La 'limpieza étnica' de las cesantías

Argentina
Roberto Mero

Mientras crecen las listas de cesanteados, al mismo tiempo se puede detener a cualquiera en la calle para pedirle documentos. Se trata de extirpar al kirchnerismo de la sociedad. El régimen macrista recuerda otras masacres que empezaron por los guetos y terminaron en las chimeneas, bajo la complacencia de aquellos que soñaban con un imperio de ‘gente como uno’.

Represión policial a trabajadores municipales en La Plata - Foto: Archivo

Roberto Mero* – Latinoamérica Piensa

La historia relata que en junio de 1871 cobró renombre en París un oficial de Versalles, encargado de la represión de los Comuneros, del cual las crónicas retienen el pseudónimo que se ganó: ‘El capitán al paredón’. Le bastaba a este esbirro hacer desfilar a los prisioneros y mirarle las manos. A quienes tenían las palmas callosas de obreros: ¡Al paredón! A quienes las tenían heridas, sospechando combates revolucionarios: ¡Al paredón! A los hombres fornidos de mirada endurecida por el combate: ¡Al paredón! A los canosos, viejos ya, y pobres, que seguramente habían dado consejos para la construcción de barricadas: ¡Al paredón! París vivió por la primera vez en la historia de Occidente una limpieza de clase directamente ligada a la población. Esta escuela de la represión y del crimen se transformaría en una ‘universidad’ de la cual el siglo XX haría gala de crueldad a la hora de arrasar con la vida para imponer la lógica de los vencedores. El régimen macrista heredero de la fina flor del asesinato carece aún de su propio ‘capitán al paredón’. Le basta con ejercer el delicado arte del telegrama escueto, de la información de cesantías, de la aplicación de tenebrosos decretos redactados para no dejar lugar a dudas. Hay que extirpar al kirchnerismo de la sociedad, transformando a los sospechosos en parias, cesanteados, desocupados, miserables. El destino de los ‘choripaneros’ debe ser el de las fronteras de la sociedad, el exilio de sus antiguos derechos, la enajenación de la dignidad. No es casual que mientras se dicta como catarata la lista de cesanteados, se sugiera al mismo tiempo detener a cualquiera en la calle para pedirle documentos. Los cesanteados son K, los ‘negros’ son K, y como en aquella selección étnica del ‘capitán al paredón’, eso basta para la condena final a la marginación, la enfermedad y el hambre. Goza aún el régimen de aquel jolgorio mediático cazando brujas por el color de la piel, el pelo, la cantidad de dientes. La ‘limpieza étnica’ en su versión ‘ojitos azules’ me trae también el recuerdo de otras masacres que comenzaron por los guetos y terminaron en chimeneas, bajo la condescendencia de aquellos alemanes que también soñaban un imperio de ‘gente como uno’.

Carlos Zannini y las esperas tenebrosas

Carlos Zannini acaba de hacer pública una carta abierta a la militancia, de la que confiesa ser parte, que quizá sirva de orientación para medir el cuadro desgarrador de las últimas semanas. Ante la evidente presión militante que exige acciones inmediatas, Zannini detalla cuatro grupos dentro del peronismo que, en síntesis, observan, esperan, se organizan o hacen que hacen algo. El ex candidato a vicepresidente por el Frente para la Victoria (FpV) precisa un primer grupo de dirigentes “movilizados acompañando al pueblo, participando de cada acción”. Un segundo que “considera necesario que el gobierno termine de delinear las primeras acciones”. Un tercero “en la tarea de gobernar sus provincias, municipios, etc. Ellos necesitan fondos y acuerdos de gobernabilidad con la Nación”. Y un cuarto que “se está encolumnando en el nuevo oficialismo y todos sabemos quiénes son”. A decir verdad esta confesión sincera de un hombre ligado estrechamente a Cristina devela la trama de una impotencia política que posibilitó el parto de este aborto que vivimos. Excluyendo a los traidores del cuarto grupo, las esperas de migajas del tercero y las especulaciones politiqueras del segundo, solo el primer grupo de dirigentes ligados a la movilización social parecen decididos a poner el pecho en la patriada. ¿Quiénes son? Zannini no da detalles. ¿Hasta dónde están dispuestos a ir? Silencio de radio. ¿Objetivos mediatos e inmediatos ante el Megacanje, despidos, censura y represión? Tal vez lo que decida la masa a la que acompañan esos dirigentes. Insisto: a la masa que acompañan y a la que se suman. Sabbatella, Cerruti, Kiciloff, Zannini, tal vez, Kunkel, Moreno. ¿Quién? Apabullante cric cric cric. Por lo pronto Zannini considera que habrá que olvidarse por el momento del ‘piquete y cacerola’, ya que el macrismo coptó a estos últimos. Y aunque Zannini en su carta no cierra el destino de los ‘piquetes” (hoy ‘choripaneros’), sí cierra la esperanza en un remedo de diciembre del 2001 a la espera de una posible reorganización. Más ligada al termómetro del verano que a la planificación de quienes deberían ponerse las pilas más allá de la canícula. ¿Espera tenebrosa aguardando que el tsunami macrista lance a la calle a los desesperados? ¿Cautela ante la palpable necesidad de poner fin al caos y al abismo? Este importante aporte de Zannini, tal vez en filigrana, sirva para saber que estamos solos delante de nuestro destino. Y que la tragedia de esta soledad también debe tomarse como la última esperanza de los patriotas.

La batalla cultural de la paciencia

Frase ecuménica, alguna vez José de San Martin dijo: “Los hombres sólo son mis enemigos en el campo de batalla”. No agrego más, aunque detalló aún menos. Teniendo en cuenta que en su época las fronteras entre el estado de paz y el de beligerancia estaban bien delimitadas, precisas en su geografía y detallables en su composición. De un lado las fuerzas en choque, armadas, uniformadas, con permiso de vida o muerte. Del otro, la masa de civiles, mujeres, campesinos, distraídos y muertos quizá por una bala perdida, pero en ningún momento combatientes y asimilables a las fuerzas en disputa. Viene a mí esta disquisición luego de las palabras del Cuervo Larroque en medio de algunos militantes, señalando que también había que dar discusión en esa masa del 51% de votantes macristas. A lo cual agregó que “sólo un 15% puede responder a este gobierno”. Un repaso al debate de los últimos días, de la masa de información sobre el plan de endeudamiento injustificado, de cesantías y de represión ejercida nos deja desnudos ante un dilema corneliano: No discutir con los votantes macristas y dejar que se cuezan en su propia vergüenza. O bien atraerlos para que rompan con el pacto de sangre que firmaron poniéndole el voto al ‘ojitos azules’ y se decidan a terminar junto al pueblo con esta pesadilla. La pregunta millonaria que aún no tiene respuesta es que hacer en esta época, en que el campo de la batalla política y de la trapisonda ideológica ha desbordado los límites de una geografía precisa. ¿Qué hacer y que batalla dar cuando no se trata ya de librar el combate sobre políticas inciertas, sino sobre aquellas que en toda evidencia claman por el exterminio de la Nación y el hambreamiento masivo? ¿Cómo distinguir entre los enemigos reales, calzados, ensoberbecidos y aprovechadores del saqueo y la masa adocenada por los medios? La discusión sobre el ‘cómo’ se agravará cuando sea necesario convencer al ‘con quién’. Y sobre todo, en un ‘cuándo’ álgido que nadie puede determinar cómo si se escribiese una regla de tres simples. O una ecuación entre este dolor permanente y la variable indulgente de nuestra paciencia.

*Periodista y escritor argentino en París, Francia.