La risa que no se apaga

Argentina

El corazón de Daniel Rabinovich dejó de latir después de una larga enfermedad. Se alejó definitivamente de todos los escenarios en los que tanto humor provocó durante décadas. Sus compañeros del grupo lo despidieron con emoción y anunciaron que Les Luthiers seguirá actuando. Es lo que hubiera deseado alguien que durante toda su vida se afanó de hacer feliz a los demás.

Daniel Rabinovich de Les Luthiers - Foto: Archivo

Walter Ego – Sputnik (Rusia)

¿Qué se puede decir de Daniel Rabinovich (alias “Neneco”) que no se haya dicho ya —o que sí se haya dicho- ahora que su “ardiente y pícaro” corazón (“ardiente porque me arde, pícaro… porque me pica”, según cantó alguna vez), dejó de latir el pasado 21 de agosto debido a una larga enfermedad que lo alejó definitivamente de todos esos escenarios en los que tanta risa provocó durante décadas?

Ya que su despedida es lo que disculpa estas líneas, acaso pudiera decirse que hasta para fugarse hacia la eternidad se atuvo a la elegancia que cultivó sobre las tablas con su impecable esmoquin negro y su humor inteligente: dijo adiós un viernes desangelado para que los millones de seres humanos a los que nos hizo reír hasta las lágrimas —por lo que llorarlo ahora nos parece un sinsentido- dispusiéramos de un fin de semana completo para carcajearnos a placer, una vez más, con las grabaciones en discos y videos que fijaron para siempre su desenfadado tránsito por este mundo.

Daniel Abraham Rabinovich Aratuz —de quien desconozco si frecuentó a la robusta barrendera soviética Natasha Frotalascova, pero cuyos ancestros quizás cantaron alguna vez junto “al coro de los barqueros del Vólgota”- nació el 18 de noviembre de 1943 en Buenos Aires, ciudad que años más tardes lo vería convertirse en un comedido notario tras graduarse en la Escuela de Derecho y en un notorio comediante tras fundar junto a Gerardo Masana, Marcos Mundstock y Jorge Maronna, hacia el año 1967, el grupo humorístico-musical Les Luthiers, al cual se integrarían luego Carlos Núñez Cortés y Carlos López Puccio (y durante un interregno de 15 años, Ernesto Acher). Con ellos se prodigó en tantos momentos inolvidables sobre el escenario que paradójicamente es imposible recordarlos todos.

Poco importa: para describir a Daniel Rabinovich basta una sola palabra: “carisma”, esa “especial capacidad de algunas personas para atraer o fascinar” (según definición de la Real Academia Española), pues verlo aparecer en escena era motivo suficiente para que se insinuara la sonrisa en los labios de los espectadores ante la inminencia del gesto súbito, la pose sorpresiva o la réplica avispada que daría curso a la carcajada incontenible. Sin duda alguna, como aquel “cantante popular, de fama internacional” que alguna vez interpretó y que no podía vivir atado, Rabinovich poseía y desplegaba ante el público “un poco de simpatía natural, una voz privilegiada, una personalidad arrolladora, [era] un ser humano como cualquiera, de carne y huesos… ¡Pero qué carne, qué huesos!”

” Para describir a Daniel Rabinovich basta una sola palabra: “carisma”, esa “especial capacidad de algunas personas para atraer o fascinar” (según definición de la Real Academia Española), pues verlo aparecer en escena era motivo suficiente para que se insinuara la sonrisa en los labios de los espectadores ante la inminencia del gesto súbito, la pose sorpresiva o la réplica avispada que daría curso a la carcajada incontenible “

Ahí están para confirmar ese carisma —que va más allá de la simple “vis cómica” aunque se asienta en ella-, la desopilante lectura del introito de “El acto en Banania”, un notable ejemplo además de su capacidad histriónica como lo es también el disparatado monólogo en el que “razona fuera del recipiente” y confunde a “Terpsícore”, la musa griega de la danza, con una tal “Esther Píscore (de García el griego)”, ocasiones ambas en las que la comicidad parte de un texto sin dudas magistral pero alcanza cotas de genialidad en la interpretación de Daniel Rabinovich. Ahí están asimismo esos momentos en que batalla contra vocablos que se resisten a ser pronunciados como ordena la lengua española y demora largos e hilarantes segundos en concluir una frase de apenas tres palabras. Por si ello no bastara, el talento musical de Daniel Rabinovich lo llevó a ser el magnífico ejecutante de algunos de los más informales y estrambóticos instrumentos musicales que Les Luthiers tocaban en escena, como el alt-pipe a vara, la gaita de cámara y el latín (violín de lata), además de la batería, la guitarra y el bajo eléctrico, dentro de la gama de los instrumentos tradicionales.
En “Les Luthiers de la L a la S”, la historia del grupo escrita por el periodista colombiano Daniel Samper, éste cita las palabras de Rabinovich un día en que debatían sobre el futuro de la agrupación tras la muerte de su fundador, Gerardo Masana, en 1973.

“Muchachos, tenemos que continuar […]. Por más duro que sea hay que seguir. Por Gerardo tenemos que seguir”, dijo, sin saber que años más tardes ese mismo espíritu afloraría en las palabras de Lino Patalano, representante del grupo, quien aseguró por estos días de penas que pese al fallecimiento de Daniel Rabinovich “Les Luthiers va a seguir”

Poco importa debatir ahora, húmedos aún los lagrimales, la pertinencia de esa decisión. Lo mejor que cabe hacer hoy por Daniel —a quien me habría gustado expresarle a tiempo lo que una admiradora le dijo a Groucho Marx: “No se muera nunca”-, es no llorar por él. O al menos no mucho, para que las acibaradas lágrimas de la tribulación se confundan con las que también procura “la dolce risa”. A fin de cuentas, alguien que se afanó durante casi medio siglo en hacer feliz (y reír, forma suprema de la felicidad) a los demás, no habría querido dejar tras su partida este irremediable desconsuelo que insiste en desasosegar a tanta gente en los más dispares sitios de la geografía iberoamericana.

Nada me gustaría más que seguir hablando de Daniel Rabinovich, siquiera para exorcizar el mal momento de su viaje sin regreso, pero para decirlo a su manera “esto es…, todo esto… todo esto es… todo es…, esto es, todo… todo, esto, ese, todo eso es. Éste todo, ¡Oh!, ¿qué es esto?, éste se, éste se, todo eso sé, eso se tostó, se… ese seto es dos, dos tes, dos, eso es sed, esto es tos, tose tose toto, o se destetó teté o est… ¡Ajá! ¡Esto es todo!”

 

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