La lenta reconstrucción, cuatro años después

Un terremoto de 7,2 grados de magnitud en la escala de Richter sacudió a Haití. El país quedó derruido y más de 200.000 personas murieron. Al poco tiempo, un brote de cólera, portado al país por las fuerzas extranjeras y que se diseminó con mucha facilidad debido a las pobres condiciones higiénicas, causó más desgracia y muerte. Miles de personas continúan viviendo en campamentos y otros fueron expulsados. El hacinamiento y la precariedad extrema perduran.  

Günther Birkenstock – DW (Alemania)

El auxilio internacional llegó rápidamente. Pero hoy, a cuatro años del trágico suceso, la reconstrucción del país avanza muy lentamente. ¿A qué se debe ese fenómeno?

Desde la perspectiva germana, ¿cabe decir que la cooperación entre el Gobierno de la canciller Angela Merkel y las organizaciones humanitarias alemanas funcionó de manera óptima? Volker Gerdesmeier, de la organización católica Caritas, está convencido de que así es; él estuvo en Haití por última vez hace medio año y asegura que la misión de las asociaciones alemanas en ese país alcanzaron muchos de sus objetivos. No obstante, a juicio de Gerdesmeier, en Haití también se hicieron presentes organizaciones poco profesionales que, en lugar de colaborar, entorpecían el trabajo de los demás con sus intervenciones.

“Cuando la crisis estaba en su punto álgido, nosotros elaboramos listas de víctimas del terremoto para garantizar que los artículos de primera necesidad llegaran a las manos de quienes más los precisaban y evitar prácticas deshonestas. Esa fue una labor muy ardua. Luego llegó una organización italiana y nos preguntó si podían emplear nuestras listas”, cuenta Gerdesmeier en entrevista con DW. Al final, sin consultar a los miembros de Caritas, los italianos terminaron repartiendo los mismos productos que los alemanes habían estado distribuyendo. “Eso fue una locura sin sentido”, lamenta Gerdesmeier.

Jutta Meissner, de la organización Johanniter, el alcance de la misión humanitaria alemana sigue dejando que desear. “Uno no puede simplemente decir: ‘Cerramos los campamentos de emergencia y a la gente le va bien’ ”, señala Meissner.

“La gente fue expulsada de los campamentos. Muchos siguen viviendo en condiciones de hacinamiento”, enfatiza la experta, acotando que, aunque se hizo mucho en Haití, “eso no es suficiente”. A sus ojos, ayudar a los damnificados haitianos fue más difícil que socorrer a las poblaciones de otras latitudes. “El Estado no existía en Haití. Cuando comenzamos el proceso de reconstrucción teníamos que determinar a quién pertenecía uno u otro pedazo de tierra y esa labor fue casi imposible porque en Haití no existe un registro catastral. Ese es sólo un ejemplo, pero, en general, en Haití no contamos con socios fiables para la reconstrucción nacional”, añade Meissner.

En su ensayo La maldición blanca, Eduardo Galeano pasa revista a la compleja red de circunstancias que impidieron el florecimiento de Haití tras abolir la esclavitud e independizarse de Francia. El periodista y escritor uruguayo narra cómo el país antillano pasó de estar en la mira de Europa por sus virtudes de colonia próspera a ser un Estado invisible, ignorado por la comunidad internacional: ahorcado, primero, por “la deuda gala”; saqueado, después, por invasores poderosos; agobiado, más tarde, por la violencia fratricida; y descrito –no sin cierta saña racista– como una víctima de sí mismo. La recurrente inclemencia de la naturaleza es sólo uno de los problemas que afligen a esa nación.

 

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