombia, padres que vivieron la violencia política de los años 50. Algunos que se fueron al exilio, como la familia de Bolaño, que se tuvo que exiliar. Pero últimamente ocurre lo contrario: el último premio Tusquets se lo dieron a Héctor Barrera Tyszka, un escritor venezolano que vive en México porque la situación se ha vuelto irrespirable en Caracas. Entonces ahora hay una especie de exilio de “dictablandas”.

Cada uno escribe de lo que le tocó vivir, como Rodrigo Rey Rosa de la sociedad centroamericana, unos países que han vivido en una tensión política y racial, en unos gobiernos terriblemente corruptos, racistas, clasistas. Y eso se refleja muy bien en sus libros.

¿Y qué los distingue?

Hay cierta rabia, hay una total apertura sexual, otras costumbres. Los personajes de García Márquez, de Vargas Llosa, en general se inician a la vida sexual en los burdeles. Las prostitutas son muy importantes en sus libros, mientras que nosotros nos iniciamos con nuestras amigas. Con l
os compañeras o compañeros –porque también hay literatura gay– que se conocen en la calle.

Ninguno de mi generación podría escribir un libro como “Memoria de mis putas tristes”. Es un libro que no censuro, como algunas feministas –porque en ese caso habría que censurar también a Lolita y a muchos otros libros– por la explotación sexual de niñas en Cartagena, pero sí es un libro que obedece a una experiencia de una generación para la cual ir a los burdeles no era nada anormal.

Así que mucho ha cambiado, no sólo en política sino en costumbres. También hay muchas más escritoras que no sólo ven el mundo familiar, doméstico, sino que también escriben desde su propia experiencia.

Ahora a nosotros nos toca a ser espectadores de una literatura mucho más fragmentaria. Hoy estaba leyendo en La Jornada de México sobre una antología de la “Twitterliteratura” en América Latina. Hay una tal masa de personas, de gente tuiteando, que hay montones de basura, de autoelogios, pero también se decantan algunas cosas que son literatura en estado puro y frases deslumbrantes en 140 caracteres.

Otro fenómeno interesante en América Latina es el de la no ficción y la crónica, que casualmente la Academia Sueca acaba de premiar con Svletlana Alexeivich. Pero la crónica es un género muy de América Latina, donde tengo entendido que nació cuando los Modernistas empezaron a ganarse la vida en el periodismo. Tú mismo has escrito no ficción… ¿Por qué tiene tanto calado en nuestra región?

Yo creo que antes la literatura servía para decir lo indecible, la ficción se usaba para hablar de la intimidad sin tener que ser indiscreto, sin tener que hablar de la persona A o Y, sino de alguien ficticio. Y se podía uno meter en su cama porque se llamaba Madame Bovary y no una madame con un nombre real.

Ese cambio en las costumbres, que ha ocurrido en el mundo entero, nos ha vuelto, afortunadamente, más libres, más impúdicos.

Entonces en el periodismo se pueden decir muchísimas más cosas. Creo que a eso se debe el surgimientos de estos géneros literarios maravillosos que son las crónicas, los grandes reportajes, que como dices acaba de premiar por primera vez la Academia, aunque Hemingway y García Márquez fueron grandes periodistas.

Yo creo que el periodismo, al hablar de la realidad, al hablar de situaciones terribles, nunca puede dejar de hacerlo con encanto y cuidado del lenguaje, porque para ser eficaces, para poder entrar en el cerebro de los lectores, siempre el arma de la estética, de la gracia con que se escriba, será fundamental.

¿Qué es lo que que te llama más la atención de la literatura latinoamericana del momento?

Yo creo que algo importante es que en el mundo hay quizás sólo dos lenguas, que fueron imperiales, que pueden decir que son internacionales; que se pueden compartir con millones de personas y en su variedad hay una inmensa riqueza.

Es maravilloso que podamos leer las novelas y crónicas de Javier Cercas, que vive en Barcelona, y las entendamos muy bien. O de Javier Marías, que vive en Madrid. Y que al mismo tiempo podamos leer una novela policíaca escrita en Buenos Aires pero situada en Oxford (“Los crímenes de Oxford”, de Guillermo Martínez). Obras mexicanas como las de Juan Villoro.

O una especie biografía oculta de la que debió haber sido la escritora del Boom… Entre paréntesis, el Boom fue muy machista, no tuvo una mujer. Y hay al menos dos mujeres que debieron haber estado entre sus grandes nombres. Yo habría incluido a la poetisa Idea Vilariño de Uruguay y a Clarice Lispector… Esto viene a cuento porque una chilena, Carla Guelfenbein, acaba de ganar el premio Alfaguara con “Contigo en la distancia”, una biografía novelada de Clarice Lispector.

Entonces poder a leer a cada uno con variedades en español que son comprensibles y enriquecen las lenguas es maravilloso. Lo mismo ocurre en inglés con el sudafricano Coetzee o el gringo Philip Roth.

El imperialismo y el colonialismo trajeron muchas cosas horribles, probablemente la crisis de refugiados en Europa de hoy sean fruto del viejo colonialismo del siglo XIX y principios del XX, pero en nosotros dejó esta unidad lingüistica que permite tener un gran universo literario de experiencias y naciones muy distintas.

Eso, para bien o para mal, nos ha dado la unidad y eso no lo han logrado por ejemplo los países árabes. Cuando un escritor o incluso un hablante de la calle de Egipto, Marruecos o Emiratos Árabes se empiezan a hablar no se entienden. En cambio vos podés hablar con un expresidente centroamericano, o un presidente español, un futbolista argentino o un ciclista colombiano. Y bien o mal todos nos entendemos.

Finalmente, veo que eres optimista con la literatura en América Latina, su capacidad de crear mundos, pero también con los lectores

Pues sí, yo soy optimista en general. Hay un estudio muy contra intuitivo de Steven Pinker (The Better Angels of Our Nature) sobre el descenso de la violencia en el mundo. Él dice que vivimos uno de los momentos menos violentos de la historia. Eso puede desaparecer en cualquier instante y pasar la peor guerra y la más devastadora de siempre, pero ahora es así.

También leía estadísticas de esperanzas de vida en Europa y es 40 años superior para alguien que nazca ahora que alguien que naciera en 1900. Antes podíamos tener lectores que vivían, en promedio, hasta las 40 años; hoy podemos tener lectores de que viven en promedio hasta los 83 años. Si las cosas siguen como van tendremos no sólo muchos lectores jóvenes, sino muchos lectores para largo tiempo. 

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