La excomunión del fanatismo

Argentina
Roberto Mero

Sobre el cadáver de un gobierno democrático rendido ante el golpe de Estado de los monopolios, en los ’90 se enseñoreo el poder de las corporaciones por encima de un cuerpo social desorganizado y corroído por la despolitización. Ahora, Macri deberá desmontar los logros económicos y sociales y la movilización popular que expresa la resistencia al modelo neoliberal.

El ex ministro de Economía, Axel Kicillof, durante una charla en una plaza de Buenos Aires - Foto: ES Fotografía

Roberto Mero – Latinoamérica Piensa

Desde Cornelio Saavedra tratando a los partidarios de Mariano Moreno de “enfermos de Revolución Francesa” hasta la los eructos febriles de las teñidas de Recoleta vociferando contra el “fanatismo de los K defendiendo a la Yegua”, larga es la historia de sangre y hogueras contra la pasión y el coraje. Como una suerte de moda lingüística que se impone para cerrar toda discusión, el ataque en regla bajo la etiqueta de “fanático” juega las veces de comodín. Esta especie de Mac Donald’s ideológico, debidamente trabajado como “elemento del lenguaje” según la jerga de los monopolios multimedios, no es sino un viejo parche que la reacción antipopular ha utilizado desde la presunta racionalidad en la defensa de sus propios intereses. Como un chorro que grita “persigan al ladrón”, el macrista de base se embandera de sabiduría ante el “fanático K” que enfrenta sus desmanes, utilizando el mismo anatema que la Inquisición empleaba en el momento de condenar a sus víctimas a la hoguera. Por cierto, el desatino del insulto es paralizante, como lo son esas triquiñuelas por las cuales la mujer violada se transforma en “provocadora” o el detenido desaparecido en sospechoso, ya que “debía estar en algo raro”. Muletilla sin otra ideología que la del desprecio, el término “fanático” oculta en nuestros días el tartamudeo enceguecido del clasemediero básico en busca de justificaciones ante sus propias bajezas, ignorancia, irresponsabilidad. El denuesto que reemplaza a la realidad del debate nos pone ante la difícil situación de una enfermedad masiva, inyectada por los medios, mantenida sin fundamentos y desarrollada como cortina de humo para cubrir las atrocidades que se organizan desde el poder. La excomunión a la que buscan someternos los nuevos sacerdotes del capitalismo salvaje nos abre las puertas de un infierno donde la única solución es soportar o perecer en la pira infame del silencio.

El Poder Judicial de los platos voladores

“Denle poder a la mayoría, y la minoría será oprimida. Denle el poder a una minoría, y es la mayoría la que será aplastada”. Esta frase aparentemente ecuménica de Alexander Hamilton, padre del Poder Judicial norteamericano, ya encerraba en 1788 la trampa en la cual nos encontramos. Calcado de la Constitución de los USA, el origen del Poder Judicial oculta el pánico aristocrático ante el sufragio, el Parlamento y el mismo Poder Ejecutivo. La pirueta de Hamilton fue la de crear un poder casi religioso, de jueces nombrado de por vida, con el poder de limitar el poder del voto popular y los temidos desmanes que este podía provocar a los poderes económicos. En otros términos, el único Poder que escapa a la decisión democrática, es el mismo que puede poner en jaque esa democracia, y que la controla, sin ser controlado. La pregunta a hacerse es cuál podría ser el rol de ese Poder cuando sirve directamente al Poder Ejecutivo, no sólo en los mecanismos de vaciamiento de la decisión popular sino en la aplicación de la ley, para burlar la ley y utilizarla contra el pueblo. Groucho Marx habló alguna vez de una torta de chocolate, pero sin chocolate. Aquí nos referimos a una estructura democrática que es viciada de antemano por la decisión de un puñado de ejecutantes judiciales que parece haber descendido del limbo o de platos voladores. Se concentra entonces en el mismo Poder (Ejecutivo) el de juzgar, transformándose así el presidencialismo en tiranía y el mecanismo democrático en un espejismo oportunista. La negación de la representación nacional y popular (es decir, el Congreso) su manoseo, ninguneo o papel de comparsa, forma parte de nuestra realidad institucional, cuya expresión obscena fue el tratamiento de la Ley de Medios. La pirueta macrista de borrarla de un plumazo gracias al apoyo de Lorenzetti y sus secuaces, hablan a las claras del desmonte final de la hipocresía. De los tres poderes solo quedan dos: el del tirano y el de los representantes, condenados hoy a quedarse en el banco de suplentes de un match en el cual serán convidados de piedra. Si no se avivan cuanto antes.

Sobre resistencia y pedestales

A ningún cristiano en el Coliseo se le hubiese ocurrido pedirle al león que no lo devorase. Que poco podría importarles a las llamas de la Inquisición el desacuerdo de los incinerados. Como es sabido, se desconocen actos de piedad de los genocidas nazis, los de Pinochet o Videla. Lo único que detiene el crimen es detener la mano ejecutora. Toda otra consideración es vana. Macri lo avisó y se regodeó con su aviso: acabaría con 678 y con 876 y con toda voz opositora en los medios. Se cerrarían los cordones de la bolsa publicitaria. Se echaría a andar el más cruel sistema de mercado, dejando fuera a quienes se opusiesen a su desgobierno. Observaba con asombro y desagrado la prestación de cuatro compañeros de 678 en el programa de Mauro Viale. Veía a ese lúcido y fino analista, Eduardo Mocca, perder la cadena exigiendo respeto. Escuchaba a Cynthia García criticando el manoseo que estaban recibiendo cuando no lo merecían. Leo los tejemanejes que le imponen a Víctor Hugo Morales y de los cuales ya Capusotto escapó, mandándolos al carajo. Y me digo: ¿es necesario poner la otra mejilla como si estuviésemos viendo una película de Hollywood sobre el martirologio de nuestras convicciones? No estamos en aquellos tiempos en los cuales Rodolfo Walsh murió acribillado junto a un buzón, mandando heroicamente cartas como botellas al mar. Entiendo que el pedestal de la fama, del autógrafo y la palmada en la espalda tientan el regocijo. Pero aquello ya se acabó, por lo menos por ahora, sin que se hayan acabado las razones de poner ese renombre al servicio de la causa. Sin vanagloria, sin aplauso, duro en el silencio pero firme en las otras vías de comunicación que existen en nuestro tiempo. Una camarita, un micrófono, y a difundir, como se pueda, juntándose a los nadie, compartiendo. Entre las sonrisitas perdonavidas que reciben los que piden tregua y la preocupación velada de Clarín y La Nación ante “Resistiendo con aguante”, no hay más que elegir. Bajarse del pedestal y entrar en las nuevas formas de resistencia.

Los retornos imposibles de la historia

Que tenga un bigote parecido, no hace que el nieto se convierta en su propio abuelo. Hegel, un alemán inquieto y desconcertante, escribió alguna vez que la historia era un espiral donde se pega la vuelta, pero para arriba. La trepidante arrogancia del régimen macrista se solaza con reinstalar en el 2015 los mismos personajes y las mismas políticas que hace 14 años nos llevaron a la puerta de la guerra civil. La tentación de esta insolencia obsoleta nos hace volver a Martínez de Hoz, a los ‘90, a los palazos y la represión, a momentos que parecen volver como regresa en un film de horror, la impunidad del malvado. Y sin embargo no es así por tantas razones concretas como los miedos que ese posible retorno evoca. En 1976 el pueblo estaba en repliegue bajo los balazos de las Tres A, la traición del gobierno de Isabel Perón y la ruptura entre las organizaciones armadas con la realidad de la organización popular. La dictadura se montó sobre ese retroceso, del cual hoy carece Macri: 12.200.000 ciudadanos acaban de movilizarse y organizarse y están lejos de la dispersión. E
n 1989 Carlos Menem se enseñoreo del poder y junto a él los monopolios, sobre el cadáver de un gobierno democrático que había decidido rendirse ante el golpe de Estado de los monopolios. En nuestros días, Macri debe desmontar los alcances económicos y sociales del gobierno popular K y la capacidad de convocatoria de la militancia, mas allá de los partidos. Entre 1999 y el 2001 la Alianza pego duro contra un cuerpo social desorganizado, con sindicatos a sueldo y partidos populares corroídos por la despolitización. No es el caso presente, donde las manifestaciones y la toma de la calle se han convertido en el medio usual e inmediato para expresar la resistencia. Ignoramos lo que viene, por cierto ignoramos también el cómo y el cuándo. Reinventar la nueva ofensiva es ese deber que nos debemos desde ya.

*Periodista y escritor argentino en París, Francia.