La desigualdad global

Latinoamérica y El Mundo

La concentración de la riqueza y la desigualdad no son ya características de los países en desarrollo sino también de los desarrollados. Quienes retienen la fortuna son los que controlan el capital especulativo y el productivo y pagan pocos impuestos. En Estados Unidos el 1 por ciento de la población posee el 65 por ciento de la riqueza.

Prensa Libre

Fernando González Davison – El Periódico (Guatemala)

En el mundo actual casi todos los países dicen que son democracias.

Incluso durante la Guerra Fría los autoritarios así se proclamaban. La defensa de los derechos humanos de manera formal es la que las califica como tales. Hay democracias empresariales o corporate democracies y democracias mafiosas o crony democracies. Y es que en la democracia pueden darse distintos proyectos políticos, incluso el del capitalismo de amigos. Parece que así son las emergidas tras la disolución de la Unión Soviética, o en variedad de países de América Latina, donde persiste la desigualdad.

Esta también se da en las democracias liberales tradicionales. El ahora famoso joven profesor de Economía Política de la Universidad de París Thomas Piketty explicó las características de la concentración de la riqueza en los países capitalistas más desarrollados. Se trata para él de una característica antes asociada solo a los países subdesarrollados. En ellos se ha creado una oligarquía que se reproduce y tiene continuidad gracias a los poderes del Estado, que se transmite de padres a hijos, como sucede también en los países subdesarrollados.

Según las estadísticas, dos terceras partes de la gente considera injusta esa concentración de riqueza que propicia la desigualdad porque no hay méritos reconocidos en los hijos de esas oligarquías para que continúen disfrutando de tales privilegios, como si ellos hubieren sido los creadores de esa riqueza. Ellos, empero, controlan el capital especulativo y el productivo y pagan pocos impuestos. El capital especulativo, o de “casino”, ha alcanzado altos niveles sin producir un producto. El capital productivo, donde es real la relación obrero-patrono, aprovecha los bajos salarios que se han estancado y han hecho que las familias se endeuden con tarjetas de crédito a favor del capital financiero especulativo. En los años noventa, el 45 por ciento de la riqueza creada en EE.UU. fue a parar al uno por ciento de la población, mientras a la siguiente década el 65 por ciento fue destinado para el mismo uno por ciento de la población. El capital especulativo gira alrededor de los derivates (o instrumentos “derivados”). El capital de ese grupo minoritario es muy concentrado. Buena parte de esa riqueza no solo va para ellos sino también para los directores y gerentes sin ninguna relación con su productividad.

“El ahora famoso joven profesor de Economía Política de la Universidad de París Thomas Piketty explicó las características de la concentración de la riqueza en los países capitalistas más desarrollados. Se trata para él de una característica antes asociada solo a los países subdesarrollados”

En cuanto a la economía productiva, el crecimiento no es tanto relacionado a los precios o ventas sino a la reducción de costes de producción, es decir, tecnología y bajos salarios. Piketty aconsejó un impuesto mundial para bajar la desigualdad, pero es utópico. Es más fácil gravar al mismo nivel las rentas del capital como las del empleo como una posible solución. Como dice Paul Krugman: “Piketty no es ni mucho menos el primer economista en señalar que estamos sufriendo un pronunciado aumento de la desigualdad, y ni siquiera en recalcar el contraste entre el lento crecimiento de los ingresos de la mayoría de la población y el espectacular ascenso de las rentas de las clases altas. No, la auténtica novedad es la manera en que echa por tierra el preciado mito conservador: el empeño en que vivimos en una meritocracia, en la que las grandes fortunas se ganan y son merecidas”.

Algo que pasó Piketty por alto es que el capital sin mayor control sigue su marcha arrolladora en donde existe una ganancia posible sin importar el tipo de régimen o lugar. Me refiero al Banco Mundial que está alarmando por tan altos niveles de corrupción, un virus que devora economías y trae consigo déficits tributarios, infla las deudas públicas, empobrece instituciones y deja poco saldo para invertir en lo social. Es decir, que acrecienta la desigualdad.

Grandes empresas son parte de ese problema. De ahí que se les demande una ética política en su actuar con los políticos, para que no operen como lo hacen las mafias ya conocidas, que controlan el contrabando y trasiego de estupefacientes, o la banca que apoya el lavado de dinero a escala planetaria. Y es que ahora, como reconoce Fritz Thomas, la corrupción enriquece más rápido a un político en posiciones de poder que un narcotraficante. Y eso sí abre un trecho grande a la desigualdad y es un tremendo desafío para nuestra democracia.

 

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