La Madre Tierra como una utopía

Latinoamérica y El Mundo

Resulta simbólico plantear que no habrá democracia viable si no se escucha a los pueblos y a la naturaleza. Pensar el mundo natural como una unidad más que humana, bajo la concepción de la Pachamama, representa un llamado a la cordura para una civilización global que la está perdiendo. Un proyecto de futuro alternativo para la humanidad, un hilo de esperanza.

Hermann Bellinghausen- La Jornada (México) 

Si consideramos utopía la idea de lo que debería ser, podemos tildar de utópica la idea de una relación humana con la Tierra como una igual, con derechos. Y en ella, las bestias. No fue ocurrencia de dos geógrafos franceses designar al oso polar como animal geopolítico. En un adelanto de su libro sobre el Ártico, Farid Benhammou y Rémy Marion discuten las perspectivas del área en el futuro cercano (Le Monde Diplomatique, septiembre de 2015, edición francesa). Su devenir impactará al mundo entero, y ya sesiona un Consejo del Ártico formado por las ocho naciones circumpolares y sus comunidades originarias en América, Asia y Europa. Predominan las dos grandes potencias. Y la tercera, China, encabeza la cola mientras crece el número de pretendientes sureños. En tal Consejo saben que lo que sea malo para el oso lo será para el resto del planeta. Resulta más que simbólico plantear que no habrá democracia viable si no se escucha a los pueblos y a la naturaleza.

La concepción de la Pachamama (bajo nombres y marcos míticos diversos) aún inspira millones de vidas. No nació ayer ni morirá mañana. Al no ser mayoritaria en las relaciones de los humanos entre sí y con la naturaleza, recibe trato de marginada, negada, exilada, prohibida. Y no obstante pervive en los territorios indígenas de América y en los pueblos originarios del Ártico.

Con el término quechua Pachamama, los pueblos andinos históricos atribuían un carácter divino al mundo natural, y lo asociaban a la fertilidad, lo agrícola, lo femenino. Aún hoy, los mapuche hablan de Ñuke Mapu para expresar algo similar; no la consideran diosa pero significa la unidad de los seres, del pueblo mapuche y de la Tierra en sí. Qtxu’ Tx’otx’ en mam, Qanan Ulew en k’iche’. Para esta Madre, dicen los tojolabales, los humanos somos sólo algunos de sus huéspedes. El tseltal piensa que el equilibrio se conserva por el trabajo en común de los guardianes de la Tierra y las fuerzas naturales.

» La concepción de la Pachamama (bajo nombres y marcos míticos diversos) aún inspira millones de vidas. No nació ayer ni morirá mañana. Al no ser mayoritaria en las relaciones de los humanos entre sí y con la naturaleza, recibe trato de marginada, negada, exilada, prohibida. Y no obstante pervive en los territorios indígenas de América y en los pueblos originarios del Ártico «

Entonces, si existe en la práctica, quizás no debamos llamarla utopía. Antigua, no anticuada, plantea un proyecto de futuro para la humanidad, alternativo a otros de mejor cartel y mayor poder. Pensar el mundo natural como unidad más que humana –por encima del parloteo capitalista de apropiación y extracción– representa un llamado a la cordura para una civilización global que la pierde aceleradamente. El concepto de que somos inseparables de los demás seres es aceptado ahora en espacios diversos y distantes, hilo de esperanza más que sueño guajiro. (Y si bien la Guajira real y sus pobladores indígenas se encuentran bajo amenazas extremas, participan en el sueño que se sueña con las manos y cosecha tanto frutos como pensamientos útiles). No importa que alguien la haga moda o demagogia, a nadie le hace daño considerar imaginable un equilibrio con los otros seres.

En un texto reciente en Página 12, el pensador portugués Boaventura de Sousa Santos propone una lectura sobre la utopía «para ser leída en 2050» sin tomarle prestado nada a la literatura distópica: «Algún día, cuando se pueda caracterizar la época en que vivimos, la principal sorpresa será que todo se vivió sin antes ni después, sustituyendo la causalidad por la simultaneidad, la historia por la noticia, la memoria por el silencio, el futuro por el pasado, el problema por la solución. Así, las atrocidades bien pudieron atribuirse a las víctimas; los agresores fueron condecorados por su valentía en la lucha contra las agresiones; los ladrones fueron jueces; los grandes responsables políticos pudieron tener una cualidad moral minúscula en comparación con la magnitud de las consecuencias de sus decisiones. Fue una época de excesos vividos como carencias; la velocidad fue siempre menor de lo que debía ser; la destrucción siempre justificada por la urgencia de construir. El oro fue la base de todo, pero estaba asentado en una nube. Todos fueron emprendedores hasta demostrar lo contrario, pero la prueba de lo contrario fue prohibida por las pruebas a favor. Hubo inadaptados, aunque la inadaptación apenas se distinguía de la adaptación: tantos eran los campos de concentración de la heterodoxia dispersos por la ciudad, por los bares, por las discotecas, por la droga, por Facebook».

Tras un análisis «en futuro» del poco esperanzador presente, Sousa dos Santos pregunta dentro de 35 años: «¿Por qué persistimos, después de todo? Porque estamos reaprendiendo a alimentarnos de la hierba dañina que la época pasada intentó erradicar recurriendo a los más potentes y destructivos herbicidas mentales: la utopía».

Volverá a ser pensable cuando hayamos escarmentado. Ya Raúl Zibechi reconocía en su saludo a los indignados en Nueva York que, en tanto «la civilización del dinero está mostrando todas sus miserias, nuestros corazones se vuelven a la experiencia de los pueblos indios, a sus formas de vida colectiva, sencilla, en diálogo con la Tierra de la que formamos parte. Ellos son inspiración y fuente de esperanza». 

 

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